26. Elegimos a los caídos #2
—Y sin nuestros líderes —añadió Cath.
A Aurienne se le encogió el estómago.
—Dumnonia ha jugado sus cartas de forma magistral.
—Pelearemos bien —dijo Haven—. Además, con tantos Haelan de nuestro lado, será casi imposible morir, ¿no?
Cath posó una mano sobre el brazalete de Haven.
—Mientras yo siga teniendo seith, serás inmortal.
Otros Haelan se habían reunido alrededor del íbice para oír la conversación.
El hecho de que no fueran a llegar más Warden supuso un duro golpe para todos.
El ambiente del patio pasó de la determinación al miedo.
Aurienne encontró a Corinne y a Nym abrazadas, muertas de miedo.
Les estrechó las manos y les ofreció palabras de consuelo.
Además de ella, eran las únicas personas de Swanstone que sabían hacer transferencias de seith.
Si las cosas se ponían feas, su ayuda y su sangre fría serían fundamentales.
Asignó un Warden a cada una de ellas y otro a sí misma para reponerles la seith si se les agotaba.
Cath dio instrucciones a su equipo de Traumatología, que sería el más competente para curar las heridas de guerra.
Aurienne, con Saophal en el hombro, se puso delante de la estatua de Fr ī a. Una quietud expectante se apoderó de la muchedumbre reunida en el patio de Swanstone.
Aurienne miró a Lorelei y a su equipo, a Cath y al suyo, a Breage y a las enfermeras, y a los Haelan que se arremolinaban en grupitos nerviosos en lo alto de las almenas.
Todos ellos habían trabajado hasta la extenuación por los niños enfermos, habían desencadenado sus Costes, habían sacado valor y fuerzas de flaqueza y los habían agotado, semana tras semana, y aun así no había sido suficiente.
El peligro estaba a punto de presentarse en su puerta.
Nadie estaba preparado para aquello. Ellos recorrían el Sendero Brillante. Eran pacifistas.
Pacifistas hasta cierto punto.
La diosa Fr ī a se encontraba detrás de Aurienne con los brazos extendidos hacia los cielos. A ambos lados de ella, imponentes y majestuosos, volaban los Aer. Sobre el pecho de los cisnes, desgastado por la lluvia, había unas runas grabadas: «Elegimos a los caídos».
—Aquellos que intentan matar a un Aer sufren una muerte inmediata —dijo Aurienne.
Su voz resonó en el patio silencioso—. Vamos a ser atacados por los Dreor.
—Levantó la palma de la mano derecha—. Recordémosles por qué la Orden Haelan lleva este t ā cn.
—Los Haelan que la rodeaban abrieron sus puños apretados y miraron el Aer que tenían en la palma de la mano—.
Esta noche, haremos realidad el mito —continuó—.
Esta noche… —Vaciló. Sus compañeros estaban alrededor de ella, muy serios.
Lo que estaba a punto de decir era casi una blasfemia.
Los Haelan no deberían decir esas cosas.
Saophal, que seguía posada en su hombro, le dio un codazo en la mejilla—.
Esta noche, nos olvidaremos del «No hacer daño» —dijo Aurienne—.
Haremos daño a tantos Dreor como podamos.
Curad a los Warden. Y si, los dioses no lo quieran, algún Dreor se pone al alcance de vuestro t ā cn, enviadlo con Hel.
Al principio no se oyó ningún sonido, ni se percibió ningún movimiento. Un escalofrío recorrió a los Haelan que se encontraban más cerca de Aurienne, atravesó las baldosas, subió por las paredes talladas con cisnes y llegó hasta lo alto de las murallas.
—Haremos que se arrepientan —dijo alguien.
—Haremos que sufran —dijo otro.
—Los convertiremos en cadáveres para el laboratorio de anatomía —dijo Cath.
Hubo risas y vítores.
—Bien hecho —le dijo Saophal al oído a Aurienne.
Cientos de Haelan levantaron sus t ā cn. Aquella noche, el resplandor blanco no prometía curación. Prometía dolor.
—Muy bien —dijo Verity—. Solo los que tengan t ā cn se quedarán fuera. Todos los demás, a la fortaleza. Atrancad puertas y ventanas.
Quincey, temblando pero con una espada en la mano que había encontrado en algún sitio, intentó apostarse cerca de una puerta. Aurienne lo envió adentro.
—Ponte a cubierto. Alguien tiene que informarme de cuál es mi próxima reunión, después de…, después de esto.
Bajaron la reja levadiza. Los ocho Warden se dividieron en parejas a lo largo de la parte superior de cada una de las cuatro murallas de Swanstone.
Aurienne, Cath y otros tres Haelan tomaron posición en la muralla este de la fortaleza, detrás de Verity y Haven.
Ataraxia y Solace se pusieron en la oeste; Nym, Tenet y Echo, en la norte; y Corinne y dos de los Warden recién llegados, los hermanos Hraith y Beorgan, se posicionaron en la muralla sur.
Swanstone estaba conectada con el continente por un largo puente, que seguramente sería por donde cruzarían los atacantes.
Desde la posición privilegiada de Aurienne, se veía la playa rocosa que había más allá de la fortaleza.
Estaba tan oscuro que el mar no se distinguía del cielo.
Una nube ocultó la luna, oscureciendo aún más la costa rocosa.
La nube pasó.
Lo que Aurienne pensaba que era una sombra que oscurecía la costa en realidad no lo era. Eran los reclutas de los Dreor.
—Woden —murmuró Haven.
Todos los que estaban en las murallas retrocedieron, atónitos.
—Son muchísimos.
Los reclutas avanzaban por la playa con su particular forma de caminar, arrastrando los pies.
Los Warden de las murallas se bajaron los yelmos.
Verity y Haven juntaron sus t ā cn. Aurienne lo interpretó como un gesto para darse ánimos, hasta que estas separaron las manos y una gruesa línea brillante de seith se extendió entre ellas.
Con un gesto brusco, lanzaron la barrera protectora hacia abajo, más allá del foso, en dirección a los reclutas.
Unas cuerdas de seith de color blanco azulado se extendieron por el suelo y se enroscaron alrededor de todos los tobillos y pantorrillas que encontraron a su paso.
Una fila de diez reclutas quedaron atrapados en ellas.
Verity y Haven tiraron de sus t ā cn. Toda la hilera de reclutas estalló en una explosión de vísceras.
Los Haelan que lo vieron se quedaron boquiabiertos y las ovacionaron.
Vieron más movimiento. Otros cien reclutas se acercaban a la fortaleza por todos los flancos.
En lo alto de las murallas, las parejas de Warden juntaron sus t ā cn y lanzaron el hechizo desmembrador contra los reclutas.
Una vez más, estos explotaron en un amasijo de huesos y vísceras.
Los reclutas ni siquiera se inmutaban al morir y los que venían detrás avanzaban con indiferencia sobre los restos de sus compañeros, removiendo con los pies la sangre negra y el barro. Esa vez, los Haelan no aplaudieron.
Los reclutas no iban armados, ni equipados con armaduras.
Había algo aterrador en su avance, en su ausencia de intelecto, en su absoluta falta de instinto de supervivencia.
¿Cuál era el propósito de todo aquello? ¿De lanzarse contra las barreras protectoras que sabían que estarían allí? ¿Cuál era la estrategia?
—Algunos llevan algo atado —dijo Ataraxia desde la muralla oeste—. Cuidado.
Los cadáveres de los reclutas empezaron a amontonarse. Algunos tenían en el pecho un gran rectángulo blanco, de aspecto calcáreo. Ni los Haelan ni los Warden de la muralla lograron identificar aquella sustancia.
—¿Dónde está la Ingenaut? —preguntó Verity.
Felicette acudió corriendo. Se asomó por el borde de las murallas.
—Parece Slihtrock sin refinar. Oh, no… El foso…
—¿Qué? —preguntó Verity—. ¿Qué pasa con el foso?
—Cuando el Slihtrock entra en contacto con el agua, se produce una violenta reacción…
Un recluta cayó al foso. Una explosión sacudió las murallas.
—… exotérmica —acabó de decir Felicette.
La siguiente horda de reclutas empujó los cadáveres de los caídos al foso.
Los Warden hicieron todo lo posible por detenerlos, pero habían apilado a los muertos a lo largo del foso y bastó un empujón para que tres cuerpos cubiertos de Slihtrock cayeran al agua y se produjera otra explosión, justo al pie de las imponentes murallas de Swanstone.
—La muralla norte se ha resquebrajado —exclamó Tenet. Así que esa era la estrategia.
Los reclutas invadieron la grieta.
—Tenet, Haven, Solace, bajad conmigo —gritó Verity—. El resto, defended las murallas.
Las cuatro Warden juntaron sus t ā cn y se separaron para dibujar una brillante línea azul protectora a lo largo de la muralla agrietada. Una y otra vez trazaban la línea, y una y otra vez los reclutas la cruzaban, se quedaban reducidos a un amasijo negro y rojo, y la volvían a cruzar.
Aquel nivel de gasto de seith era insostenible.
Aurienne llamó a Corinne y a Nym para que bajaran con ella al patio.
Verity cruzó una mirada con ella y asintió.
Las cuatro Warden de la grieta retrocedieron por turnos hasta donde estaban las tres Haelan, se quitaron la gorguera y dejaron que les rellenaran la seith.
Los Warden que aún seguían en las murallas, ahora reducidos a uno por muro, mantenían a raya a los reclutas que intentaban escalarlas.
Otra oleada de reclutas descendió por la grieta en forma de uve y entró en el patio.
—Son muchísimos —dijo Haven.
—Han traído todas sus guarniciones —comentó Tenet.
—Estamos desperdiciando la seith con esos desgraciados —dijo Verity—. Lo peor está por llegar…
Se interrumpió y contuvo el aliento. Una línea blanca se elevó por detrás de los reclutas que se estaban colando por la grieta. Luego descendió silenciosamente por detrás de la turba que se precipitaba hacia el patio.