31. Epílogo 1. La ceremonia
La ceremonia
Osric
—Una ceremonia —repitió Osric.
—Sí —dijo Cíele.
—En Swanstone.
—Sí.
—Y quieren que yo asista, como invitado de honor.
—Sí.
—¿Han olvidado que soy un Fyren?
—Tristane también está invitada —replicó Cíele—. Y dijo que iría —añadió, por si Osric no estaba ya lo suficientemente estupefacto.
—¿Es que toda la Orden Haelan se ha vuelto loca de remate?
—Es más bien una tregua.
—Alucino.
—¿Vendrás?
—No.
—Aurienne dijo que te la imaginaras de rodillas, suplicando.
Osric lo hizo. Pero apenas se conmovió. Aurienne no era lo suficientemente flexible como para arrodillarse y suplicar, ni física ni moralmente.
—¿Cuándo es?
—El lunes a las doce de la mañana. A plena luz del día.
—No —dijo Osric.
—Nos vemos allí —contestó Cíele.
El deofol le dio un golpecito en la frente con la suya, antes de desaparecer.
Osric asistió a la ceremonia. Obviamente.
El lunes por la tarde se presentó en la reja levadiza de Swanstone, donde Aurienne lo estaba esperando.
—Llegas tarde —le dijo ella, aunque con una indulgencia poco habitual.
Llevaba puesta una especie de túnica ceremonial de la Orden Haelan, más elaborada que el hábito convencional. Era blanca, con unos bordados también en blanco de unas largas plumas que la hacían parecer un ángel recién caído de algún cielo.
Agarró suavemente a Osric por la cara interna del codo para acompañarlo al interior.
—¿Estás segura de que es una buena idea? —le preguntó él.
—No. Pero una cosa es el corazón y otra el cerebro.
Le resultó extraño entrar en la sede de los Haelan por la puerta principal y no de forma clandestina, cruzando los tejados.
—¿Sabes que mi intención siempre fue volver aquí para recuperar el dinero? —dijo Osric.
—¿Y qué cambió? —le preguntó Aurienne.
—Yo. —Aurienne le dio un apretoncito en el brazo. Caminaron en silencio hasta que Osric volvió a hablar—. Además, con las nuevas barreras protectoras, no podría entrar.
Aurienne lo miró con desaprobación.
Llegaron a la entrada del patio más grande de Swanstone, donde los brazos de piedra de la diosa Fr ī a se alzaban hacia el cielo, flanqueados por dos enormes Aer en pleno vuelo.
Al ver a cientos de Haelan pululando por allí con sus túnicas blancas, Osric se detuvo.
Luchó contra el impulso de esconderse en la sombra más cercana.
—Hel. Cuánta gente. ¿Qué estoy haciendo aquí?
—Eres un invitado especial —dijo Aurienne.
—Soy un Fyren.
—Y tus actos han salvado más vidas de las que yo he salvado en toda mi carrera. Incluida la mía. Ven.
Aurienne le presentó a unos cuantos cerebritos: a Prendergast y Abercorn, al resto de los líderes de la Orden Haelan; a una docena de Haelan que dirigían una docena de departamentos; y a sus compañeros del Centro de Investigación de la Seith, que habían oído hablar de él y de su milagrosa recuperación de la corrupción seith, y que tuvieron la decencia de abstenerse de quitarle la ropa y examinarlo allí mismo.
Con distintos grados de cordialidad, intercambió saludos con otros conocidos. Dinadan, la líder de los Warden, le dijo que era un héroe y acto seguido le dio un apretón de manos que estuvo a punto de romperle los dedos. Xanthe lo llamó «imbécil admirable» y le dio un abrazo enorme.
También le presentaron formalmente a Quincey, el asistente de Aurienne, a quien recordaba como un hombre con aspecto de búho, que seguía teniendo ese aspecto, y lo llamó «señor Fyren».
—Usted nos ha salvado —le dijo Quincey, mientras le ponía una copa de vino en la mano espachurrada.
—Veo que no me guardas rencor por haberte dejado inconsciente —replicó Osric.
—¿Inconsciente?
—Olvídalo.
Llegó un grupo de Ingenaut, entre los que se encontraba Aedan el Encantador. Osric evitó a todo su grupo.
Probó el vino. No era excelente. Ni siquiera bueno. Más bien tremendamente mediocre. Tendría que conformarse con aquello, porque justo entonces alguien lo llamó.
—¡Señor Vergalta! —La voz se parecía demasiado a la de Aurienne como para ignorarla. Se bebió el vino de un trago.
Los padres de Aurienne, Radia y Rosbert, acababan de llegar.
Radia, que llevaba un vestido fucsia, saludó con la mano a sus compañeros Ingenaut y fue directamente hacia Osric.
Rosbert, el padre de Aurienne, un hombre afable y con aire de profesor, la siguió, con una flor en la solapa y un bastón en la mano.
—Radia, ahora entiendo de dónde viene el adjetivo «radiante» —dijo Osric, mientras hacía una reverencia.
—Oh…, qué maravilla —comentó Rosbert, mientras Radia recibía el cumplido con una inclinación de cabeza.
Tras una breve charla, Osric llegó a la conclusión de que los padres de Aurienne no solo desconocían su condición y su verdadero nombre, sino que estaban convencidos de que se encontraba allí en calidad de vendedor de bisturíes.
Osric buscó a Aurienne para que le diera alguna pista, pero Dinadan la estaba acaparando y no pudo proporcionarle ningún consejo.
—En qué estado se encuentra este lugar —dijo Radia, echando un vistazo al patio de Swanstone, que todavía estaba medio destruido por la batalla—. Mi Orden proporcionará a los Haelan algunos de nuestros mejores constructores para ayudarlos a reconstruirlo.
Rosbert examinó un trozo de roca.
—Qué lástima. Había unos líquenes muy frondosos en la mampostería, únicos en la zona.
—Al parecer, algunos miembros de la Orden Fyren vinieron a ayudarlos durante el enfrentamiento —dijo Radia—. Qué heroicidad. Parece que hay algunas personas decentes entre ellos.
Radia se fijó en los guantes de Osric y expresó su preocupación por que el eczema no hubiera desaparecido. Rosbert lo ayudó a comprender la dinámica de la población de líquenes en el litoral. Osric se quedó allí plantado, como la Persona Decente que era.
Radia enganchó por el brazo a Osric con el dedo índice y lo acercó a ella.
—¿Mi hija y tú seguís juntos?
—Sí —respondió él.
—Lo sabía —dijo Rosbert—. Sabía que tú eras diferente.
Habían montado un escenario al pie de la estatua de Fr ī a y empezaba a haber movimiento; algunas personas importantes se estaban subiendo a él. Osric, que al parecer era una persona importante, oyó que lo llamaban.
—Tengo que contarles una cosa, dado que están a punto de enterarse —dijo Osric.
Radia y Rosbert se acercaron a él.
—¿De qué se trata?
—Quiero a su hija. Y ella me quiere a mí, al parecer. Resulta difícil creerlo. Todavía no tengo claro que esa parte no sea un sueño.
Radia parpadeó ante tal despliegue emocional.
—Pero…, pero eso es estupendo.
—Osric —lo llamó Aurienne desde el escenario—. Te reclaman. Estamos a punto de empezar.
Osric le hizo un gesto con la mano y se volvió hacia sus padres.
—Sí, tremendamente hermoso. Pero… hay algo que deberían saber sobre mí… Un pequeño detalle sin importancia. Mi apellido no es Vergalta, sino Mordaunt. Y en realidad no soy vendedor de bisturíes.
Quincey apareció de repente junto a Osric.
—Lamento mucho insistir, pero debe subir al escenario, señor Fyren.
—¿Señor Qué ? —exclamó Radia.
—Ese es el pequeño detalle sin importancia… —dijo, mientras Quincey se lo llevaba—. Soy un Fyren.
Según se alejaba, Radia y Rosbert lo miraron con los ojos abiertos de par en par.
Osric se sentía completamente fuera de lugar en el escenario. Tristane seguía sin aparecer (había dicho que asistiría, la muy mentirosa) y lo había dejado solo, como único caminante del Sendero Sombrío en un escenario lleno de frikis del Sendero Brillante.
El patio de Swanstone estaba lleno de Haelan, Warden, Ingenaut, Leyfarer y, en un rincón oscuro, incluso había unas cuantas Hérgulas.
Se pronunciaron varios discursos en homenaje a las víctimas del complot de los Dreor: de los niños que no habían sobrevivido; de los druidas, atrapados y asesinados en sus propios laboratorios; y de la docena de Haelan que habían caído defendiendo las murallas.
Prendergast se subió al escenario para dar gracias expresamente a los Warden.
—Probablemente, la Orden Haelan deba su propia supervivencia a los Warden.
Hemos sido aliados y amigos durante mucho tiempo.
Nunca imaginamos que nuestro vínculo se pondría a prueba hasta tal punto.
Hemos sido testigos del valor en su forma más pura: ocho Warden resistiendo ante más de cien Dreor.
Queremos nombrar a los Warden caídos y recordarlos: Solace, Tenet, Hraith y Beorgan.
Todos guardaron un minuto de silencio solemne y respetuoso.
—Nos gustaría mencionar también a los defensores que estuvieron aquí hasta el final y que hoy nos honran con su presencia: Verity, Haven, Ataraxia y Echo.
El público se inclinó ante las Warden, que estaban en el escenario.
—Para conmemorar el valor y el sacrificio de la Orden de los Warden en defensa de la Orden Haelan —continuó Prendergast—, es un honor para nosotros inaugurar esta nueva incorporación a Swanstone.
Extendió la mano hacia un gran bulto cubierto con una tela, que se encontraba a la derecha de Fr ī a.
Cuando la retiraron, quedó al descubierto un enorme uro de piedra, con la cabeza cornuda agachada amenazadoramente.
Se encontraba flanqueado por sendos escudos con el t ā cn de la Orden de los Warden.
En ellos estaban grabados los nombres de los Warden que habían caído defendiendo Swanstone.
Los miembros de su orden se emocionaron. Algunos se llevaron la mano al corazón. Dinadan le dedicó a Prendergast una sonrisa forzada y triste.
—Debemos también dar las gracias a otra Orden, una Orden a la que nunca pensé que tendría que agradecer nada, en las siete décadas que llevo en este mundo —dijo Prendergast—.
En el momento en el que la noche parecía más oscura, la ayuda llegó precisamente de ella.
La Orden Haelan expresa su profunda gratitud a la Orden Fyren.
A la izquierda de Fr ī a había otro bulto cubierto por otra tela. Un aprendiz la retiró para desvelar un cerbero enorme que enseñaba los dientes, con los cuernos curvados con maldad y el rostro huesudo apuntando al cielo.