La derrota del dragón II #4
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II #4

Con el trapo recogido, daban proa a la tormenta y aguantaban sus embestidas.

Los marineros, jugándose la vida en la jarcia, trataban de mantener el barco a flote, mientras los soldados se reventaban en las bombas.

La tarde se volvió noche, y la noche un abismo negro iluminado sólo por relámpagos.

En un destello, creyeron ver a sotavento la silueta de otro navío, pero la luz lechosa del amanecer sólo reveló un océano vacío y amenazador.

En una tregua momentánea, sondaron la bodega, que ya hacía más de dos codos de agua.

—Así no hay forma de achicar, aunque desagüemos con baldes hasta morir —protestó Bravo, exhausto.

Duarte, a su lado, se encogió de hombros. Nada podían hacer sino desjarretarse en las bombas.

El temporal arreciaba. Las olas, más altas que nunca, destrozaban todo a su paso.

El trinquete se desgajó, una de las maromas que ceñían el casco se rompió y el agua comenzó a colarse no sólo por la proa, sino también por los costados.

Los cañones, destrincados de los bragueros, rodaban por la cubierta como bestias sueltas: uno cayó al mar, otro le rompió la pierna a un soldado, y los ladrillos del fogón, sueltos, cruzaban el barco como balas.

Los esfuerzos de los hombres, al límite de su resistencia, resultaban vanos ante aquella furia desatada.

Un pájaro, perdido en la tormenta, se estrelló contra la ampolleta de la bitácora y la destrozó: mal presagio para una noche que se cernía como definitiva.

Los soldados, rendidos, aguardaban el final, elevaban plegarias al cielo, hacían votos desesperados o pedían a fray Antonio confesión.

El contramaestre dio entonces la orden de virar y correr la tormenta por la popa. Bravo protestó.

—¿Estáis seguro? —le preguntó, con esa desconfianza que tiene del mar la gente de tierra.

—No veo otra manera de evitar el hundimiento.

Despuntó por oriente un alba timorata que les permitió entrever la costa irlandesa. A Duarte le pareció una visión fantasmal, suspendida entre la quimera y la pesadilla: un perfil de acantilados y picos afilados, envueltos en brumas, bajo un cielo gris y opresivo.

El viento y las olas los empujaban hacia la costa, por más que intentaran alejarse.

Solano mandó ceñir todo lo posible, navegar en paralelo y buscar una bahía donde guarecerse.

Pasaban las horas. Mediada la tarde, cargó el sudoeste y se vieron metidos entre las dos puntas de una embocadura.

El peligro era grande y, por no dar al través, siguieron ensenada adelante, donde Nuestro Señor fue servido de que hallaran cierto resguardo.

Se sondaban las profundidades constantemente hasta que el contramaestre ordenó que se largara el ancla para fijar la urca al fondo.

—Más no puedo hacer —dijo Solano.

—¿Y ahora qué? —preguntó el capitán.

—Aguantar lo que se nos viene encima. —El contramaestre señalaba la negrura que dominaba el horizonte—. Y cuando amaine, habrá que vararla en la playa, reparar el casco y continuar el viaje.

Les sobrevino una nueva borrasca. Las olas barrían la cubierta con furia, mientras el cable del ancla se tensaba al límite de la rotura.

Marineros y soldados, agotados pero tenaces, seguían luchando en las bombas.

Duarte, con los músculos ardiendo, cumplía sus turnos con rabia, concentrado sólo en el presente.

—He mamado agua de mar desde la cuna —dijo el contramaestre en un breve descanso—, pero nunca me había enfrentado a una situación como esta.

Duarte no respondió.

Por la mañana, el cielo se despejó brevemente y los hombres pudieron observar el lugar donde se encontraban.

La costa era baja, cubierta de un verde intenso y salpicada de peñascos.

Una playa estrecha y rocosa recibía el constante embate de las olas, que levantaban espuma al romper y se retiraban burbujeantes.

Entre la bruma se adivinaban las siluetas de algunas gentes que, desafiando al frío y el viento, se habían acercado a contemplar la urca.

—¿Serán naturales de esta tierra? —preguntó Eugenio López.

—¿Quiénes si no? —respondió el barbero Juan García, que se arropaba con una manta empapada.

—O una patrulla inglesa —terció un soldado joven, instruido y vivaz, cuya opinión valoraban sus camaradas.

Pese a la cercanía de la tierra, la situación seguía siendo dramática.

El mar, todavía muy picado, continuaba azotando el casco.

La fuerte resaca amenazaba con arrastrar la urca hacia el interior de la ensenada, el cable del ancla, cada vez más tirante, amenazaba con ceder y las afiladas rocas que asomaban a flor de agua auguraban un desastre si la nave derivaba más.

El cielo volvió a cerrarse y el viento cargó con renovada furia.

La costa se desdibujó, y por el lado del mar asomó un gran buque que navegaba del través.

Estaba maltrecho, con las velas hechas jirones.

Al avistarlos, modificó su rumbo para intentar aproximarse a la ensenada, pero debieron de considerar demasiado peligrosa la embocadura y volvieron al mar abierto para correr la tormenta.

Su silueta aparecía y desaparecía entre las olas hasta que se perdió tras la espesa cortina de lluvia.

—Se me hizo un galeón —aventuró el capitán.

—A mí, una nao levantina. Quizá la Regazona —opinó el contramaestre.

Duarte recordó que en esa nave viajaban un par de viejos compañeros y rogó por que el destino les fuera propicio.

Al día siguiente, el mar cargó tanto que el ancla garreó e hizo derivar la urca hacia la costa.

Los hombres fijaban sus miradas en el cable, como si con sus ojos pudieran reforzar su firmeza.

Sin embargo, la embarcación continuó su lenta deriva hasta chocar contra una restinga rocosa que emergía en el centro de la rada.

El golpe, fortísimo, hizo rodar por las tablas a quienes no estaban bien aferrados.

El crujido de la madera al ser destrozada por la piedra pareció brotar de una garganta monstruosa.

La Santa Bárbara quedó fuertemente encallada.

Los soldados, alterados, se temían lo peor.

Fray Antonio, con la cruz alzada, convocaba al rezo a quienes quisieran unirse a él.

Otros, en cambio, se asomaban a la borda y retrocedían atemorizados al ver cómo el oleaje espumeaba alrededor del casco.

El capitán Bravo salió a cubierta y se dirigió a Duarte.

—¿Qué diablos ha ocurrido?

—La popa ha encallado en esas rocas —respondió Duarte, señalando hacia abajo.

—¿Nos hundiremos?

—No de inmediato.

—¿Qué queréis decir?

—Justamente eso, capitán. El contramaestre ha bajado para evaluar los daños.

En ese momento lo vieron emerger por una de las escotillas, en compañía del carpintero y del calafate.

—La roca ha abierto una buena vía de agua en la aleta de babor, junto a la popa, y el eje del timón se ha roto —informó con calma, pese a la gravedad de sus palabras.

—¿Hay alguna buena noticia? —preguntó Duarte.

—La marea apenas ha empezado a bajar, y tenemos varias horas para abandonar la nave. La misma roca que ha horadado el casco actúa de tapón.

—¿Podremos repararla?

—Dependerá del temporal. Si sigue azotando así y la desencalla, se hundirá en un santiamén. Lo que se impone es llevar a la gente a tierra.

Tras mucho debatir, acordaron botar el esquife y tratar de alcanzar la playa para pedir ayuda a los lugareños que, cada vez en mayor número, se arremolinaban en ella.

Necesitarían varios botes para evacuar a la tripulación y parte de la carga.

Sin embargo, el mar mostraba tal cara de perro que nadie se ofreció voluntario, y el contramaestre tuvo que designar a los dos remeros que irían en el esquife.

El capitán Bravo, por su parte, señaló a Duarte.

—Vos conocéis la lengua de los herejes —le explicó.

—Apenas unas palabras.

—Más que yo.

—Los naturales de esta tierra hablan otra lengua. —Duarte recordaba lo que un irlandés que viajaba en el San Martín le había contado sobre el gaélico. Pero, por no parecer cobarde, se calló y acató las órdenes.

—Que os acompañe también el fraile, que sabe latín —ordenó Bravo. Y fray Antonio tragó grueso y subió al esquife.