La derrota del dragón I #2
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I #2

La última especie que corre por Londres indica que la Grande Armada, imposibilitada de volver a Caláis a causa del viento, navega hacia el norte en solitario, sin que la flota inglesa siga sus aguas.

Pero son tantas las nuevas, y tan encontradas, que sería más fácil dar con una aguja en un pajar que con la verdad entre tanto ruido.

Y como si la confusión propia de estos sucesos no dificultase la tarea de obtener información fiable, la reina ha prohibido bajo severísimas penas toda alusión a los daños de su flota o a la flaqueza de sus mandos, lo cual no deja de ser indicio de que no salieron tan bien librados como presumen.

Si el resultado les hubiera sido favorable, se oiría por todo el reino el repicar de las campanas.

Yo estaré atento a cuanto pueda sobrevenir, y lo haré saber sin tardanza a Vuestra Señoría, a quien Nuestro Señor guarde largos años, y prospere siempre en honra y salud.

Dada en Londres, a quince días del mes de agosto del año del Señor de mil quinientos ochenta y ocho».

4

Margate

El marinero notó que el batel se desviaba a babor y con el remo izquierdo dio varias paladas más potentes y corrigió el rumbo.

Su capitán, ensimismado en sus pensamientos, no pareció advertir el cambio.

La marea, casi baja, dejaba al descubierto extensiones de arena oscura y húmeda, repletas de charcas y regueros por donde correteaban bandadas de aves en busca de diminutos cangrejos.

A lo lejos, un grupo de barcas varadas casi en paralelo despertó un recuerdo en el marinero, que había sido pescador antes de alistarse en la armada.

Pensó que había hecho un mal negocio: la guerra le había traído hartas penalidades y escaso provecho.

O ninguno, pues no había cobrado todavía una sola paga.

Sobre la ensenada de Margate, en el estuario del Támesis, un bosque de mástiles desiguales se alzaba entre pendones deslucidos y jarcias flojas.

Más allá, en algunos puntos, la playa terminaba abruptamente en taludes invadidos por hierbajos.

Entre las embarcaciones destacaba un gran galeón, de más manga y eslora que los barcos que lo rodeaban.

Sus velas estaban recogidas, y se aferraba al fondo con dos anclas cuyos gruesos cables eran bien visibles.

Las portas de los cañones permanecían cerradas, pero en cubierta había un constante ir y venir de hombres.

Con unas pocas paladas más, el batel se acercó al costado de estribor, donde ya estaban fondeados otros botes.

—¿Quién va? —preguntaron desde la cubierta.

La voz sacó al capitán de su recogimiento. Se puso en pie, hizo bocina con las manos y gritó su nombre y el de su navío.

—Deseo ver al vicealmirante —añadió.

Un grumete largó un cabo, y el capitán subió con agilidad. Al llegar a la regala, apoyó la rodilla derecha, se deslizó y cayó en el combés del Revenge. Los marineros se apartaron para ceder el paso a otro oficial.

—Señor Trenton, ¿qué dichoso servicio os trae por aquí? —preguntó con una amplia sonrisa. Era un hombre alto y apuesto, con el rostro atezado y un porte elegante.

—Servicio sin duda, señor Oseley, aunque menos dichoso de lo que desearía —respondió Trenton mientras le estrechaba la mano.

—Lo imagino, pero no sois el primero que desea hablar con sir Francis. —El asistente del vicealmirante borró la sonrisa y señaló hacia la entrada de la tolda, donde varios hombres hacían corro—. Tendréis que aguardar vuestro turno.

—No tengo prisa.

—Son los capitanes del Elizabeth Drake, del Brave y del Red Lion . ¿Os los presento?

Trenton observó con atención al grupo: tres hombres curtidos en el oficio, inmersos en una animada conversación. Sólo conocía a uno de ellos, y no le era especialmente simpático.

—Aguardaré aquí, si no os importa.

El señor Oseley lo dejó a solas, y John Trenton se giró para contemplar la amplia ensenada donde estaba fondeada la flota inglesa.

Las aguas del Támesis se mezclaban con las del mar del Norte en una transición casi imperceptible, aunque suficiente para transformar su naturaleza dulce en salada.

Aquello siempre lo sorprendía: uno supondría que un río tan caudaloso penetrara más en el mar.

Sus ojos abandonaron el agua y se alzaron hacia el cielo aborregado.

Al oeste, las nubes parecían más densas, y calculó que para mediodía estaría completamente cubierto.

Mirar hacia el oeste lo reconfortaba: por ese rumbo, a dos días de navegación con viento favorable, estaban su esposa y su hogar.

—Estaban —susurró para sí mismo. Y con el susurro le subió por el pecho una congoja profunda que llevaba tiempo intentando contener.

Poco antes de su último embarque había recibido de sus padres la noticia de la desaparición de su esposa: una tarde cualquiera, al dar un paseo, se detuvo un coche junto a ella y dos hombres la hicieron subir a la fuerza y se la llevaron.

Trenton reventó un caballo para viajar a Saint James, la heredad de sus padres, y enterarse bien de lo ocurrido.

Pero allí no halló pista ni explicación alguna.

Era como si a su Elizabeth se la hubiera tragado la tierra.

Desde entonces, no hubo día que no pensara en lo ocurrido.

Su esposa era española y católica, pero apenas salía de la casa, ni tenía más contacto que su familia.

A Trenton le habría gustado disponer de más tiempo para lograr entender su desaparición y encontrarla, pero las necesidades del servicio lo obligaron a regresar a su barco.

Habían pasado más de tres meses desde aquellos sucesos.

¡Tres meses sin regresar al hogar! Trataba de no caer en manos del desaliento, pero había ocasiones en que le resultaba imposible.

Cuando esperaba un hijo que prolongara su estirpe, cuando la fortuna comenzaba a sonreírle, había perdido a quien más quería.

¿Qué había hecho él para concitar tanta desdicha?

—¡John! ¡John Trenton!

Una voz familiar interrumpió sus pensamientos. Trenton compuso el gesto antes de volverse; no quería resultar descortés.

—¡William, William Furthow! —respondió, imitando el tono entusiasta del otro.

Furthow le hizo señas y Trenton se acercó al grupo. El capitán del Brave lo recibió con una palmada en el hombro.

—¡Cuánto tiempo, amigo John! —le dijo, y pasó a hacer las presentaciones—: Thomas Cely, Jervis Wilder: este es el valeroso capitán John Trenton, que nos acompañó en la expedición para poblar la isla de Roanoke, en el territorio de Virginia.

Los hombres le tendieron las manos, aunque no se mostraron impresionados por la hazaña.

—Ya ha llovido desde entonces, mis señores —continuó Furthow—. Cuatro años han pasado desde que sir Walter Raleigh nos enviara a fundar nuestra primera colonia en las Indias Occidentales. Lástima que las calamidades se confabularan contra nosotros, ¿verdad, John?

—No sólo las calamidades. Algo pusimos de nuestra parte los hombres —respondió Trenton, mientras recordaba las discusiones entre el gobernador y el almirante, las decisiones erradas y el abandono de un centenar de hombres tras la repentina marcha de la escuadra.

—¿Sabéis que al año siguiente sir Walter hizo otro intento de poblar Roanoke? —preguntó Furthow. Y prosiguió sin esperar respuesta—. Un centenar de familias con mujeres, niños, artesanos y soldados. Todo lo necesario para levantar una ciudad. Aunque no he vuelto a saber de ellos.

—Mala ocasión eligieron para hacerlo —comentó el capitán Wilder.

—Cierto —convino Furthow—, con la guerra encima y la flota anclada aquí.

Los hombres asintieron en silencio. Se oían con claridad el rascar de los cepillos sobre las tablas, las baldadas de agua y las voces de los marineros que faenaban en cubierta. Advertencias, reniegos, alguna risa.

—Ese es precisamente el punto —intervino el capitán Cely con fuerza—. ¿Qué hacemos aquí fondeados cuando hace días que los españoles se perdieron de vista? ¿Por qué seguimos consumiendo víveres y aguantando el malestar de las tripulaciones? ¿En qué están pensando los lores del almirantazgo?

Las palabras de Cely concitaron de inmediato la atención de los demás. Era evidente que todos compartían su inquietud. En realidad, por eso estaban a bordo del Revenge.

—¿Qué proponéis vos? —preguntó Furthow.

—Ir contra España —respondió Cely sin dudar—. Atacar mientras su armada está fuera. Si hemos de gastar víveres y soldadas, que sea por una causa provechosa para Inglaterra. Y si no, que nos desmovilicen y nos envíen a casa.

—Señor Cely, comprendo vuestros deseos de desquite —dijo Wilder con calma—, pero son muchos los navíos que no están en condiciones de emprender acción alguna en estos momentos.

Trenton notó la alusión a los «deseos de desquite» y miró a Furthow en busca de una explicación. Este, en voz baja, lo informó de que Cely había pasado cinco años como prisionero en El Puerto de Santa María y que desde entonces abrigaba un odio visceral hacia sus captores.

—¿Víveres habéis dicho? —continuó Wilder, elevando la voz—. En el Red Lion no queda un celemín de trigo ni un tonel de bizcocho sano. Mis hombres están hambrientos y enfermos. Si no desembarcamos pronto, el tabardillo se extenderá por toda la flota.

El comentario levantó un murmullo de asentimiento. Furthow frunció el ceño, preocupado.

—¿Tabardillo? ¿Estáis seguro?

—Por eso estoy aquí, caballero —respondió Wilder con tono suspicaz.

—Sí, señores, informar es necesario —dijo Trenton con convicción—, pero no bastará para cortar la peste.

—¿Y qué la cortará? —preguntó una voz a sus espaldas.

Todos se volvieron hacia el almirante, que había escuchado la última parte de la conversación sin ser advertido.

Francis Drake, vestido con su habitual elegancia, aunque con ropa deslucida por el uso, mostraba canas en la barba, arrugas nuevas en el rostro y expresión de cansancio.

Aquella maldita campaña también le había pasado factura, pero aún mantenía esa mezcla de autoridad y carisma que lo caracterizaba.