I #4
—Ah, Baker, haz venir a nuestro invitado de honor para que pueda disfrutar de tus manjares.
—Veneno le daba yo a ese don Pedro —refunfuñó el cocinero, aunque se apresuró a cumplir la orden y no tardó en regresar con el prisionero, que tenía ceñidas las muñecas con unos grilletes de plata unidos por una cadena larga y liviana que le permitía cierta libertad de movimiento.
Se acercó a Drake, como si se tratara de un ritual repetido, para que se los quitara.
Una vez libre, ocupó la silla vacía junto a su captor.
—Don Pedro de Valdés, el temido almirante de la escuadra de Andalucía —lo presentó Drake con tono afectado.
El español los saludó con una leve inclinación de cabeza.
Era un hombre de pequeña estatura, pero de aspecto vigoroso, ojos grandes, pelo corto y unas manos casi femeninas.
Su inglés era malo, por lo que la conversación se mantuvo en una mezcla de ambas lenguas.
Hablaron, por supuesto, de asuntos navales.
Don Pedro se expresaba con una cortesía excesiva, como si procurara disimular su condición de prisionero, aunque a Trenton le pareció un hombre con alta opinión de sí mismo.
Drake intentaba tomarle el pelo y, tras cada chanza, lanzaba guiños a sus oficiales para que no hubiera duda de su ingenio.
El capitán Furthow, queriendo imitar a su superior, le preguntó con malicia por la dureza del combate en el que había rendido su navío.
—No hubo ningún combate. Mi nao colisionó con otra, perdió el gobierno y quedamos desamparados por completo. Yo no quise exponer inútilmente a mis hombres y rendí la nao a sir Francis.
—Tengo entendido que una de vuestras galeazas —siguió Furthow—, encallada frente a Caláis, sostuvo un durísimo combate contra la escuadra de lord Howard antes de que sus hombres la abandonaran.
—¿Insinuáis que actué con cobardía? —saltó don Pedro, y se puso en pie con el rostro encendido—. He participado en más combates navales que años tenéis, señor. Exijo que os retractéis de inmediato.
Furthow se echó atrás, sorprendido por la violenta reacción del español.
—Tranquilizaos, don Pedro —intervino sir Francis con aire apaciguador—. Mi capitán no os ha querido ofender. Ha sido sólo un comentario nacido de la curiosidad. Decidme, ¿por qué Medina Sidonia no trató de socorreros?
Drake sabía cómo desviar la atención de su invitado.
—Medina Sidonia es un hombre desconfiado y envidioso —respondió Pedro de Valdés, todavía tirante—, rodeado de asesores ineptos.
Drake, con un gesto a espaldas del prisionero, les dio a entender a sus capitanes que no era la primera vez que se despachaba a gusto.
—Don Pedro está muy interesado en negociar su rescate —continuó Drake—. Dice que podría poner cincuenta mil ducados sobre la mesa, con el rey en persona como fiador.
—Su Majestad no ha de abandonar a quienes lo hemos servido con lealtad —afirmó con solemnidad Valdés.
—¿Vos qué opináis, sir Francis? —preguntó Jervis Wilder.
—Es muy pronto para hablar de rescates: la campaña aún no ha concluido.
—Los rescates deben ser aprobados por la reina —señaló Wilder—. Tanto el de don Pedro como el de los otros capitanes que custodiáis en el Revenge.
—Por supuesto, Jervis —asintió Drake con calma—. Nada se hará sin su aquiescencia.
Tras responder al puntilloso capitán, el almirante se volvió hacia su prisionero para lanzarle una nueva pulla.
—¿Estáis seguro de que el rey don Felipe os avalará? ¿No os hizo encadenar tras una de vuestras campañas?
—Fue un equívoco, infundado por lenguas venenosas, que nunca faltan en la corte —se apresuró a aclarar Valdés—, pero ya se resolvió.
—Creo haber oído que en Terceira cosechasteis una derrota a manos de una tropa de vacas.
Don Pedro frunció los labios, humillado por el comentario, mientras trataba de hallar una respuesta digna.
Trenton, que había permanecido en silencio, observaba con atención el duelo verbal. Aquellos dos hombres le parecían tal para cual: Drake y Valdés, Valdés y Drake, si el uno era soberbio, el otro era petulante; si este resultaba vanidoso, aquel altanero.
—Yo estaba en Azores en aquella época —dijo de pronto.
Valdés levantó la vista, sorprendido.
—¿Con los portugueses?
—No.
—Ah. ¿Con los franceses?
—Con un buque corsario, señor.
El tono destemplado de Trenton cortó de raíz la curiosidad del español.
La conversación prosiguió durante un rato mientras el señor Baker no dejaba de llevar manjares a la mesa. Los capitanes, en cuyos barcos los víveres escaseaban, contemplaban con asombro aquella chorrera de comida, y callaban. Si había ocasión para una buena pitanza, mejor aprovecharla.
Finalmente, el vicealmirante de la flota se levantó y dio por concluido el almuerzo.
—Os acompañaré a cubierta, mis señores —dijo tras colocar de manera ceremoniosa los grilletes de plata en las muñecas de don Pedro. Algunos platos, aún a medio acabar, retuvieron las miradas codiciosas de sus capitanes.
El día se estaba nublando y el viento comenzaba a levantarse.
—Tras esta campaña vendrá otra, mis señores —anunció Drake junto a la borda—, y será un placer contar con vuestros servicios.