La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 29. La séptima luna #3
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29. La séptima luna #3

El aire que los rodeaba se volvió escaso y frágil.

En el interior de Aurienne, una alegría precaria luchaba contra el miedo.

Osric no había vuelto a apartarle las manos; de hecho, se las había estrechado.

¿Aurienne no había hecho que se extinguiera lo que él pudiera sentir por ella?

¿Tendría razón su deofol? ¿Podría Osric todavía… ?

—He venido aquí esta noche para deshacerme de la piedra bruja —dijo Aurienne—. Quería hacerlo en un lugar de sanación. —Osric bajó la vista hacia su clavícula desnuda, antes de volver a mirarla a los ojos—. Me he quitado el cuchillo —añadió.

Se dio cuenta de que le temblaban las manos. Acababa de recibir de nuevo a su corazón exiliado. Aquello era una imprudencia. Era autodestructivo. Era un acto de fe.

Iba a decirle que lo amaba.

Puede que acabara sufriendo. Si era así, se lo merecía. Estaba dispuesta a arriesgarse a que le rompieran el corazón en aquel momento de fragilidad, cuando aún estaba recién curada. Tendría que ser valiente como una flor silvestre.

—Durante todo este tiempo, he creído que era yo la que te estaba curando, pero tú también me estabas curando a mí.

Él inclinó la cabeza hacia ella. Apoyó la frente en la suya.

—Lo nuestro es imposible —susurró él—. Dime que es imposible por última vez. Dioses, concededme un poco de paz.

—No pienso hacerlo —dijo Aurienne—. No puedo.

—Estrechó sus manos entre las de ella, temblorosas—.

Durante mucho tiempo, mis manos han estado definidas por mis habilidades, por mi t ā cn, por mi Coste.

Pero estaban vacías… completamente vacías.

Las manos deberían tener otras manos que sostener. Y yo quiero que sean las tuyas.

En su mirada había un dolor terrible, una esperanza desoladora.

—Pero es imposible.

—También lo era curarte —replicó Aurienne. Se le quebró la voz—. También lo era… que me volviera a enamorar.

Él la miró fijamente, sin entenderla, o sin atreverse a hacerlo. Sus alientos se cruzaron como se tocan las almas.

Aurienne posó las manos temblorosas sobre las mejillas de Osric. Este era una imagen borrosa a través de sus lágrimas.

Las palabras —aquellas palabras imposibles, las palabras que había creído que nunca más iba a volver a pronunciar— salieron de sus labios.

—Te quiero.

Las pronunció contra la boca de Osric y contra toda razón, lógica y pragmatismo, desafiando las diferencias entre sus órdenes, las verdades absolutas y su propio miedo.

—Te quiero y, si no es demasiado tarde, si no he echado a perder lo que podría haber sido, si podemos tener algún tipo de vida juntos, sea como sea, la quiero. Quiero estar contigo.

Él no respondió de inmediato y su silencio fue para ella una agonía; solo se oía el sonido del mar y la sangre de su corazón, goteando en el silencio. No se atrevía a mirarlo; apenas era capaz de mantenerse en pie.

Finalmente, Osric contestó: con impotencia, casi con desesperación.

—Pero soy un canalla miserable…, un criminal…, un Fyren.

—Sé lo que eres. Y sé lo que eres más allá de todas esas cosas.

—No tengo nada que ofrecerte, salvo la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal, el amor de un hombre que nunca ha amado…

La esperanza agitó la sangre de Aurienne, que le zumbó en los oídos.

Todavía no era demasiado tarde. Encontró el valor para levantar la mirada.

¿Eran sus lágrimas las que le nublaban la vista y hacían que los ojos de Osric brillaran tanto, o eran las suyas?

Él se llevó las manos de Aurienne a los labios.

La esperanza era la sensación de su cálido aliento sobre la piel.

—Nunca habría sido demasiado tarde —dijo él—. Te quiero. Te habría querido a pesar de tu rechazo y te querré a pesar de todas tus objeciones. No tenía ningún corazón que dar hasta que apareciste tú, y ahora lo pongo en tus manos: es tuyo. Es tuyo y lo seguirá siendo, lo quieras o no.

—Lo quiero —contestó Aurienne, entre sollozos.

—Si alguien puede curar este sufrimiento terrible y fatal eres tú. Si tengo que ponerme de rodillas será ante ti…

—Si alguna vez puedo ser feliz será contigo.

Eso dejó a Osric atónito. Aurienne se acercó a él y lo besó en los labios con un amor inmenso, inquebrantable, rebosante de dolor e imposible.

Él la estrechó entre sus brazos; el corazón de ella se colmó de felicidad; él olía a humo de endrino; ella hundió el rostro en su capa de terciopelo negrísimo, atada y repleta de promesas de violencia; él seguía siendo inevitablemente un Fyren, inevitablemente él mismo y, sin embargo, ella lo amaba, y los ojos de Osric estaban llenos de luz.

La niebla los elevó hacia los cielos, o los cielos descendieron hacia la tierra, mientras ellos se hallaban simultáneamente allí y en un lugar lejano, a la vez sombrío y luminoso.

Y los obstáculos ya daban igual, porque dentro de cien años nada de eso importaría, porque ella lo amaba, porque solo eran dos almas bajo la luz de la luna.

Y allí, en el ocaso del año, en tierra de nadie, en aquel lugar sagrado salpicado de piedras que parecían huesos, en la línea divisoria entre ambos mundos, una y otra vez, Aurienne le dijo al hombre que amaba que lo quería.