22. El Leyfarer #3
Prestó especial atención a la expresión de Fairhrim mientras esta observaba al hombre que tenía delante, pero vio que seguía impasible. Puede que todavía estuviera pensando en Amagris.
Mejor.
—Ruain —dijo Fairhrim—. Hola de nuevo.
Ruain (qué nombre tan ridículo) le dio la mano a Fairhrim y le dedicó una sonrisa radiante. Osric no lo aplastó contra la mesa, pero le habría encantado hacerlo.
—Este es… —Fairhrim se dispuso a presentar a Osric, pero él la interrumpió.
—El señor Vergalta.
Los ojos de Ruain se posaron en la entrepierna de Osric para verificar la precisión de su apellido.
—Encantado, señor Vergalta. Siento llegar tarde —dijo Ruain, antes de volver a mirar a Fairhrim—. Dicen que las mejores cosas llevan su tiempo.
A pesar de que aquel era exactamente el tipo de comentario que él mismo habría hecho, Osric decidió que Ruain era un capullo empalagoso. ¿Dónde estaba Amagris? ¿Quería hacer el favor de volver y reconquistar a Fairhrim?
—¿Puedo sentarme? —preguntó Ruain.
Se dio permiso a sí mismo sin que nadie se lo concediera y se sentó entre Fairhrim y Osric antes de que ninguno de los dos pudiera decir que sí. O que no, como a Osric le habría gustado.
—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó Fairhrim, que por desgracia no había olvidado los buenos modales.
—No, gracias —respondió Ruain, mirando con recelo las setas que brotaban de la copa de Osric—. Necesito tener la mente despejada para pilotar.
—Gracias por aceptar ayudarnos —dijo Fairhrim.
Ruain levantó la palma de la mano derecha. La seith iluminó el t ā cn de la brújula de color bronce.
—Esto funciona gracias a ti; es lo menos que podía hacer. ¿Así que quieres ir a la isla de Stígr? Es un poco complicado. ¿Para qué?
—Para una investigación —respondió Fairhrim—. No puedo darte más detalles, es confidencial.
—Yo te recomendaría salir mañana a primera hora. No me gusta el pronóstico para esta noche. Hay tormenta.
—La investigación es urgente —dijo Fairhrim, sin perder la cortesía, pero rozando la frialdad—. A menos que me digas que hay posibilidades de sufrir un accidente grave, tiene que ser esta noche.
—No habrá ningún accidente conmigo pilotando —dijo Ruain con arrogancia, pero también ofendido—. Aun así, nos vamos a meter de lleno en la tormenta. ¿Seguro que es lo que quieres?
La respuesta de Fairhrim fue como el chasquido autoritario de unas tijeras.
—Sí.
Osric se alegró de no ser el único destinatario de los cortes de Fairhrim.
—¿El señor Vergalta no tiene nada que opinar? —preguntó Ruain, mirando a Osric.
—He aprendido a hacer lo que la dama diga —respondió Osric—. A adoptar la ortodoxia. Funciona mucho mejor.
Ruain se llevó el puro a la boca y le dio una calada. Aunque no estaba encendido, olía como si lo hubieran mojado en whisky y anís.
—Entonces deberíamos salir cuanto antes.
—De acuerdo —dijo Fairhrim.
—¿Alguno de vosotros ha viajado antes en una nave ley? —preguntó Ruain.
—Yo no, solo por las líneas ley —contestó Fairhrim.
—Yo tampoco —repuso Osric.
—¿Y cómo lleváis los viajes por las líneas ley? —quiso saber Ruain.
—Bien —respondió Osric.
—Mal —reconoció Fairhrim.
—Ponte uno de estos debajo de la lengua —le dijo Ruain, antes de pasarle una lata de caramelos de color azul chillón—. Son para las náuseas. No quiero que me llenes la cabina de zumo de pomelo.
Fairhrim cogió los caramelos con recelo.
—En Swanstone todavía no hemos descubierto cómo evitar las náuseas en las líneas ley. ¿Quién ha inventado esto?
—Los druidas.
Fairhrim miró a Osric, con quien había explorado las instalaciones inesperadamente sofisticadas de los druidas. Se puso uno de los caramelos bajo la lengua sin hacer más comentarios.
—Reunión informativa sobre el viaje —dijo Ruain, y, sin motivo aparente, se quitó la camisa.
Ante las miradas atónitas de Osric y Fairhrim, señaló el mapa de los T ī endoms que llevaba tatuado en el pecho y dijo:
—Así nunca tengo que llevar mapa. Es más sencillo. Y la brújula la tengo incorporada, obviamente —añadió, haciendo brillar su t ā cn—. Vamos a ver. Saldremos desde este cabo y volaremos hacia el oeste; hay una importante línea ley frente a la costa, que nos llevará a…
Ruain repasó una complicada trayectoria de líneas ley, mientras señalaba varios puntos de sus pectorales y abdominales ubicados en las líneas costeras de tinta que decoraban su piel.
Aquello era un auténtico disparate. Fairhrim permaneció impasible, pero apretó la mandíbula cuando Ruain se señaló un pezón.
Cuando este acabó con las explicaciones, salieron de La Anomalía.
Fairhrim miró a Amagris mientras abandonaba la taberna. Esta levantó el cóctel (una remolacha hueca) en su honor.
Mientras tanto, el galante y encantador Leyfarer había irritado a Osric hasta el punto de provocarle un arranque de caballerosidad. Ayudó a Fairhrim con la capa y le abrió la puerta para demostrar que él era un caballero y aquel hombre una rata.
Osric y Fairhrim siguieron de cerca a Ruain, que caminaba con paso firme por delante de ellos, presumiendo de trasero.
—Qué mamarracho —dijo Osric.
—Ya —se mostró de acuerdo Fairhrim.
—No lo soporto. Aunque tiene una voz preciosa —se vio obligado a admitir Osric, al cabo de un rato.
—Me he quedado embarazada solo de oírlo.
—Y tiene unos ojos…
—Alucinantes.
—Nunca había tenido ganas de lamer un mapa.
—¿Y has visto qué pelo?
—Menudo Pelazo.
—¿Es más guapo que nosotros?
—Posiblemente.
Fairhrim parecía molesta. Osric también lo estaba, aunque le alegraba que compartieran la misma opinión.
Ruain los condujo a su nave ley, que estaba flotando detrás de la taberna.
Era un artefacto tosco, achaparrado y rechoncho, que no tenía muy claro si considerarse una aeronave o un barco, un globo aerostático o una lancha; su genética combinaba a partes iguales la navegación marítima y la aérea.
Tenía jarcias, velas y hélices. La nave levitaba a unos metros del suelo, tirando de las amarras que la mantenían anclada contra el viento.
—El tiempo ya está cambiando —señaló Ruain.
—Necesitamos llegar hasta allí —replicó Fairhrim.
—Se llama Despedida —dijo Ruain, mientras desplegaba una escalera de cuerda por el costado de la nave—. Bienvenidos a bordo.
Fairhrim fue la primera en subir, seguida de Osric.
La cabina era diminuta. Había dos asientos de pasajeros —unos sillones antiguos tapizados que tenían pinta de haber sido robados del comedor de una abuela— fijados al suelo con grandes tornillos.
Los ojos de buey parecían sacados de un carguero oxidado.
El baño consistía en un simple pot de chambre de porcelana situado en la parte posterior de la nave.
Los cinturones de seguridad eran, literalmente, unos cinturones de hombre. Fairhrim le transmitió su opinión al respecto a Osric con una mirada de lo más elocuente, mientras Ruain les daba algunas instrucciones de seguridad.
Una cabeza de ñu disecada ocupaba un lugar destacado en la cola de la aeronave.
—Me pareció un detalle elegante —dijo Ruain.
—Y tanto —repuso Osric—. Le da un toque de prestigio a todo esto.
El panel de control situado en la parte delantera del aparato resultaba más tranquilizador que la zona de carga: era todo un prodigio de botones, indicadores, mandos de latón y cachivaches que silbaban y pitaban.
Los Ingenaut y los Leyfarer colaboraban a menudo, y la influencia de los primeros era evidente en aquella parte de la nave.
Ruain se puso unas gafas protectoras.
—¿Para qué son? —le preguntó Osric—. Si hay parabrisas.
Ruain les dio unos golpecitos y estas emitieron unos brillos opalescentes y nacarados.
—Son unas gafas de pilotaje. Para ver las líneas ley. ¿Preparados?
Osric y Fairhrim se abrocharon los cinturones.
Ruain presionó su t ā cn contra una semiesfera dorada que parecía una bola de escribir sin teclas y la aeronave cobró vida con una sacudida.
El Leyfarer tiró de unas poleas, las velas exteriores se inclinaron hacia el viento, las hélices chirriaron y giraron, y la nave se elevó y se deslizó hacia el borde de los Downs, donde el acantilado caía hacia el mar.
Fairhrim se ajustó el cinturón de cuero de hombre y tragó saliva.
La Despedida se lanzó hacia el acantilado como un rinoceronte desbocado. Fairhrim apretó con fuerza la mano de Osric y miró al frente con cara de resignación y angustia.
—A volar, querida —le dijo Ruain a la nave ley—. Cuidado con el pie —les dijo a continuación a Osric y Fairhrim, guiñándoles un ojo.
Con un salto vertiginoso, la Despedida despegó hacia el crepúsculo.