26. Elegimos a los caídos #4
Los Warden que quedaban vivos no esperaron a descubrir por qué.
Se apresuraron a buscar venganza. Golpearon con fuerza el suelo con sus t ā cn; las barreras protectoras salieron disparadas y mutilaron a los Dreor.
Mataron a una docena de ellos de aquella forma.
Aurienne sabía el número exacto, porque ella y Felicette solo habían sintetizado doce dosis de suero.
Fr ī a, ojalá hubiera hecho veinte más, o cincuenta…
Hraith y Beorgan recurrieron a Aurienne para que les transfiriera seith. Ella presiono el t ā cn sobre su piel ensangrentada y sudorosa.
—¿Cuánto seith te queda, Haelan? —le preguntó Hraith, mirando con preocupación las manos y muñecas dañadas por el Coste de Aurienne.
—Seguiré transfiriéndola hasta que no me quede ni una gota —respondió Aurienne. Los hermanos corrieron de vuelta hacia la línea de los Warden—. ¡Tened cuidado, por favor! —les gritó Aurienne.
—Haven está fuera de combate —jadeó Cath, cuyo propio Coste se había desencadenado gravemente. El suyo le provocaba la caída del cabello. Hasta los folículos le sangraban: la sangre le brotaba del cuero cabelludo, de la línea de las pestañas y de los brazos. Aurienne nunca la había visto tan mal.
Echo utilizó una barrera protectora para empujar a Haven hacia Cath. Cath y tres miembros de su equipo de Traumatología, con los t ā cn iluminados, corrieron hacia ella.
Aurienne no podía ayudarlos a curar a Haven; su Coste ya se había desencadenado y debía conservar la seith que le quedaba para alimentar los sistemas agotados de los Warden. En algún momento, se quedarían sin seith para curarlos y para transferirles, y entonces ¿qué pasaría?
Uno de los Dreor logró atravesar las líneas de los Warden.
—Hola, pequeña Haelan —dijo, cerniéndose sobre Aurienne.
La acorraló contra la pared de piedra. Esta buscó desesperadamente una grieta en la armadura en la que poner su t ā cn, pero no había ninguna, solo placas superpuestas de metal negro, manchadas por la sangre de los Warden.
Su única esperanza era que él levantara su t ā cn hacia ella, que ella pudiera presionar su palma contra la de él y que fuera más rápida con su seith, entonces tal vez…
No. Iba a coger la guadaña.
Por un instante, Aurienne tuvo la sensación de que estaba viendo doble; algo más negro que el Dreor se movió detrás de él. Luego desapareció.
Ella se apartó rápidamente hacia un lado. La guadaña del Dreor barrió el punto en el que antes estaba su cabeza. Aurienne tropezó con los restos de un recluta.
—¡Haelan Fairhrim! —gritó Verity presa del pánico. Lanzó una barrera protectora hacia el Dreor, pero era demasiado tarde, el Dreor se abalanzó sobre ella…
Y explotó.
Una persona salió de entre los restos del Dreor. Una persona con una capa negra y el cabello plateado empapado en sangre de color negro rojizo.
Ayudó a Aurienne a ponerse en pie con una mano húmeda y enguantada.
Era Mordaunt.
La agarró con fuerza por los brazos y los hombros.
—¿Estás bien?
—Mordaunt —jadeó Aurienne.
—Prometiste marcharte.
—No podía… No podía abandonar a mi orden… ¿Qué haces aquí?
—No estabas en Londres. Así que supuse que estarías aquí. Prometiste marcharte .
Con una mirada fría, Mordaunt dio media vuelta. Aurienne observó, muda de asombro, cómo destripaba a un Dreor tras otro.
Los Warden también lo vieron. Haven se subió el visor, incrédula.
—¿Es un Fyren?
Mordaunt había aprendido la lección en el manicomio. No intentó apuñalar a los reclutas ni a los Dreor: se limitó a pasar a través de ellos.
—Traidor —siseó un Dreor—. Eres un caminante del Sendero Sombrío.
—Vosotros sois los traidores —dijo Mordaunt—. Las órdenes no deben atacarse entre sí. ¿A los Haelan? ¿En serio? No es muy justo que digamos.
Un t ā cn de una calavera se interpuso en su camino. Él caminó las sombras a través del Dreor que pretendía atacarlo.
Los saltos de Mordaunt de un Dreor a otro no quedaron exentos de sacrificio. Ellos descubrieron su estrategia y anticiparon su siguiente paso. Un t ā cn negro lo atrapó; se le marchitó el brazo derecho antes de que pudiera escapar caminando las sombras.
Una vez le había dicho a Aurienne que caminar sombras inconexas suponía un gran desgaste de seith. Aquello no era sostenible.
Acabó al menos con diez Dreor antes de que su Coste se desencadenara; perdió la vista de un ojo y el otro se le nubló.
Los Warden aprovecharon el caos que había causado.
Todos los que aún seguían en pie se reagruparon al otro extremo del patio para defender la puerta de la fortaleza y, por consiguiente, a los niños enfermos.
Aurienne, Corinne y Nym iban tambaleándose de unos a otros, transfiriéndoles los últimos chorros entrecortados de seith.
Seguían llegando más Dreor. Tenía que haber un número limitado de ellos. No podía ser de otra forma. ¿Cómo era posible que hubiera tantos otra vez en la grieta?
Mordaunt se convirtió en el objetivo de los Dreor, que estaban rabiosos.
Lo arrastraron hacia un t ā cn negro. Ataraxia le lanzó una barrera protectora al responsable y le arrancó el brazo.
Al otro lado de Mordaunt apareció una guadaña.
Este se apartó caminando las sombras. El Coste le impedía ver bien.
Atravesó a una Dreor, la dejó medio destripada y una guadaña se le hundió en el pecho.
Verity lo arrastró a un lugar seguro, por detrás de la línea.
Aurienne corrió hacia él y le presionó el pecho con las manos, tan dañadas por su Coste que había perdido la sensibilidad en ellas.
—¿Por qué has venido?
—Porque no tengo nada que perder.
—Pero yo sí puedo perderte a ti …
La herida de su pecho se abrió y empezó a sangrar.
— Osric —sollozó Aurienne.
Se estaba muriendo.
La pena se convirtió en dolor y la dobló por la mitad.
Tenía la palma de la mano agrietada alrededor del t ā cn, pero aun así lo presionó contra el pecho de Mordaunt para intentar curarlo. Su visión periférica empezó a oscurecerse. Se le veían los huesos de los nudillos.
Alguien le apartó las manos de él.
—Aurienne…, te estás quedando sin seith… Para …
Ella volvió a ponérselas encima.
—Lo curaré hasta que se me caigan las manos.
—Deja que te ayude, cabezota…
Era Cath. Había abusado tanto de su seith que su Coste estaba completamente sobrecargado, tenía el cuero cabelludo en carne viva y la línea de las pestañas llena de heridas sanguinolentas.
Aurienne no sabía a qué tragedia prestar atención: a Mordaunt, que se desangraba, a Cath, que estaba destrozada, a sus propias manos, que eran más hueso que carne, a Hraith y Beorgan, que acababan de caer cerca de ellos, con el rostro gris y la mirada perdida, o a los Haelan que se derrumbaban a su alrededor.
—Cómo tienes los ojos —sollozó Aurienne, extendiendo una mano hacia el adorable rostro de Cath.
—Y tú las manos —dijo Cath, mientras una mezcla de lágrimas y sangre le corría por las mejillas. Había puesto su t ā cn sobre el pecho de Osric y estaba exprimiendo hasta la última gota de seith para intentar detener la hemorragia—. Aurienne, creo que vamos a morir todos.
La voz de Cath era cada vez más débil. Aurienne, con la seith completamente agotada, estaba a punto de desmayarse. Por el rabillo del ojo, vio la enorme figura de un Dreor. Una de las flechas de Felicette le sobresalía de un ojo, pero no necesitaba seith para blandir su guadaña hacia Osric.
Aurienne se lanzó sobre Osric… ¿Seguía siendo Osric, o era su cadáver? Se preparó para sentir la punta de la guadaña entre los omóplatos. Pero, en lugar de eso, oyó el chasquido de dos objetos de metal chocando entre sí.
Su visión, cada vez más borrosa, se llenó de sombras.
Las sombras adoptaron la forma de una pantorrilla bien torneada enfundada en una bota alta y negra.
Aurienne levantó la vista.
Era Tristane.