29. La séptima luna
La séptima luna
Aurienne
Los datos de Aurienne sobre la luna de Bédríp de septiembre hablaban de sanaciones en las moradas de las hadas: bosques y cuevas, árboles de hadas, fortalezas de hadas, anillos de hadas… Todo ello estaba en consonancia con la morada oculta de Widdershins.
Decidió que el Fairy Glen, en la isla de Skye, sería su destino.
Curiosamente, el Fairy Glen había sido el lugar en el que se había descubierto la Piedra de Monafyll.
La piedra había sido encontrada por accidente: un caminante se había sentado en una roca y un trozo de musgo se había desprendido.
El caminante se había dado cuenta de que la piedra tenía unas inscripciones extrañas.
Habían llamado a las autoridades locales, luego al arqueólogo del pueblo, después a los runólogos de las universidades y, por último, a una horda de maestros de diversas disciplinas, entre los que se encontraba, en un momento dado, el profesor Widdershins.
Las excavaciones dejaron al descubierto no solo la Piedra de Monafyll, sino también los restos de una espiral de cantos rodados que había a su alrededor. La piedra había permanecido en su lugar, en el centro de la espiral, en el Fairy Glen.
Mientras se preparaba para aquella séptima sanación, a Aurienne le habría gustado volver a entrevistarse con Widdershins; pero esa vez para hablar con él como era debido, no para someterlo a un interrogatorio con la presencia amenazante de un Fyren detrás de ella.
Le habría encantado hablarle de la increíble curación de Osric y del papel que Widdershins había tenido en esta.
Le habría gustado profundizar en el origen de sus traducciones.
Deseaba informarlo de sus planes de investigar la peregrinación curativa de la Piedra con un enfoque mucho más riguroso desde el punto de vista científico, de publicar algo al respecto y defender su reputación.
Envió varias cartas a la antigua universidad de Widdershins, a sus compañeros, a los pocos amigos que tenía y a su familia, y no recibió más que notas, desesperadas o indiferentes, en las que le decían que no lo encontraban por ninguna parte.
Desconcertada, lo buscó en su antigua casa de campo y descubrió que la había abandonado.
No se había llevado nada con él. Ningún vecino pudo indicarle a dónde había ido.
Widdershins había desaparecido de la faz de la tierra.
En la noche de la luna de Bédríp de septiembre, Aurienne se preparó para ir al Fairy Glen. Se ató las botas. Se puso la capa. Se guardó la piedra bruja en el sitio habitual, entre el vestido y la clavícula.
Qué extraño era prepararse para curarse a sí misma. Qué diferente. Y qué raro le resultaba salir durante la luna llena sin tener que enfrentarse a aquellas mordaces conversaciones con Osric.
Como si la hubiera invocado con el pensamiento, una seith ahumada acarició su t ā cn.
La deofol de Osric.
La última vez que habían hablado, la deofol la había puesto al corriente del plan de los Dreor y Aurienne había prometido abandonar Swanstone, pero había roto su promesa inmediatamente y eso casi le había costado la vida a Osric.
Tras dudar un instante, levantó su t ā cn para dejar pasar a la deofol, convencida de que la loba le soltaría un merecido gruñido de amenaza y le enseñaría sus afilados dientes.
Una seith oscura se arremolinó en forma de volutas mientras la deofol se materializaba. Por primera vez, no se le veían los dientes, solo los ojos dorados entre las sombras.
Aurienne y la deofol se observaron en silencio. Su intimidante mirada puso nerviosa a la Haelan. Habría preferido su insolencia habitual, antes que la contemplación silenciosa de una perversa loba de seith.
—¿Has venido a regañarme? —le preguntó Aurienne—. No hace falta. Ya ha caído sobre mí la ira de tu amo.
—No me envía él —dijo la loba.
—¿No sabe que estás aquí?
—No.
—Entonces ¿qué quieres? —le preguntó Aurienne desconcertada.
—¿Qué harías si lo volvieras a ver?
Eso era algo entre ella y su corazón.
—Es una pregunta bastante indiscreta.
La loba estaba muy seria.
—Lo que hay entre vosotros dos no puede acabar con una despedida.
—Todo acaba con una despedida —dijo Aurienne, cerrando con fuerza la bolsa.
—Habéis hecho demasiadas cosas el uno por el otro. Hay lazos que os unen, después de todo eso. Y no se pueden romper con un adiós. Los asesinatos y las vidas que habéis salvado os conectan. Conectan vuestros corazones. Vuestras almas. Vuestros futuros.
—No pienso volver a verlo. Dejó muy claro lo que quería. —Aurienne se giró para ocultar el dolor de su rostro.
La loba desapareció y volvió a materializarse delante de sus narices.
—¿Te gustaría volver a verlo?
—¿Por qué?
—Creo que deberías hacerlo.
—No entiendo por qué te empeñas en que mantengamos el contacto.
—Porque sé lo que siente por ti. —La loba echó hacia atrás una oreja oscura—. Pero no sé lo que sientes tú por él. —Aurienne volvió a apartar la mirada. Una vez más, la loba apareció delante de ella—. ¿Qué sientes?
Aurienne estuvo a punto de responderle con un bufido, pero no se lo había preguntado con impertinencia. Lo había hecho con sinceridad.
Así que le dio una respuesta sincera.
—Arrepentimiento puro y duro. —La loba guardó silencio.
La sombra parpadeó y se enroscó alrededor de sus ojos como una llama negra—.
Necesito recuperarme antes de volver a verlo.
Hay una herida que no dejo de tocar y eso impide que se cierre.
—Aurienne se llevó los dedos a la clavícula, sobre la que tenía la piedra bruja—. Esta noche voy a curarla.
—Entonces, no todo está perdido. —Había alivio en la voz oscura de la loba; alivio y esperanza.
—¿Qué soy yo para él? —le preguntó Aurienne.
—Te lo ha dicho mil veces sin palabras. Pero, si tengo que usarlas, eres la Bella Torturadora. La ironía más cruel. La pena más hermosa. —La loba se quedó callada un instante—. Y él también está profundamente arrepentido.
—Gracias por decírmelo.
La loba se esfumó.
—Me llamo Cinder.
Aurienne tomó la viedra hasta El Helecho Durmiente de la isla de Skye, donde estaba el Fairy Glen.
En cierto modo, todo había empezado en aquel lugar: allí habían descubierto la Piedra de Monafyll, lo que la había llevado a realizar el estudio preliminar sobre las sanaciones durante la luna llena, y eso, a su vez, había guiado a Osric hasta ella.
Cruzó el Glen. Hacía eones, los deslizamientos de tierra y las fallas geológicas habían dejado al descubierto el lecho rocoso, que ahora sobresalía entre la hierba como un esqueleto.
La tierra había creado extrañas formaciones, maravillosos castillos de hadas, pirámides y enormes dragones dormidos.
Aurienne levantó su t ā cn para iluminar el camino.
A ambos lados de este se oía el murmullo de arroyos y pequeñas cascadas, entre las crestas cubiertas de hierba.
Aurienne pasó entre varias piedras que se alzaban como olas a punto de romper y entre otras gibosas como túmulos funerarios.
Su objetivo se encontraba en el claro de hierba del Valle que había allá abajo: un antiguo entramado de anillos con la piedra de Monafyll en el centro.
La espiral era como una bobina que se enrollaba hacia adentro y, al deshacer el camino, hacia afuera, asfixiada en esa época del año por los restos de maleza del verano. Aurienne se detuvo al final de la espiral y esperó a que saliera la luna.
En el horizonte, las nubes formaban pináculos morados en un cielo resplandeciente. Las estrellas brillaban. La luna llena de la cosecha se elevó, dorada, tiñéndolo todo de ámbar.
El único movimiento era el del ascenso de la niebla, que se acumulaba en los valles entre las piedras y, al caer la noche, se levantaba y flotaba oníricamente con la brisa.
La piedra bruja que Amagris le había regalado a Aurienne descansaba, como había hecho durante tantos años, sobre su clavícula, sujeta por un cordón de cuero.
La Haelan metió la mano dentro del vestido y la agarró.
Era una piedra plana y gris del tamaño de una moneda, sin nada de particular salvo por el agujero que la atravesaba.
Durante muchos años, Aurienne había utilizado la piedra bruja como recordatorio de que le habían hecho daño, como un lastre colgado del cuello, como una advertencia para evitar volver a enamorarse.
No se había permitido volver a amar y, por lo tanto, tampoco se había permitido ser feliz. Se suponía que una piedra bruja servía para alejar las pesadillas. Pero la señora Parson decía que estaba alejando todos sus sueños.
Al usarla para recordarse que debía escapar de la tristeza, había perdido la alegría. Al intentar evitar un dolor conocido, había hallado un dolor nuevo.
Acarició con el pulgar los contornos familiares de la piedra. La señora Parson le había dicho que se deshiciera de ella. Hasta la propia Amagris se había sorprendido al ver que aún la llevaba y le había recomendado lo mismo.
Era hora de decirle adiós. Era hora de liberar su corazón.
Aurienne caminó por la espiral que se encontraba en el centro del Fairy Glen.
No sabía si avanzaba despacio o rápido. El tiempo era un concepto difuso dentro de ella; solo existían las piedras, la luna y la poesía salvaje del viento, que le susurraba al oído. El camino era como un remolino bajo sus pies; como un helecho fosilizado, como la lenta apertura de una rosa.
La Piedra de Monafyll se alzaba pálida bajo la luz del atardecer, conocida por Aurienne hasta entonces solo por dibujos y, más tarde, por el molde de yeso. Pero aquella era la auténtica, no un dibujo ni un molde. Era como conocer a alguien importante.
La fragante reina de los prados, los pensamientos silvestres y las orquídeas mariposa oscilaban en la espiral, demostrando la valentía de las flores silvestres en el crepúsculo del verano, en la última etapa del año, cuando todo lo demás llegaba a su fin.