La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 28. El amor corta más que un cuchillo
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28. El amor corta más que un cuchillo

El amor corta más que un cuchillo

Osric

Cuando a Osric le quitaron la venda de los ojos, descubrió que había dos Warden en las camas contiguas a la suya. Le miraron fijamente en medio de un silencio hostil. Se enteró de que se llamaban Verity y Haven. Xanthe y su equipo les habían regenerado varios órganos dañados.

—Eres un monstruo repugnante —le dijo Haven a Osric con voz ahogada—. Pero estuviste magnífico. ¿Por qué nos ayudaste?

—Porque soy tonto de remate —contestó Osric.

Las Warden aceptaron la respuesta sin rechistar, lo que le pareció un poco ofensivo.

—Hasta un burro puede hacer sonar la flauta por casualidad —dijo la Warden llamada Verity—. Y hasta un Fyren es capaz de hacer el bien.

—Y Tristane también vino —apuntó Haven.

—Un milagro seguido de otro —dijo Verity.

Tan pronto como se le curaron los ojos, Osric abandonó Swanstone. No esperó a que le dieran el alta formal. No quería que Xanthe avisara a Aurienne —a Fairhrim — para que lo ayudara, para que se despidiera de él, ni para perder el tiempo de ninguna otra forma.

Gracias a las habilidades de Xanthe, sus ojos se habían regenerado y, en sus propias palabras, habían pasado «de ser dos pasas arrugadas, a estar perfectamente».

Parpadeó, observando el mundo con asombro.

El resto de las lesiones también estaban curadas: el brazo atrofiado, la herida en el pecho.

No tenía ninguna cicatriz nueva. En Swanstone lo habían tratado excepcionalmente bien.

No tenía nada que reprochar a la Orden Haelan.

Descubrió el sello en el bolsillo de la capa.

Pero sí tenía algo que reprocharle a Fairhrim, y fue lo que hizo. Había renunciado a toda su fortuna, prácticamente a toda su seith y casi a su vida por culpa de ella. Porque ella no había sido capaz de cumplir una puñetera promesa.

(Él tampoco había cumplido ninguna de las promesas que le había hecho, pero eso era lo de menos. Aquella era importante).

Regresó a Rosefell Hall. Tristane fue por allí a reclamar su pago. Y de paso a decirle que estaba loco.

—No vuelvas a jugarte la vida de una forma tan temeraria —le advirtió—. He invertido mucho en ti.

—No volverá a ocurrir —respondió Osric.

La acompañó a la puerta. El eco de las botas de ambos resonaba de forma extraña en los pasillos. La casa estaba semivacía; Osric había tenido que vender la mayor parte de sus colecciones para pagar sus honorarios.

—Te has quedado sin todas esas cosas bonitas —le dijo Tristane con desdén.

—Algún día las volveré a comprar —contestó Osric con las manos en los bolsillos.

—¿Qué hay exactamente entre esa Haelan y tú? —le preguntó Tristane.

—Algo abocado al fracaso —respondió Osric—. Se acabó.

—¿Fuiste tú el que le ordenó que me sacara de Tintagel?

—No —respondió Osric—. Fue cosa suya. No acepta órdenes mías, ni siquiera cuando su vida depende de ello. Prefiero no hablar de este desastre. Es una vergüenza para el t ā cn de nuestra orden.

—Y también para el del suyo —dijo Tristane.

—Sí. Hemos cortado por lo sano.

—Eso dijo ella.

—No sentimos nada el uno por el otro.

—¿Nada? —Tristane hizo una mueca—. Pues te protegió como si ella sí lo sintiera.

—¿Qué quieres decir?

—Se lanzó sobre ti cuando aquel Dreor bajó la guadaña.

—¿Qué?

—Sí. Con su vestidito de Haelan. No llevaba ninguna coraza que la protegiera del golpe.

Sabía que moriría. ¿No te acuerdas? —Al ver que Osric no entendía nada, siguió hablando—.

Puede que ya te hubieras desmayado. Fue bastante dramático.

Un acto de abnegación: un auténtico sacrificio.

Pero tú sigue asegurando que habéis cortado por lo sano. Me entretiene mucho.

Osric guardó silencio. En los últimos momentos antes de desmayarse, había perdido la vista en ambos ojos y había ido a tientas hacia donde sabía que estaba Fairhrim, con la esperanza de protegerla hasta el fin.

Pero ¿al final había sido ella quien lo había protegido a él? Era un imbécil. Un imbécil integral.

Se pasó la mano por el pelo.

Tristane lo miró con una mezcla de burla y desprecio.

—Qué miserables son los corazones.

Después de su última conversación con Fairhrim, Osric pensó que no volvería a saber de ella en mucho tiempo…

o tal vez nunca más. Tenía la vaga intención de seguirla de lejos y estar atento a los rumores sobre cualquier acto de venganza que pudieran planear los tres T ī endoms boicoteados.

¿Por qué? Porque era un idiota y seguía importándole. A pesar de todo.

A pesar de que le hubiera devuelto el anillo.

Fue una sorpresa sentir la seith de Fairhrim en su t ā cn aproximadamente una semana después de que él se marchara del pabellón de Xanthe. Sintió la tentación de ignorar a su deofol; pensó que sería lo mejor y acordó consigo mismo ignorarlo, pero inmediatamente lo dejó pasar.

—Qué interesante —dijo el deofol de Fairhrim al materializarse sobre el escritorio del estudio de Osric—. Me sorprende que aún no hayas cortado el vínculo.

—Y a mí me sorprende que no lo haya cortado tu ama —replicó Osric.

—Se lo planteó, pero decidió no hacerlo. Dijo que le parecía demasiado drástico.

Osric, que en el fondo era de la misma opinión, le preguntó:

—¿Qué quieres?

La jineta se sentó en medio de las cartas que Osric había estado hojeando. Parecía contrariada.

—Te fuiste sin despedirte de Aurienne.

—Ya nos habíamos despedido.

—Entonces ¿por qué me has dejado pasar? —le preguntó el deofol. Osric no supo qué responder. La jineta estaba sentada sobre las cuatro patas perfectamente dobladas, pero se mostraba inquieta. Meneaba la cola con amplios movimientos de disgusto—. ¿Piensas volver a verla alguna vez?

—¿Para qué? —preguntó Osric.

—Está muy triste —dijo el deofol. Osric nunca lo había visto preocupado, pero ahora lo parecía y mucho—. Esa aventura iba a ser una mera transacción comercial. Pero… tú acabaste siendo algo más para ella.

Osric se quitó el sello y lo dejó caer delante del deofol. Aterrizó con un ruido sordo sobre el escritorio.

—Me devolvió esto. Dejó bien claros sus sentimientos.

La jineta miró fijamente el anillo con sus ojos rojos.

—Hizo lo que le parecía más correcto tanto para ti como para ella. Lo más sensato.

—¿No deberías alegrarte de que se haya acabado? Si te caigo fatal.

—Pero a ella no y eso es lo que importa —replicó el deofol—. No creo que esto deba terminar ya. Por eso he venido.

—¿No te envía ella?

—No. Estoy aquí por iniciativa propia.

Osric levantó una ceja. Un deofol raras veces actuaba sin que su amo lo supiera.

—¿Por qué?

—Sé dónde va a estar Aurienne en la próxima luna llena —dijo el deofol.

—¿Y por qué me iba a interesar eso?

—Puedes decidir si ir o no —respondió el deofol—. Estará en el Fairy Glen, en Fortriu. La taberna más cercana es El Helecho Durmiente. Llegará allí al atardecer.

—¿Para qué?

—Para curarse.

Osric se enfadó consigo mismo por preocuparse al instante.

—¿Está enferma?

—Algo así —contestó el deofol—. No espero que me des una respuesta.

—Bien. Porque no te la pienso dar.

En circunstancias normales, una contestación así le habría hecho ganarse una réplica mordaz por parte del deofol, pero este se limitó a decir:

—Espero que vayas.

—¿Por qué?

—Porque está muy afligida —dijo el deofol.

—No creo que yo sea la persona adecuada para ayudarla en eso, rata de cloaca.

—Si no lo fueras, no habría venido. —El deofol se esfumó—. Y me llamo Cíele —dijo, mientras desaparecía.

Osric miró fijamente el lugar donde este había estado sentado. El nombre de un deofol era algo privado que solo se compartía con los seres más cercanos y queridos. Era como conocer el nombre de una parte del alma de alguien. Y el deofol de Fairhrim acababa de revelarle el suyo.

¿Y ella iba a salir en la próxima luna llena? ¿Para curarse? ¿Qué le pasaba? ¿Sería grave? ¿Por qué no la ayudaba el competente equipo de Swanstone?

Él no le debía nada.

Ella se había interpuesto entre él y la guadaña de un Dreor.

—Tengo que meditarlo —suspiró Osric.

—¿Y es necesario que lo hagas en voz alta, a estas horas tan intempestivas? —le soltó el grillo criticón—. Estoy intentando dormir.

—¿Por qué el deofol de Fairhrim quiere que vaya a verla? —preguntó Osric—. ¿Por qué no me lo pone fácil?

—Está claro que ella también lo está pasando mal —contestó el grillo.

—Estoy intentando reconstruir los límites —dijo Osric—. Las fronteras. Las divisiones. Para que ambos podamos seguir adelante. Es lo único que tiene sentido.

—¿Por qué? —preguntó el grillo.

—Porque…, porque es imposible. Jamás podríamos estar juntos para siempre.

—¿Prefieres no tener nada a tener un poco?

—Sí.

—Qué tontería —dijo el grillo—. Podrías morir mañana. Y ella también. Aprovechad al máximo el tiempo que tengáis.

La brisa sopló sobre la botella de hlutoformo que estaba en la ventana y su aroma impregnó el estudio. Olía como si Fairhrim estuviera justo detrás de él. A Osric le dio un vuelco el corazón. Sus brazos deseaban abrazarla; sus ojos deseaban contemplarla.

Apoyó la frente en las manos.

—Solo quiero un poco de paz.

—Pues así no la vas a encontrar.

El grillo tenía razón. Fairhrim había encendido en él algo que no podía apagar. Y ahora su deofol se había presentado allí y lo había avivado dándole más esperanzas.

Osric sacó el reloj de bolsillo en forma de corazón. Lo consultó para ver cuándo era la próxima luna llena.

Solo por curiosidad.

Vio que algo se movía. Había algo en la pequeña caja de plumillas de tinta que estaba sobre el escritorio.

De ella salió, para su sorpresa, el grillo.

Era la primera vez que lo veía; siempre estaba escondido y se manifestaba como una voz incorpórea en el momento menos oportuno.

Parecía un grillo normal, quizá un poco más grande.

—¿Has vivido ahí todo este tiempo? —le preguntó Osric.

—Eres incapaz de ver lo que tienes delante de tus narices —dijo el grillo—. Por algo tu Coste es el que es.

—¿No te preocupa que te mate?

—Hazlo, si quieres. —El grillo caminó lentamente por el escritorio hacia Osric—. Estoy muy cansado. Creo que me voy a morir pronto.

—¿A morir?

—Los grillos no vivimos mucho tiempo.

Eso entristeció a Osric, por alguna razón incomprensible.

—¿Me vas a echar de menos? —le preguntó el grillo.

—Estaba empezando a disfrutar de tus reprimendas.

—Has aprendido mucho —dijo el grillo—. Ya no me necesitas.

—Te equivocas. No sé qué hacer. No puedo cambiar lo que soy.

—Ella sabe perfectamente lo que eres —replicó el grillo—. Y ahora cállate de una vez, quiero seguir durmiendo.

Volvió a trepar sigilosamente a la caja de plumillas.

Osric buscó al grillo al día siguiente, y al otro, pero no volvió a verlo ni a oírlo nunca más.