La derrota del dragón II #3
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II #3

La Speedwell largó velas y, aprovechando la brisa terral, puso rumbo al este.

Tras doblar el cabo de North Foreland, avanzó paralela a la costa de Kent.

El amanecer la sorprendió a la altura del estrecho de Dover, que los continentales llamaban de Caláis.

Dejó atrás la isla de Wight y la de Portland y arribó sin novedad a la bahía de Plymouth.

Al aproximarse al puerto, Trenton distinguió varios navíos bien armados.

No tardó en saber que formaban parte de una escuadra al mando del conde de Cumberland, que aguardaba órdenes para emprender una expedición de corso contra las posesiones españolas de ultramar.

En tierra, recorrió varias calles antes de dar con la casa de míster Doe, un conocido prestamista y banquero de la ciudad, a quien entregó en mano una carta de Drake.

El banquero se colocó unas antiparras, rompió el lacre de la carta y se retiró hasta la ventana para leerla con mejor luz.

A medida que avanzaba en la lectura, sus cejas dibujaban un peculiar vaivén: primero una se alzaba, luego descendía y después se fruncían ambas en un arrugado entrecejo para finalmente elevarse con expresión preocupada. Sacudió la cabeza con resignación.

—Esperad hasta la noche —dijo al terminar—. Enviaré unos hombres de confianza para desembarcar los cofres.

—Como queráis —respondió Trenton—, pero no me separaré de ellos hasta que estén en su destino y vos me hayáis firmado el correspondiente recibí.

—Lo mismo iba a deciros, capitán —apuntó míster Doe con seriedad.

Bien entrada la noche, una cuadrilla de hombres con aspecto de rufianes se allegó a la Speedwell. Con ayuda de varios marineros, transportaron los cofres a tierra, no a la casa del banquero, sino a un almacén junto a la muralla. Allí, míster Doe redactó un documento certificando la entrega.

Trenton no quiso demorarse hasta el amanecer. Conocía bien la bahía, así que se hizo a la mar antes del alba. Con viento favorable, cubrió en una sola singladura la distancia hasta Portsmouth.

La antigua abadía de Saint James, donde residía su familia, quedaba a media jornada a caballo, pero Trenton no pensaba ir allí hasta haberse asegurado de que su tripulación recibiera las soldadas.

Se dirigió, pues, al cabildo en compañía de su contramaestre, Hugh Hardinge.

Fueron recibidos por uno de los regidores, un comerciante llamado Adams, que pronto dejó claro que no estaba dispuesto a ofrecerles ninguna ayuda.

—Esta ciudad ya ha pagado un impuesto extraordinario para sufragar los gastos de la guerra, señor Trenton.

—Su tono era inapelable—. Y varios hombres leales, entre los que tengo el honor de incluirme, hemos armado y apertrechado, a nuestras expensas y con gran sacrificio, siete navíos para la flota de Su Majestad.

Corresponde a la Real Hacienda hacerse cargo de las soldadas.

—Mis hombres sí que se han sacrificado —replicó Trenton, con más vehemencia de la habitual—. Llevan cinco meses de campaña, han combatido, han pasado hambre y calamidades, han enfermado y, por su causa, algunos han muerto. No podemos enviarlos de vuelta a sus casas con las manos vacías.

—Me pongo en vuestro lugar —respondió Adams—, pero no está en mi mano hacer nada por ellos.

Trenton lo evaluó con la mirada.

—Conozco bien Portsmouth. Es una villa próspera y sus arcas municipales pueden sufragar parte de las pagas debidas a mis hombres, si no en dinero, en especie. También podéis ayudar en costas a las viudas y haceros cargo de los enfermos más graves.

—Portsmouth no cuenta con hospital de misericordia.

—Pero sí con médicos y cirujanos competentes.

—No podemos obligarlos a practicar su ciencia gratuitamente.

Trenton intentó apelar a la humanidad del regidor, que se mantuvo en una obstinada negativa. Peor aún, parecía convencido de que actuaba con absoluta rectitud. Aquella intransigencia lo indujo a pasar de los ruegos a las advertencias.

—He visto que los almacenes de la ciudad están bien surtidos…

El regidor entrecerró los ojos.

—¿Qué queréis decir con eso?

Trenton se inclinó levemente sobre la mesa. Su voz sonó más baja, pero no menos firme.

—Un hombre desesperado es un hombre peligroso, señor Adams. Por última vez os pido que os hagáis cargo de mis hombres.

El regidor sostuvo su mirada sin pestañear.

—Y yo, por última vez, os digo que no.

El capitán apretó la boca y cerró los puños, presa de la contrariedad. Habría deseado golpear a aquel obtuso hasta tumbarlo. Nada se lo impedía, pero la oportuna mano de Hardinge sobre su hombro lo detuvo.

—Será mejor que volvamos a bordo.

Trenton lanzó una mirada encendida a Adams y, sin despedirse, dio media vuelta y se encaminó hacia el puerto.

El paseo, sin embargo, no bastó para calmarlo.

Lo sublevaba la falta de compromiso del regidor, su indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

En la pinaza, continuó dándole vueltas al asunto.

Durante toda la tarde estuvo recorriendo sus cubiertas, las manos en la espalda y en el rostro una expresión tan hosca que ningún marinero se atrevió a dirigirle la palabra.

Al anochecer pareció haber tomado una resolución.

Reunió a la tripulación y le explicó que las autoridades no tenían intención de abonar sus pagas, al menos en el corto plazo.

No les restaba, pues, otro camino que hacerlo por su cuenta.

Los hombres le mostraron su apoyo incondicional.

—Así se habla, capitán.

Poco después, bajó a tierra con los que se hallaban en mejor estado y los dividió en dos grupos. Al contramaestre, acompañado de una pequeña escolta, lo envió a buscar a uno de los médicos de Portsmouth para que atendiera a los enfermos más graves.

—No lo tratéis mal, señor Hardinge —le ordenó—, pero tampoco aceptéis un no por respuesta. Decidle que yo me haré cargo de sus honorarios.

Él, con el resto de los hombres, se encaminó a uno de los almacenes del puerto, que sabía bien surtido de grano y otros productos.

Saltaron el candado y, con orden marcial, hizo sacar lo indispensable para que sus hombres pudieran satisfacer sus necesidades más inmediatas, además de un pequeño excedente para que llevaran a sus casas.

En la Speedwell lo esperaba el médico que había encontrado Hardinge, que examinó a los enfermos de mala gana.

—Tifus exantemático —diagnosticó con fastidio—. Deberían permanecer a bordo hasta que se curen.

—O hasta que mueran, que es lo más probable —replicó Trenton—. No, señor. Los enviaré a sus casas para que sus familias los cuiden.

—Si hacéis eso, la epidemia se extenderá.

—Si tanto os preocupa, recomendad al cabildo de la ciudad que los ingrese en un hospital.

El médico se encogió de hombros y pidió una libra por su trabajo. Un abuso que Trenton pagó religiosamente. Después desmovilizó a la tripulación, conforme a las órdenes de Drake.

—Haré lo posible por que os paguen lo adeudado, pero no os hagáis muchas ilusiones —les advirtió—. Y desapareced, antes de que se enteren de nuestra hazaña.

Se acostó casi de madrugada y durmió con la conciencia más tranquila. Por la mañana, cuando se disponía a partir hacia Saint James, fue detenido por el sheriff.

—¿Qué atropello es este?

—Quedáis arrestado por robo, secuestro y alteración del orden público —le respondió el sheriff, y ordenó a uno de sus ayudantes que le pusiera los grilletes y lo encerrase en la prisión.

5

Atlántico norte

Septiembre entró con mal pie. Las borrascas se sucedían sin pausa, azotando las embarcaciones y derrengando a las tripulaciones, y cada buque no podía hacer otra cosa que velar por su propia ventura.

Mientras una parte de la armada navegaba hacia la península ibérica, otras naves luchaban por alejarse de las traicioneras costas de Irlanda, o intentaban hallar en ellas abrigo para reparar daños.

La Santa Bárbara, aislada ya de su grupo, trataba de capear el temporal como mejor podía.

A pesar de las maromas que ceñían el casco, la proa, dañada por los continuos golpes de mar, seguía embarcando agua, lo que obligaba a achicar día y noche.

La inundación no sólo restaba maniobrabilidad al barco, sino que había arruinado gran parte de los víveres almacenados en la bodega.

La galleta estaba húmeda, el tocino rancio y el queso enmohecido.

El agua de las pipas se agotaba, y aunque se tendían lonas para recoger la lluvia, las olas que saltaban por la borda la salaban y hacían la labor inútil.

Los hombres no estaban en las mejores condiciones.

Hasta los marineros más veteranos sufrían mareos por los constantes vaivenes.

El agotamiento se sumaba al hambre, la humedad y el frío.

El barbero de a bordo, cuya ciencia no daba para mucho, se limitaba a aplicar emplastos o recetar purgantes, hasta que estos se agotaron, como se agotaron las dietas especiales reservadas para los enfermos.

Antonio de la Cruz, el fraile franciscano, lo ayudaba en lo que podía: vaciar orinales, llevarles el escaso rancho y, sobre todo, escuchar sus cuitas y aliviar sus almas.

Una tarde, un cometa apareció en el horizonte de levante.

En la penumbra del atardecer, un punto de luz brillaba al final de una plumilla difusa.

Hubo división de opiniones sobre su significado: para unos era una señal divina, una guía del rumbo a seguir; para otros, la clara advertencia de una catástrofe inminente.

Fuera o no una señal, al día siguiente el viento, el cielo y el mar se conjuraron para descargar su ira contra la Santa Bárbara.

La durísima tormenta, con vientos huracanados del oeste, convirtió el océano en un caldero hirviente.

Olas gigantescas se abatían sobre las cubiertas con la violencia de una catarata, zarandeaban la nave como una corteza, la alzaban hasta alturas que daban vértigo para sumirla después en horribles simas donde parecía que toda el agua del mundo habría de sepultarla.