25. Qué dulce amargura
Qué dulce amargura
Osric
Y, así, Osric y Aurienne llegaron a la inevitable despedida.
Osric era consciente de que iba a suceder, pero saberlo de antemano no lo ayudó a aliviar el dolor.
Le habría gustado que pasaran más tiempo juntos en Rosefell Hall.
Haber tenido más oportunidades para decirle las cosas que le pesaban en el corazón.
Lo había intentado. Pero, después de guardar el difractor, Aurienne no había querido celebrarlo ni buscar ninguna excusa para quedarse.
Había dado por concluido su acuerdo como si se tratara de un negocio, con rapidez y contundencia.
Toda su brillantez se había desvanecido en la viedra, dejando a Osric atrás pensando en lo que podrían haber tenido y sin nadie que lo agarrara de la mano. La había dejado marchar. Había dejado marchar aquel sueño, aquello que podría haber sido.
Lo peor era que Aurienne también estaba triste.
Había intentado disimularlo, pero se le notaba en el ceño fruncido por la pena, en la forma en la que se abrazaba a sí misma mientras caminaban hacia la viedra, en aquel último adiós con la mano, carente de entusiasmo y acompañado por la imagen fugaz del t ā cn que la ataba a su orden y lo excluía de su vida.
«Solo somos algo que no podría haber sido».
Otra de sus historias de terror de ocho palabras.
A ella también le dolía. Aunque parecía perverso, aquello le daba un poco de esperanza.
(Seguía estando enfermo. De esperanza, de aquella pesadilla, de aquella miserable enfermedad).
Durante los días siguientes, descubrió que la casa estaba embrujada por Aurienne.
Los perros la buscaban. Los recuerdos del tiempo que habían pasado juntos acababan en sus manos: el mapa del Færwundor mientras ordenaba su escritorio.
El reloj de bolsillo en forma de corazón que marcaba el tiempo, señalando su separación con latidos regulares.
Los lugares estaban iluminados por sus recuerdos: Aurienne acurrucada en el sofá, desayunando en la terraza, o sentada en el suelo del salón, comiendo pasteles de carne baratos.
Las bibliotecas. La viedra; llegadas y partidas.
Aurienne se había dejado una botella medio vacía de hlutoformo. Osric la había puesto en el alféizar de la ventana del estudio. Cuando la brisa soplaba en la dirección adecuada y su aroma limpio y acre le cosquilleaba en la nariz, durante un instante le parecía que ella volvía a estar allí.
Le había regalado el sello. No tenía ni idea de qué pretendía conseguir con eso; había sido un gesto desesperado.
Había sido como decirle: «Por favor, guarda una parte de mí cerca de ti».
O: «Me pongo en tus manos». Cada vez que veía el círculo de piel blanquecina en su dedo índice, donde antes estaba el anillo, pensaba en ella.
En los momentos más patéticos, sentía envidia del anillo, que ahora estaba en unas manos que él nunca volvería a tocar.
Osric, que hasta entonces había vivido sin ningún tipo de carencia ni remordimiento, ahora los tenía a manos llenas.
Aurienne se había colado en su vida y la había hecho, por un breve instante, más hermosa.
Se había convertido en lo que él nunca podría tener y, por lo tanto, en su mayor tortura.
Fantaseaba con ir a Swanstone y pedirle que se fugara con él.
Que dejaran atrás las órdenes y las complicaciones de sus vidas, y empezaran de nuevo en otro lugar.
Pero él sabía cuál sería su respuesta; podía oír su contestación tajante.
Tenía conocimientos que desarrollar. Vidas que salvar.
Su lugar estaba en Swanstone. Así que las fantasías se quedaron en eso, en meras fantasías que lo consumían día y noche, hasta que su corazón ya solo bombeaba polvo.
Aurienne le había dicho una vez que la muerte no era divisible. Pero estaba equivocada. La muerte sí era divisible. Ella lo estaba matando poco a poco.
Por las noches, la veía sobre él en la tormenta bajo la luna de Thunor, como una reina coronada por los truenos, con espuma marina resbalándole por la piel, y el cabello oscuro mezclándose con las nubes oscuras del cielo. Ella había convertido aquel cielo en un palacio.
Él se había esforzado mucho en convencerse de que aquello no era amor. Y ahora debía vivir sin ser amado; él, que había amado por primera vez.
Agosto pasó entre una bruma vaga y deprimente.
—Su marcha te ha apagado —le dijo Cinder.
Osric estaba intentando, sin éxito, leer junto al fuego. Tratando de recuperar la normalidad, a pesar de que le habían arrancado el corazón.
—Tuvimos que separarnos, lógicamente —dijo Osric—. Por el bien de ambos.
—Lógicamente —repitió la enorme loba negra.
—La querré para siempre y nunca más volveré a verla.
—Qué amor tan enfermizo.
—Es como una especie de poesía. —Se hizo el silencio—. ¿Fairhrim ya ha roto el vínculo que tengo con ella? —le preguntó Osric.
Cinder desapareció unos instantes.
—No —dijo al volver—. Todavía tengo acceso a su t ā cn.
—Supongo que algo es algo.
Cinder se quedó suspendida a poca altura sobre el suelo, como solía hacer cuando estaba disgustada.
—Su ausencia te duele. Creo que ella debería saberlo.
—¿Por qué?
—Porque le gustaría.
La señora Parson entró en el salón con el té y una opinión que nadie le había pedido.
—Estoy de acuerdo con Cinder.
—¿Y qué queréis que haga, exactamente? —preguntó Osric.
—Decirle que la quieres —contestaron Cinder y la señora Parson al mismo tiempo.
—¿Para qué? En cuanto estuve curado, se largó. Ya lo visteis.
—No parecía muy feliz —comentó la señora Parson.
—Normalmente es usted más sensata, señora Parson.
—Se está usted consumiendo —replicó esta.
—Solo necesito… Solo necesito un poco de tiempo. Distracciones. Una aventura amorosa.
Cinder echó las orejas hacia atrás con impaciencia.
—Pues ve en busca de esa aventura amorosa.
La señora Parson asintió. Tanto ella como Cinder miraron a Osric como si esperaran que se levantara de un salto de la silla y sedujera al ama de casa más cercana.
—No lo va a hacer —le dijo la señora Parson a Cinder.
—Ya lo sé —replicó Cinder.
—Solo existe la Bella Torturadora —dijo el grillo criticón—. En su corazón no hay sitio para nadie más.
—Ya solo me faltabas tú —respondió Osric.
—Está usted siendo muy terco —dijo la señora Parson.
—Un memo —dijo Cinder.
—Más tonto que una mierda —dijo el grillo.
—Fairhrim y yo teníamos un trato y ambos cumplimos con los términos —alegó Osric—. Nunca más volveremos a vernos. Yo soy un Fyren y ella una Haelan, por si lo habéis olvidado.
—¿No tenía un plan para recuperar el dinero una vez finalizado el acuerdo? —preguntó la señora Parson.
—Sí, lo tenía.
—¿Por qué lo dices en pasado? —dijo el grillo.
Osric fulminó con la mirada al comité inquisitorial.
—Porque ya no quiero recuperarlo. No sería… No estaría bien.
—¿Desde cuándo te preocupa eso? —le preguntó Cinder.
—¿Qué es lo que ha cambiado? —quiso saber la señora Parson.
—Yo. —Osric se cubrió el rostro con las manos.
—Creo que el Honor ha regresado a esta casa —dijo el grillo.
La vida continuaba inexorablemente, sin apiadarse de los hombres atormentados.
En el t ā cn de Osric hormigueaba toda clase de seith, excepto aquella serena y firme que él deseaba sentir.
Los deofols de Tristane y Sacramore lo visitaban a menudo.
La inestabilidad reinaba en los T ī endoms más meridionales, y la Orden Fyren nunca había estado tan ocupada.
En la misma semana, Osric aceptó un encargo en Dumnonia en nombre de Wessex, en Wessex en nombre de Dumnonia y otro en nombre de Kent, de nuevo en Wessex.
Su seith fluía con seguridad y fuerza, sin ningún tipo de fluctuaciones. Pensaba en Aurienne cada vez que usaba su t ā cn.
Observó cómo la luna crecía a lo largo del mes de septiembre. Le ponía enfermo que fuera a alcanzar su plenitud sin que él tuviera una excusa para encontrarse con ella.
Una noche, mientras cobraba en Los Huevos Caninos, oyó un rumor sobre Swanstone.
—¿Cómo está Haelan Tetazas? —le preguntó Leofric.
—Ni lo sé, ni quiero saberlo —respondió Osric. Mentira cochina.
—Haces bien —replicó Leofric—. Mejor cortar por lo sano. Va a haber lío en Swanstone.
—¿Lío? —preguntó Osric de inmediato con voz ahogada. Leofric se tocó la nariz—. ¿Qué tipo de lío, Leofric? —insistió este.
—Con los Dreor, amigo.
A Osric le dio un vuelco el corazón. Estuvo a punto de desmayarse.
—¿Con los Dreor? —repitió en un susurro.
Aunque Leofric solo estaba prestando atención de forma intermitente, se dio cuenta de que le había cambiado la cara.
—¿Estás bien?
—Ge…, genial. ¿Qué quieres decir? ¿Qué va a pasar?
—He oído que ha ocurrido algo muy fuerte entre las dos órdenes. No sé muy bien qué han hecho los Haelan para cabrear tanto a los Dreor, pero parece que están en pie de guerra. Han roto los Acuerdos de Paz y se dirigen a Swanstone. Dudo que los Haelan tengan una sola arma en su fortaleza…
Osric se levantó inmediatamente.
—Tengo que irme.
Salió de la taberna dándole vueltas a la noticia. No tenía por qué contarle nada a Aurienne. Estaba curado. No solo le había pagado una buena suma de dinero a cambio, sino que además le había permitido quedarse con él. Los términos del acuerdo se habían cumplido.
Ella le había dicho que tenían que seguir cada uno por su lado. Le había dicho que no podían volver a verse.
Osric no le debía nada.
Pero, si no actuaba, Fairhrim podía morir.
Aunque eso tampoco debería importarle. Podría quedarse de brazos cruzados y demostrarse a sí mismo que le daba igual.
O podría hacer algo, florecer aprovechando su propia podredumbre y mejorar.