31. Epílogo 1. La ceremonia #2
—Es bastante realista —dijo alguien. En el escenario se oyeron exclamaciones de sorpresa.
Tristane acababa de materializarse entre ellos; de qué sombras había salido, Osric no tenía ni idea, porque era mediodía—.
Menudo fiestón —le dijo Tristane a Xanthe, señalando con la barbilla a los sombríos Haelan.
—Es una ceremonia de homenaje —replicó Xanthe.
Tristane se bajó del escenario. Sus botas resonaron sobre las baldosas mientras caminaba hacia el cerbero. Su cabello negro brillaba bajo el sol. Miró de arriba abajo la estatua de Fr ī a, con desprecio. Cuando llegó al cerbero, se detuvo. En el patio reinaba el silencio.
Le acarició la cabeza, entre las orejas de piedra.
—Me gusta —dijo—. La Orden Fyren acepta vuestra gratitud —añadió, girando la cabeza hacia atrás.
Tristane acarició una última vez al cerbero entre las orejas y desapareció.
Los presentadores de la Orden Haelan se reorganizaron tras murmurar unos instantes entre ellos, desconcertados.
A continuación se produjo una larga serie de agradecimientos: a Pediatría y Virología por su incansable trabajo, y a las Órdenes Ingenaut y Leyfarer, así como a la de las Hérgulas, por acudir en ayuda de Swanstone al final de la batalla.
Xanthe se situó en el centro del escenario.
—Nos aguardan tiempos inciertos. El equilibrio entre las órdenes se ha visto alterado.
Hemos descubierto que la Orden Dreor había planeado y llevado a cabo algo impensable, que ha tenido repercusiones no solo en otras órdenes, sino también en la población civil, y en particular en los niños.
Hemos descubierto que los monarcas de algunos de los T ī endoms estaban involucrados.
Las consecuencias de esta revuelta todavía están por llegar.
Xanthe se volvió hacia Osric y Aurienne.
—Hay dos personas que merecen un agradecimiento especial por haber sacado a la luz la verdad. Han trabajado mucho en la sombra y en secreto, asumiendo grandes riesgos y sin recibir apenas reconocimiento. Se trata de Aurienne Fairhrim, de la Orden Haelan, y Osric Mordaunt, de la Orden Fyren.
Osric sintió la presión —extremadamente incómoda para alguien de su profesión— de cientos de pares de ojos fijos en él.
Aurienne le apretó la mano para tranquilizarlo, luego dio un paso adelante y lo arrastró con ella.
Él se resistió. Prendergast le dio un empujón.
Él se resistió aún más. La Warden llamada Haven le dio un empujón demasiado fuerte como para resistirse.
—No pienso dar ningún discurso —le susurró Osric a Aurienne.
—Vale. Ya lo hago yo. Tengo algo importante que decir —replicó esta.
El brillo de determinación de sus ojos lo puso nervioso.
Ella siguió agarrándolo de la mano mientras se dirigía al frente del escenario, entre aplausos.
Se quedó allí de pie con el cuello erguido en actitud orgullosa y las charreteras plateadas brillando bajo la luz del sol.
La túnica ceremonial de los Haelan le marcaba la figura hasta el talle, y luego caía en una falda amplia hasta el suelo.
Extendió los brazos hacia la multitud para pedir silencio y, por un instante, pareció una Fr ī a en miniatura.
—Swanstone es, ante todo, una institución dedicada a la investigación —dijo—.
Un lugar de descubrimiento. En medio de tanta pérdida y dolor, he descubierto que el heroísmo puede presentarse de muy diversas formas.
En el coraje de los niños que luchan contra la viruela.
En el trabajo incansable de Pediatría y Virología.
En los Warden que resisten hasta el final.
Y, lo más sorprendente, incluso en la actitud de un Fyren.
»Nuestras órdenes son, en muchos sentidos, antagónicas.
Nuestro t ā cn nos sitúa en polos opuestos.
La vida y la muerte. El principio y el fin.
Compartimentos ordenados. Distinciones fáciles.
Quizá demasiado fáciles. Nuestro trabajo como investigadores es cuestionar las ideas preconcebidas.
Antes de conocer a Osric Mordaunt, yo no las cuestionaba. Simplemente las aceptaba.
Aurienne le quitó el guante a Osric y levantó su mano izquierda ante la multitud.
—En los últimos seis meses, este t ā cn ha salvado más vidas de las que jamás podremos contabilizar. Miles. Posiblemente, decenas de miles.
La multitud guardó silencio, pero no era un silencio de sorpresa o indignación, sino el mismo silencio solemne y respetuoso que se había producido tras nombrar a los Warden.
—Él cambió mi punto de vista sobre lo que significa recorrer el Sendero Brillante y el Sombrío —continuó Aurienne—. Ahora sé que son paralelos. A veces se entrecruzan. Y, en ocasiones, se fusionan en uno solo.
—¿Es necesario ponerse tan sentimental? —murmuró Osric.
—Es necesario decir la verdad —susurró Aurienne.
Volvió a dirigirse a la multitud—. Gracias a él, descubrimos que la de la viruela había sido una epidemia provocada.
Gracias a él, los niños rescatados de las incubadoras de los Dreor se están recuperando en nuestros pabellones.
Y al final, cuando la situación era desesperada, se presentó en Swanstone. Yo misma estoy aquí gracias a él.
La multitud aplaudió.
—Por favor, evita los elogios —murmuró Osric, dándose cuenta de que se estaba ruborizando.
—Diré lo que me salga del corazón —susurró Aurienne.
—Preferiría que pararas.
—No.
—O paras, o te doy un beso en esa boca de agitadora.
—¿Delante de todo el mundo?
—Delante de todos, Fr ī a incluida.
El público enmudeció. Lanzándole una mirada desafiante a Osric, Aurienne volvió a hablar.
—He aprendido que la bondad no tiene nada que ver con quién eres o con el t ā cn que llevas, sino con las decisiones que tomas. Este hombre… —Aurienne se acercó a Osric y le estrechó la cara entre las manos—. Este hombre tomó las decisiones correctas. Unas buenas decisiones.
Tenía lágrimas en los ojos. Acercó su rostro al de él. Iba a besarlo, en público. Estaba loca.
Y él iba a permitírselo. También estaba loco.
—Y lo amo —concluyó Aurienne.
Él besó de inmediato su boca de agitadora.
Radia y Rosbert se quedaron sin palabras. Dinadan balbuceó alguna incoherencia. Cath y Élodie se abrazaron. Xanthe se enjugó una lágrima.
Pero a Osric todo eso le dio igual.
El tiempo se ralentizó. Posó los labios sobre los de Aurienne y ella le devolvió el beso.
Entonces se produjo una explosión de vítores, una tormenta de aplausos y gritos.
Xanthe les hizo juntar las manos y levantarlas; la sonrisa de Aurienne brillaba más que el sol abrasador.
Osric balbuceó que no era digno de ella; ella lo besó de nuevo y, riéndose, le dijo que no fuera tonto.
Aurienne enredó las manos en su cabello.
Se le veían los hoyuelos y le brillaban los ojos.
Él la levantó y la atrajo hacia sí. Las faldas de ella le acariciaron las piernas.
En aquel momento, Osric sintió una alegría pura y exultante. Había magia en el ambiente. Aquel era otro lugar fronterizo; besarla era como estar al borde de un nuevo mundo, de uno brillante y luminoso, que no estaba dividido en órdenes, senderos, t ā cn o dogmas, donde todo podía coexistir en paz.