22. El Leyfarer #2
Esta se materializó al otro lado de la viedra un instante después que Osric. Se miraron a través del agujero mientras él se ponía los guantes y ella se alisaba la falda.
La última vez que se habían visto, Fairhrim se había corrido en su lengua y Osric se había masturbado bajo su vestido, así que, naturalmente, se trataron con una formalidad absurda en lugar de hablar del tema.
Osric estaba nervioso, pero consiguió que no le temblara la voz al saludarla.
—Hemos quedado dentro con el Leyfarer —dijo Fairhrim—. ¿Vamos?
—Tú primero —repuso Osric.
Una Haelan y un Fyren entrando en una taberna. Parecía el principio de un chiste.
Que el Fyren estuviera un poco enamorado de la Haelan era el punto cómico, seguramente.
La Anomalía tenía una clientela formada básicamente por personas atractivas y con una edad curiosamente difícil de precisar que entraban y salían de la taberna acompañados por ráfagas de aire marino y con trozos de musgo en las botas.
Muchos de ellos parecían conocer a Fairhrim y la saludaban con la mano.
En cuanto a Osric, lo ignoraron como se ignora cualquier cosa repugnante del suelo.
—¿Hérgulas? —susurró Osric.
—Sí —contestó Fairhrim.
Las brujas iban vestidas con túnicas y pantalones de color marrón verdoso que se ceñían con cinturones en lugares extraños, como los antebrazos y debajo de las rodillas.
Llevaban botas altas, embarradas y bien atadas, y hoces plateadas y curvas colgadas de la cintura.
Todas las brujas tenían tatuajes: cardos, caléndulas y menta trepaban por sus antebrazos y cuellos.
Algunas llevaban apodos tatuados en los nudillos, que Osric leyó al pasar: «Setón Verbenero», «Bulbombón» y «Diva Polvorienta».
Vio de refilón el t ā cn de su Orden: tres liebres verdes. Algunas lo tenían en la mano izquierda y otras en la derecha.
Escuchó a escondidas una conversación entre Ninfa Trufera y Pibón de Zanja.
—A mí me gustaría que me enterraran en un bosque de campánulas.
—Uf. Qué horror. A mí echadme de comer a las setas.
Las brujas se enzarzaron en una discusión sobre la reina de Kent, a la que llamaban «La Fulana Kentiana».
En todas las mesas de la taberna había un cuenco bajo y ancho con carbón en el que los clientes asaban patatas aderezadas con aceite y otros vegetales.
Las bebidas se servían en verduras huecas que, según dedujo Osric mientras veía a una hérgula masticar un pimiento, se suponía que había que comerse después.
Él y Fairhrim fueron hacia la barra y eligieron unos cócteles al azar.
Fairhrim se decantó por un pomelo que tenía una pajita hecha de pepino y estaba decorado con brotes rizados de guisante.
Osric pidió algo que iba dentro de una seta gigante.
Olisqueó la bebida y percibió un ligero aroma a ron negro e higos.
Unas delicadas setas de ostra blancas estaban adheridas al borde.
Osric y Fairhrim intentaron pagar, pero la camarera dijo:
—Invita la casa. Tenéis pinta de necesitar fibra.
Un comentario que Osric se tomó como una ofensa.
Él y Fairhrim se sentaron en una mesa con sus cócteles botánicos.
—¿Por qué van así vestidas, con cinturones y hebillas por todas partes? —susurró Osric.
—Ni idea. Son muy reservadas —contestó Fairhrim—. Ninguna me ha dado nunca una respuesta clara.
—¿Ni siquiera tu amante?
—Ni siquiera ella.
Hablando de su amante…
Otra hérgula entró en La Anomalía. Llevaba un tatuaje en los nudillos que ponía: «Diosa Fungi».
A Fairhrim, que no solía alterarse con nada, se le cayó el cóctel.
—Aurienne —dijo la hérgula.
—Amagris —susurró esta.
Era la examante de Fairhrim.
La miró con una admiración patética, mientras Amagris se acercaba.
—Tienes… buen aspecto.
Amagris era increíblemente atractiva, incluso comparada con las otras hérgulas de la taberna.
A Osric no le extrañaba que Fairhrim se hubiera enamorado de ella.
Tenía la piel morena y los ojos azules como el océano, enmarcados por unas finas patas de gallo.
Eran unos ojos cautivadores: cada mirada suya era como un mar embravecido.
Había algo en ella que le daba un aspecto irreal; sus rizos negros se difuminaban como si no perteneciera del todo a este mundo.
Al igual que las otras hérgulas, llevaba la ropa ceñida con cinturones y correas en puntos extraños, como los codos y las rodillas.
Se acercó a la mesa con paso firme. Su porte era el de un animal salvaje, feroz, letal; a Osric le recordó a un halcón.
Fairhrim la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Có…, cómo estás?
—Bien.
—Me alegro.
Amagris ladeó la cabeza. Sus ojos oceánicos brillaron.
—Veo que has estado meditando.
—¿Sí? —preguntó Fairhrim.
—Se nota —dijo Amagris—. Pero sigues buscando la felicidad.
—Eso procuro —repuso Fairhrim.
—¿Qué haces aquí?
—Intentar una sanación.
—¿Dónde? —le preguntó Amagris, como si el lugar importara más que el qué.
—En la isla de Stígr.
—¿Para este ser? —preguntó Amagris. Osric se dio cuenta de que se refería a él.
—Sí.
La hérgula miró a Osric sin parpadear. Lo observó fijamente, atravesándolo con la mirada, casi como si no existiera. Su interés por él fue efímero. Para ella, era como un gusano. Por una vez en la vida, Osric no se sintió ofendido. Pensó que era más seguro así.
Amagris se volvió hacia Fairhrim.
—Espero que tú también te cures.
—No estoy enferma —dijo Fairhrim.
—Eres tú la que tiene una herida profunda —replicó Amagris—. Lo sé. Yo te la hice.
Lo reconoció con neutralidad, sin el menor rastro de arrepentimiento o tristeza, salvo por una pizca de lástima, quizá. (Y Osric que creía que Fairhrim era fría. Comparada con la hérgula, Fairhrim era un osito de peluche).
Esta bajó la vista hacia el cóctel.
Amagris se fijó en el cordón de cuero desgastado que asomaba por su escote.
—Deberías deshacerte de eso. No debes dejar que el pasado lastre tu corazón.
Fairhrim se llevó la mano a la pechera del vestido, bajo la que se encontraba la piedra bruja. No respondió.
—Tengo que dejarte. Dichoso encuentro, dichosa despedida y dichoso reencuentro —dijo Amagris, aunque no había nada de dichoso en todo aquello.
Osric miró a Fairhrim con recelo. No tenía muy claro lo que acababa de hacer Amagris: ¿aquello era una especie de principio del fin? ¿O una herida reabierta?
Amagris fue hacia otra mesa. Fairhrim la miró con ojitos de cordero degollado hasta que llegó.
Qué patético.
Pero ¿quién era Osric para juzgarla?
Fairhrim se sumió en un silencio lastimero. No bebió ni un solo trago más.
Osric decidió intervenir; no porque estuviera celoso, sino porque le daba mucha pena presenciar aquello.
—Fairhrim.
—¿Qué?
—Espabila. Tienes más sentido común que ese.
Fairhrim reaccionó como si le molestara que le dijera que tenía sentido común. Aun así, espabiló y se levantó para ir al baño.
Osric creyó que ya no tendría que verse eclipsado por más gente exageradamente atractiva, pero sus esperanzas se desvanecieron cuando entró el Leyfarer.
No era en absoluto como se lo había imaginado cuando el deofol de Fairhrim le había hablado de él.
Osric no tenía una opinión muy formada sobre los Leyfarer…
Resultaban útiles, como cualquier obrero que trabajara en las carreteras; hacían que las líneas ley fueran transitables y cómodas y, cuando no era así, se cagaba en todos ellos.
Se había imaginado a aquel Leyfarer como un hombre flacucho con ojos de gamba y orejas como las de Aedan el Encantador. Mal proporcionado. Empollón. Demasiado obsesionado con la cartografía.
Pero no. El Leyfarer era un poco más bajo que Osric, pero más musculoso, y se movía con la serena arrogancia de un hombre que se sabe guapo.
Aunque su expresión era amistosa, la forma de su mandíbula delataba su rudeza y su determinación.
Llevaba una chaqueta de piel de cordero con un enorme cuello de borrego.
Al entrar en la taberna, se quitó la chaqueta y se la echó al hombro. Por debajo llevaba una camisa de manga corta que dejaba al descubierto unos brazos bronceados llenos de tatuajes de mapas, monstruos marinos y anclas, entre otras cosas.
Lo más ofensivo de todo era que tenía Pelazo.
El Leyfarer sacó un puro. Se lo metió detrás de la oreja cuando la hérgula que estaba detrás de la barra le recomendó que no lo encendiera.
—Jamás se me ocurriría molestarte, querida —dijo el Leyfarer, guiñándole un ojo.
A continuación echó un vistazo a la taberna e identificó a Osric como su posible cliente entre todas aquellas hérgulas, que no parecían muy impresionadas. Se acercó con una mirada oscura y evaluadora, como si también se hubiera formado su propia opinión sobre él.
No había mucho que juzgar. Dado que los Leyfarer recorrían el Sendero Brillante, Osric había tomado precauciones para tener el aspecto más anodino, discreto y menos parecido a un Fyren posible.
Prácticamente, se había hecho invisible (salvo por su físico llamativo, obviamente): llevaba unos guantes de cuero negro, un abrigo anodino y las botas manchadas de barro.
Al ver lo arrogante y atractivo que era el Leyfarer, Osric casi deseó que sospechara que era un Fyren, simplemente para Ponerlo en su Sitio.
Aunque, como metiera la pata con la persona que iba a llevarlos a la isla de Stígr, Fairhrim lo mataría.
Esta regresó del baño. Tenía la cara y la raíz del pelo mojadas, como si hubiera metido la cabeza en el váter. Osric se propuso explicarle qué era un lavabo.
Parecía distraída, tenía los ojos vidriosos y estuvo a punto de chocar con el Leyfarer al volver a la mesa.
—Aurienne, me alegro de volver a verte —dijo este, como si tuviera permiso para llamarla por el nombre de pila. ¿Dónde había quedado el título? ¿Dónde había quedado el respeto?
Qué atropello.
La voz profunda del Leyfarer estaba acentuada por la cadencia melancólica y poco inglesa de Ī rland.
Vale, era guapo y tenía un acento irresistible. Genial. Perfecto. Osric no sabía si se sentía atraído por el Leyfarer o si estaba celoso por si le resultaba atractivo a Fairhrim. Frunció los labios, confundido.