21. Tremendo clímax #2
Aurienne miró hacia la orquesta. Aedan seguía charlando tranquilamente abajo, mientras unas cuantas damas elegantemente vestidas lo observaban con interés.
Cuando se dio la vuelta, Mordaunt había sacado una caja plana y lacada de madera de amaranto.
—Estaba guardando esto, esperando al momento adecuado. Pero he aprendido que debería ser más como tú y provocarlo. —Abrió la caja—. Pasas mucho tiempo queriendo echarte las manos al cuello cuando estás conmigo, así que…
Dentro de la caja forrada de un satén níveo, había un collar de delicado oro blanco. El colgante que lo adornaba estaba formado por tres grandes perlas rodeadas de diamantes.
—Perlas atlantes —dijo Mordaunt—. Supuestamente.
Aurienne se quedó mirando el collar con la boca abierta.
—¿Es para mí?
—Sí.
—No…, no puedo aceptarlo. No admito regalos de los pacientes.
—Yo no soy un paciente —dijo Mordaunt. Las perlas resplandecían bajo las luces de la sala. Su brillo era tan intenso que hacían que el satén blanco pareciera gris—. ¿Me permites? —le preguntó, cogiendo el collar—. Si te niegas, entraré en tus aposentos y te lo dejaré encima del escritorio.
Aurienne se mordió el labio. Le dio la espalda y se apartó el pelo. Aquella noche se había quitado la piedra bruja de Amagris; su rústica sencillez no era adecuada para la ocasión.
Mordaunt le puso el collar. Lo hizo de forma lenta y deliberada, como saboreando el momento. Estaba muy cerca; Aurienne sintió su aliento en la oreja. Le puso el cierre en la nuca con las yemas de los dedos enguantados y la acarició.
Dejó allí los dedos un buen rato, antes de cerrar el broche.
Aurienne se giró hacia él, pero estaba tan cerca que no hubo ningún giro, solo fricción.
Mordaunt le acarició los brazos con los guantes. Ladeó la cabeza, como si estuviera contemplando una vista particularmente hermosa.
—Solo un necio como yo podría pretender embellecer algo que ya es perfecto.
—Gracias. —Aurienne tocó el colgante que descansaba entre sus clavículas—. De verdad que no era necesario.
Mordaunt giró con el pulgar el sello que llevaba en el dedo índice.
—Hay otras muchas cosas que me encantaría darte, pero debo mantener los pies en la tierra.
—Se acabaron los regalos. No podría corresponderte. No sabría qué regalarle a un hombre que lo tiene todo.
El comentario no pretendía hacerle daño, pero Mordaunt la miró dolido. Abrió la boca para decir algo, pero Aurienne le puso la mano en los labios. Se oyó una carcajada en el pasillo.
—Creo que es Aedan —susurró. Echó un vistazo por el borde del palco. Efectivamente, Aedan ya no estaba al lado de la orquesta. Se produjo un revuelo generalizado y ruidoso mientras todos volvían a ocupar sus asientos para el tercer acto.
Aurienne se dio cuenta de que Mordaunt le estaba besando las yemas de los dedos enguantados.
—Escóndete —le ordenó.
—¿Dónde? —preguntó Mordaunt.
—Tú eres el Fyren —susurró ella—. Búscate la vida.
Y él se la buscó. Caminó las sombras hasta la más cercana. Que resultó estar debajo del vestido de Aurienne.
Aedan regresó acompañado por las otras parejas, que volvieron a ocupar sus asientos en el palco.
—Siento haber desaparecido —le dijo Aedan a Aurienne—. Me he encontrado con unos compañeros. ¿Estás bien?
—Perfectamente —contestó ella, mientras un hombre adulto intentaba pasar desapercibido entre sus piernas. Gracias a Fr ī a, se había puesto uno de sus vestidos de noche más voluminosos—. Me he entretenido observando la moda real.
—Qué perlas tan bonitas —dijo Aedan—. No me había fijado en ellas.
—Gracias.
Las luces empezaron a atenuarse. El público guardó silencio mientras Madame Florimont volvía al escenario. Aurienne se quedó de pie, incómoda, junto al antepecho.
—¿No vas a sentarte? —susurró Aedan.
—Me duele la espalda —murmuró Aurienne—. Siéntate tú y disfruta.
—Ah… ¿Y no puedes curártela?
—Si pudiera, lo habría hecho, ¿no crees? Me pondré a un lado para no taparle la vista a nadie.
Aurienne se dirigió al rincón más alejado del palco con cierta torpeza, dado que tenía a Mordaunt entre las rodillas.
Se quedó allí de pie, como una boba. Se abrió el telón. Los actores ocuparon sus puestos, el tercer acto comenzó y, durante los primeros cinco minutos, Aurienne pensó que la cosa no iba tan mal, dadas las circunstancias.
Cuando ya habían pasado diez, se dio cuenta de que se avecinaban problemas: tenía un Fyren entre las piernas que se estaba aburriendo. Este empezó a darle golpecitos con los dedos en la pantorrilla para comunicárselo. Ella le dio un manotazo más o menos donde tenía la cabeza bajo su falda.
Después de aquello, Mordaunt volvió a quedarse quieto durante un rato.
Pero solo durante un rato. Aurienne pensó que el primer roce contra la cara interna de su muslo había sido accidental: no había mucho espacio para que él maniobrara bajo el vestido.
El segundo roce fue un poco más arriba y duró más tiempo.
Y el tercero fue, definitivamente, deliberado.
Unos dedos acariciaron la liga de su muslo izquierdo.
Las hormonas de aquella mañana en la gruta volvieron a apoderarse de ella.
Era sumamente inapropiado. No pensaba permitirlo. Cruzaría las piernas.
Los actores revoloteaban por el escenario. Madame Florimont seguía cantando.
Aurienne todavía no había cruzado las piernas. Ni le había dado a Mordaunt ningún otro manotazo.
Este deslizó un dedo solitario por la cara interna de su muslo.
No podía permitirlo de ninguna manera. Había gente en el palco a sus espaldas y uno de ellos era Aedan.
Las luces estaban apagadas. Nadie lo vería.
No. No lo permitiría. Debía conservar la dignidad.
La música empezó a sonar con fuerza. Todas las miradas se centraron en el escenario.
El deseo y el sentido común estaban librando una batalla en su interior.
Aurienne se mordió el labio. Una vez más, un dedo inquisitivo le acarició el muslo. Le recorrió la piel con suavidad, como una pregunta, una prueba, un «si te atreves, yo te aliviaré».
Dentro de cien años, nada de aquello importaría. Abrió un poco más las piernas.
No pasó nada durante un rato y Aurienne se dijo que debía de haber malinterpretado a Mordaunt. Entonces sintió sus labios en la sensible piel de la cara más interna del muslo, unos besos lentos y gozosos. Mordaunt puso los dedos en forma de uve y empezó a acariciarla lentamente en círculos.
Aurienne se ruborizó ante su descaro y el suyo propio. Intentó controlar la respiración. No se atrevía a mirar hacia atrás. De todos modos, lo único que podían ver era su silueta a contraluz.
Mordaunt le separó las rodillas y cambió de posición bajo el vestido.
Le apartó la ropa interior y entonces sintió el calor de su lengua.
Aurienne se contuvo para no jadear mientras él la exploraba de forma lenta, caliente, húmeda.
Se aferró al antepecho del palco. Mordaunt la presionaba y succionaba con la boca, al ritmo de la música.
Aurienne continuó de pie, temblorosa y tensa, alternando entre contener los jadeos y tratar de respirar con normalidad.
Le temblaban las rodillas. El volumen de la música aumentó.
La ópera se acercaba a su clímax. Mordaunt empezó a describir círculos rítmicos con la lengua.
Su sello la rozaba justo donde más lo deseaba.
Aurienne echó las caderas hacia delante para frotarse contra él.
Estaba húmeda y resbaladiza, y deseaba que la penetraran.
Él deslizó un dedo dentro de ella, y luego otro.
Solo la fuerza de voluntad la mantenía en pie; estaba deseando desplomarse sobre él.
Iba a correrse. Allí. En público. Delante de Madame Florimont, Aedan y todo el teatro de la ópera.
Mordaunt siguió lamiéndola mientras ella se aferraba a sus dedos. No podía creer que una vez lo hubiera amenazado con hacerle una glosectomía; habría sido un desperdicio.
Los intérpretes se unieron en un coro cada vez más fuerte, rapsódico, trágico, ensordecedor.
Cantaban sobre la muerte. La orquesta no se quedó atrás y los acompañó en una avalancha musical ascendente: los metales rasgaban el aire, los violines gemían, la percusión martilleaba y, cada vez que subían una octava, la lengua de Mordaunt aceleraba el ritmo.
Unos dedos presionaban las cuerdas mientras otros presionaban a Aurienne, la gente contenía la respiración mientras sonaban los últimos compases, el aire vibraba y se ondulaba con una cadencia cada vez más vertiginosa, al igual que el pulso de esta.
La multitud se apiñaba en el patio de butacas, conmovida; el público vibraba de emoción; miles de corazones latían al mismo ritmo que el de Aurienne.
La orquesta alcanzó un crescendo apoteósico.
Los dedos de Mordaunt adoptaron su ritmo.
Aurienne se contrajo alrededor de ellos.
Le temblaban las piernas. Se estremeció.
Inhaló entre dientes. No podía hacer ruido.
Se agarró con fuerza al antepecho. El aire vibraba con la música; ella temblaba en la misma frecuencia.
El aria llegó a su magnífico, grandioso y apasionante clímax. Aurienne echó la cabeza hacia atrás mientras se corría. Su sangre se encendió y se enturbió de placer. El orgasmo se prolongó mientras Madame Florimont mantenía la nota final.
Madame Florimont cantaba sobre la muerte y Aurienne la había hallado en la lengua de Mordaunt.