La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 29. La séptima luna #2
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29. La séptima luna #2

Aurienne estaba un poco mareada. Se sentía desconectada de sí misma.

Caminaba y al mismo tiempo se veía caminar, estaba allí y no estaba allí, mientras daba vueltas y más vueltas, redondas como la luna, envueltas en cintas de niebla, hacia el centro de la espiral, hacia aquel punto de fuga giratorio.

La revelación se hallaba en aquella espiral.

En la niebla translúcida había otros lugares, luces, risas, que la invitaban a cruzarla, a atravesarla.

El aire era dinámico, cambiante, absorbía el sonido; la realidad era frágil.

La espiral desplegó el velo y lo volvió tan transparente como un pétalo.

Un simple paso a un lado y atravesaría la telaraña.

Ese era el breve espacio que necesitaba, el limbo entre ambos mundos, donde lo incurable podía curarse, donde había sanado a Osric y ahora se sanaría a sí misma.

La luna llena se cernía sobre ella como una bendición. Y allí, en el centro de la espiral, entre el movimiento y el contramovimiento, entre el pasado y el presente, entre el duelo por lo que había sido y la esperanza de lo que podía llegar a ser, Aurienne tiró con fuerza del colgante.

El cordón de cuero se rompió con un suave chasquido.

Lo que sintió a continuación no fue ni tristeza, ni alegría. Fue un alivio increíble.

Se había acabado.

Podía volver a vivir, con el corazón liberado y el espíritu intacto.

Se apoyó en la prominente Piedra de Monafyll, inhalando profundas bocanadas de aire fresco.

Sentía el frío de la piedra a través de la capa.

Acarició aquellos grabados tan familiares.

¿Qué mano habría hecho aquellas inscripciones?

¿Qué ser habría cincelado aquella lengua desconocida que había vuelto loco a Widdershins?

La serpiente, el cisne, la lengua de las hadas… , todo ello flotaba ante sus ojos.

Al pasar el t ā cn sobre la Piedra, notó una sensación familiar. Fue como si esta la atrajera, como si las partículas que formaban su cuerpo se disgregaran.

Apartó la mano bruscamente.

Había estado a punto de entrar en una línea ley.

Se quedó mirando la Piedra de Monafyll con la boca abierta. Era una viedra.

Imposible. Ya no existían viedras sin cartografiar. Los Leyfarer las habían descubierto todas en el último siglo.

Algo brillaba entre la hierba alta, al pie de esta. Aurienne le dio unos puntapiés con la bota, hasta que lo levantó.

Un colador oxidado cubierto de flores silvestres.

—Widdershins —dijo.

Él llevaba aquel chisme en la cabeza la noche que ella y Mordaunt habían ido a visitarlo.

Aurienne volvió a presionar su t ā cn contra la Piedra de Monafyll, pero esta no volvió a atraerla. La piedra era solo una piedra. ¿Se lo habría imaginado? Era imposible imaginar la sensación de ser arrastrado hacia una línea ley.

Se quedó inmóvil. La niebla la rodeaba, interrogante.

El cordón roto de la piedra bruja pendía a ambos lados de su puño. Aurienne parpadeó y negó con la cabeza. Tendría que investigar más a fondo…, pero esa noche no. Tenía por delante una convalecencia.

Aurienne recorrió el camino en espiral que se desplegaba hacia el exterior, con la piedra bruja rota en la palma de la mano.

A ambos lados de ella se alzaban montones de tierra acumulada por los movimientos de tierra.

Allí, los movimientos de tierra tenían un significado distinto: la realidad podía cambiar de repente bajo sus pies.

Giró la cabeza hacia la Piedra de Monafyll, con una promesa tácita: la de regresar.

Se acercó al borde de uno de los estanques resplandecientes del Fairy Glen. Los peces brillaban bajo la superficie como espejos vivientes. Tiró la piedra de bruja al agua. Esta desapareció sin levantar salpicaduras. Protegería los humildes sueños de los peces.

Aurienne se sentía ligera, aliviada… y sola.

Qué ironía, haber liberado su corazón después de tantos años, para acabar completamente sola. Había rechazado al hombre que podría haberla amado y al que ella amaba. Se había liberado justo a tiempo para darse cuenta de la magnitud de su error.

Ahora que la piedra bruja ya no la ataba, se dio cuenta de lo poco que le importaban los obstáculos: sus órdenes, su incompatibilidad. Qué insignificantes eran en comparación con todo lo que encerraba en su corazón.

En la luna de la cosecha, recogería lo que había sembrado: soledad.

El frío se intensificó al caer la noche. El aliento de Aurienne formaba figuras fantasmales ante ella, como más niebla flotando en la niebla. La luz de las estrellas se reflejaba en aquella opalescencia onírica y hacía que el valle tuviera un brillo plateado.

Aurienne se despidió de la Piedra de Monafyll en su silenciosa espiral.

A través de los huecos que había entre los pináculos, volvió sobre sus pasos.

El soplo de una brisa trajo consigo un leve aroma a humo. De endrino.

Aurienne se quedó donde estaba. Se estaba volviendo loca. Su corazón deseaba cosas y sus sentidos, cómplices, fabricaban las alucinaciones correspondientes.

Vio algo entre las rocas: un espacio vacío sin estrellas.

Una silueta se alzaba como la esencia de la noche, envuelta en un manto de sombras delicadamente recortadas.

Osric estaba allí.

La respuesta a su deseo más íntimo.

Aurienne no lo había visto desde que había hablado con él junto a su cama. Una avalancha de sensaciones la invadió: un violento pinchazo en el corazón, el oscuro dolor de la culpa, el arrepentimiento, el miedo y, luego, la felicidad, que resonó en ella como una campana, ahogándolo todo.

Él se acercó.

—Eres tú —susurró Aurienne.

Osric vaciló.

—Si no me quieres aquí, lo entenderé. Me iré inmediatamente.

Ahí podía haber acabado todo, pero Aurienne no pensaba dejarlo marchar. Eso sí que era imposible.

—Quédate —le pidió—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Me lo dijo un amigo. —Osric la observó desde las profundidades de su capucha—. ¿Estás bien? —preguntó preocupado, con voz grave.

Después de lo que ella le había hecho, Aurienne esperaba frialdad o sarcasmo. No preocupación.

—Sí, estoy bien.

—Pero has venido a curarte —dijo Osric.

—Sí.

—¿Qué te pasa?

—Prefiero no hacer una lista —repuso Aurienne.

Osric se quedó callado unos instantes, antes de contestar.

—Dudo que sea más larga que la mía.

Observó a Aurienne mientras esta caminaba hacia él sobre la hierba mojada, como si no creyera que estuviera bien y quisiera comprobarlo, analizar su forma de andar, examinarla en busca de signos de alguna dolencia.

Pero no había nada que descubrir. Ella estaba perfectamente .

Se había curado de un mal sumamente pertinaz.

El corazón le latía en el pecho, delicado, tierno y renovado.

Aurienne deseaba estrechar las manos de Osric, pero en el pasado las había rechazado con crueldad, por lo que no se atrevía a hacerlo. Primero debía expiar su culpa.

—¿Qué tal los ojos? —le preguntó.

—Curados.

—A ver.

Osric se quitó la capucha. Estaba completamente restablecido. En sus ojos plateados se reflejaba el oro líquido de la luna. Pero, aun así, había tristeza en ellos.

—Me devolviste el anillo —le dijo.

Aurienne se dio cuenta de que había llegado el momento de la expiación.

La niebla se levantaba entre las grandes piedras amontonadas a su alrededor y elevaba la tierra sombría hacia el cielo. De vez en cuando, una brisa susurraba entre ellos. El otoño conjuraba los aromas nocturnos de la tierra.

Osric seguía allí de pie, oscuro y borroso, como la personificación del arrepentimiento de Aurienne; como un futuro incierto, posiblemente perdido.

—Durante toda mi vida, me han inculcado el lema de «No hacer daño» —dijo Aurienne—.

Desde que te conocí, he aprendido a ser menos rígida al respecto.

En la mayoría de los casos, el daño estaba justificado por las circunstancias y la necesidad.

Al menos, eso es lo que me digo a mí misma.

En todos, menos en uno. —Juntó las manos, en lugar de estrechar las de Osric—.

Al querer protegerme del dolor, te herí gravemente.

Y me arrepiento de ello. E incluso después de que te rechazara aquella noche en la viedra, tú volviste.

Diste tu seith, tu fortuna, tus ojos y prácticamente tu vida por salvarme.

Diste demasiado. Vi cómo se te escapaba la vida.

Pensé que había llegado tu hora. Y yo… —Aurienne respiró hondo; el dolor del recuerdo seguía siendo intenso—.

Solo te ofrecí egoísmo, mientras tú lo dabas todo, casi hasta morir.

Me equivoqué. No espero tu perdón. Solo quiero que sepas cuánto lo siento.

El cabello de Osric brillaba como la luz de la luna sobre su frente.

—Volvería a hacerlo de nuevo —dijo finalmente.

—Casi pierdes la vida. Yo no valgo tanto.

—Tú no decides cuánto vales para mí.

—Pero tú vales demasiado para mí como para morir.

—Hubo un silencio cargado de tensión por cosas pensadas muchas veces, profundamente sentidas, pero nunca dichas.

La niebla se estancó a su alrededor como un mar plateado.

Un resplandor de Otro Mundo brillaba a través de ella—.

No quiero volver a verte así nunca más —dijo Aurienne—.

Por eso te devolví el anillo —añadió, con más dulzura—.

Para cortar de raíz. Para que no tuvieras…

ninguna razón, nunca más. Estamos al borde de una guerra…

de años de guerras. —Su voz se convirtió en un susurro rebosante de emoción—.

Prométeme que no volveré a verte así nunca más.

—Puedo prometértelo, pero sabes perfectamente el valor que tienen nuestras promesas. —Mordaunt la agarró de la mano. No llevaba guantes. Le acarició los nudillos con el pulgar—. He visto tus huesos. Eso es algo que jamás debería poder decir.

El estanque se había tragado la piedra bruja. Aurienne ya no tenía que soportar su peso. Solo existía la levedad del tacto de Mordaunt.

Su aliento, visible, salpicaba la niebla con una tonalidad más pálida.

—Lo volvería a hacer una y mil veces —dijo.

¿Se trataba de locura, o de una confesión? ¿Acaso eran lo mismo?