La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 33. Epílogo 3. Los amantes bajo la luna del amor
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33. Epílogo 3. Los amantes bajo la luna del amor

Los amantes bajo la luna del amor

Osric

Septiembre dio paso a octubre. Octubre cedió el testigo a noviembre y este a diciembre. Y, en el solsticio, el año dio un giro, la oscuridad fue sustituida por la luz y, antes de que Osric se diera cuenta, volvía a ser primavera.

De los diez T ī endoms, los siete que no habían participado en la conspiración de la viruela se apresuraron a condenar a los tres que sí lo habían hecho.

Wessex entró rápidamente en guerra con Dumnonia, Mercia y Kent.

En la frontera occidental, les resultó de gran ayuda que la Orden de los Warden abandonara totalmente Dumnonia y se reagrupara en una fortaleza secundaria de Wessex.

Strathclyde y Northumbria trataron de ganárselos y les ofrecieron las fortalezas más impresionantes de sus reinos para que establecieran en ellas el cuartel general de los Warden.

La reina de Kent murió de una misteriosa enfermedad, presumiblemente por cortesía de la Orden de las Hérgulas.

La línea de sucesión fue objeto de disputa y provocó una guerra civil en Kent.

El rey de Mercia no solo declaró la guerra a Wessex, sino también dentro de sus fronteras, cuando uno de sus descendientes intentó usurparle el trono.

El rey de Danelaw, al ver que su vecino estaba tan distraído, decidió entrar en guerra con él.

Los T ī endoms no volverían a conocer la paz durante mucho tiempo.

Las órdenes estaban sumidas en el caos y no dejaban de llegar solicitudes de los T ī endoms, procedentes de todos los frentes, para pedirles que salvaran vidas, que acabaran con vidas, que atacaran, que defendieran, que ayudaran y que sabotearan.

Cada día traía consigo una nueva crisis, una nueva decisión, un bando que elegir, una postura que adoptar, principios que defender o destruir.

Los integrantes del Sendero Brillante se unieron en una coalición a la que, a pesar de las protestas de la Orden Haelan, no se invitó a los Fyren; los integrantes del Sendero Sombrío miraban a la Orden Fyren con recelo y repugnancia; las Hérgulas se mantenían neutrales, como de costumbre. Nadie volvió a reunirse en el Stánrocc.

Osric y Aurienne estaban juntos cuando podían: normalmente tras acordarlo de antemano, brevemente y entre otras obligaciones, algo que no acababa de satisfacer a Osric.

El deseo no se podía programar. Los besos no deberían planificarse.

Llegó el mes de marzo. Osric llevaba quince días sin ver a Aurienne.

Ella y otros Haelan habían ido a una ciudad fronteriza devastada por la guerra a prestar asistencia médica de emergencia.

Pensaba demasiado en ella como para dormir.

Tenía previsto regresar a Swanstone la noche anterior.

¿Habría llegado sana y salva a casa? ¿Estaría agotada?

Esperaba que tuviera las manos bien. (Las espantosas imágenes de estas destrozadas por el Coste seguían atormentándolo; el macabro destello blanco de sus huesos no se le olvidaría en la vida).

Osric daba vueltas y más vueltas en la cama. Apretó contra su pecho el reloj de bolsillo que Aurienne le había regalado e imaginó que lo que sentía latir era su corazón. Se planteó ir a visitarla. No. Si había regresado a Swanstone, debía descansar. Firme y decididamente, no.

Pero, a las cinco de la mañana, una hora en la que era difícil mantener la firmeza y la decisión, se dirigió a la viedra.

Las barreras protectoras de la ventana de la torre de Aurienne le habían impedido entrar en otras ocasiones, pero, tras su heroico acto de sacrificio en Swanstone (algo que habían dicho ellos, no él), la Orden Haelan había integrado la firma seith de Osric en ellas.

Abrió la ventana con cuidado para no golpear las campanas de cristal y las orquídeas que había en el alféizar de Aurienne.

Esta dormía profundamente en su cama blanca. Sus manos parecían intactas, tal vez un poco descamadas en los nudillos.

No iba a despertarla. Le bastaba con verla. Le bastaba con estar cerca de ella.

La gata estaba acurrucada a su lado, como una coma negra sobre una página en blanco. Lo vio. Abrió la boca rosada y emitió un maullido agudo.

Aurienne se despertó y levantó la cabeza, adormilada. El cabello le caía sobre los hombros como la suave noche.

Lo vio.

—Osric.

Tenía la voz ronca y soñolienta. Antes decía su nombre como si fuera una palabrota. Pero ahora lo pronunciaba con suavidad. Con afecto. Con ternura. Y su mirada era dulce; increíblemente dulce para una reina de hielo.

Para su inmensa alegría, ella extendió los brazos hacia él.

Emocionado y feliz, se acercó a ella. La reina de hielo lo recibió con un cálido abrazo. Olía de maravilla. A hlutoformo y a champú. Osric hundió la cara en su cuello. Aquello parecía un sueño. Un déjà-rêvé .

—¿Estás bien? —le preguntó ella.

—Sí. ¿Y tú?

—He vuelto hace unas horas. Estoy agotada. ¿Qué haces aquí?

—Es que… —Osric se inclinó sobre ella y acercó el rostro al suyo—. Te echaba de menos.

La besó por toda la cara y notó que sus mejillas se teñían de repente de un rubor cálido y delicado.

Le gustaba ese nuevo poder; durante mucho tiempo ella se había mostrado imperturbable, pero ahora él había encontrado nuevas formas de desconcertarla, de hacer que se sonrojara en lugar de darle contestaciones ingeniosas.

Osric no pudo evitar que se le subiera a la cabeza.

Pensaba abusar de aquello sin piedad. Le encantaba hacerla sufrir.

Un gruñido de advertencia resonó en su oído, lo que le recordó que tenía al lado una criaturilla armada con un montón de cuchillos.

Levantó la cabeza. La gata de Aurienne lo miró con desaprobación.

—Pspsps —dijo Osric.

Los ojos amarillos de la gata se convirtieron en dos rendijas.

—Odia a todo el mundo —comentó Aurienne, acariciándola entre las orejas.

—A ti no.

—Tuve que ganármela. Confesando asesinatos, básicamente.

Osric miró a la gata.

—Eso puedo hacerlo. ¿De cuánto tiempo dispones? —La gata lo miró de arriba abajo—. Soy un Fyren, ¿sabes? —añadió con arrogancia. Esta le dedicó una mirada de absoluto desdén.

—Es muy quisquillosa —dijo Aurienne—. Los asesinatos deben estar Justificados para que cuenten.

La gata se alejó con la cola en alto, como si Osric ya le hubiera hecho perder demasiado tiempo.

Aurienne se incorporó y se dio un golpe con el escritorio.

Un escritorio que, pensándolo bien, se hallaba insólitamente cerca de la cama.

Osric había estado demasiado concentrado en ella como para darse cuenta de que la habitación estaba abarrotada de muebles.

Había dos escritorios, una cantidad exagerada de estanterías y montones de libros.

—¿Por qué está todo tan desordenado? —preguntó.

—He tenido que ceder mi despacho para meter más camas —dijo Aurienne—. Con todas estas guerras, tenemos muchísimos pacientes nuevos y las camas son más necesarias que las tareas administrativas. También van a cerrar varios laboratorios. Incluido el mío.

—¿Que los van a cerrar?

—Temporalmente. Ahora mismo salvar vidas es lo más importante y, sencillamente, no tenemos espacio para todos los moribundos que llegan. Seis de los T ī endoms están activamente en guerra —contestó Aurienne, con una neutralidad de lo más profesional.

—Porque ellos lo han decidido. ¿Por qué debería Swanstone ayudarlos? ¿No erais apolíticos?

—Estamos ayudando a los civiles. No a los soldados.

—Pero tu investigación…

La máscara de profesionalidad de Aurienne se resquebrajó. La sustituyó una triste resignación.

—Cincuenta camas hoy son más valiosas que una investigación que solo se podrá aplicar el día de mañana.

Se interrumpió con un enorme bostezo, que ahogó en un puñado de sábanas.

—Te dejaré dormir —dijo Osric, antes de darle un beso en la boca. Pero, cuando se levantó para marcharse, Aurienne lo agarró de la manga. Él se giró hacia ella, con una mirada inquisitiva.

—Quédate —le dijo.

—¿Que me quede?

—No quiero despedirme de ti todavía. Siempre tenemos que despedirnos. —Le rodeó fuertemente el brazo con los dedos—. Quédate.

Aquello despertó varias cosas en Osric: nuevas esperanzas, nuevas ideas completamente absurdas. Le hizo pensar en cosas. En darle cosas a Aurienne. En hacer cosas juntos. En cosas que duraran hasta que la muerte los separase. En cosas para siempre.

(Por muy pronto que esa muerte llegara. Fuera como fuera ese «para siempre», ahora que navegaban por unas aguas agitadas por la guerra).

Osric acató sus órdenes. Se quitó la capa y las diversas armas que llevaba encima, se despojó de las botas y se tumbó a su lado.

Qué dulce comunión, tenerla entre sus brazos.

Qué éxtasis, hundir la cara en su cuello.

Las manos se encontraron con las mejillas, los labios con los labios, y todo fueron besos y más besos.

—¿Estás libre mañana por la noche? —le preguntó Osric.

—Puedo estarlo —contestó Aurienne.

—Ven a Rosefell. Quiero enseñarte una cosa.

Aurienne se quedó dormida entre sus brazos. Su cabello se arremolinaba sobre la almohada como los trazos de una caligrafía olvidada. Osric le dio un beso en la frente. Se sentía feliz.

¿Era eso el amor? ¿Admirar unos bucles sobre la almohada, besar coronillas, flotar? Qué desastre.

El cansancio había dejado unas marcas oscuras bajo los ojos de Aurienne.

Sostenía la mano de Osric sin fuerza, acurrucada sobre su clavícula.

Era aterrador pensar que aquella mano llena de ampollas y grietas sostenía su corazón.

Estaba a su merced. Qué emoción. Qué vértigo.

Acarició con el pulgar los nudillos de Aurienne y su piel descamada.

Osric permaneció inmóvil mientras ella dormía. Aurienne se pegó más a él. El tacto de su mejilla contra su pecho borró todo lo que creía saber sobre el valor y la importancia de las cosas. Aquello era lo más maravilloso y preciado del mundo. Le acarició la mejilla con la yema del dedo.

¿En eso consistía el amor? ¿En dejarse atrapar por él una y otra vez? Horas más tarde, Aurienne volvió a recuperar la conciencia.

El beso que se dieron despertó al cielo.