La derrota del dragón I
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I

Galeón San Martín

El sol se ocultó tras un nubarrón orlado de blanco, y la luz de la mañana se apagó de golpe.

Plegó el papel.

Mar del Norte

El sargento Salazar fue enviado a la urca Santa Bárbara, la que había mandado el difunto Cristóbal de Ávila. Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, le ordenó que escogiera a un hombre de confianza y se trasladase a aquella nave.

—¿Cuál será mi cometido, excelencia? —preguntó con cautela el sargento.

—Mantener el oído atento. Donde ha habido un traidor, puede haber ciento, y aseguraos de que esa urca no se aparte de la formación.

Duarte Salazar apenas reparó en el comentario de Medina Sidonia y se removió inquieto, todavía acosado por dudas.

—¿Puedo haceros otra pregunta, excelencia?

—Sed breve, que no faltan navíos donde ajustar cuentas.

—Tras la ejecución del capitán Ávila, ¿quién quedará al mando de la Santa Bárbara?

—¿Quiénes están disponibles?

Duarte tomó aire antes de responder:

—El maestre de la urca, un flamenco llamado Johan Andriessen, y el capitán de infantería Bartolomé Bravo, del tercio de Nicolás de la Ysla.

—¿Ningún caballero de calidad?

—No, señor. Una urca destinada al transporte de pertrechos no es destino atractivo para capitanes aventureros o entretenidos.

—Un extranjero o un posible rebelde, ¡vaya dilema! —bufó el duque—. Que asuma el mando el capitán Bravo, pero mantened a ambos bajo vigilancia.

Asintió Duarte y permaneció junto al duque.

—¿Qué más deseáis? —la pregunta del duque mostraba su impaciencia.

—La patente de mando. Así será oficial el nombramiento.

El duque se rascó la cabeza, cubierta por un pelo ralo y deslucido.

—Mi escribano os la entregará —respondió al fin—. Señor Salazar, os tengo por un hombre despierto, que entiende las órdenes sin necesidad de rodeos. Por eso os encomiendo esta misión; por eso y porque la mitad de los soldados de esa urca son portugueses. No me defraudéis.

Duarte Salazar asintió con decisión y partió a cumplir sus órdenes. En poco tiempo preparó su baúl, se despidió de sus compañeros, eligió a un soldado de su confianza y recogió la patente de manos del escribano.

A media mañana, la armada inglesa volvió velas y desapareció en el horizonte.

En el consejo de guerra que siguió, se discutieron las razones de la maniobra enemiga, pero, como de costumbre, el consenso brilló por su ausencia.

La opinión predominante fue que los ingleses evitaban un nuevo enfrentamiento porque, al igual que ellos, habían sufrido serios quebrantos y no estaban, por tanto, en condiciones de seguir su estela.

Atendiendo la sugerencia de sus asesores, Medina Sidonia dispuso enviar a los capitanes el itinerario de regreso, que los llevaría a rodear Gran Bretaña por el norte.

Por desgracia, las cartas elaboradas en Lisboa para guiar a los pilotos no incluían las aguas de Escocia ni las de Irlanda: nadie había imaginado que el regreso sería por aquella peligrosa ruta.

Tantos fueron los errores y omisiones cometidos que podían darse por satisfechos de que el desastre no hubiera sido mayor.

Al llegar a la Santa Bárbara, Duarte entregó la patente al capitán Bartolomé Bravo, que la leyó sin entusiasmo.

—No es ningún honor el que se me hace. —Guardó el documento entre el cinturón y la ropilla—. ¿Y vos? ¿Cuál será vuestra función?

—Tengo órdenes de ponerme a vuestra disposición —respondió Duarte con seriedad.

Bartolomé Bravo, que se hallaba en el combés de la urca rodeado de varios soldados, le dio un repaso con la mirada. Si le gustó o le disgustó, no lo dio a entender.

—Acompañadme. Os presentaré al maestre.

Johan Andriessen recibió las noticias con un gesto desdeñoso. Apenas echó un vistazo a la patente antes de decir:

—Un capitán u otro, ¿qué más da? Mi trabajo siempre es el mismo. —Luego, les dio la espalda y volvió a su faena.

—Es un hombre poco comunicativo —le explicó Bravo—. Ya lo iréis conociendo.

Duarte asintió en silencio, mientras meditaba que su misión era precisamente esa: observarlos y entenderlos.

La dotación de la urca era de cincuenta hombres entre castellanos y portugueses, además de algunos flamencos de su tripulación original, antes de que fuera embargada en Lisboa.

El capitán Bravo prefirió alojarse en la bodega, junto a la tropa, quizá para evitar el destino de su predecesor.

Tampoco el maestre quiso la cámara del alcázar, alegando que no le correspondía.

Así que Duarte se instaló en ella, aunque compartió el espacio con Eugenio López, su ayudante, a quien procuró un colchoncillo de lana.

Por lo demás, la cámara no era gran cosa. Comparada con la del San Martín, resultaba un simple tambucho. Y no sólo por el tamaño, sino porque en un mercante el espacio era para la carga.

—Nadie parece conforme con su puesto, señor sargento —comentó su ayudante por la noche—. Ni el capitán, ni el maestre ni nadie.

—Cada cual lleva su cruz, Eugenio. Y esta urca no es la excepción.

—No querría vuestra tarea ni por un año de paga.

—El soldado hace lo que debe, no lo que quiere. Pero baja la voz. Estos mamparos son como pergaminos, y no quiero que mañana repitan nuestra charla en los corrillos.

Eugenio rio por lo bajo y obedeció.

3

Londres

«De Manuel de Aranda a Bernardino de Mendoza, embajador de Su Católica Majestad en París. Cifrada.

Tomo la pluma con premura y no poca zozobra para poner a Vuestra Señoría al corriente de las muchas y muy apremiantes novedades que han traído estos días, en los que nuestras naves —tras los largos y fatigosos meses de espera en Lisboa y en La Coruña—, enfrentaron al enemigo con objeto de cumplir el propósito para el cual fueron armadas.

Los acontecimientos se precipitan, y lo que ayer eran especulaciones son hoy hechos consumados que han de merecer juicio sereno.

Por la urgencia de enviar a V. S. las nuevas con la mayor celeridad, y porque el patrón de la zabra que ha de llevar esta misiva parte esta misma tarde con destino al puerto de Ostende, en Flandes, me ceñiré a lo más sustancial, y no abordaré otros asuntos de los que V.

S. me tiene prevenido y de los que espero dar próxima cuenta.

La Grande y Felicísima Armada, bajo el mando de su excelencia el duque de Medina Sidonia, fue avistada en el cabo Lizard el treinta de julio pasado.

Pese a llevar los ingleses semanas aguardándola, su llegada fue tan súbita que sorprendió a su flota de interceptación, que estaba fondeada en Plymouth.

Se cuenta que el almirante Drake se hallaba jugando a los bolos cuando recibió la nueva, y que respondió, sin prisas, que habría tiempo de sobra para acabar la partida.

Anécdota en que se revela, más que despreocupado, arrogante, y que al cabo resultó desafortunada, pues la flota inglesa salió de la ensenada con tal premura y desorden que bien pudieran haberla batido y desbaratado los nuestros si el capitán general hubiera estado mejor aconsejado.

Durante el tránsito del canal de la Mancha, los enemigos acometieron hasta en cuatro ocasiones —frente a Plymouth, Portland Bill, Swanage y la isla de Wight—, sin atreverse en ninguna a empeñar formal batalla por el buen orden y formación con que la Armada navegaba.

Al respecto, he tenido conocimiento por medio de un familiar de lord Burghley, de que la noche que siguió a la primera escaramuza se perdieron dos de nuestros navíos: el San Salvador, que voló por los aires a causa de una explosión en sus entrañas, y la nao Nuestra Señora del Rosario, del almirante Pedro de Valdés, que fue rendida a Francis Drake en circunstancias que se antojan confusas, e incluso poco honorables, y que están aún por esclarecerse.

No obstante estos percances, la Armada mantuvo su rumbo, y el día seis del corriente arribó sin novedad a Caláis, conforme a las órdenes de Su Majestad, con ánimo de unirse allí al ejército de Flandes, comandado por el serenísimo Alejandro de Farnesio, y proceder juntos al cruce del estrecho.

Mas como el dicho ejército no estaba listo, y Farnesio solicitó al duque algunos días para disponer el embarque —supongo a V.

S. más y mejor informado que yo acerca de los pormenores de este asunto—, la Armada se vio forzada a anclar y aguardar en aquella ensenada, que es abierta y sin resguardo alguno, expuesta a los vientos y a las corrientes.

Aprovechándose de ello, la madrugada del ocho lanzaron los ingleses contra la Armada hasta ocho brulotes incendiarios.

Y aunque, por gracia del Altísimo, no lograron prender fuego a ningún bajel, sembraron tal alboroto que muchos capitanes, temiendo lo peor, cortaron sus amarras y se dispersaron.

Rota la formación, la flota enemiga se precipitó sobre los nuestros con las primeras luces del alba, como jauría sobre presa cierta.

Cuando dio comienzo la batalla, apenas diez o quince naves guardaban aún su puesto, galeones y naos cantábricas, lo más granado de la Armada, que formaron una improvisada línea de resistencia para hacer rostro al enemigo.

Durante horas sostuvieron bravamente el choque, en duelos singulares contra buques que los rodeaban por los cuatro costados, hasta contener su impetuosa arremetida y dar tiempo a que otras naves se sumasen a la batalla.

Pasado el mediodía, los combates comenzaron a amainar y ambas escuadras se separaron.

Pese a la dureza del ataque, los ingleses sólo pudieron hundir un navío y desarbolar a otros dos. Se oye hablar de daños mayores, cascos agujereados, jarcias deshechas y mástiles rotos, mas no hay noticia segura de ello.