La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 24. Volver a convertirse en extraños #3
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24. Volver a convertirse en extraños #3

Los perros entraron en la habitación jadeando y con el pelaje erizado. Aurienne se despidió de ellos. Adiós, Rigor Mortis; adiós, Incendio; adiós, Perjurio, Falsificación y Escándalo Público; adiós, Alta Traición y Crème Brûlée. Adiós, Diversos Delitos, el terrier que la odiaba, pero no lo hacía.

Los perros, que no entendían el concepto de despedida, sacaron alegremente la lengua en respuesta a sus atenciones.

Salió de Rosefell Hall por las cocinas. Mordaunt la acompañó. La señora Parson se quedó de pie en la puerta, con su porte elegante y las manos cruzadas sobre el delantal.

Aurienne y Mordaunt recorrieron por última vez el camino de grava para ir hacia la viedra. Ya todo eran últimas veces; todo era tristeza.

—Tienes que devolver el difractor a la clínica —le dijo Aurienne.

—No pienso hacerlo. Así tendrás que venir a regañarme —replicó Mordaunt.

La broma no se reflejó en sus ojos. Su mirada era gris como una nube que presagia lluvia.

Reacios a separarse, pero incapaces de evitarlo, caminaron lentamente hacia la viedra.

Aurienne tenía el corazón y el alma destrozados. Quería a Mordaunt, en contra de su voluntad y su buen juicio. Luchaba contra la blasfemia de sus sentimientos: lo deseaba, lo temía; quería besarlo, se detestaba por ese deseo; se odiaba por su indecisión, por sus imprudencias, por su estupidez.

Se había repetido una y otra vez que aquello no tenía nada que ver con el amor. Pero se había mentido a sí misma. Únicamente tenía que ver con él: de ahí el pánico.

Amar a una hérgula había sido una temeridad. Amar a un Fyren sería una auténtica locura.

Debía decirle adiós.

A pesar de que en ese momento sentía que, aunque tomaran caminos separados, en él siempre habría una parte de ella y en ella de él. No se podía llegar al corazón de alguien sin cambiarlo.

No había mucho que decirse, o quizá había demasiado, así que se quedaron callados.

Se detuvieron junto a la viedra. Un silencio cargado de tristeza los envolvió.

Se había acabado. Iban a separarse.

—Suele decirse «Hasta pronto» —dijo Aurienne—. Pero en este caso…

—Sé que para ti todo esto no ha sido más que una obligación —replicó Mordaunt.

—Ha sido una transacción —contestó ella.

—No deberíamos volver a vernos.

—Sería lo más prudente.

—Yo soy tremendamente imprudente. —Mordaunt se quedó callado antes de volver a hablar con dificultad—. No quiero que me quites los marcadores seith porque…, porque quiero que una parte de ti se quede dentro de mí.

—¿Para qué?

—Para recordar esto. Eres más importante para mí de lo que deberías, pero tampoco puedes serlo más.

Hubo un silencio cargado de tristeza.

—Deberías estar contento —dijo Aurienne—. Hemos logrado algo imposible y maravilloso. Estás curado. Lo hemos conseguido. Vas a vivir.

Ella intentó esbozar una sonrisa valiente, pero la tristeza la apagó y la hizo desaparecer.

—No sé si se le podrá llamar «vivir» —replicó Mordaunt. Aurienne contempló sus ojos apagados por el dolor y comprendió que la señora Parson tenía razón. Estaba enamorado de ella—. Esto no puede acabar así —dijo él.

—Tiene que hacerlo —replicó Aurienne—. Por favor… Por favor, no lo alarguemos más. Yo era un Medio Para Lograr un Fin. Y ya lo hemos logrado. Es lo que deberías decirte a ti mismo. —Él la agarró de la mano—. Vas a decir algo bonito —murmuró Aurienne—. Por favor, no lo hagas.

Él lo hizo, a pesar del sufrimiento de ambos.

—Sé que te preocupa mucho lo que soy, más que quién soy.

Soy un Fyren, pero también un hombre de carne y hueso.

Quiero que sepas que aquel beso en el baile fue real, como todos los que vinieron después.

Que no me arrepiento de nada. Que, por mucho que ahora me duela, volvería a tomar todas y cada una de esas decisiones.

—¿No puedes facilitarme las cosas y decirme que nunca te he importado? —susurró Aurienne.

—En esto no puedo mentir.

Él era apasionado, estaba lleno de cicatrices, era imperfecto, maravilloso y estaba demasiado enamorado de ella.

Y Aurienne se dio cuenta, aterrorizada, de que ella también estaba demasiado enamorada de él.

Su corazón la atormentaba, la alejaba del sentido común y la empujaba hacia un sufrimiento que ya conocía; él era un Fyren; no había futuro para ellos; el futuro solo podía traerles dolor.

—No hay ningún camino que recorrer juntos —señaló Aurienne—.

No llegaríamos a ningún sitio. A ningún sitio feliz, al menos.

No somos más que lo que podría haber sido.

—Se acercó a la viedra. Aumentar la distancia entre ellos le dolió; era como un corte que amenazaba con sangrar.

Le resultaba desagradable, le parecía incorrecto, pero la otra opción tampoco era adecuada—.

Cuídate —le dijo—. Espero… Espero que no volvamos a vernos.

Presionó el t ā cn contra la viedra. Vio parpadear el cartel de «Cuidado con el pie», borroso por las lágrimas.

La línea ley la atrajo hacia su interior. Parte de ella iba a quedarse atrás.

Se atrevió a llamarlo por su nombre, porque ahora ya no importaba.

—Adiós, Osric.

Mientras la línea ley se la llevaba, él le puso algo pesado en la palma de la mano. Aurienne la abrió al llegar a Swanstone.

Era el sello.