27. El reino de Hel se ha quedado vacío y todos los demonios están aquí
El reino de Hel se ha quedado vacío
y todos los demonios están aquí
Aurienne
Tristane miró a Aurienne y le guiñó un ojo.
—Nos volvemos a encontrar. —Había desviado la guadaña con su navaja blaec. A continuación, imitando el sistema de Mordaunt, había caminado a través del Dreor.
La línea de los Warden se había roto. Ahora cada uno de ellos luchaba en solitario contra cinco o seis Dreor.
Uno de los Dreor vio a Tristane.
—¿Otra maldita Fyren?
—Mandadla con Hel —dijo otro.
—No hace falta. —Tristane se bajó el embozo—. Ya estoy aquí.
El silencio se apoderó del sangriento campo de batalla en el que se había convertido Swanstone. El cerbero que Tristane tenía en la palma de la mano emitió un resplandor rojo infernal. Esta se rio. A Aurienne se le erizó el vello de la nuca.
Tristane avanzó y empezó a destrozar a un Dreor tras otro desde dentro.
Cada instante estaba en un lugar distinto: en la grieta, en la pared sur donde Verity se encontraba maltrecha, en la puerta que Haven seguía protegiendo, otra vez en la grieta y donde Ataraxia había caído de rodillas.
Se movía a una velocidad inaudita y recorría unas distancias imposibles.
Atravesaba a los Dreor a su paso, arrancando corazones, cerebros y tráqueas.
Sus dientes resplandecían; sus ojos de gorgona brillaban de placer.
Una nube de seith roja flotaba en el aire y lo mancillaba.
¿O era una niebla sangrienta? ¿O una deidad terrorífica?
Por encima de las murallas y sobre la playa aún repleta de reclutas, apareció una hilera de naves ley.
La Despedida estaba entre ellas. Los Leyfarer habían llegado y habían traído a los Ingenaut, y los Ingenaut habían traído dispositivos incendiarios.
Acribillaron la playa con bombas. Los reclutas y los Dreor estallaron en el acto.
Como salidos de la nada, unos brazos tatuados empezaron a rodear desde atrás los cuellos de los Dreor. Aurienne vio el brillo de unas hoces plateadas.
Hérgulas.
Las Hérgulas y los Dreor desaparecieron sin dejar rastro. Las Hérgulas regresaron. Los Dreor no.
Tristane, riéndose a carcajadas, destripó al resto de los Dreor en un remolino de oscuridad y vísceras. Lo último que vio Aurienne antes de perder el conocimiento fue la vaga silueta, sobre los hombros de Tristane, de unas alas negras que se extendían hacia el cielo.
Cuando Aurienne recuperó la consciencia, se encontró a Prendergast delante de ella, con cara de preocupación.
A su alrededor oyó varias voces familiares: eran Élodie y el resto de los Haelan que se habían quedado atrapados en el castillo de Tintagel.
El sonido metálico de las botas de decenas de Warden resonaba sobre las baldosas empapadas de sangre.
Prendergast presionó su t ā cn contra la clavícula de Aurienne.
—A mí no —dijo ella, apartándolo—. A él.
Osric yacía a su lado. Tenía el rostro demacrado y gris. ¿Estaba muerto?
Cath, gimiendo, se incorporó sobre un codo ayudada por Élodie, que sollozaba.
—Debes ayudarlo. Él nos ha salvado.
Prendergast acercó su t ā cn a la clavícula de Osric.
—¿Quién es? Sigue vivo. Pero sus ojos…
—¿Esa es Aurienne? —preguntó Xanthe, sofocada y angustiada por la preocupación.
—¡Está aquí! —gritó Élodie.
Xanthe pasó rápidamente por delante de Prendergast.
—Aurienne, estás bien. Oh, cómo tienes las manos. Y tú, Cath… Fr ī a, lo habéis pasado fatal.
—Mordaunt… Cúralo, Xanthe, por favor —dijo Aurienne—. Sus ojos… Su Coste…
Xanthe se arrodilló junto a Osric.
—Chico Cebolla, ¿qué te has hecho? —Presionó su t ā cn contra la sien de Osric.
Llamó a unos Warden que pasaban por allí y que acababan de llegar del castillo de Tintagel—.
Llevadlo a quirófano. Y haced que esas dos Haelan se metan en cama.
Si es necesario, inmovilizadlas con barreras de protección; no quiero que ninguna de las dos se levante hasta que yo lo diga.
Aurienne y Cath protestaron, pero no tuvieron fuerzas para resistirse mientras se las llevaban a Swanstone en camilla, con Élodie sollozando entre ellas y agarrándolas de las manos.
Aurienne volvió a despertarse en uno de los pabellones a primera hora de la mañana.
Se sentía aturdida por los analgésicos que seguramente le habían administrado sus compañeros.
Las sábanas estaban inmaculadas. Y ella completamente limpia.
Tenía las manos entumecidas y doloridas.
Se las acercó a la cara. Estaban cubiertas de finas cicatrices plateadas.
La seith y la destreza de los Haelan se las habían salvado.
A su izquierda se encontraba Cath, ya curada de las horribles heridas que la habían cubierto unas horas antes. Élodie estaba acurrucada a los pies de su cama. Ambas dormían profundamente.
Y a su derecha —Aurienne se concentró en el doloroso esfuerzo de girar la cabeza—, a su derecha, había una sombra.
—¿Tristane? —susurró Aurienne con los labios agrietados.
¿Cómo había entrado?
Era difícil distinguir dónde acababa Tristane y dónde empezaban las sombras.
—Hola, pequeña Haelan.
—Nos has salvado —dijo Aurienne.
—La situación era desesperada —repuso Tristane—. Casi patética.
—Gracias por tu ayuda.
—¿Por mi ayuda? No seas boba —replicó Tristane—. No lo he hecho por caridad. Me han pagado.
—¿Te han pagado? —repitió Aurienne—. ¿Quién?
—No me digas que eres demasiado estúpida como para imaginártelo. Lo que me gustaría saber —Tristane se acercó a la cama y Aurienne hundió la cabeza en la almohada como un conejillo muerto de miedo— es qué hechizo le has echado a mi Fyren favorito.
—No… No sé a qué te refieres.
—A Mordaunt. ¿Por qué se ha arruinado para hacerme venir aquí? ¿Por qué ha estado a punto de morir por tu orden?
—No lo sé —dijo Aurienne.
Tristane tamborileó con sus largas uñas sobre el cabecero de la cama.
—Lo encontré cuando era un niño famélico y le enseñé a tomar; y, durante tres de vuestras pequeñas décadas humanas, es lo único que ha hecho. Él no es de los que dan . No va con su carácter. Como me vuelvas a decir que no lo sabes, te mato. Si me mientes, date por muerta.
Aurienne tragó saliva. Hizo un repaso de todas las verdades y llegó a la conclusión de que no era conveniente compartirlas; implicarían a Mordaunt en varios casos de traición manifiesta contra su orden.
Excepto quizá una.
—Fuimos amantes —dijo Aurienne.
—¿Amantes? —repitió Tristane.
—No nos dimos cuenta de lo que significábamos el uno para el otro hasta que fue demasiado tarde.
Tristane guardó silencio mientras consideraba aquella declaración. Su cabello era una franja negra en la oscuridad y sus ojos brillaban amenazadoramente. Todo en ella era un arma.
— Fuisteis amantes. ¿Y se acabó?
—Sí.
—Aun así, te arrojaste sobre su cuerpo cuando la guadaña del Dreor cayó sobre él.
—Aurienne no supo qué responder a aquello.
Tristane la observó en la oscuridad, si se podía llamar a aquello observar: le traspasó la cara con la mirada hasta la nuca—.
Tú creías que se había acabado —replicó—.
Pero, en el último momento, tu corazón decidió lo contrario.
—Aurienne asintió. Para su sorpresa, se le llenaron los ojos de lágrimas—.
Hay verdad en lo que dices. Pero te estás guardando algo.
—Tristane se acercó a ella—. Me encantaría sacártelo a la fuerza, pero no lo voy a hacer.
Te debo un favor por haberme salvado el ojo.
Estamos en paz. —Tristane abrió la ventana y pasó una pierna sobre el alféizar—.
Adiós, pequeña Haelan. Sirve bien a Fr ī a.
—¡Espera! —gritó Aurienne—. ¿Qué…, qué eres?
—¿A qué te refieres?
—En todos estos años de investigación, nunca antes había visto un sistema seith como el tuyo. Está a otro nivel.
Estaba empezando a amanecer. Unos pasos se acercaban a la puerta.
—No hagas demasiadas preguntas, ma petite —dijo Tristane—. Reza para que no volvamos a encontrarnos.
—¿Rezar funciona?
—A veces os escuchamos —contestó Tristane. Sus ojos excesivamente brillantes fueron lo último en apagarse.
Los pasos que se oían al otro lado de la puerta eran de Xanthe. Se alegró tanto de que Aurienne estuviera consciente que estuvo a punto de asfixiarla.
—No puedo… respirar —jadeó Aurienne, envuelta en su feroz abrazo. No le habló de la visita de Tristane; su aura amenazante seguía allí y auguraba venganza si se iba de la lengua.
Le preguntó por el hombre acerca del cual su corazón había decidido llevarle la contraria.
—¿Y Mordaunt? —dijo—. ¿Cómo se encuentra? ¿Dónde está?
—En mi pabellón —contestó Xanthe—. Plácidamente dormido, que es como debe estar y como deberías estar tú.
—¿Y sus ojos…?
—Se recuperará totalmente.
—¿Estás segura? Se esforzó demasiado, su Coste los consumió…
—Soy la especialista en regeneración. No me ofendas preguntándome si estoy segura —replicó Xanthe.
Aurienne se recostó sobre la almohada. Ya podía descansar más tranquila.
—Gracias.
—Es a él a quien tenemos que dárselas —dijo Cath.
Xanthe se giró.
—Así que estás despierta.
—Los gritos de angustia de Aurienne me han desvelado —replicó Cath, mientras Élodie se estiraba y se despertaba también.
—¿Cómo os encontráis? —les preguntó Xanthe.
—Bien, teniendo en cuenta la relación tan íntima que he tenido con mi Coste —contestó Cath.
—Lo mismo digo —respondió Aurienne, flexionando las manos rígidas y llenas de cicatrices.
—Tienes unos metacarpianos preciosos, Aurienne —dijo Cath—. Espero no volver a verlos nunca más.
Élodie se echó a llorar.
—La culpa… La culpa por no haber estado aquí… me perseguirá el resto de mis días.
Xanthe, con una expresión entre sombría y disgustada, asintió con la cabeza.
—¿Qué pasó en Tintagel? —preguntó Aurienne.