26. Elegimos a los caídos
Elegimos a los caídos
Aurienne
Mientras agosto daba paso a septiembre, Aurienne buscó refugio en el trabajo, algo que no escaseaba en Swanstone. Pero no lograba sentirse en paz. Una gran tristeza la abrumaba, envolviéndola como una niebla estática que flotaba como un fantasma en la periferia de su campo visual.
Estaba sentada al lado de la ventana en lo alto de la torre norte de Swanstone. Allá abajo, las hojas se acumulaban en el foso de la fortaleza formando charcos rojos. Los árboles lloraban por el fin del verano; ella lloraba por Osric Mordaunt.
Aquella noche la gata era su única compañía. Actos de Brutalidad Injustificada estaba sentada en el tejado, fuera de la ventana, donde Mordaunt solía encaramarse.
Aurienne había creído que marcharse cuanto antes tendría el mismo efecto que arrancarse una tirita.
Pero no había funcionado. Quizá debería haber sido más sincera con él, haberle dado más explicaciones antes de que fuera demasiado tarde, antes de que fuera demasiado doloroso, antes de que estuviera demasiado lejos para escucharla.
¿Le estaría doliendo la separación tanto como a ella?
¿Cómo había acabado en aquella situación, enamorada de un Fyren?
Realizó una autopsia de sus sentimientos.
No, esa no era una buena metáfora, porque daba a entender que los sentimientos estaban muertos y no era así.
Estaban vivitos y coleando. Más bien se trataba de una vivisección.
Había sido una evolución no lineal, con altibajos. Con algunos brotes aquí y allá, de luna en luna, de favor en favor, de gestos de amabilidad y cariño disfrazados de reciprocidad, y así había pasado del odio al desagrado, de la tolerancia al cariño, hasta llegar a… a aquello.
Al amor.
(¿Era eso lo que sentía, allí sentada junto a la ventana, con un hematoma en lugar de corazón?).
Había sido lo correcto decirle adiós, ¿no? Si había sido lo correcto, ¿por qué la angustiaban tanto la incertidumbre y el arrepentimiento?
—Si lo que hice fue lo correcto, ¿por qué me duele tanto?
—La única presente era la gata. Esta no respondió, pero parpadeó con lentitud—.
¿Se puede odiar a alguien por lo que es, pero amarlo por lo que podría ser?
—La gata se acercó a Aurienne entrecruzando las patitas.
Se subió a su regazo, cálida y bigotuda—.
No sé si he cometido un error —continuó Aurienne, mientras cogía a la gata en brazos—.
No sé qué es lo equivocado: dejarlo o no dejarlo.
El corazón de Aurienne se negaba a aceptar consuelo, aun cuando la gata, sin dejar de ronronear, le amasaba el muslo con las patas.
Sintió en su t ā cn el hormigueo de una seith familiar, oscura y humeante.
La deofol en forma de loba de Mordaunt se materializó al otro lado de la ventana. Aurienne hizo todo lo posible por secarse las lágrimas que aún le quedaban, pero sus ojos dorados ya las habían visto.
La gata se quedó en su regazo, mirando fijamente a la loba con unos ojos igual de amarillos.
—¿Qué te causa tanto dolor, Haelan? —le preguntó la loba.
—El arrepentimiento —contestó Aurienne.
—¿Por qué?
Aurienne no quería responder a la pregunta, así que le contestó con otra.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a advertirte de algo.
—¿De qué?
—Solo puedo compartir la información contigo si prometes abandonar Swanstone —dijo la loba—. Debes marcharte a casa de tus padres inmediatamente.
—¿Por qué?
—Antes prométemelo.
—Te lo prometo —dijo Aurienne.
—Los Dreor van a venir a Swanstone —anunció la loba.
—¿ Qué ? ¿Aquí? ¿Cuándo?
—Ni idea. Es todo lo que sabemos. Mi amo quería avisarte.
—¿Y por qué lo hace?
—Porque es tremendamente insensato —contestó la loba.
Aurienne se bajó rápidamente del alféizar de la ventana.
—Gracias por decírmelo.
—Recuerda tu promesa —le advirtió la deofol mientras se esfumaba—. Márchate ahora mismo.
Pero Aurienne no lo hizo. Al parecer, Mordaunt había olvidado que las promesas de ambos tenían el mismo valor: ninguno.
Cíele se fue volando de la palma de la mano de Aurienne para ir a ver a Xanthe y darle la noticia, pero resultó que estaba de visita en el castillo de Tintagel con una delegación de Haelan, entre los que se encontraban el resto de los líderes y Élodie.
Habían ido a hablar de la gestión de la viruela y la delicada situación política, que no había mejorado con la colérica visita de Dinadan a la reina de Dumnonia, durante la cual la había acusado de propagar la viruela.
Saophal, el ajolote de Xanthe, presionó el t ā cn de Aurienne al cabo de unos minutos.
—Los líderes volverán pronto a Swanstone —dijo la deofol tras materializarse—. Convoca a todos los directores y a los Warden que están vigilando la fortaleza. Hay que informarlos de inmediato.
—Se están reuniendo en el patio mientras hablamos —replicó Aurienne—. ¿Vienes conmigo?
—Sí —contestó Saophal—. Prendergast y Abercorn también enviarán a sus deofols.
En el patio, los directores de departamento de Swanstone y dos Warden, Verity y Haven, esperaban a Aurienne. Cath también estaba allí, con aspecto preocupado, al igual que Lorelei, de Pediatría. Los deofols de Prendergast y Abercorn se unieron a ellos; un antílope y un frailecillo, respectivamente.
Saophal permaneció sobre el hombro de Aurienne mientras esta les daba la noticia, para apoyarla.
—¿Que los Dreor van a venir aquí? ¿ Que van a venir ? ¿Para qué, exactamente? —preguntó Cath.
—¿Cuándo? —preguntó Verity.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Lorelei.
—¿Cuántos son? —preguntó Haven.
Aquellas preguntas eran de esperar. Pero Aurienne hizo que todos se sintieran frustrados, incluida ella misma, al carecer de respuestas.
—Ha sido un chivatazo anónimo. Lo único que sé es que los Dreor vienen hacia Swanstone.
—Debemos prepararnos como si su llegada fuera inminente —dijo Verity.
—Pero ¿qué quieren? —preguntó Lorelei.
—A los niños —respondió Saophal.
—¿Habéis sacado a todos los pequeños infectados de la Casa Cygnet? —preguntó el frailecillo de Abercorn ahuecándose las plumas, preocupado.
—Acabamos con los últimos traslados hace unos días —contestó Lorelei—. Están todos en la fortaleza.
—Bien —dijo Verity—. Hay que enviar a cualquiera que siga allí (aprendices, personal) al interior de las murallas de Swanstone. Con nuestras barreras protectoras, la fortaleza es impenetrable.
El antílope de Prendergast inclinó los cuernos hacia Verity e hizo una reverencia.
—Gracias a Fr ī a que tenemos aquí a los Warden.
Cath asintió.
—Si alguno de vosotros resulta herido, será atendido de inmediato.
—Estamos negociando con Dinadan para que nos envíe a más Warden —dijo Saophal—. Mandaremos un mensaje a los Leyfarer y a los Ingenaut. Y probaremos suerte con las Hérgulas.
—Mi maestro informará al rey del Danelaw de que otra orden va a cometer un acto de agresión en su territorio —dijo el antílope de Prendergast—. Es posible que envíe ayuda.
—Hay que evacuar Swanstone-on-Sea —señaló Verity.
—Estoy de acuerdo —repuso Saophal.
—Bien —dijo Aurienne—. Ya tenemos un plan. Pongámoslo en marcha.
Las cosas no salieron exactamente según lo previsto. Aproximadamente una hora después de la reunión, Cath se encontró con Aurienne en el patio y le preguntó:
—¿Ha vuelto ya Xanthe? No he visto a Prendergast. ¿Dónde están nuestros líderes?
En aquel momento, una cabra montés azul y blanca se materializó entre Verity y Haven.
—¿De quién es ese deofol? —preguntó Cath.
—Creo que de Dinadan —respondió Aurienne, al ver que varios Warden dejaban lo que estaban haciendo y se reunían a su alrededor.
Ella y Cath se unieron al círculo, con la esperanza de oír una breve confirmación de Dinadan de que los jefes de la Orden de Haelan y más Warden estaban en camino desde el castillo de Tintagel.
En cambio, el íbice agachó las orejas y les dijo a los Warden:
—La situación ha empeorado. La reina de Dumnonia avanza hacia el castillo de Tintagel con su ejército. La Orden de los Warden ha sido acusada de traición. Pretenden exterminarnos allí mismo.
Los Warden no solían mostrar sus emociones, pero todos dieron un paso atrás, sorprendidos.
—¿ Qué ?
—¿Y Xanthe y el resto de los líderes? —preguntó Aurienne.
—Atrapados en el castillo de Tintagel, junto con todos nosotros —respondió el íbice—. Han destrozado la viedra.
Saophal, la deofol de Xanthe, se materializó junto al hombro de Aurienne maldiciendo entre dientes.
—Hel. El ejército dumnoniano está literalmente a las puertas de Tintagel. Ninguno de los líderes puede salir.
—Acabamos de enterarnos —dijo Cath.
—¿Cuántos soldados de Dumnonia avanzan hacia Tintagel? —preguntó la Warden Ataraxia.
—Varios miles —respondió el íbice de Dinadan.
—Justo ahora. Es una estrategia —señaló Aurienne—. La reina de Dumnonia quiere inmovilizar a los Warden para asegurarse de que Swanstone no pueda contar con ellos para enfrentarse a los Dreor.
—Así es —repuso Verity—. Aquí solo somos unos cuantos y no va a venir nadie más. —Se volvió hacia el íbice—. ¿Cuáles son las órdenes de Dinadan?
—Que os quedéis aquí —dijo el íbice.
—¿No quiere que volvamos? —preguntó la Warden Solace—. Podríamos asestar un duro golpe a los soldados de Dumnonia, atacándolos por sorpresa por la retaguardia.
El íbice de Dinadan sacudió sus enormes cuernos.
—Proteged Swanstone. Había seis Haelan de guardia en el castillo de Tintagel que ahora están atrapados allí, junto con la delegación de su orden. Es un intercambio justo de fuerzas. Nuestras órdenes deben ayudarse mutuamente.
Haven exhaló un suspiro de alivio a través del yelmo.
—Al menos nuestras hermanas de lanza tendrán quien las cure. Entre ellos, tres líderes.
—¿Los Dreor aún no han aparecido? —preguntó el íbice de Dinadan.
—No —respondió Verity.
—Bien. Seguid en contacto con nosotros. Y ensartad a un Dreor por mí, si tenéis oportunidad.
El íbice desapareció.
—¿Cuántos Warden hay aquí ahora mismo? —preguntó Cath.
—Ocho —contestó Verity—. Haven, Tenet, Ataraxia, Solace, Echo y yo. Además de las dos nuevas incorporaciones, Hraith y Beorgan.
—Ocho de nosotros contra un número desconocido de Dreor —dijo Ataraxia.