26. Elegimos a los caídos #3
Un t ā cn Haelan entró en contacto con la carne de los reclutas.
Una sacudida de seith azotó el patio; una seith que, por primera vez, no se dosificaba cuidadosamente ni se administraba según las pautas de la práctica clínica.
Los cerebros de los reclutas empezaron a salírseles por la nariz y las orejas antes de que les diera tiempo a girarse.
Sus ojos se convirtieron en una secreción gelatinosa.
Sus corazones se redujeron a papilla. Sus articulaciones explotaron.
Continuaron así hasta que la línea blanca se topó con la azul. Para cuando los reclutas se dieron cuenta de lo que se les venía encima desde atrás, ya no eran más que un conglomerado semisólido.
—Bien hecho —le dijo Verity al Haelan que se acercaba cubierto de restos.
—Atentos. Ya vienen —dijo el deofol de Abercorn, un frailecillo que planeaba sobre la fortaleza.
La muralla agrietada volvió a oscurecerse por unas siluetas que trepaban sobre las piedras rotas y los reclutas.
Esa vez, se trataba de unas figuras más grandes.
Iban blindadas con armaduras negras y cascos con cuernos.
Caminaban con seguridad, en lugar de arrastrar los pies como zombis.
Llevaban a la espalda unas guadañas enormes.
Al igual que los de los Warden, sus guanteletes tenían una pieza extraíble.
La calavera negra de la muerte sonreía desde las palmas de sus manos izquierdas.
—Dreor —murmuró Haven.
Sí, eran auténticos Dreor. Verdaderos Dreor. Caballeros de la Muerte.
Aurienne estaba aterrorizada.
Pero los Warden no. Los cuatro que se hallaban en el patio cerraron filas. Lo único que había en sus ojos era rabia.
Los Warden odiaban a los Dreor tanto como los Haelan a los Fyren.
—Tened cuidado con la hemokinesis —les advirtió Aurienne.
Una luz blanca azulada se filtró a través de las rendijas de la armadura de los Warden.
—Escudos de luz —le dijo Haven a Aurienne—. Mientras los mantengamos activados, su repugnante seith no podrá tocarnos. Que todos los Haelan retrocedan.
Tenet no era tan optimista.
—Los escudos de luz agotan rápidamente la seith.
Verity, intrépida, alta, lanza en ristre, avanzó hacia los Dreor que se acercaban.
—Los cobardes por fin vienen a nuestro encuentro —gritó.
—Queríamos que fuerais entrando en calor —respondió el líder de los Dreor. Era la voz de una mujer, que sonaba ronca a través del casco.
—¿Dónde están nuestros pequeños? —preguntó otro Dreor—. ¿Dónde están nuestros preciosos bebés enfermos?
—No son vuestros —dijo Verity.
—Sí lo son y los recuperaremos.
La líder de los Dreor se dirigió a Verity.
—Tú decides cuántos morirán hoy en Swanstone, Warden. Si te apartas, no será necesario que lo hagan todos.
—¿De verdad crees que puedes defender Swanstone con solo ocho de los tuyos aquí? —preguntó otro Dreor en tono burlón—. ¿Dónde están tus hermanas de lanza, Warden?
—Nosotros somos ocho, ¿cuántos sois vosotros? —preguntó Verity.
Varios Dreor más treparon por la grieta en respuesta. ¿Cuarenta? ¿Cincuenta? Aurienne se tapó la boca con las manos. Los números no estaban a favor de los Warden.
— Todos —dijo la líder de los Dreor—. Hemos venido a recuperar a nuestra familia.
—Fr ī a, ha venido toda la orden —le susurró Corinne a Aurienne.
Haven levantó la lanza.
—Entonces la Orden Dreor se extinguirá hoy.
—Verity se volvió hacia los Haelan—. Concentrad vuestros t ā cn en los reclutas.
Dejadnos los Dreor a nosotros. No podéis hacerles daño a través de esa armadura.
Y ellos sí pueden haceros daño a vosotros.
—Se volvió hacia los Dreor—. Será un honor enviaros con Hel.
—Hazme inmortal —le dijo Haven a Cath, guiñándole un ojo, antes de cerrarse de golpe el yelmo.
—Dioses —susurró Aurienne. Los Warden estaban en clara desventaja numérica.
Y los Dreor no eran simples reclutas descerebrados.
Tenían poderosas habilidades ofensivas dentro de aquel t ā cn sonriente.
No solo la hemokinesis, sino también el toque marchitador, con el que podían momificar a todo el que tocaran. Por no hablar de sus guadañas…
La batalla se puso fea de inmediato. Los Warden atraparon a los Dreor con sus barreras protectoras y los desmembraron con furia.
Los Dreor sacaron las guadañas para enganchar a los Warden y ponerlos al alcance de su repugnante t ā cn.
La seith negra chisporroteó contra la de color azul eléctrico, que era cegadora.
Cada vez que una de las Warden resultaba herida, retrocedía y diez t ā cn de Haelan se cernían sobre ella.
Más reclutas seguían trepando por el muro derribado, pero los Haelan, enfurecidos, los eliminaban antes de que pudieran alcanzar la línea de los Warden. Aun así, siempre venían más detrás.
Las guadañas se cruzaban con las lanzas.
Uno de los Dreor cargó demasiado rápido como para que Solace pudiera lanzar otra barrera protectora.
La guadaña la alcanzó bajo la barbilla. Su escudo de luz parpadeó.
El Dreor la atrajo hacia él y le arrancó el yelmo.
Le pegó el t ā cn a la cara. Ella se marchitó al instante y cayó al suelo, con el rostro grisáceo. Muerta.
Haven enredó al Dreor responsable del ataque con una barrera protectora y lo convirtió en una pasta sangrienta. Haven se replegó hacia Aurienne, que pegó su t ā cn contra ella y repuso su seith.
Tres Dreor lanzaron su seith negra hacia Ataraxia. Traspasaron su escudo de luz y la atraparon con hemokinesis.
—No —susurró Aurienne.
Ataraxia se convirtió en una marioneta y fue forzada a ensartarse en su propia lanza. Cuatro Dreor fueron pulverizados en represalia por Tenet y Verity, mientras los Haelan se llevaban a Ataraxia, herida.
¿Cuántos Warden habían caído? ¿Dos? ¿Tres? Eran demasiados. Aquella seith negra era mortal…
Aurienne contuvo el aliento al darse cuenta de que tenían una solución a mano.
—¿A dónde vas? —le gritó Nym, al ver que echaba a correr.
—A ver a Felicette —contestó Aurienne—. Sigue ayudando a los Warden. Y no te mueras.
Felicette, la Ingenaut, estaba en lo alto de las murallas. Había sacado los enormes condensadores de seith que alimentaban los equipos de Swanstone. Ella y los Haelan que la rodeaban los estaban lanzando contra los reclutas como bombas. Alcanzaban un radio de cinco o diez metros cada uno.
Aurienne encontró a Felicette informando al deofol de alguien, casi sin aliento. Según parecía, era el de la líder de su orden, Birtwhistle. El deofol desapareció.
—Mi orden está en camino —le dijo Felicette a Aurienne—. Y traen explosivos de verdad .
—Felicette, el suero —le dijo Aurienne, agarrando del brazo a la Ingenaut.
—¿El suero? ¿Qué suero?
—El suero de oclusión. Tenemos que usarlo. Para bloquear la seith de los Dreor.
—¿Quieres convertirlo en un arma? —le preguntó Felicette, mirando a Aurienne como si un Agannor la hubiera poseído.
—Sí —contestó esta—. No hay otra opción.
Están diezmando a los Warden y nosotros seremos los siguientes, y luego los niños…
—Felicette la miró fijamente—. ¿Cómo lo introducimos en los Dreor sin acercarnos?
—le preguntó Aurienne—. ¿Con inyecciones?
¿De qué tipo? ¿Intravenosas? ¿Intramusculares?
Necesitamos una acción sistémica rápida.
Pero ¿cómo se las lanzamos a distancia? Las armaduras les cubren hasta el último centímetro.
—Le apretó los hombros a Felicette—. Contesta.
Felicette tenía la mirada perdida. Estaba dándole vueltas a algo.
—Déjame probar una cosa —dijo, y salió corriendo.
Aurienne volvió al patio y se encontró a la Warden llamada Echo en el suelo, atendida por cinco Haelan. Cath y su equipo habían vuelto a poner en pie a Ataraxia y la habían enviado de nuevo al combate.
Los Warden restantes luchaban contra los Dreor con la ferocidad de aquellos que se ven superados en número.
Según los cálculos de Aurienne, habían derribado a veinte Dreor y perdido a tres Warden.
Pero los Warden estaban cansados. La sangre corría por sus armaduras azul platino.
Cada vez levantaban más lentamente las lanzas para detener las guadañas; sus reacciones eran cada vez más tardías.
Sus escudos de luz parpadeaban. Esquivaban los t ā cn negros por los pelos.
Atraparon a Tenet con una guadaña y la sometieron al toque marchitador. Cuando Aurienne la volvió a ver, miraba al cielo con ojos ciegos.
Verity cayó de rodillas y ya no se levantó. Beorgan la arrastró hacia los Haelan, que la estaban esperando. Cinco t ā cn blancos y brillantes acudieron volando para curar sus heridas. Aurienne le arrancó la gorguera a Verity y le presionó el t ā cn contra el cuello.
Aquella era la cuarta transferencia de seith que le hacían a Verity. Por primera vez, había miedo en sus ojos.
—¿Cómo podremos contener a tantos? —preguntó Aurienne.
—No se trata de poder. Se trata de deber .
Con las heridas curadas y la seith repuesta, Verity se cerró el yelmo y se puso en pie. Normalmente llevaba la armadura sin esfuerzo; pero ahora le parecía pesadísima.
Aquella cuarta transferencia de seith a Verity desencadenó el Coste de Aurienne.
—Mierda.
Al resto de los Haelan no les iba mejor. Corinne y Nym también estaban agotando su seith con tantas transferencias; a Corinne se le empezaban a agarrotar las articulaciones de forma evidente, y a Nym le caía un hilillo de sangre por la boca.
Se oyó un silbido procedente de lo alto de las almenas. Aquí y allá, en medio del avance de los Dreor, unos proyectiles brillantes se clavaban en alguna que otra retina.
Los Dreor se llevaban las manos a los ojos para arrancarse unas flechas que brillaban de forma extraña en la oscuridad. Eran ampollas alargadas de cristal.
—Felicette —susurró Aurienne.
La Ingenaut había convertido el suero de oclusión de la seith en proyectiles inyectables. Y los estaba lanzando con una ballesta. Genial.
Cuando los Dreor a los que alcanzaba levantaban los t ā cn contra los Warden, no emitían seith.