33. Epílogo 3. Los amantes bajo la luna del amor #3
Salieron del invernadero. Era el momento más hermoso del año, la tarde del equinoccio de primavera.
La luz se suavizó a su alrededor. La hierba helada crujía musicalmente bajo sus pies.
Un sendero cubierto de maleza los llevó hasta un grupo de ciruelos en flor.
Las flores crecían en racimos rosados tan densos que, por más pétalos que cayeran, la esplendorosa efervescencia de las ramas nunca menguaba.
Osric y Aurienne inhalaron profundamente el aroma de las flores, entre otras fragancias más intensas, como la del musgo, la savia y el pulso de la primavera en la tierra.
Por encima de ellos, se alzaba una luna llena blanca e inmóvil.
—Esa es la luna de Cúsc. Fue cuando todo empezó el año pasado —dijo Aurienne, mientras la observaba.
—¿Qué significa «Cúsc»? —le preguntó Osric.
—«Castidad».
—Bah.
—No en el sentido de pureza sexual; hace referencia a un significado más antiguo que implica lealtad o fidelidad, especialmente hacia el amor verdadero.
—Ah.
Una flor se posó en el hombro de Aurienne. Osric la cogió y se la puso detrás de la oreja. Ella lo miró con aquellos ojos oscuros y dulces. Al caer, los pétalos se reflejaban en su suave brillo, como constelaciones diminutas.
—No quiero irme a casa —dijo ella—. Pero no me queda más remedio. Sería…, sería maravilloso no tener que decirnos adiós tan a menudo.
Apoyó la mejilla en su mano y a Osric le estalló de verdad el corazón. La explosión le infundió valor y energía. Volvía a sentir deseo, pero un deseo de dar.
—Pues no nos digamos adiós nunca más —contestó—. Quiero darte una cosa. Pero prométeme que no la rechazarás.
Al ver lo serio que estaba, ella también se puso seria.
—Te lo prometo.
Osric levantó una mano. Con el corazón súbitamente desbocado y el rugido de su propia sangre en los oídos, se quitó el pesado sello del dedo.
Aurienne ahogó una pequeña exclamación de sorpresa.
¿Acaso pensaba que él no iba a volver a intentarlo?
Al parecer, sí. Con una alegría incrédula, dijo:
—Después de lo que hice la última vez, apenas me atrevía a tener esperanza… Aunque sí la tenía…
(La esperanza era una enfermedad maravillosa. Debería padecerla más gente).
—Quiero ser tuyo —dijo Osric—. Y quiero que todo esto también lo sea.
No solo algunas cosas. No solo el De Humani o una rosa.
Todo. Rosefell Hall, todas sus habitaciones vacías…
Úsalas. Para tu laboratorio, para camas, para lo que necesites.
Hay un montón de alféizares para tus orquídeas.
Y un montón de ratas para tu gata. Quiero que lo tengas todo, incluyéndome a mí.
Si es que quieres aceptarlo…, si es que quieres aceptarme.
Unos pétalos como lunas pálidas se aferraban al cabello de Aurienne. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando, por segunda vez, él le puso el anillo en la mano. Solo que, en esa ocasión, no iba a salir corriendo hacia ninguna línea ley. Esa vez se quedó.
Él estaba en la sombra y ella en la luz.
Se acercaron el uno al otro. Habían pasado demasiado tiempo en umbrales, a punto de cruzar las líneas, pero sin hacerlo.
Pero eso se había acabado. Aquella era la unión de dos soledades, forjadas a base de lo mismo.
De amor. De una esperanza abrasadora. Se encontraron en el punto medio, donde la luz se mezclaba con la oscuridad.
En tierra de nadie, en un territorio virgen, sagrado, surcado por estrías de luz.
El entramado de las ramas en flor, que se cernían sobre Aurienne y la bañaban en destellos de luces y sombras, conferían a su rostro un hermoso encanto. El tiempo que habían pasado juntos a él le había aportado luz, pero a ella le había aportado oscuridad.
Su sonrisa llorosa era tan bella como una rosa en plena floración.
Aurienne cerró la mano con el anillo dentro.
En esa ocasión, esa vez, no se rompería ninguna promesa ni ningún corazón.
Esa vez no habría ninguna despedida inevitable.
Y aunque era absurdo que unas emociones tan intensas quedaran reducidas a un susurro, al «sí» sollozante de ella y al «te quiero» gutural de él, fue lo único que lograron decir.
Iban a estar juntos. Ella había aceptado el anillo.
Aurienne se abalanzó sobre Osric como la luz se deslizaba sobre el agua, como una promesa finalmente cumplida.
El mundo giraba lentamente. Los pétalos caían hacia su delicada muerte describiendo largas espirales de Fibonacci.
Ella lo abrazó tan fuerte que estuvo a punto de asfixiarlo.
Él la atrajo hacia sí con el mismo ímpetu, hasta sentirla temblar, hasta que notó su corazón.
Aquellos besos salados. Aquel nudo en el pecho y en la garganta.
El corazón encogido. La sangre acelerada.
La neblina de la felicidad. Osric no quería recuperarse nunca de aquella sensación, de aquel hechizo, de aquel sacramento; era maravillosa, como un tránsito, como un final perfecto.
Y qué extraño que un final se pareciera tanto a un principio.
Se encontraron al fin bajo aquella extraña luz del equinoccio, en el que el día y la noche se igualaban. Dos insensatos incompatibles y la hermosa posibilidad de todo ello.