22. El Leyfarer
El Leyfarer
Osric
Osric estaba jadeando bajo el vestido de Fairhrim.
Tenía la barbilla empapada. Respiraba sexo.
Tenía una mano sobre ella y la otra en la polla.
Ella llegó al clímax. La humedad se filtró entre sus dedos mientras ella se los comprimía.
Apenas necesitó tocarse para acabar. Se corrió con fuerza, hundiendo la cara en su muslo para no hacer ruido.
Las salvas de aplausos resonaron en el teatro de la ópera, amortiguadas por la falda de Fairhrim. Una ovación de pie, a juzgar por el sonido.
A Osric le estaban dando calambres en las piernas. Tenía las rótulas destrozadas. El cuello hecho polvo. Y acababa de vivir la experiencia más excitante de su vida.
Se guardó la polla exhausta en la bragueta, donde empezó a chorrear sus fluidos por la pernera del pantalón. Al menos Fairhrim no se enteraría de aquella indecencia; estaba demasiado ocupada con su propia ovación de pie.
La saboreó por última vez —un beso de despedida— mientras sus muslos temblaban a ambos lados de su cara y salió de debajo del vestido caminando las sombras hacia el vestíbulo y luego al pasillo.
Delicioso. Perverso. Terrible. Obsceno. Osric lo recordaría durante mucho tiempo. Fantasearía con ello. Desearía repetirlo.
Aquello había estado mal. Pero tampoco se arrepentía. (Más adelante lo haría, estaba seguro, pero ese era un problema del Osric del futuro, no suyo).
Al salir, mientras se limpiaba la barbilla con un pañuelo, giró la cabeza hacia el palco desde el oscuro pasillo. Los intérpretes seguían saludando en el escenario. Fairhrim estaba en el vestíbulo. Tenía una expresión impasible, pero un rubor radiante le iluminaba las mejillas.
Aquella mujer era una caja de sorpresas. Él había esperado que lo despellejara por haberse atrevido a tocarla con un dedo sugerente, no que se pusiera a horcajadas sobre su cara.
Oyó a Fairhrim decirle a Aedan que iba al baño. Osric se fundió con las sombras mientras ella salía del vestíbulo y se adentraba en el sombrío corredor.
Fairhrim sacó una linterna para iluminar el camino y pulsó los botones con impaciencia.
—Las típicas complicaciones de los Ingenaut —murmuró.
La luz de la linterna alternó entre rojo, blanco y un inusual gris violáceo. Fairhrim eligió el último.
El haz de luz iluminó una mancha inconfundible en el lateral de la falda de Fairhrim. Ella arqueó las cejas.
Adiós al secreto de Osric.
Este decidió que lo mejor era desaparecer.
Durante los días posteriores, el t ā cn de Osric permaneció inusualmente silencioso en lo que a Fairhrim se refería. ¿Estaría pensando en él tanto como él pensaba en ella?
Joder, eso esperaba.
Parecía la reina del hielo con aquel vestido, magníficamente aderezado por la escarcha de las perlas. Qué espectáculo para la vista. La codicia de Osric se transformó en el deseo de obtener más de aquello. De aderezar la belleza con más belleza. De rendirle tributo.
Rosefell Hall estaba repleto de habitaciones llenas de tesoros. Tenía muchísimas cosas que regalar.
Estaba eufórico.
Aquello no era bueno.
—Aurienne —se dijo a sí mismo—. Aurienne.
Aurienne. Dos sílabas. La canción de amor más corta del mundo.
Aquello no era nada bueno.
Las cosas estaban menos tranquilas en el resto de los frentes.
Se percibía un clima de inestabilidad en los T ī endoms. Algunas de las órdenes estaban causando problemas.
Al parecer, la líder de los Warden había irrumpido en el trono de la reina de Dumnonia hacha en mano y la había acusado de ser la responsable de la viruela.
La reina había calificado aquella acusación de traición.
La Orden Warden había retirado a sus miembros de las fortalezas de toda Dumnonia y se había replegado al castillo de Tintagel.
Los T ī endoms vecinos de Wessex y Dyfed habían observado con interés cómo las fortificaciones de la reina de Dumnonia de repente pasaban a estar defendidas por hombres normales y corrientes, en vez de por los Warden.
La reina de Kent cayó gravemente enferma.
En Kent era donde vivían las Hérgulas. Ambos asuntos se debatían en paralelo en todas las tabernas de los T ī endoms; pocos se atrevían a sugerir una vinculación causal más explícita.
Pobre reina de Kent. Al parecer, había sido un problema de pecho, una infección fúngica.
Osric llegó a la conclusión de que las cartas de la reina de Kent habían salido del bolso de Fairhrim y habían llegado a manos de la Orden de las Hérgulas.
También llegó a la conclusión de que no convenía meterse con ellas.
En Kent, Dumnonia y Mercia, las líneas ley se volvieron inestables y tardaban una eternidad en reparar los motores que fallaban. Se rumoreaba que las órdenes Leyfarer e Ingenaut habían puesto en la lista negra a esos tres T ī endoms, pero nadie sabía por qué.
Las tabernas también estaban alborotadas por un nuevo rumor sobre un conflicto entre las órdenes Agannor y Haelan, que al parecer se habían enfrentado en el Stánrocc.
Un miembro de la Orden Agannor había sido encontrado muerto en un manicomio abandonado.
En el manicomio habían aparecido más de cincuenta niños infectados por la viruela, varias enfermeras de Swanstone que habían sido secuestradas y los restos de un Dreor.
La Orden Haelan había exigido una explicación.
La Orden Dreor no se presentó. La Orden Agannor aseguró que no sabía nada, pero exigió justicia por la muerte de uno de sus miembros.
La autopsia reveló dos heridas que sugerían un manejo experto del cuchillo, lo que a su vez apuntó hacia la Orden Fyren.
La Orden Fyren negó saber nada del asunto y preguntó en qué universo matarían a un compañero del Sendero Sombrío para ayudar a los Haelan.
Todos se habían marchado insatisfechos del Stánrocc.
Sacramore y, en la sombra, detrás de él, Tristane repartían un encargo lucrativo tras otro a Osric y sus colegas.
La inestabilidad política estaba enriqueciendo a la Orden.
La única Fyren que no se estaba beneficiando de aquella oportunidad era lady Windermere, que había desaparecido.
Entre los Fyren corría el rumor de que había abandonado del todo la Orden en su obsesiva búsqueda del asesino de Brythe.
O que había muerto de pena. Osric alentaba aquellos rumores como si no hubiera visto con sus propios ojos cómo los sesos de Windermere le salían como espuma de la cabeza.
Aurienne — Fairhrim — rompió el silencio entre sus t ā cn aproximadamente una semana antes de la luna llena de agosto.
Osric y el deofol de Fairhrim intercambiaron los saludos habituales (Osric lo llamó «Flemón» y el deofol llamó a Osric «Chivo Incestuoso»).
—Mi ama dice que te perdona por tu último crimen pasional. —El deofol de Fairhrim estaba muy serio—. Ni sé lo que significa, ni quiero saberlo.
—Hemos descubierto que a ambos nos gusta la ópera —contestó Mordaunt.
—Ya —dijo la jineta—. Para la próxima sanación, debes reunirte con ella al atardecer en La Anomalía, el día de la luna de Thunor.
—¿Otra vez en La Anomalía? Ya lo hemos intentado en los South Downs. Fue uno de nuestros primeros intentos y fracasamos.
Esperaba una explicación agresiva, pero la jineta estaba más seria y apagada de lo habitual.
—En realidad, solo es el punto de partida. Vais a ir a la isla de Stígr. No hay viedras ni barcos que vayan hasta allí. Aurienne ha contratado a un Leyfarer para que os lleve. Tiene su propia nave ley. Os recogerá a los dos en la taberna.
—¿Un Leyfarer con su propia nave? Le habrá costado una fortuna.
—No, está en deuda con ella. Consiguió que pudiera seguir usando su t ā cn después de un accidente. Está encantado de que lo haya llamado.
—Ah.
—La sanación tendrá lugar a medianoche, en la isla.
Tras los éxitos en las lunas de Begbéam y Hunig, Aurienne está muy esperanzada.
La isla de Stígr es un lugar tremendamente especial, según dicen.
Cerca de ella se cruzan cinco líneas ley.
—El deofol agitó los bigotes—. Aurienne está muy contenta con tu mejoría.
Por razones que se me escapan, te tiene verdadero aprecio.
—Le he hecho algunos favores —dijo Osric—. Y ella ha hecho lo mismo por mí.
—Le gustas —replicó el deofol directamente—. No sé si esa cosa a la que tú llamas «cerebro» se habrá percatado. —Osric no supo qué responder—. Aunque no mereces su cariño —añadió el deofol, moviendo la cola con desagrado.
—¿Acaso alguien lo merece? —le preguntó Osric, para ocultar la emoción repentina que se había apoderado de su corazón.
—No —contestó la jineta—. Pero, claro, yo no soy imparcial. A partir de ahora nos veremos menos. Deberías alegrarte. Este juego de los mensajitos está llegando a su fin. Aurienne cree que esta podría ser la última sesión de sanación.
Debería ser una buena noticia para Osric. Sin embargo, lo entristeció. Fairhrim ya no tendría motivos para verlo, después de haber cumplido su parte del trato.
—Será lo mejor para todos —mintió.
—Ah, ¿sí? —preguntó la jineta, mirándolo fijamente con sus ojos rojos, sin parpadear.
Osric no contestó.
La jineta desapareció.
En la luna de Thunor del mes de agosto, Osric tomó una viedra para ir a La Anomalía.
Él y Fairhrim habían estado en aquel lugar por última vez en abril, durante una de las primeras sesiones de sanación.
La taberna seguía teniendo prácticamente el mismo aspecto: el de una choza cubierta de helechos.
Pero esa vez la puerta estaba abierta y de ella salían luz y voces.
La viedra de La Anomalía era una rareza geológica.
En lugar de un menhir normal y corriente, se trataba de una piedra grande y ancha con un agujero en el centro.
Su forma y proporciones le sonaban de algo.
Osric tardó un rato en darse cuenta: era como una versión gigante de la piedra que Fairhrim llevaba colgada del cuello.