23. La luna de Thunor
La luna de Thunor
Osric
La nave ley de Ruain se sacudió al entrar en una línea ley.
A Osric, aquella sensación le recordó a la de la gratícula de viedras, solo que más intensa, más larga y mucho más desconcertante.
Después perdió la capacidad de pensar y se convirtió en un millón de partículas que se deslizaban sobre el mar.
Cuando salieron de la línea ley, La Anomalía y la costa de Kent no eran más que una mancha en el horizonte.
Osric iba a hacer un comentario, pero Ruain inclinó la nave, voló hacia otra línea ley y lo convirtió de nuevo en un millón de partículas.
Dos o tres veces más Osric volvió a existir, antes de dispersarse en la nada y materializarse de nuevo.
Cuando regresó por última vez a su ser —un poco mareado, tenía que reconocerlo—, vio que la nave se balanceaba violentamente de un lado a otro. Ruain silbaba por lo bajo, con el silbido desafinado de alguien que está concentradísimo.
—Ya no hay más líneas ley —dijo, mientras se ponía las gafas en la frente—. Estamos volando en modo manual para acercarnos lo suficiente a la isla y poder aterrizar. Hace un viento de la leche.
A Fairhrim le había sentado bien el remedio druida para las náuseas, tanto que se había quedado dormida. Mucho mejor, teniendo en cuenta los bandazos de la nave ley.
Ruain se sacó de entre las piernas una especie de timón en forma de U y lo encajó en su sitio.
Pilotar la nave con aquel vendaval era como un combate de lucha libre.
¿Estaban capeando el temporal o yendo hacia él?
En cualquier caso, aquello estaba haciendo que a Ruain se le tensaran los músculos de los antebrazos.
(Y Osric sabía reconocer unos buenos antebrazos cuando los veía).
—Visibilidad «odalpmet» —dijo Ruain, mientras avanzaban en el vacío.
—¿Perdona? —preguntó Osric.
Ruain le dio unos golpecitos al parabrisas, en el que había una palabra borrosa grabada en el exterior.
—Es la típica broma. Cuando no se ve nada fuera, solo se puede leer «templado» al revés en el cristal.
Cayó la noche, acompañada por un cielo encapotado y revuelto.
En el exterior, la visibilidad era nula.
Ruain se orientaba con la ayuda de los instrumentos y su t ā cn.
Comentó que era una pena porque, al parecer, a veces se podían avistar ballenas desde allá arriba.
Osric, que estaba un poco mareado, habría preferido avistar tierra firme y no volver a ver a Ruain nunca más.
El t ā cn del Leyfarer le servía como brújula, entre otras cosas; lo presionaba contra la semiesfera dorada de vez en cuando y también sobre unas placas planas plateadas.
Había varios péndulos colgados sobre el parabrisas; uno de ellos giraba violentamente describiendo un círculo cerrado, otros se balanceaban despacio y había uno que permanecía completamente inmóvil a pesar de las sacudidas de la nave.
Estaban hechos de metales preciosos, de diferentes tipos de madera y un par de ellos de hueso.
Los medidores giraban y hacían ruido, con cosas escritas que no eran letras ni números.
Ruain los consultaba con frecuencia y luego hacía unos cálculos misteriosos en un bloc de notas.
El respeto de Osric por la Orden de los Leyfarer aumentó considerablemente; lo único que exigía su Orden era cierta habilidad con el cuchillo.
Fairhrim se desplomó sobre el hombro de Osric. Él intentó no moverse. El hecho de que ella apoyara la cabeza en él hizo que volviera a sentirse como si hubiera sido elegido por un ser excepcional.
Ruain los miró a través del reflejo oscuro del parabrisas.
—¿Estáis juntos? —le preguntó.
—Sí —mintió Osric, solo por joder a Ruain.
—Qué afortunado —replicó él.
Aquella palabra significaba algo diferente viniendo de un hombre de Ī rland; tenía mucho más peso del habitual.
—¿La estás ayudando con la investigación? —quiso saber.
—Soy el conejillo de Indias —respondió Osric.
—¿Tienes algún t ā cn debajo de esos guantes?
—No —volvió a mentir Osric.
—Ah. —Ruain se concentró durante un rato en la navegación—. Pues te comportas como si lo tuvieras —añadió finalmente.
—Ah, ¿sí?
—Y, después de mi comentario, si no fuera así, me lo demostrarías inmediatamente.
—Sufro de eczema —dijo Osric.
Ruain miró fijamente su reflejo.
—Supongo que la Haelan sabrá lo que hace.
—Así es. —Osric se interrumpió al ver que unas luminosas llamas azules empezaban a chisporrotear de repente sobre las velas de la nave—. Eh…, no quiero asustarte, amigo, pero creo que tu barco está en llamas.
Ruain observó el fenómeno con una calma sorprendente. Osric no sabía si admirarlo o gritarle que estaba loco.
—Son santelmos —dijo Ruain.
—¿No deberíamos… apagarlos? —preguntó Osric. (¿Había agua allí dentro? ¿Qué contenía el orinal?).
—Son inofensivos —replicó Ruain—. Se dan con determinadas condiciones meteorológicas. Se ven en las puntas de los mástiles, antes de una tormenta.
—Ah.
—¿Tú no navegas?
—No.
—¿Y a qué te dedicas?
—A los negocios.
—¿A qué tipo de negocios?
—Adquisiciones. Ceses.
Fairhrim se despertó, habiéndose perdido por medio minuto el ataque de pánico y estupidez de Osric ante los santelmos, afortunadamente.
—¿Cómo te encuentras, Aurienne? —le preguntó Ruain, antes de que Osric pudiera hacerle la misma pregunta, cosa que le molestó bastante.
—Bien, la verdad —contestó ella, bostezando—. Me encantaría hacerme con una lata de esos caramelos.
—En eso no puedo ayudarte —dijo Ruain—. Mi contacto druida ha desaparecido; solo me quedan esos. Ya casi hemos llegado a la isla. ¿Cuánto tiempo necesitáis ahí abajo?
—Un par de horas, como mucho —contestó Fairhrim.
—Bien. Me llevaré la Despedida más allá de la tormenta después de dejaros. Envíame a tu deofol cuando estéis listos. Os acercaré lo máximo posible. No voy a aterrizar con este viento. Usad la escalera.
Osric abrió la escotilla y Fairhrim desplegó una escalera de cuerda, que se agitaba de lado a lado con el viento. Descendieron sin demasiada elegancia y aterrizaron en una playa.
La nave ley se alejó como un cangrejo volador antes de elevarse.
Osric y Fairhrim estaban con el agua salada por los tobillos, en una playa llana. La isla de Stígr no era realmente una isla, sino más bien un banco de arena. El agua estaba caliente.
—Bueno —dijo Osric, mientras Ruain y su nave ley desaparecían entre las nubes—. Espero que tu deofol pueda volver a encontrarlo, o estamos jodidos.
—¿Qué hora es?
Osric sacó con orgullo el reloj de bolsillo que ella le había regalado.
—Las once y media, menos un cuarto.
Fairhrim se fijó en el detalle y puso cara de satisfacción.
—La sanación es a medianoche. Tenemos algo de tiempo para explorar.
Subiendo un poco por la playa, encontraron una estructura de madera que seguramente habrían usado los pescadores hacía mucho tiempo y a la que Fairhrim llamó generosamente «cabaña». Esta se quitó la capa, las medias y las botas, y las dejó sobre el suelo arenoso. Osric la imitó.
Caminaron descalzos por la playa, Fairhrim con la falda recogida y Osric en mangas de camisa y tirantes, hasta donde una larga lengua de arena se adentraba en el mar.
La playa se extendía ondulante a izquierda y derecha, como una línea entre el presente y el infinito.
Las conchas salpicaban la arena como pequeñas lunas.
Un trueno retumbó en la distancia. Fairhrim se estremeció.
—Se acerca la tormenta. Pero al menos ya hemos llegado. Cinco líneas ley se cruzan cerca de aquí. Y en cuanto a tu querido Widdershins, su nota sobre la luna de Thunor decía: «Las olas te arrastran».
—Pobre Widdershins —dijo Osric—. Parece que hace una eternidad que me escupió en el ojo.
—Espero que esté bien —repuso Fairhrim—. Si esta sanación sale tan bien como creo, escribiré un artículo sobre toda esta experiencia e intentaré lavar su imagen.
—¿Esta noche acabamos? —preguntó Osric—. ¿Es la última sesión?
—Eso espero —contestó Fairhrim—. ¿Tú no? —añadió, al ver que él no decía nada.
Osric debería desear que fuera la última, pero no era así. Al contrario, casi esperaba que no funcionara. Su esperanza se había invertido, estaba completamente del revés, patas arriba. Así podría estar con ella otras cinco, diez, veinte lunas. Todas las lunas que le quedaran.
Bajó la vista. El agua era tan cristalina que parecía que estaban atravesando otra cosa: algún tipo de quintaesencia salobre y sobrenatural en la que flotaban unos peces plateados.
Puede que fuera una noche para la transparencia.
—Si esta es la última vez, dejaremos de vernos tanto, ¿no? —preguntó.
La luz difusa de las nubes daba un aspecto delicado a Fairhrim.
—Ese siempre ha sido el objetivo, ¿no?
—Entonces, nos acercamos a una de tus inevitables despedidas.
—Sí —contestó ella—. Deberías estar contento. Significaría que hemos tenido éxito, contra todo pronóstico. Pero nos estamos adelantando. Primero los resultados. Vamos. Es casi medianoche —añadió, con el escepticismo típico de Fairhrim.
—¿Dónde nos ponemos?
—En medio —dijo ella.
Se adentraron en las aguas poco profundas hasta que les llegó por las rodillas. Observaron cómo se acercaba la medianoche en el reloj de bolsillo en forma de corazón dorado.
—Bueno…, ¿comprobamos si estamos perdiendo el tiempo otra vez? —preguntó Fairhrim.
—Siempre es un placer perder el tiempo contigo —dijo Osric.
Ella respondió con una sonrisa.
Él se bajó la parte de atrás de la camisa. Fairhrim se puso delante de él y le rodeó el cuello con los brazos.
La luz era salobre y plateada. Las olas bañaban su piel una y otra vez, con el lento latido del mar. El resplandor de la luna, velado por las nubes, centelleaba sobre las crestas negras de las olas, emitiendo tenues fractales.
Empezó a llover. Pero la lluvia no solo caía de las nubes. Al precipitarse, se encontraba con la lluvia que se elevaba desde el mar a izquierda y derecha, y luego a todo su alrededor, propulsada hacia arriba.
Los lomos negros de los cetáceos brillaban entre las olas.
Y Osric oyó, por primera vez, uno de los sonidos más extraños e inolvidables del mundo: el canto de las ballenas.
Canciones graves que hablaban de viajes, de paz, de inmensidades celestiales.
Cuando exhalaban, en la niebla de su aliento titilaban arcoíris lunares.
Entonces —para añadir más belleza a aquella belleza inquietante—, en las olas que formaban las ballenas a proa, una multitud de destellos verdeazulados cobraron vida.
Cada cetáceo dejaba un rastro de bioluminiscencia a su paso; cada gota de lluvia que caía formaba unos anillos brillantes cada vez más amplios.
La fosforescencia llenaba de vida la superficie del agua.
Bajo aquella luz, bajo la lluvia, bajo el océano, danzaban las formas de otro lugar: otras olas, otras ballenas, otro mar azotado por otra tormenta. Estaban inmersos en las aguas de otro mundo.
El t ā cn de Fairhrim —aquel tacto divino, aquel regalo de la vida— se posó en la nuca de Osric, como tantas otras veces, y allí, por última vez, entre su primer saludo y su última despedida, entre la enfermedad y la cura, en una playa que trazaba una línea entre el Aquí y el Allí, bajo la luz de la luna fragmentada por la lluvia, ella lo colmó con su seith.
Esta entró en él como una llamarada, dulce y fuerte, sanadora y tierna.
Le llegó hasta las puntas de los dedos, llenándolo de algo sagrado.
El canto de las ballenas se apagó y solo quedó el incesante arrullo del mar.
—Ha funcionado —dijo Osric, empapado y sin aliento.
No necesitaba que Fairhrim realizara los diagnósticos habituales para saber que había salido bien. Sentía que su sistema seith estaba vivo, lleno de energía, en un estado perfecto.
Ella levantó su t ā cn de todos modos. La imagen diagnóstica apareció entre ellos, tan etérea como la luz de la luna.
Las gotas de lluvia la salpicaban como motas de plata.
Fairhrim giró la imagen en un sentido y en otro, le dio la vuelta, la amplió.
Retrocedió unos cuantos pasos. Parpadeó.
Hizo desaparecer el diagnóstico e invocó otro.
—No encuentro ningún rastro evidente de corrupción —comentó asombrada.
—Ya te lo he dicho: puedo sentirlo —replicó Osric—. Lo has conseguido. Me has curado.
Calada por la lluvia e incrédula, Fairhrim se tapó la boca con las manos. Soltó una risa melodiosa.
—Estás curado —dijo.
Lo abrazó con fuerza. Osric la recibió como un flagelante que acepta su tortura.
Ella lo había curado de una cosa y le había hecho enfermar de otra.
Osric besó su sonrisa. Y se sintió devastado, porque aquello era el final, porque él era lo que era y ella también. Se trataba de la inevitable despedida. Ya estaban inmersos en un recuerdo.
Él intentó grabarlo todo en su memoria mientras se iba desvaneciendo con el paso de los segundos. Sus ojos negros y brillantes. El agua de la lluvia en sus pestañas y en sus labios. Una boca que era pura belleza. La exquisita imposibilidad de su beso.
Bésame una y otra vez; nuestros mañanas son muy escasos.