III #2
Pero la tarde se le fue a Gabriel en atender los múltiples arreglos que exigía la recién estrenada vivienda.
El corral, aunque pequeño, estaba cubierto de cardos y maleza, el emparrado, medio caído, y la palizada que lo separaba de otros huertos tenía algunos maderos podridos.
Pasó horas arrancando hierbajos, apilando restos de madera, retirando piedras, reforzando estacas y cla vando travesaños sueltos.
Al caer el sol, empapado en sudor y con los músculos doloridos, pensó en la visita pendiente a su tío Sancho y le dio pereza allegarse hasta su casa.
Había pasado tanto tiempo embarcado y lejos de los suyos que ahora, al compartir techo con Marcia, su hermana y el pequeñín, se daba cuenta de lo mucho que añoraba la vida familiar.
Cenaron unas migas de gato: un plato sencillo pero sabroso. Aunque podían permitirse una sirvienta, Marcia no quiso contratarla. De momento, se iban apañando entre las dos mujeres.
La noche cayó de golpe. Isabel subió a acostar a su hijo y ya no bajó.
Dormía en la habitación de la planta superior, menos húmeda, aunque algo más fresca.
Marcia encendió el candil de aceite que colgaba de una de las vigas del techo de la cocina, se acomodó en el arquibanco y se enfrascó en su labor de costura.
Le estaba tejiendo unas calzas de lana a Santiaguillo.
Gabriel la acompañó en silencio. Fuera, en algún corral, rebuznaba un jumento, el viento soplaba con más fuerza y el oleaje batía en la playa.
—¿Quién es esa Yabama?
Gabriel estaba preparado para aquella pregunta.
Yabama, una mujer mestiza y extraña, lo había ayudado a salir adelante en la época que pasó entre piratas.
Lo amó con una pasión intensa y posesiva, y tiempo después se separó de él por voluntad propia, en una isla cualquiera del Caribe.
Todo eso sucedió muchos años atrás, antes de conocer a Marcia.
Su esposa, sin embargo, era curiosa y tenaz, y no cejaría hasta saberlo todo.
Oponerse resultaba inútil, así que Gabriel optó por contarle una versión endulzada de la verdad.
Marcia lo escuchó sin interrumpir. Al final, dejó su labor y lo abrazó.
Su cabello olía a humo; su cuerpo, a jabón y a humanidad. Un olor familiar y saludable.
—¿Te gustaría tener otro hijo? —le susurró al oído.
—Cada día te lo demuestro. ¿Por qué lo preguntas ahora?
Ella no respondió enseguida. La llama del candil, alargada y oscura, se fundía en una columna de humo. Las piedras de las paredes, iluminadas por su luz temblorosa, dibujaban sombras caprichosas.
—Quizá esté embarazada —dijo al fin, y se apretó más contra él.
Gabriel le besó los ojos, posó la mano sobre su vientre y la movió con suavidad sobre la tela. Luego, la mano subió hacia sus pechos y acarició sus redondeces. Marcia, que aquel día no había salido de casa, vestía una blusa sencilla con un corpiño cerrado por cordones, que él comenzó a desatar.
—Nos puede oír tu hermana —susurró ella.
—Estará dormida —respondió Gabriel, mientras le subía la falda y las enaguas. Sus dedos acariciaron el tobillo, la pantorrilla, y progresaron con lentitud hacia el muslo.
—Mmm… El bebé podría despertarse —murmuró Marcia, en un tono entre protestón y rendido.
La mano de Gabriel alcanzó el regazo de su esposa, buscando su calor más íntimo.
—Ese diablo duerme como un lirón —aseguró. Y temiendo que ella lo hiciera desistir, la alzó en vilo, la llevó a la alcoba y cerró con firmeza la puerta.
—¿Algo más que alegar?
—El candil, marido. Has olvidado el candil —rio ella, con voz sofocada.
—Vas a apagar mi ardor —rezongó Gabriel, pero salió de la alcoba, volvió con el candil y lo colgó de un travesaño—. ¿Queréis que lo apague, mi señora?
—Dejaos de pretextos y venid a mí, caballero.
2
Ensenada de Carna, Irlanda
El bote, con sus seis tripulantes a bordo, se alejó de la nave por la banda de tierra.
Si el mar se permitía jugar con una urca de cuatrocientos toneles, el esquife semejaba una hoja atrapada en un remolino.
Avanzaron con grandes dificultades, embarcando agua que Duarte y el fraile achicaban a baldes.
Los marineros pugnaban por alcanzar la parte más arenosa de la ensenada, pero las olas no daban tregua y la corriente los arrastraba hacia una cresta rocosa que, a su derecha, les mostraba los dientes.
En aquellos momentos, el mundo se reducía al torbellino de agua que los envolvía; la tierra parecía lejana, perdida tras la cortina de lluvia.
Frágil y vulnerable, la embarcación luchaba por mantenerse a flote.
Los remeros sudaban, jadeaban y miraban con espanto la espumeante cresta.
Sus esfuerzos por esquivarla fueron inútiles: una ola lateral los golpeó de lleno y los estrelló contra ella cuando aún faltaba un cable para alcanzar la orilla.
El esquife se astilló y no tardó en hundirse.
Duarte, atrapado por las olas, logró a duras penas deshacerse de la capa y los zapatos y nadó con brío para alejarse de las rocas.
El agua estaba helada. Se había criado junto al mar y aprendido a nadar desde niño, pero nunca lo había hecho en condiciones tan extremas.
La resaca tiraba de él mar adentro, y juzgó más sensato avanzar en diagonal, buscando la playa poco a poco.
Pronto notó la fatiga. Las ropas mojadas lo lastraban; alguna ola más violenta lo hundía, le hacía tragar agua y emerger desorientado, con los pulmones a punto de estallar.
El frío empezaba a embotarle el cuerpo. La playa, que no distaba ni cien varas, se le antojaba estar a una milla.
Señor, Señor, ten misericordia de este pecador, rogaba en silencio, y, cuando ya daba la vida por perdida, sintió el fondo bajo los pies.
Al acercarse a la orilla, divisó figuras moviéndose.
Trató de avanzar, pero otra ola lo derribó y lo estrelló contra una roca oculta.
Un dolor agudo le recorrió la frente y el mareo lo dejó casi inerte.
Con un esfuerzo sobrehumano, se enderezó.
Chorreando agua, temblando de frío y escupiendo, dio unos pasos tambaleantes y cayó de hinojos sobre los cantos rodados de la playa.
Alguien le habló en un idioma desconocido.
Duarte se limpió el rostro con las manos, que retiró ensangrentadas.
La frente le dolía, las sienes le latían con violencia.
Una mano le arrebató el crucifijo del cuello con tal fuerza que le desolló la piel.
Alzó la vista y vio a un hombre pelirrojo, vestido con harapos, que examinaba el objeto con ojos brillantes.
A su alrededor, una decena de isleños gritaba y gesticulaba.
Uno de ellos lo sujetó por la ropilla e intentó arrancársela.
Duarte, con las pocas fuerzas que le quedaban, se zafó, se puso en pie y trató de empuñar la daga que colgaba de su cintura.
La vaina estaba vacía. Una patada en el corvejón lo derribó de nuevo.
Cubrió su cabeza con las manos y, acurrucado, se encomendó al Altísimo.
Pero los isleños no buscaban matarlo, sino despojarlo de sus pertenencias.
De pronto, los asaltantes detuvieron el saqueo y Duarte alcanzó a entrever a un gigante barbado que gritaba y les hacía señas para que se apartasen.
A su lado marchaban fray Antonio y uno de los remeros.
El fraile, con las ropas talares empapadas y remangadas, las piernas delgadas y velludas, y los pies cubiertos de arena, ayudó a Duarte a levantarse mientras le explicaba que había logrado comunicarse por señas y en latín con aquel gigantón, que le había dicho que se hallaban en la ensenada de Carna.
El hombre debía de tener algún rango, o al menos autoridad entre los suyos, pues consiguió que le devolvieran a Duarte la ropilla y el jubón, aunque no el crucifijo.
—¿Y el otro marinero? —preguntó el sargento.
—Se ahogó —respondió su compañero.
Superado el desconcierto, el gigante, que según fray Antonio se llamaba Burke, los condujo aparte para poder conversar con más calma.
Duarte le explicó, con ayuda del fraile, la necesidad urgente de evacuar a la tripulación.
El irlandés asintió y respondió que podía reunir varias barcas, pero que el rescate era peligroso y exigiría un alto precio.
—¿Cuánto?
—Monedas de plata. Muchas.
—¿Cuántas?
—Muchas.
Fray Antonio calificó la exigencia de robo.
Burke replicó que ya hacía bastante con contener a los suyos, y que, con tropas inglesas merodeando por la zona, el tiempo apremiaba.
Esta breve plática requirió bastante tiempo, muchas señas, latinajos y equívocos, hasta que acordaron que Burke acompañaría al fraile a bordo de la Santa Bárbara para negociar el rescate directamente con el capitán.
Una barca apareció de improviso, y el gigante se embarcó junto con fray Antonio y el marinero superviviente.
Duarte, desde la orilla, los vio sortear con habilidad las primeras olas, rebasar la cresta rocosa y abarloarse a la urca, cada vez más castigada por el oleaje.
Mientras tanto, los isleños trajeron cinco botes de distintos tamaños y calidades por un sendero que desembocaba en la playa.
Al sentirse más seguro, al menos por el momento, Duarte empezó a observar a la gente que lo rodeaba.
Había hombres y mujeres de todas las edades, vestidos con sayas toscas y capas de lana basta, colgadas de cualquier manera.
Algunos señalaban la urca; otros lo miraban a él con curiosidad.
Un grupo de niños semidesnudos correteaba por la orilla.
A ambos lados de la estrecha playa, paredes rocosas, oscuras y amenazadoras, se alzaban como guardianes, golpeadas sin cesar por las olas.
El mar seguía agitado, gris y ominoso. El horizonte, devorado por negros nubarrones, anunciaba tempestad.
Más allá, difuminados por la lluvia, se vislumbraban cerros grises y algún caserío disperso.