II
Mar de Escocia
Tras perder de vista a la flota inglesa, el duque de Medina Sidonia concentró todos sus esfuerzos en avanzar hacia el norte, sorteando chubascos, nieblas y un mar embravecido que desafiaba la resistencia de hombres y barcos.
Sabía que sin la protección de su armada, las costas ibéricas quedarían indefensas ante un contraataque enemigo.
El San Martín, capitana de la armada, encabezaba la formación con todo su velamen desplegado para aprovechar el viento del sudeste y ganar leguas. Sin embargo, ese ritmo tan vivo dejaba atrás a los barcos más lentos y a los más dañados por los combates, y estiraba peligrosamente la formación.
Ante la perspectiva de un retorno largo y difícil, el duque ordenó racionar el agua y las vituallas a la mitad, y dispuso arrojar por la borda a las mulas y caballos con el fin de reducir el consumo.
La imagen de los animales nadando desesperados tras las embarcaciones antes de hundirse entre las olas llenó de rabia a las tripulaciones.
—Quiera Dios que no echemos en falta su carne más adelante —comentó Celestino Solano, el contramaestre de la Santa Bárbara.
En la urca, el ambiente era sombrío. Entre los soldados, reclutados en su mayoría en Portugal y Extremadura, cundía la frustración.
Eran jóvenes sin experiencia, que habían partido soñando con la gloria y veían el apresurado regreso como un humillante fracaso: no habían enlazado con el ejército de Flandes, ni desembarcado en tierras protestantes ni librado una batalla digna de ese nombre.
La jornada de Inglaterra no les había traído honra ni fama.
Las críticas a Medina Sidonia menudeaban.
Se lanzaban acusaciones maliciosas y se recordaban decisiones controvertidas, como el abandono en el canal de la Mancha de la nao Nuestra Señora del Rosario.
Maniobrar toda la armada para intentar rescatarla habría sido extremadamente difícil con el barlovento en contra, pero aquello no mitigaba la indignación.
Las críticas más feroces, no obstante, se dirigían contra Alejandro de Farnesio. Su demora en preparar al ejército de Flandes había condenado el éxito de la campaña. Lo acusaban sin ningún reparo de arrogancia y desinterés y de prestar más atención a las damas que a las armas.
La reducción de las raciones diarias enfureció todavía más a la tripulación.
Media libra de bizcocho, medio cuartillo de vino y otro medio de agua era todo lo que se asignaba a cada hombre.
El maestre Andriessen, convencido de que la Santa Bárbara tenía provisiones de sobra, propuso ignorar la orden, pero el capitán Bravo se negó.
—No tengo intención de acabar como mi predecesor —respondió delante de todos, aunque Duarte no pudo evitar preguntarse qué habría dicho si él no hubiera estado presente.
Días después, la armada alcanzó el norte de Escocia.
Al sobrepasar el paralelo cincuenta y nueve, los barcos viraron al oeste y se adentraron en el pasaje entre las islas Orcadas y las Shetland.
Dispersa en una amplia zona, la flota había perdido el orden de marcha, y varias unidades quedaron aisladas.
A pesar de ello, Medina Sidonia no aminoró la marcha.
La Santa Bárbara era una urca flamenca de cuatrocientos toneles destinada al transporte de pertrechos militares y material de asedio. Aunque tenía dificultades para seguir el ritmo que imponía la capitana, Andriessen, que antes de ser maestre había sido piloto, la mantenía en formación.
El principal problema de la urca era que su casco, ya viejo, comenzaba a abrirse por las tracas de proa y embarcaba mucha agua, lo que obligaba a los marineros a faenar en las bombas para evitar que la bodega se inundara.
Para remediarlo, el maestre mandó clavar cueros de vaca, a modo de parches, en el casco.
Una solución rudimentaria que logró reducir el flujo lo suficiente para que pudieran continuar.
Duarte se apresuró a establecer relaciones con la tripulación.
Su carácter abierto y decidido lo ayudó a disipar la inicial desconfianza y los hombres pronto lo vieron como un oficial dispuesto a conversar, bromear e incluso a escuchar quejas.
Su origen portugués le facilitó el trato con los marineros de su tierra, aunque no con los soldados de Diego Hernandes, un grupo cerrado y difícil de abordar.
Tampoco le resultaba sencillo comunicarse con Andriessen. Sus respuestas, siempre escuetas, y su dominio limitado del castellano —o su falta de interés en hablarlo— no facilitaban el entendimiento.
El capitán Bravo, en cambio, tenía otra actitud. Ya fuera para ganarse su confianza o porque entendió que Duarte no buscaba perjudicarlo, apartó la adustez inicial y se mostró más receptivo.
Bartolomé Bravo era un veterano de Italia, Berbería y Portugal, donde había ganado fama de capitán esforzado, y también de rebelde, de ahí su destino en la Santa Bárbara.
Fornido y con la cabeza rapada, disfrutaba alardeando de sus hazañas militares y conquistas amorosas en Italia, donde, según él, los capitanes españoles eran tan valorados que las damas les abrían sus alcobas.
Esas bravatas, que a Duarte le parecían de mal gusto, despertaban en cambio la admiración de sus hombres.
—No os envidio el encargo, señor Salazar —le dijo Bravo en una ocasión.
—¿Qué encargo?
—Ser la oreja del duque en un barco señalado por la rebelión no es tarea fácil.
—¿De veras creéis que es un barco rebelde?
El capitán rio y le dio una palmada en la espalda.
—No lo es. Ni lo era su anterior capitán. Tened por cierto que su ejecución fue un error.
Duarte no respondió, pero sospechaba que Bravo decía la verdad.
El frío no tardó en hacerse presente, un frío para el que los hombres no estaban preparados. Por fortuna, la urca llevaba un pañol lleno de mantas de campaña, y el maestre decidió repartir dos por cabeza.
—No hay necesidad de que se sacrifiquen en vano —informó Andriessen a Bravo y a Duarte, como si ambos compartieran el mando.
En cualquier caso, Bravo, desconocedor de los asuntos de navegación, dejaba en manos de Andriessen todo lo relativo al gobierno de la urca.
2
Margate
La Speedwell era una pinaza de setenta toneles con una tripulación inicial de treinta hombres, de los cuales apenas una veintena se mantenía en condiciones para el servicio.
Se hallaba fondeada a varias millas de tierra, en el perímetro exterior de la flota, y hasta allí se desplazó Nicholas Oseley, el asistente de Drake.
En cubierta lo recibió el contramaestre, Hugh Hardinge.
—El señor Trenton ha bajado a tierra —le informó—, pero no tardará en regresar.
Le extrañó la noticia a Oseley, toda vez que estaba tajantemente prohibido el desembarco de cualquier hombre de la flota, en especial de los oficiales, pero se guardó de hacer comentarios.
Pese a ser un barco auxiliar, dedicado a llevar avisos y realizar descubiertas, la Speedwell montaba sobre cubierta varias piezas de artillería de buena calidad.
La espera de Oseley no fue larga. Trenton traía consigo a un hombre pálido, barbado y tambaleante. Antes de saludar a Oseley, el capitán se volvió hacia el contramaestre y le pidió que condujera a su acompañante a sacar unas cuantas muelas.
Ante la mirada interrogante de Hardinge, se explicó:
—Es el único barbero que he encontrado. —Luego le preguntó a Oseley por el motivo de su presencia.
—Veo que os preocupáis por vuestros hombres —se admiró el asistente de Drake.
—¿Y quién no?
Oseley le dedicó una mirada calculadora antes de proseguir.
—El vicealmirante desea que os presentéis ante él al caer la tarde. Y que acerquéis la pinaza al Revenge.
—¿Mover la Speedwell?
—Esas son las órdenes.
Trenton se giró hasta dar la cara al viento.
—Con esta ventolina no va a ser fácil.
Oseley se encogió de hombros.
—La podéis atoar con la lancha —sugirió. Y como notó su curiosidad, añadió—: No tengo idea de cuáles son las intenciones de sir Francis.
Por más que lo sorprendiesen los deseos del almirante, Trenton no se entretuvo en vanas especulaciones y pasó la mañana supervisando el trabajo del barbero, que sacó unas cuantas muelas, sajó y limpió algún divieso y, antes de marcharse, lo alertó sobre el estado de los enfermos.
—No soy médico, capitán, pero su dolencia es contagiosa.
En pago a sus servicios, Trenton le ofreció una botija de manzanilla de Sanlúcar.
Por la tarde se levantó una brisa bonancible, suficiente para que la pinaza se aproximara al Revenge sin necesidad de ser remolcada. Drake lo recibió en el combés.
—¡Ah, señor Trenton! Hace un buen rato que os aguardo —dijo con impaciencia—. Vayamos a mi cabina. Allí estaremos más tranquilos. Vos también, Nicholas.
Sir Francis vestía la misma ropa que la última vez; desprendía olor a comino y portaba, por única protección, una daga vela colgada del cinturón.
Cruzaron el pasillo de la tolda y entraron en la cámara.
El segundo almirante de la flota cerró la puerta y salió al balconcillo de popa, que era amplio, con barrotes torneados y pintados de negro.
Tanto secreto hizo crecer la curiosidad de Trenton, y también su desconfianza.
Conocía bien a sir Francis y nunca lo había visto actuar de aquella manera.
Frente a ellos se divisaban las siluetas oscuras de numerosos navíos. El sol se había puesto, y en el horizonte quedaba un resplandor anaranjado. La luna era apenas una rodaja diminuta, y la estrella de la tarde pendía sobre ella como una joya brillante.
Sin más preámbulos, Drake informó a sus oficiales de la última novedad: habían regresado los capitanes enviados por Howard para espiar los movimientos de los españoles, con la noticia segura de que su armada había superado las islas Orcadas y puesto proa a España.
Sir Francis hizo una pausa. Oseley no pareció impresionado, por lo que Trenton dedujo que ya estaba al tanto.
—Esta mañana, el lord gran almirante me comunicó que había enviado despachos a Londres y que, sin duda, nos licenciarán en breve.
—Al fin —murmuró Trenton.