La derrota del dragón I #3
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I #3

—Llevarlos a tierra, sir Francis —le respondió Trenton tras una breve pausa—. Permitir que se alimenten adecuadamente y que los enfermos más graves sean atendidos en hospitales.

El segundo almirante de la flota asintió con gravedad. Luego, su rostro se iluminó con una sonrisa, y lanzó una carcajada que resonó en la cubierta

—Voto al diablo que tenéis razón, amigo John.

Su risa era contagiosa, y los capitanes lo secundaron.

—Eso es precisamente lo que deberíamos hacer —continuó Drake—. No es tiempo de escatimar con los hombres que han brindado esta victoria a la reina y tanta gloria a Inglaterra.

—¿Qué victoria, señor? —preguntó Cely.

Drake lo miró con expresión de reproche y le pasó un brazo por los hombros.

—Ah, Thomas, Thomas. ¿Qué ganáis poniendo en duda lo que es evidente? ¿Cómo vamos a celebrarla si nosotros mismos no nos la creemos? Una victoria, una gran victoria.

Soltó al capitán y, abriendo los brazos en un gesto amplio, los invitó a todos:

—Venid, señores. Acompañadme al almuerzo. Os presentaré a mi prisionero e invitado de honor. Un invitado al que pienso exprimir hasta el último ducado.

El comentario, aunque proferido con cierto humor, dejó un eco incómodo entre los capitanes. Sabían que ninguno de aquellos ducados se escurriría hasta sus bolsillos. Nada dijeron, sin embargo, y siguieron a Drake hacia la penumbra del alcázar.

5

Galeón Revenge

La cámara principal era, como cabía esperar, amplia y lujosa, con dos grandes ventanales que le proporcionaban luz natural y ventilación.

Adornada con tapices y mapas náuticos, el centro lo ocupaba una mesa de roble rodeada por varias sillas.

Sobre ella, una lámpara de aceite apagada oscilaba con el leve balanceo de la nave.

En uno de los costados había una estantería con una buena colección de volúmenes, un baúl donde su dueño guardaba bitácoras y cartas de navegación y un par de arcones de madera y hierro con los candados puestos.

En el otro costado, tras las levantadas cortinas de damasco, podía verse una litera con una colcha vistosa y varios cojines mullidos.

Trenton se fijó en el globo terráqueo que, en un rincón junto al lecho, sobre un pedestal, daba fe de que el vicealmirante de la flota había realizado la hazaña de circunnavegarlo.

—Tomad asiento, mis capitanes —invitó Drake a sus oficiales.

Aunque el servicio estaba puesto: vajilla fina, primorosamente adornada, cubiertos de plata y vasos de cristal, Drake llamó a uno de los pajes para que añadiera dos cubiertos más.

—Avisa al cocinero de que seremos seis —ordenó.

Sir Francis Drake no era un hombre corpulento, pero tenía los miembros bien proporcionados, el rostro bermejo, una condición jovial y la fortuna de su lado en toda suerte de empresas.

Mientras aguardaba la llegada del almuerzo, se complació en ilustrar a sus invitados sobre la historia de su galeón.

El Revenge tenía fama de barco maldito, quizá por ello Drake, que se jactaba de forjar su propia suerte, lo había escogido como buque insignia.

Para muchos de sus hombres, en especial los marineros, que eran gente supersticiosa, el navío estaba condenado a un desenlace trágico.

Su historial no ayudaba a desmentir tales temores, pues había tenido ya dos peligrosos accidentes.

En el primero, ocurrido durante un viaje a Irlanda, chocó con un arrecife que por fortuna no le perforó el casco.

Años después varó a la salida del puerto de Portsmouth, cuando se dirigía a participar en una expedición al sur.

Pero sir Francis se reía de los malos presagios.

—Qué presagios ni presagios: un barco bendecido por la mano del Todopoderoso —dijo con confianza—, pues su salvación fue milagrosa.

El cocinero, que acababa de dejar sobre la mesa un jamón cocido y lo loncheaba con tridente y cuchillo, no compartía la opinión de su superior.

—No tuerzas la cara, señor Baker, que eres peor que un papagayo viejo.

El cocinero ignoró el comentario, sirvió una loncha en cada plato y salió en busca de más viandas. Sir Francis, por su parte, cambió de tema y centró la conversación en el asunto que los había reunido.

—Entiendo vuestro malestar, caballeros, pero las dudas sobre las intenciones de la armada española tienen a los ministros de Londres sin sosiego —se burló—.

Algunos aseguran que se encuentra resguardada en un puerto escocés, esperando vientos favorables para regresar al canal; otros la creen invernando en Noruega; y hay quienes sostienen que intentará rodear Gran Bretaña para desembarcar en Irlanda o retornar al canal de la Mancha.

—Tengo entendido que la han avistado al norte de Escocia —comentó Jervis Wilder.

—Unos pescadores —añadió William Furthow.

—Nada verificado —opuso el almirante—. No podemos fiarnos de rumores.

—¿Qué pensáis vos, señor? —preguntó Trenton.

Drake se pasó la mano por la barba, un gesto mecánico que le ayudaba a reflexionar.

—Yo diría que han puesto proa a casa. Les hemos hecho mucho daño y necesitan lamerse las heridas.

El capitán Thomas Cely, más pesimista, negaba con la cabeza.

—Pero no hemos podido acabar con ellos.

—Pese a estar cerca de nuestras bases, nos faltaron suministros, pólvora, balas, víveres —apuntó Furthow, para quien las carencias de su flota habían sido determinantes—. ¿Cómo se puede hacer la guerra así?

—Lord Howard hizo lo que pudo —argumentó Wilder, ofendido por las críticas, pues era hombre afecto a él—. No es fácil enfrentarse a un enemigo tan poderoso.

—Por supuesto —concedió Furthow—, pero convendréis conmigo en que el lord gran almirante tiene escasa experiencia en el mar.

—¿Qué insinuáis? —dijo Wilder.

—Que si supiera tanto de navegación como de teatro… —comentó con malicia Furthow.

Sir Francis sonrió solapadamente. No era un secreto que lord Howard patrocinaba una de las compañías teatrales más renombradas de Londres.

—No se trata de que no hayamos podido, señores, sino de que no hemos sabido —dijo Drake, de repente grave—.

Sus barcos eran más pesados y torpes que los nuestros, pero mantuvieron en todo momento una formación impenetrable.

Lo que nos faltó fue organización, potencia y doctrina militar.

Entregar la flota y el ejército a personas cuyo único mérito es su cuna no parece la política más acertada.

—Mientras hablaba, tenía los ojos puestos en el capitán Wilder.

Sabía que, antes del anochecer, sus palabras llegarían a oídos del lord almirante—.

El conocimiento nace de la experiencia. He participado en múltiples empresas navales, en el Caribe, en el Pacífico, en el Índico, de nuevo en el Caribe, en el golfo de Cádiz…

No todas fueron exitosas, pero creedme que he aprendido mucho de ellas.

En fin, mis señores, el lema de mi escudo habla por mí: la grandeza nace de pequeños comienzos. Y estoy muy orgulloso de ellos.

—Pero lord Howard de Effingham es el lord almirante —se atrevió a apuntar Jervis Wilder—, y sus órdenes deben ser acatadas.

Los otros capitanes miraron a Drake.

—Muy cierto. —El vicealmirante sonreía—.

Y en este caso ha obrado con astucia. Después de que perdiéramos contacto con los españoles, envió dos navíos ligeros para seguir sus aguas.

Cuando retornen, sabremos a qué atenernos.

Mientras tanto, seguimos en zafarrancho.

La amenaza que representa el ejército de Flandes al otro lado del estrecho es más real y cercana.

Si Farnesio no ha desmovilizado a sus hombres, ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros?

—Drake recorrió la mesa con la mirada y concluyó con tono firme—: Así que nos toca aguardar, caballeros.

Los caballeros cabecearon en silencio. Trenton aprovechó la pausa para retomar el asunto que lo había llevado allí.

—Más cierta es la amenaza de una epidemia, si dejamos a un lado el descontento de los hombres, que aumenta cada día. Enfermos, mal alimentados y sin soldadas, son carne de motín.

—Señor Trenton, os tengo mucho aprecio, pero por Dios que me aburrís con ese asunto. Olvidaos de él siquiera por un rato y divirtámonos con don Pedro.

Trenton encajó la velada reprimenda con una sonrisa estirada. El cocinero volvió con una botija de vino, medio queso y almendras.