24. Volver a convertirse en extraños #2
—Esa piedra pesa mucho.
—Fue un regalo. Las piedras brujas alejan las pesadillas.
—Pues parece que la está usando para alejar sus sueños. —Su franqueza dejó a Aurienne sin palabras. La compasión suavizó la expresión de la señora Parson. Parecía que quería decir algo más, pero volvió a ocuparse de la loza—. ¿Vendrá a visitarlo a Rosefell alguna vez?
—Creo que es mejor que no —dijo Aurienne—. Por el bien de ambos.
La señora Parson no hizo ningún comentario. Peló una raíz que Aurienne no conocía. Tenía un interior fibroso de color rojo oscuro.
—¿Para qué es eso?
—Para los corazones rotos. No los cura, pero alivia un poco el dolor.
Les vendrá bien a los dos. —La señora Parson echó la raíz en la tetera—.
Le agradezco que haya salvado a Osric. Es como de la familia, tanto para el señor Parson como para mí.
A veces es un chico maravilloso y otras un crío tontorrón.
Gracias, Haelan. Que Erce bendiga su camino.
Aurienne se quedó inmóvil.
«Que Erce bendiga tu camino» era una bendición de las hérgulas.
Amagris solía usarla.
Un tatuaje descolorido asomaba por la manga subida de la señora Parson: un delicado rosal en flor que trepaba por su antebrazo.
Mientras ella preparaba las tazas para el té, Aurienne se fijó en su maltrecha mano izquierda.
Mordaunt le había dicho que las lesiones se debían a un accidente con la picadora de carne.
Había perdido varios dedos. Y tenía la palma de la mano llena de viejas cicatrices.
¿Un accidente?
No. Aquello era el resultado de una extirpación de t ā cn.
—Era…, era una hérgula —susurró Aurienne al darse cuenta.
Los ojos bondadosos de la señora Parson dejaron de centrarse en las tazas de té y se posaron en Aurienne.
Lo reconoció sin decir nada: solo con un lento parpadeo—.
Eso explica muchas cosas. Su talento en la cocina.
El jardín. ¿Qué le pasó, si se puede saber? ¿Por qué perdió su t ā cn?
—Por amar a un hombre —contestó la señora Parson.
—¿Le quitaron el t ā cn por eso?
—No. Fue decisión mía. El t ā cn de las hérgulas no es como los demás. Incluye dones que van mucho más allá del dominio de la seith. Algunos de esos dones son un arma de doble filo.
—¿Qué quiere decir?
—No puedo revelar los secretos de la orden —respondió la señora Parson.
—Lo entiendo —dijo Aurienne. Amagris también se mostraba inflexible en ese aspecto.
—Pero le ha salvado la vida a Osric, así que voy a proporcionarle cierta información. Quizá la ayude a desligarse de esa piedra bruja. ¿Promete no contárselo a nadie?
—Prometido —dijo Aurienne.
—Uno de los dones del t ā cn de las Hérgulas es la longevidad.
Vivir durante siglos puede parecer maravilloso, y lo es, hasta que has vivido cuatro o cinco vidas humanas y has perdido a un número equivalente de personas.
Amas a los mortales y los ves morir. Lo más sensato para los miembros de nuestra orden sería enamorarse solo de otras hérgulas.
Pero no siempre se puede elegir a quién amar.
—No, no se puede —dijo Aurienne. Qué verdad tan amarga.
Fuera, el señor Parson estaba podando un seto. La señora Parson lo contempló a través de la ventana con una mirada tierna, rebosante de cariño. El señor Parson la vio y le lanzó un beso con la mano manchada de verde, antes de seguir con la poda.
—Ya había vivido suficientes vidas y perdido suficientes amores —continuó la señora Parson—.
Así que renuncié al t ā cn. Quiero estar con él hasta el final.
Hasta que los dos vayamos Abajo por última vez.
—Pronunció la palabra «Abajo» con énfasis, como si significara algo más—.
Algunas Hérgulas prefieren cortar por lo sano antes de que las cosas vayan a más —dijo la señora Parson—.
Creo que eso fue lo que le pasó a usted.
La Hérgula que le dio esa piedra prefirió despedirse de usted en vida, en vez de hacerlo junto a su tumba.
Aurienne se quedó impactada al comprender de repente algo que la había atormentado durante años.
Se sintió abrumada al entender por qué Amagris nunca le había hecho promesas a largo plazo, por qué mantenía las distancias, por qué la había dejado tan fríamente.
Aurienne era una simple mortal. Amagris tenía siglos de vida por delante.
—Ojalá… Ojalá me lo hubiera dicho —replicó.
—No podía hacerlo. Está prohibido —contestó la señora Parson.
—Gracias por contármelo —dijo ella. La señora Parson le ofreció un té.
Aurienne tomó entre sus manos la taza y la raíz que sanaba los corazones.
Sabía a melancolía, a rosas marchitas, a semillas de romero seco, a la última taza de té que le había preparado su madre antes de saber que sería la última que le prepararía jamás—. Sabe a… tristeza.
—El amor es el principio y el fin del dolor.
Aurienne bebió.
Se oyó un rifirrafe procedente del salón. Mordaunt y el difractor robado se estaban peleando.
—Creo que es mejor que vayamos —dijo Aurienne.
Ella y la señora Parson se reunieron con Mordaunt en el salón. El difractor se retorcía impetuosamente entre sus brazos. Su t ā cn brillaba mientras intentaba agarrar los cables.
Ningún té ni sabiduría de hérgula sería capaz de cambiar aquel t ā cn.
—Aún le quedan heridas que sanar —le dijo la señora Parson en voz baja, con pesar, antes de regresar a las cocinas.
Aurienne se bebió la infusión mientras Mordaunt se quitaba la ropa. Él le ofreció quedarse, para celebrarlo, para comer, para dormir, para hacer lo que ella quisiera, después de que acabaran con el difractor. Ella le dijo que no. Debía regresar a Swanstone.
Limpió a Mordaunt con hlutoformo por última vez, le colocó el difractor por última vez e iluminó la pared con su sistema seith por última vez.
La imagen estaba salpicada aquí y allá por el brillo de los marcadores seith de Aurienne.
—¿Quieres que te quite los marcadores? —le preguntó—. Con el tiempo acabarán desapareciendo, pero ya sabes que tienen otros usos, así que entiendo que…
—Déjalos —dijo Mordaunt.
Las imágenes del difractor confirmaron lo que Aurienne ya había visto en la playa: no quedaba ni rastro de la corrupción.
El sistema seith de Mordaunt se había recuperado por completo de forma milagrosa.
Desde el punto de vista médico, era imposible.
Y, sin embargo, ahí estaba: un sistema seith robusto y radiante, donde antes solo había una masa corrupta.
—Bueno…, estás completamente curado —dijo ella. Apenas fue capaz de darle la enhorabuena: él se había curado y ella estaba a la vez feliz y desolada.
En cuanto a Mordaunt, debería estar pletórico.
Echarle en cara que ya se lo había dicho.
Fanfarronear por haber tenido razón al obligarla a seguir aquel curioso tratamiento.
Celebrar que había escapado de la muerte.
Era lo que ella esperaba. Habría facilitado las cosas.
Pero no hizo nada de eso. Se puso la camisa en silencio y se sentó a su lado, con el pelo plateado revuelto y expresión sombría.
Aurienne volvió a poner en su sitio los cables del difractor.
—El Medio Para Lograr un Fin ha completado su tarea —dijo con falsa alegría.
Mordaunt tardó un buen rato en responder.
—Así que hemos llegado a la inevitable despedida —dijo finalmente.
—Ya te has librado de mí.
Mordaunt no respondió, pero le dedicó una mirada larga y llena de tristeza.
Puede que la señora Parson se equivocara. Puede que fuera el dolor lo que hacía que el amor empezara y acabara.