24. Volver a convertirse en extraños
Volver a convertirse en extraños
Aurienne
La lluvia era como rocío lunar sobre sus hombros; la espuma de mar, terciopelo húmedo en sus rodillas. Aurienne y Mordaunt se abrazaron. La despedida se acercaba. Era normal estar tristes. Todas las despedidas eran como una especie de muerte.
Por acuerdo mutuo y tácito, decidieron no llamar todavía al Leyfarer. Aquello era el final. No tenían por qué acelerarlo.
Los truenos retumbaban. Las olas se mecían. Permanecieron allí de pie, mirándose el uno al otro con ojos soñadores.
—Fairhrim…
—Aurienne. Puedes llamarme Aurienne.
—Aurienne —dijo él con voz entrecortada.
Ella sonrió pegada a su boca. Él no le devolvió la sonrisa.
—Debemos aprovechar al máximo lo que nos queda —dijo ella.
La lluvia se convirtió en aguacero. Ella se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente.
El primer rayo iluminó el cielo.
Él le devolvió el beso con un ansia desesperada y la angustiosa certeza de que aquella era la última vez. La besó en la boca, en los labios, en la frente. Sus manos la acariciaban con posesividad, con desesperación. Como si al abrazarla pudiera hacerla suya.
El inevitable final hizo sufrir a Aurienne más de lo que había imaginado; le desgarró el corazón. Con todo lo que se había protegido, ¿por qué le dolía tanto?
Quería estar más cerca de él. Fundirse con él. Aquella sería la última vez.
Él le cubrió el cuello de besos. Se detuvo cuando ella le desabrochó los botones de la camisa. La miró con un brillo de adoración en los ojos. De deseo. De profunda desesperación.
Dioses, era posible que lo amara, a pesar de absolutamente todo.
Aurienne le quitó la camisa, que cayó al mar embravecido. Otro rayo. El mundo se tiñó de un blanco espeluznante.
¿Iban a morir allí? El riesgo era delicioso; Aurienne lo engulló entre bocanadas de aire azotado por los truenos.
Él le quitó el vestido y se arrodilló ante ella.
Eso era la veneración, al fin y al cabo.
Deseo. Entrega. Ella enredó las manos en su pelo.
Él posó la lengua sobre ella y saboreó su sal y la del mar.
Aurienne jadeó; el agua le caía sobre los ojos y los labios; el aire era casi irrespirable, entre la lluvia, el salitre y el sudor.
Cada vez que una oleada de placer la invadía, las olas rompían con fuerza y los truenos retumbaban. Cuando, entre jadeos, alcanzó el clímax, un relámpago iluminó el cielo y el interior de sus párpados.
Con las piernas temblando, descendió sobre él. El aire era inestable y explosivo, como ellos. Aquello era un fracaso del autocontrol, algo prohibido, el mayor de los pecados: finalmente el cielo iba a caer sobre sus cabezas.
Aurienne cabalgó sobre él bajo la lluvia, con los hombros brillantes de humedad, el mar arremolinándose alrededor de sus muslos y las manos en su cabello empapado.
Mordaunt hundió los dedos en ella sin compasión, memorizando cada detalle.
Unos regueros de agua le corrían por el cuello, el pecho y las marcas de las cicatrices.
Los labios de ella también lo memorizaron. Era la última vez.
Temblorosos y con el corazón azotado por la tormenta, hicieron el amor bajo un cielo sin crear, que gemía ante su propia destrucción, en un mar agitado y cegador. ¿Estaban temblando, o eran los truenos que retumbaban en su interior? ¿Era sangre o eran relámpagos lo que corría por sus venas?
Ella apoyó la frente en la suya. El negro plomizo de la tormenta se reflejaba en los ojos de Mordaunt.
El umbral entre el amor y el odio se encontraba en algún punto entre ambos, entre el deseo y la entrega, entre la resistencia y la rendición, todo ello como las dos caras de una moneda que giraba tan rápido que se había convertido en una esfera, en una fluctuación frenética, donde todo se transformaba en su opuesto.
Los relámpagos rasgaban el cielo oscuro.
Se abrazaron en aquella confluencia de blanco y negro, de noche surcada por la luz y de luz asfixiada una y otra vez por la oscuridad.
Ya no había cadencia en las olas ni en sus movimientos, solo sacudidas triunfantes y espuma, solo vida y muerte en cada intercambio de respiraciones.
Cayó un rayo.
Aurienne se deshizo, igual que el cielo.
La tormenta pasó. Aurienne y Mordaunt regresaron tambaleándose a la sequedad relativa de la cabaña de pescadores.
Él extendió su capa sobre la arena para que pudieran sentarse y ella cubrió a ambos con la suya para entrar en calor.
Él logró encender una hoguera con madera húmeda arrastrada por la marea.
El fuego les secó las pieles saladas, las ropas empapadas y los cabellos enmarañados por las olas. Compartieron las provisiones que Aurienne llevaba en el bolso: carne seca, galletas y chocolate.
Mordaunt cogió un puñado de arena y dejó que se le escapara entre los dedos, disfrutando como un niño de la sensación. Dijo que podía notar cada grano de arena. Era increíble. La torpraxia había desaparecido por completo.
Estaba curado.
Y todo había acabado.
Se quedaron dormidos tumbados el uno sobre el otro, bajo unas galaxias tan brillantes que proyectaban sombras sobre la playa.
Unas horas más tarde, una seith desconocida, tempestuosa y fría, hizo hormiguear el t ā cn de Aurienne. Era la deofol del Leyfarer, que adoptó la forma de un zorro volador, suspendido boca abajo en el aire sobre las cenizas de la hoguera de la noche anterior.
La deofol de Ruain batió las alas para ponerse en posición vertical.
—¿Qué tal estamos? ¿Seguimos vivos? —les preguntó.
—Sí —bostezó Aurienne.
—Dijiste un par de horas —dijo la deofol, entornando sus ojos redondos—. Y ya han pasado seis. Creíamos que las Haelan sabían contar.
—Lo siento —contestó Aurienne—. Me ha llevado más tiempo del que creía. Por favor, dile a Ruain que puede recogernos cuando quiera.
—De acuerdo. Entonces me voy. Chao —dijo la deofol de Ruain, antes de envolverse en sus alas y esfumarse.
La Despedida apareció media hora más tarde, descendiendo con su característica torpeza hacia la playa desde el cielo azul claro.
—¿La investigación ha ido bien? —preguntó Ruain, mientras Aurienne y Mordaunt subían a bordo.
—Sí —contestó ella.
—¿El señor Vergalta también está satisfecho? —quiso saber Ruain.
Aurienne tenía la sensación de que Ruain estaba provocando a Mordaunt para entablar algún tipo de conversación, pero Mordaunt estaba inusualmente serio. No respondió.
Tomaron asiento. Aurienne pidió otro de aquellos caramelos azules antes de entrar en las líneas ley, por el bien de la tapicería.
La sumieron en un agradable aturdimiento, mientras la Despedida despegaba.
Miró hacia abajo a través de un ojo de buey y vio, sobre el mar centelleante, unas espirales enormes de espuma.
Ruain le comentó a Mordaunt que debajo de ellas estaban las ballenas alimentándose; aquellas eran sus redes de burbujas.
Mientras las espirales giraban sobre sí mismas, Aurienne se fue quedando dormida.
Ruain los dejó, a petición de Aurienne, en Rosefell Hall. Quería hacer una última comprobación con el difractor para confirmar la sanación de la noche anterior.
La Despedida se detuvo en el aire cerca de la viedra de Rosefell. Mordaunt fue el primero en bajar por la escalerilla de cuerda y ayudó a salir a Aurienne.
—Gracias por traernos —gritó esta.
—Cuídate, Aurienne. Y tú también, quienquiera que seas —dijo Ruain, señalando con la barbilla a Mordaunt. Justo antes de cerrar la puerta, les guiñó un ojo—. Avisadme si alguna vez necesitáis a un tercero.
Dicho lo cual, cerró la escotilla.
Aurienne parpadeó.
La Despedida despegó.
Aurienne y Mordaunt se miraron. Mordaunt parecía dispuesto a considerarlo.
Se dirigieron a la casa. El aire de la mañana era fresco. La larga retirada del verano había comenzado. El otoño se acercaba y parecía que todo estaba llegando a su fin.
Habían empezado en primavera.
Aurienne había madurado en aquellos meses. Había aprendido.
Entró en Rosefell Hall con pasos lentos y vacilantes. Aquella aventura con Mordaunt estaba a punto de acabar. Solo cuando una historia llegaba a su fin se apreciaba su verdadera envergadura. El peso de las lecciones aprendidas. De los sentimientos que perduraban más allá de las últimas páginas.
La señora Parson los recibió en la puerta de las cocinas y se alegró mucho al enterarse de que Mordaunt se había recuperado, aunque todavía había que confirmarlo con el difractor, como les advirtió Aurienne.
Mordaunt desapareció para ir a buscar la máquina. Aurienne se quedó en las cocinas con la señora Parson para ayudarla a preparar el té.
La señora Parson le estrechó la mano a Aurienne con la izquierda, en la que le faltaban algunos dedos.
—Gracias por lo que ha hecho por él.
—Me alegro de que se haya recuperado —contestó ella.
—¿Han funcionado los Antiguos Métodos?
Aurienne vaciló.
—Aún no sé cómo explicar lo que ha pasado. Voy a necesitar un poco de tiempo para analizarlo todo. Pero creo que hay algo de cierto en ellos.
—Así que ya ha acabado —dijo la señora Parson—.
No creo que Osric esté preparado para decirle adiós.
Tenga paciencia con él. Es la primera vez que no consigue lo que quiere.
—Aurienne guardó silencio. La tetera empezó a hervir—.
Un Fyren enamorado de una Haelan —añadió la señora Parson con un suspiro—.
Es muy bonito, aunque de una forma trágica.
—¿Es «amor» la palabra adecuada? —le preguntó Aurienne, asustada por aquella precisión.
—Sí. —La señora Parson esbozó una sonrisa burlona—. Se puso muy dramático con el tema. Intentó resistirse con todas sus fuerzas, pero no lo consiguió. ¿No se lo ha contado?
—No.
—Qué chico tan tonto —murmuró la señora Parson—. ¿Siente lo mismo por él?
Aurienne se llevó una mano a la piedra que llevaba en el cuello.
—No puedo. No quiero… No quiero amar a nadie. Alguien maltrató mi corazón hace tiempo. Y ahora lo protejo.
—¿La misma persona que le dio esa piedra a la que se aferra como si fuera un talismán?
Aurienne dejó de agarrarla instintivamente.
—Sí.