La derrota del dragón III
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III

La Coruña

El arenal de la Marina estaba alborotado aquella mañana.

En realidad, la ciudad llevaba meses con un ajetreo fuera de lo habitual.

A finales de la primavera, la Gran Armada había hecho escala en su bahía de camino hacia Inglaterra.

Más adelante, durante el verano, se convirtió en el principal centro de almacenamiento de pertrechos y provisiones para la empresa.

Y ahora, en otoño, era puerto de recalada para algunos de los navíos que estaban regresando.

La primera en arribar fue la nao San Bartolomé, de la escuadra de Castilla; luego, la urca Sansón y el galeón San Bernardo, de la escuadra de Portugal.

Aquella mañana de octubre, dos pataches hicieron su entrada en la bahía, seguidos poco después por un enorme galeón, maltrecho, con las velas desgarradas, el bauprés y el trinquete rendidos y el casco cubierto de remiendos.

Dejó a babor la punta de Mera, se adentró en la ensenada, viró con esfuerzo, rodeó trabajosamente el islote de San Antón y fondeó a un cable de la playa.

Las portas de los cañones estaban cerradas y sólo algunos versos y falconetes asomaban en los castillos de proa y popa.

Antes siquiera de botar su chalupa, una decena de barquichuelas de pescadores se abarloaron a sus costados.

Parecían vivaces pececillos junto a una ballena exhausta.

Gabriel del Puerto y Martín Robledo observaban en la orilla la maniobra.

Desde la borda del galeón comenzaron a lanzarse cabos, y al poco, los hombres de la tripulación descendían hasta las barcas en un lento goteo.

Venían derrengados, macilentos, sucios. Enfermos.

Algunos se apoyaban en compañeros para andar; otros eran transportados en andas.

En cuanto tocaban tierra, los rodeaba la multitud, deseosa de ayudarlos, de ofrecerles agua, comida, o simplemente de conocer su suerte.

—¿De qué barco se trata? —preguntó Martín a un curioso que pasaba junto a ellos.

—Del galeón San Juan —respondió el hombre, y antes de proseguir su camino, añadió—: Dicen que a bordo viene el almirante Recalde.

Una cuadrilla de alguaciles, con las varas en alto, trataba de abrirse paso entre el gentío para acercarse a los recién llegados.

Una mujer con un cesto de sardinas en la cabeza pregonaba su mercancía; otra vendía hogazas de pan recién horneado, cuyo aroma abría el apetito.

Niños de todas las edades correteaban por la arena o jugaban con las olas.

Una línea de algas oscuras marcaba la última marea.

Grupos de soldados arribados en otros barcos pululaban por la playa, deseosos de conocer la suerte de sus camaradas.

Después de un buen rato curioseando y de hablar con un marinero que les confirmó que el almirante Recalde venía, en efecto, a bordo y se hallaba muy enfermo, Gabriel y Martín se internaron en el barrio de la Pescadería.

El día era fresco y despejado. Una brisa bonancible que soplaba del mar había facilitado la entrada del galeón.

La Pescadería, situada en el istmo que unía la ciudad vieja con el continente, estaba flanqueada por dos playas: Orzán miraba al mar, y la Marina, a la bahía.

Lo que antaño fuera un arrabal de pescadores, extramuros de la villa, se había transformado con el tiempo en un barrio pujante y populoso donde concurrían viviendas humildes con casas de artesanos y elegantes quintas de prósperos armadores.

No le faltaban iglesias, conventos, una parroquia ni un buen hospital: el de San Andrés.

Tras callejear unos minutos, los amigos se detuvieron ante una casa de dos plantas. La inferior, de piedra irregular pero bien asentada, mostraba solidez; la superior, repellada con argamasa, lucía una uniformidad simplona, rota por un balcón con balaustrada de granito.

—Por fin, caballeros —los saludó la voz alegre de una mujer que barría frente a la gran puerta, más de cuadra que de vivienda. Apoyó el escobón en la fachada y besó a Gabriel en la mejilla. Luego hizo lo propio con Martín. Del interior salía un olor a suero y uvas maduras.

—Estáis más hermosa que nunca, Marcia —dijo Martín, con una sonrisa pícara.

—El piropo no os librará del rapapolvo, viejo truhan —respondió ella—. Llevo más de una hora esperándoos. He barrido el patio, la casa y hasta la entrada.

—No le eches la culpa, esposa —intervino Gabriel—. Nos entretuvimos viendo atracar otro de los barcos de la armada.

—Conque por eso tanto trajín.

—Exacto. Pero ya nos ponemos manos a la obra.

Entraron en la casa y depositaron sus alforjas.

La de Martín, más pesada, contenía herramientas; la de Gabriel, escuadras para fijar unas baldas.

Se aplicaron al trabajo sin demora, y durante un buen rato la vivienda resonó con los golpes estridentes del cincel contra la piedra, el sordo sonido de las tablas, el martilleo acompasado sobre los clavos, las voces cruzadas, algún estornudo por el polvo desprendido y más de un reniego por un golpe torcido o una astilla traicionera.

Gabriel y Marcia acababan de mudarse a aquella casa de la calle de la Estrella, sencilla pero acogedora.

Se habían conocido años atrás en las Azores, tierra natal de ella, y se habían casado y establecido en La Coruña, donde vivía un tío de Gabriel.

Los hermanos Del Puerto —Sancho, Antonio y Santiago— eran armadores y comerciantes.

Dirigían una sociedad con licencia de la Casa de Contratación para comerciar con las Indias.

Sancho desde La Coruña, Antonio desde Sevilla y Santiago desde Veracruz habían conseguido salir adelante y prosperar gracias al esfuerzo, el ingenio y la resolución de los tres.

Santiago, padre de Gabriel, murió en un ataque pirata, y Sancho le ofreció a su sobrino asociarse con él en la empresa familiar.

Tras un periodo de felicidad, ciertos malentendidos y desavenencias separaron a los cónyuges: Gabriel se dedicó al corso en las frías aguas del norte y Marcia recaló en Londres, junto a sus hermanos, donde se vio involucrada en asuntos de inteligencia.

Pero el destino, caprichoso o providente, dio en reunirlos y traerlos de vuelta a La Coruña.

Martín Robledo, viejo amigo de Gabriel, cambió años atrás la espada por el yunque, abrió una herrería en la parte alta de la ciudad e intercambió los votos con una coruñesa.

—La segunda balda está torcida —observó Marcia.

—Y una leche —replicó el herrero. Se alejó unos pasos y examinó la estantería—. Está en su sitio. Y si acaso hubiera alguna inclinación, los libros asentarán mejor.

—No es para libros, señor Robledo, sino para avíos de costura —lo corrigió Marcia—. ¿Os quedaréis a almorzar?

—Me encantaría, pero Antoñita no gusta de comer sola. Y ya conocéis su genio.

Gabriel asintió, aún acalorado. Conocía bien el humor de la mujer del herrero.

—Pero un tentempié no me lo negaréis —insistió Marcia. Y al punto colocó sobre la mesa queso fresco, pan, uvas, una jarrilla de vino y tres tazas.

Mientras los hombres bebían y comían, Marcia los escuchaba atenta. Gabriel y Martín habían navegado juntos en el Caribe, con un buque pirata, y rara era la ocasión en que su conversación no derivaba hacia las andanzas y malandanzas de aquella época.

—A veces me pregunto qué habrá sido de Yabama —dijo Martín, mientras se escanciaba otra taza—. ¿Te acuerdas? ¿Y de aquella india con la que te casaste?

Gabriel masticaba en silencio. Con vino, su amigo se volvía indiscreto.

—Jutum —respondió al fin.

—¡Qué mujer!

—¿Cuál de las dos? —preguntó Marcia, con un tono que puso a Gabriel en alerta.

—Yabama —dijo Martín—. Más arrecha que cualquier hombre.

Las campanas de San Jorge tocaron el ángelus.

—¡Cuerpo del mundo! Qué tarde es —exclamó Martín, y se levantó y se echó al hombro el saco con las herramientas—. Disculpadme, el deber me llama.

Lo acompañaron hasta la puerta, que había permanecido abierta. Un enjambre de moscas revoloteaba en los rayos de luz que se colaban por ella. Justo entonces llegó una mujer que llevaba un pequeñín en brazos.

—Señor Robledo, me alegra veros.

El hombre respondió cortésmente al saludo, le hizo un par de cucamonas a la carita que asomaba entre un lío de paños y arrugó la nariz.

—Este muchachito necesita que lo limpien —dijo, antes de emprender la marcha.

—Qué prisa tenía don Martín —comentó la joven madre.

—No es para menos, Isabel. Lo espera su esposa —apuntó entre risas Marcia.

Isabel del Puerto, la hermana menor de Gabriel —los demás hermanos residían en Veracruz—, cruzó el zaguán, dejó a su hijo sobre la mesa y fue en busca de una palangana y trapos.

Marcia retiró los restos del aperitivo y Gabriel se entretuvo con su sobrino.

Un bebé como casi todos, con la piel sonrosada, los ojos oscuros y una expresión tranquila.

No hallaba en él ningún rasgo que le recordara a su madre, en contra de la opinión de Marcia, que insistía en que era un Del Puerto de pura cepa.

Acercó su dedo índice a la naricita del niño y la acarició.

El bebé seguía con los ojos el movimiento de su dedo.

Isabel regresó con la palangana llena de agua. Con destreza fue desvistiendo al pequeño Santiago, le quitó el pañal, que puso a un lado, lo lavó con agua y jabón, susurrándole arrullos, lo secó y le colocó un trapo limpio en la entrepierna.

—El tío Sancho quiere verte —dijo de pronto Isabel.

—¿Sabes para qué?

—Algo relacionado con Portugal —respondió ella, sin apartar la vista del niño. Isabel se había aficionado a la religión y pasaba parte de su tiempo en el convento de la Orden Tercera de Santa Bárbara, que se hallaba en la ciudad vieja, frente a la casa de su tío.

—Iré por la tarde.