27. El reino de Hel se ha quedado vacío y todos los demonios están aquí #3
—Vino a verme. Quería saber qué hechizo te había lanzado; según ella, sería la única forma de que hicieras algo así. Le dije que habíamos sido amantes. No sabía qué otra cosa decirle, cómo explicarlo. No quería incriminarte. Me pareció lo más seguro. También le dije que se había acabado.
—Y así es —contestó Osric.
Aquellas palabras hirieron profundamente a Aurienne… Le calaron hasta los huesos, le llegaron al alma. Tuvo que hacer un esfuerzo para continuar.
—Tristane no sabe nada de tu corrupción seith ni…, ni de nada más. —Aurienne le retiró el cabello de las sienes. Él la esquivó—. Estás enfadado conmigo —dijo.
—Prometiste marcharte —insistió Osric.
—Ya sabes el valor que tienen nuestras promesas.
—Pues esa debería haber tenido alguno . Era para protegerte. Y no la cumpliste. Me salió muy caro. Me costó toda mi fortuna. Y los ojos. Y casi nos cuesta la vida a los dos.
Aquella reprimenda era justa e injusta a la vez, por lo que a Aurienne le dolió el doble.
—Jamás abandonaría a mi orden, ni a los niños indefensos que hay aquí —dijo ella—.
Seguro que me conoces lo suficiente como para saberlo.
Yo no te pedí que hicieras nada de eso. Te estoy infinitamente agradecida por ello, pero no puedes echármelo en cara.
Si yo no hubiera estado aquí para hacer transferencias de seith, los Warden no habrían aguantado tanto tiempo.
Y tú también has estado a punto de morir.
Yo no te pedí nada de eso. No creas que eres el único que tiene derecho a estar enfadado.
—Si me hubieras hecho caso, no habría tenido que hacerlo. —Osric tenía la mandíbula apretada—. Ya había asumido lo de nuestra separación. Lo único que quería era que estuvieras a salvo.
—Y lo estoy —respondió ella.
Aurienne intentó que le concediera una tregua. Le acarició la muñeca con el pulgar, vacilante. Él apartó la mano.
Eso le dolió de formas nuevas. ¿Sería el mismo dolor que ella le había infligido a él en la viedra?
Acababa de decirle que había asumido lo de su separación.
Se le encogió el estómago.
—Has estado a punto de morir —le dijo Osric con voz tensa—. Te ofrecí una salida y estuviste a punto de morir.
Aurienne observó cómo la mano con su t ā cn de Fyren se aferraba a las sábanas.
¿Quemar una nave que nunca te había interesado no era… algo bueno? ¿Y por qué le dolía tanto?
—¿Sabe la señora Parson que estás aquí? —le preguntó Aurienne, refugiándose en la logística.
—No.
—Se lo diré.
Osric no respondió.
—Por favor, sigue las instrucciones de Xanthe. Así tendrás más posibilidades de que te sane la vista. Aquí estás recibiendo los mejores cuidados posibles. Deberías descansar. Ya me voy.
—Vete —le dijo Osric—. Y no te molestes en volver.
—Espero que se te curen del todo los ojos —dijo Aurienne.
—No quiero volver a verte.
Osric era para Aurienne una imagen borrosa a través de las lágrimas, un fantasma que se desdibujaba en la cama.
Todas sus pertenencias estaban amontonadas sobre una silla. Ella le devolvió el sello en silencio, metiéndoselo en el bolsillo de la capa.
Esa noche, Aurienne, demasiado angustiada para dormir y demasiado agotada para mantenerse despierta, yacía en su cama, asfixiada por el sufrimiento de un corazón infeliz. Las palabras de Osric la habían desgarrado con más saña que cualquiera de sus cuchillos.
Se sentía como una de aquellas ironías profesionales: el zapatero con zapatos míseros, el sastre con ropa raída, la sanadora con una herida en carne viva en el pecho. Hacía las cosas por el bien común, no por ella misma.
Las cicatrices nuevas que tenía en las manos y en el corazón eran un palimpsesto de dolor.
Había creído que hacía lo más correcto, lógico y adecuado con Osric. Pero el arrepentimiento y la tristeza la atormentaban desde que le había devuelto el sello.
La piedra bruja le pesaba alrededor del cuello.
El cielo, repleto de estrellas, dibujaba un círculo perfecto de luz a través de la ventana que estaba abierta en lo alto de la torre. El resplandor incidía sobre el molde de yeso de la Piedra de Monafyll, de color blanco hueso en la oscuridad de la noche.
Algo atrajo a Aurienne hacia la Piedra. Caminó lentamente hacia ella, como una sonámbula, y pasó las yemas de los dedos por los grabados del yeso.
Unos iconos curativos decoraban el calendario lunar que estaba cincelado en la Piedra de Monafyll: la serpiente, el cisne, el mazo y la mano sanadora.
No había ningún t ā cn Haelan en la mano sanadora; la Piedra de Monafyll era varios siglos anterior a la creación de las órdenes.
El número siete se repetía en varios círculos concéntricos, en grupos de hojas y estrellas.
La peregrinación curativa representada en la piedra debía completarse en siete lunas.
Las primeras notas de traducción de Widdershins aún estaban allí clavadas, en el yeso. Moviéndolo lentamente hacia abajo, Aurienne recorrió con el dedo las lunas y la sanación, desplegando las polvorientas notas de traducción a medida que avanzaba.
Marzo, «cargado de sueños»: el primer fracaso, en el estanque.
Abril, «mirar a través de la tibia de una liebre»: en los Downs, otro fracaso.
Mayo, «sol ennegrecido en el confín de la tierra»: aquel momento trascendente en el faro.
Ralentización del avance de la corrupción.
Junio, «cruce de flujos de agua»: el Færwundor.
Un nódulo curado. Julio, «arcoíris»: la cascada, la reversión de la desmielinización.
Agosto, «las olas te arrastran»: la Isla, la tormenta y el sistema seith de Osric totalmente curado.
La sanación se había completado en seis lunas.
Aurienne posó los dedos sobre la luna llena de septiembre. Abrió la nota de traducción de Widdershins, arrugada por el paso del tiempo. «Esa morada oculta».
¿Se habría completado la sanación? ¿Y qué pasaba con la herida abierta que tenía en el pecho?
¿Qué pasaba con la dolorosa carga que pesaba sobre su alma?
¿Qué pasaba con aquel amargo remordimiento?
Una polilla entró volando por la ventana abierta.
Como una pluma, o un pétalo blanco con espirales negras, se posó sobre la Piedra, justo al lado de la mano de Aurienne.
Entonces se le ocurrió la idea, la idea absurda, con la lógica absurda propia de los sueños, de que tal vez allí podía hallar un camino para curar su corazón ensangrentado.
Se sentó en el escritorio y volvió a revisar los datos.
Para tener compañía, invocó a Cíele, que se sentó en el reposabrazos derecho de su silla.
Actos de Brutalidad Justificada los sorprendió a ambos al acomodarse en el izquierdo.
Entre el ser luminoso y la criatura oscura, Aurienne empezó a leer.
Siguió haciéndolo hasta que amaneció y las palomas del tejado empezaron a arrullar.
¿Dónde estaría la morada oculta?