La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 33. Epílogo 3. Los amantes bajo la luna del amor #2
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33. Epílogo 3. Los amantes bajo la luna del amor #2

A la noche siguiente, Aurienne fue a Rosefell. Las mangas largas tipo capa de su vestido de Haelan revoloteaban con la brisa fresca de marzo.

—¿Qué querías enseñarme? —le preguntó a Osric, mientras se alejaba de la viedra.

Él la tomó de la mano y la condujo a través de Rosefell Hall.

Ella lo siguió mientras observaba las habitaciones, antes repletas de muebles cubiertos por sábanas y ahora vacías, y las paredes decoradas con mosaicos de espacios en blanco—.

Siento mucho lo de tus cosas —dijo—. Sigue dándome pena pasar por aquí.

—Tristane es muy cara —replicó Osric.

—No habrás vendido los libros, ¿no? —le preguntó Aurienne, con una mirada culpable y avergonzada.

—No —respondió Osric—. Las bibliotecas están intactas.

—Uf, gracias a Fr ī a. Pero tus colecciones…

—No importa. Las cosas se pueden volver a comprar. Las personas no.

—Pero tú amabas esas cosas.

—Te amo más a ti que a ellas —dijo Osric—. Si no le hubiera pagado a Tristane por su ayuda, Swanstone sería una ruina infestada de Dreor. Yo seguiría teniendo mis cosas y tú…, tú estarías muerta. ¿Qué sentido tendría eso? Dime.

Aurienne le dio un beso fugaz en los labios.

Osric la llevó a través de la casa hasta la terraza en la que habían desayunado después de que Aurienne asesinara brutalmente a lady Windermere. Desde allí la condujo por unos amplios escalones de piedra hasta los jardines de la finca.

—¿Los invernaderos? —preguntó Aurienne, mientras se acercaban a las estructuras—. Oh…, has hecho limpieza.

—Quería preservar la poca belleza que queda en la propiedad —dijo Osric, mientras la llevaba al invernadero más grande—. La señora Parson tiene buena mano con las plantas.

Habían podado la higuera de los frutos podridos.

Seca y adormecida, esperaba la llegada del verano.

Las baldosas blancas y negras seguían agrietadas, pero las habían barrido.

Las rosas, liberadas de la asfixia de las malas hierbas y la humedad, también habían sido podadas y ahora regalaban pequeños brotes a sus visitantes, diminutas medias lunas de un verde esperanzador.

—Te dije que este lugar no estaba tan mal como para no poder arreglarlo —dijo Aurienne, paseando con visible alegría entre las hileras de plantas que empezaban a florecer.

Su satisfacción hizo feliz a Osric. Estaba deseando darle motivos para que siguiera encantada de por vida.

—Bueno, por algo se empieza —contestó él—. La señora Parson ha hecho inventario. Dice que hay algunas rosas raras, unas cuantas variedades que creían que se habían perdido hacía mucho tiempo.

Aurienne examinó las placas de los nombres, recién pulidas.

—Tiene razón. Algunas me suenan por los libros de mi padre. Son muy codiciadas. Encanto de Cupido. Delicia Barroca. L’Aquarelle. Sabina. ¿Y esta cuál es?

Entre dos rosas etiquetadas había un ejemplar sin nombre, bien formado, erguido, con nuevos brotes que prometían espinas y flores.

—Ni idea. La señora Parson ha dicho que era un híbrido.

Aurienne se arrodilló delante de la flor. Osric la miró embelesado. Parecía una belleza del Quattrocento , con el cabello oscuro recogido y el vestido cayendo a su alrededor como una túnica clásica, con los arcos de hierro del invernadero como marco.

—Entre Cupido y Delicia —dijo ella, acariciando las hojas tiernas de la rosa—. Se convertirá en algo precioso.

—Si es lo suficientemente hermosa, la llamaré «Aurienne».

Ella giró la cabeza para mirarlo. Otra vez aquel rubor. Osric podría emborracharse con aquella sonrisa.

La llevó hasta una mesa de jardinería en la que había un pequeño tiesto de terracota.

—Esto es lo que quería enseñarte.

Aurienne se acercó.

—¿Una bellota?

—Sí —contestó Osric—. Una bellota del roble del Færwundor.

—¿Qué?

—Me la guardé en el bolsillo cuando estuvimos allí —dijo—. Quería ver si conseguíamos hacerla germinar antes de enseñártela.

Aurienne, maravillada, echó un vistazo al interior de la pequeña maceta. La bellota tenía un diminuto brote verde.

—Esto es valiosísimo. Deberían tenerlo los druidas que sobrevivieron.

—Puedes hacer lo que quieras con ella.

—Será un pequeño consuelo por todo lo que han perdido. —Aurienne se quedó delante de la bellota germinada y su único y tierno brote verde durante mucho tiempo, con las manos firmemente entrelazadas—. Gracias. Agradéceselo también a la señora Parson —dijo al cabo.

Continuaron paseando por el invernadero.

Aurienne llegó hasta el final de la hilera, donde en su día habían encontrado una única rosa blanca que florecía a pesar de su propia podredumbre.

La rosa seguía allí; la señora Parson la había podado y arreglado.

Tenía las hojas sanas y verdes. De su tallo sobresalían unos capullos de color blanco cremoso.

La placa del nombre, recién pulida, hizo que tanto Aurienne como Osric se detuvieran.

Se llamaba «Monafyll».

—Qué vasto es el mundo y qué poco sabemos de él —dijo Aurienne, prácticamente en un susurro.

Contemplaron la placa de bronce en silencio.

El aire del invernadero era denso, significativo, primitivo—.

Quería decirte una cosa —añadió—. Sobre la Piedra de Monafyll.

—Osric la miró con curiosidad, mientras ella continuaba—.

Aquella noche en el Fairy Glen ocurrió algo extraño.

Toqué la piedra y sentí como si estuviera a punto de entrar en una línea ley.

—Respiró hondo—. Creo que la Piedra de Monafyll es una viedra.

—¿Una viedra ?

—Sí. Pero no consta en la gratícula. Lo he comprobado.

Pregunté a la Orden Leyfarer si allí había estado registrada alguna vez una viedra.

Insisten en que la más cercana está en El Helecho Durmiente.

Pero tengo claro lo que sentí al tocar la piedra.

Estuve a punto de ser arrastrada a una línea ley.

Antes de que los Leyfarer convirtieran las líneas ley en algo práctico y civilizado, las viedras eran mucho más aleatorias: había que aprender a dónde iban.

A veces cambiaban. Y no siempre funcionaban.

A lo mejor pasaron por alto la Piedra de Monafyll en el mapeo…

, si el margen para su uso es demasiado específico y limitado.

Y al pie de la Piedra, encontré un colador.

Creo…, creo que era el colador de Widdershins.

El que llevaba en la cabeza la noche que fuimos a visitarlo.

—¿Crees que el profesor ha pasado al otro lado?

Aurienne asintió.

—Llevo meses intentando descubrir su paradero, quería contarle que habíamos conseguido curarte y que habíamos utilizado sus traducciones.

Quería ayudarle a recuperar su reputación.

Pero no lo encuentro por ninguna parte. Creo que la Piedra de Monafyll podría ir…

al otro lado. Al lugar cuyo límite hemos estado rozando, pero al que no hemos llegado a cruzar.

El Otro Lado. El Otro Mundo. —Levantó la vista hacia Osric—. Seguro que piensas que estoy loca.

—Besaste a un Fyren delante de tu madre.

—Cierto —replicó Aurienne, asintiendo arrepentida—. Por supuesto, puede que esté completamente equivocada y que solo lleve al Ojo Trasero. Lo cual me estaría bien empleado por ponerme a especular tan alegremente.

Se quedó callada, pero en sus ojos había un brillo de curiosidad; la misma curiosidad centelleante que se reflejaba en ellos cada luna llena, mientras curaba a Osric. Cuando aplicaba sus conocimientos. Al desentrañar un problema. Al resolverlo .

—Quieres intentar cruzar —dijo él.

Aurienne se mordió el labio con una expresión ligeramente traviesa y rebelde.

—Si lo hiciera, ¿vendrías conmigo?

—Me ofende que te parezca necesario preguntarlo —dijo Osric—. Iría contigo a donde fuera. Quiero estar a tu lado hasta…, hasta dentro de mucho tiempo.

—No quiero que estés a mi lado. Quiero que estés en mis brazos.

Aurienne enganchó un brazo en el suyo y apoyó la cabeza en su hombro. Osric creyó que el corazón le iba a estallar.