La derrota del dragón II #2
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II #2

—Sin embargo, y puesto que la desmovilización es un hecho —Drake endureció el gesto y lo señaló con el dedo—, quiero que vos partáis esta misma noche.

Trenton abrió la boca, pero fue Oseley quien habló.

—No temáis, capitán. No se trata de ninguna deserción. Sir Francis ha extendido y firmado la orden oportuna.

El crepúsculo había avanzado, y resultaba difícil distinguir los rostros.

—Provenís de Portsmouth, ¿no es cierto?

—Así es, señor.

—Pues allí deberéis llevar la Speedwell, ponerla en carena y desmovilizar a la tripulación. Pero antes —el almirante hizo una pausa y alzó un dedo— os dirigiréis a Plymouth y entregaréis a una persona de mi confianza una valiosa mercancía.

—¿Qué mercancía?

—No seáis impaciente, John —se burló Drake—. Y ahora abarload la Speedwell al costado de babor del galeón.

Trenton obedeció sin rechistar y una hora después varios marineros del Revenge pasaban a la pinaza, con sumo cuidado, dos pesados cofres de madera. Concluido el traslado, Drake apoyó ambas manos sobre la regala, miró a su subordinado y alzó una ceja.

—Esos cofres contienen exactamente lo que tenéis en mente, señor Trenton, pero no le vamos a dar el empleo que sospecháis. Al contrario, servirán para engrandecer a nuestra nación y dar a los españoles una lección que tardarán en olvidar.

Trenton guardó silencio. La noche había caído por completo y en el cielo despejado brillaba una miríada de estrellas.

—¿Acaso no me creéis? —insistió sir Francis.

—Jamás se me ocurriría, señor. —Trenton sacudió la cabeza con gravedad—. Sólo estaba considerando otro asunto.

—¿Qué asunto?

—Las soldadas de mis hombres —respondió con sequedad.

—Las pagas serán satisfechas cuando la Corona lo disponga.

—Esperan recibirlas antes de abandonar el barco. Después de tantos meses en el mar, volverán a sus casas con las manos vacías.

—No seáis tan quisquilloso con vuestros hombres, John. Para ellos no habrá mayor contento que verse por fin en tierra.

Quiso replicar el oficial, pero Drake lo interrumpió con un gesto.

—Dios proveerá, capitán. Dios proveerá. Mas tened por seguro que no olvidaré este servicio.

Trenton contempló a su superior. No era persona de fe ciega, ni en Dios ni en los hombres, y menos en sir Francis Drake.

Sabía que era un marino excelente, un jefe astuto y un hombre que inspiraba una lealtad inquebrantable en sus subordinados.

Pero también sabía que nunca había dejado de ser el pirata de antaño, el hombre que, por encima de cualquier otra cosa, miraba por su propio beneficio.

En todo caso, si aquella misión le servía para regresar antes a Saint James y reencontrarse con los suyos, bienvenida fuera.

3

Atlántico norte

Tras alcanzar el punto más septentrional, se hacía preciso dar un largo rodeo hacia el oeste para evitar las peligrosas costas de Irlanda.

Sin embargo, el Atlántico norte mostró su peor cara, con una sucesión de temporales y vientos del sur y del oeste que dificultaban cualquier avance hacia la península.

Durante semanas, las naves, cada vez más dispersas, dieron bordadas y viraron de un rumbo a otro intentando bajar en latitud, sin más resultado que dañar cascos y arboladuras, consumir provisiones y extenuar a las tripulaciones.

Estas condiciones terminaron de fragmentar la Gran Armada.

El grupo principal, encabezado por el San Martín, era seguido a distancia por otros contingentes menores.

En uno de los más rezagados se hallaba la Santa Bárbara, junto a una decena de embarcaciones.

Entre ellas marchaba el galeón San Juan, del almirante Juan Martínez de Recalde, como un perro pastor que procuraba reagrupar a las ovejas perdidas.

Una mañana, Recalde envió una falúa para conocer la situación de la urca.

—¿Qué necesidades tienen vuesas mercedes? —preguntó el patrón de la falúa.

—La más urgente es un ancla de respeto —respondió Bravo, repitiendo lo que le había comunicado el maestre—. Perdimos la principal frente a Caláis, y la que nos queda es demasiado pequeña.

—En eso no podemos ayudaros: todos andamos necesitados de ellas —replicó el patrón—. Y de víveres ¿cómo andan vuesas mercedes?

Bravo indicó que aún tenían provisiones para un par de semanas, pero que el agua escaseaba.

—Manteneos a la vista, y evitad derivar hacia el este —les aconsejó el patrón, antes de marcharse.

El panorama a bordo no tardó en agravarse. La urca seguía haciendo agua por la proa, a pesar de los parches de cuero, y los marineros, agotados, no daban abasto con las bombas, por lo que Andriessen pidió al capitán que los soldados también participaran en el achique.

—No es trabajo para soldados del rey —replicó Bravo con altivez.

Duarte, que observaba la situación con creciente preocupación, intervino:

—Capitán, si no colaboramos, esta nave se hundirá. Os ruego que lo reconsideréis.

Bravo, tras un momento de reflexión, accedió.

—Está bien. Pero vos y yo daremos ejemplo.

—Si queréis que os acompañe, allí estaré —le respondió Duarte. Y ambos encabezaron el primer turno en una de las bombas.

Los temporales no daban tregua: lluvia, vientos, granizo. Marineros y soldados trabajaban con riesgo constante, pero las tracas seguían abriéndose y, a pesar de su esfuerzo, la bodega acumulaba casi dos codos de agua.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Bravo al maestre.

—Ceñir el casco con maromas.

—Habladme en cristiano.

Se encontraban en el alcázar de popa. El océano, aún embravecido, espumeaba gris y amenazador.

—Rodearlo con unas sogas, señor capitán —dijo Andriessen—, como se amarra una caja para evitar que se abra.

—¿Es eso posible?

—Mañana lo veréis.

Al amanecer, el maestre llamó a dos de los mejores buceadores y ordenó sacar de la bodega dos gruesas maromas.

Una debía rodear el casco a la altura del castillo de proa y la otra junto al palo mayor.

Cuatro marineros se encargarían de largarlas desde un costado mientras otros tantos se preparaban para recibirlas en el opuesto.

Cuando todo estuvo listo, los buceadores se despojaron de las sayas, a pesar del frío, y ataron a sus cinturas sendos cabos fijados a las puntas de las maromas. Andriessen había puesto la urca en facha y la nave cabeceaba al capricho de un mar agitado.

Los buzos se descolgaron por la banda de estribor, llenaron de aire los pulmones y se sumergieron en las heladas aguas.

Duarte, consciente de la dificultad, decidió calcular cuánto tiempo podría aguantar él.

Inspiró profundamente y contuvo la respiración.

Pronto sintió el impulso de tomar aire. Los segundos se alargaban, su pecho se tensaba; apretó la garganta, pestañeó rápidamente, agitó los dedos.

Los buzos no asomaban. Su corazón latía con fuerza, sus venas parecían a punto de estallar.

La sangre se retiró de su rostro, su visión se nubló y el ardor en los pulmones se hizo insoportable.

Finalmente, abrió la boca con desesperación.

Luego de un rato, emergió el primero de ellos.

El hombre, con el cabello pegado al cráneo cual casco de cuero, braceó con esfuerzo hasta el costado de babor.

Desde el combés le arrojaron un cabo y lo izaron a bordo.

Apenas pisó la cubierta, se soltó de la maroma y se inclinó sobre la regala, buscando con la mirada a su compañero, que tardó unos instantes más en aparecer, jadeante y con los brazos en alto.

—¡Basta de diversiones! —gritó Andriessen cuando ambos estuvieron a bordo.

Siguiendo sus indicaciones, los extremos de las maromas se enlazaron y se tensaron al máximo con los cabrestantes.

—¡Más fuerza, flojos! ¡Quiero que esto quede más templado que una verga en una mancebía!

Los hombres sudaban y maldecían mientras empujaban los vástagos de las poleas.

—Espero que este circo valga la pena —comentó Bravo cuando hubieron terminado.

—Valdrá —replicó Andriessen, con seguridad.

Pero nunca tuvo oportunidad de comprobarlo.

Durante la guardia de la madrugada, el contramaestre Solano lo fue a llamar porque el viento había rolado al oeste y la urca se alejaba del grupo, pero halló su cabina vacía. Tras una búsqueda infructuosa, llamó al capitán y a Duarte.

—¿Seguro que lo habéis buscado?

—Dos veces, capitán —aseguró Solano—. Creo que lo han tirado por la borda.

—¿A qué viene eso? —replicó Bravo—. Es de noche, está nublado y tenemos mala mar. Se habrá caído.

—¿Caerse el maestre? Me cuesta creerlo.

—Cosas más extrañas se han visto. Además, todos sabíamos que le gustaba el vino.

—Era un buen marino. Borracho o no, no habría caído por descuido.

—¿Y qué insinuáis, entonces?

Solano, al notar las miradas inquisitivas de la tripulación, decidió ser más cauteloso.

—Podrían haberlo golpeado mientras dormía.

—¿Y arrastrarlo hasta la borda? Para eso se necesitan al menos dos hombres. Vos ocupáis la cabina contigua. ¿Oísteis algo?

—Desde que me dio el relevo de medianoche, nada.

—Ahí lo tenéis.

El contramaestre negó con la cabeza, poco convencido.

—Pensadlo bien —prosiguió Bravo—. ¿Quién mataría al maestre? Sin piloto, la nave está condenada. Se acabó el debate: Andriessen se cayó. Con este mar, hasta el más baqueano puede tener un descuido fatal. ¿No opináis lo mismo, señor Salazar?

Duarte había escuchado atentamente el cruce de opiniones. Aunque desconfiaba del apresurado juicio del capitán, decidió no alentar sospechas sin pruebas.

—Nada indica que lo hayan matado —concedió al fin—. No obstante, cuando lleguemos a puerto informaré del incidente.

—Hacedlo —zanjó Bravo.

El viento fresco que entraba por la amura de babor mantenía a la tripulación en constante actividad.

Duarte, mirando el horizonte oscuro y encrespado, no pudo evitar estremecerse.

No sólo por el frío. Sentía que todo se conjuraba contra aquella armada, cada vez menos grande y ya definitivamente dispersa.

4

Portsmouth