La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 21. Tremendo clímax
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21. Tremendo clímax

Tremendo clímax

Aurienne

Ya de vuelta en Swanstone, y vestida como era debido, Aurienne fue corriendo a la unidad de Traumatología y Cuidados Intensivos de Cath, donde la esperaba el Leyfarer herido.

La envolvieron en una nube de hlutoformo, le pusieron una bata y la informaron del caso.

Para cuando entró en el quirófano, ya habían desbridado los tejidos desvitalizados y dañados de la zona de la amputación.

Aurienne se ocupó de la coaptación de los canales seith seccionados, mientras Cath se encargaba de volver a unir arterias, venas, tendones y huesos.

Cath enseñaba a los aprendices que la rodeaban mientras trabajaba.

Su deofol en forma de avispa volaba sobre sus cabezas y hacía comentarios sarcásticos si alguien se distraía.

La intervención duró tres horas y fue un éxito.

Cuando el Leyfarer se despertó, ya había recuperado algunas funciones: podía mover los dedos e invocar la seith a su t ā cn.

Lo trasladaron a uno de los hospitales de Londres para que recibiera cuidados posoperatorios, con la advertencia expresa de Cath de No Volver a Acercarse a Una Hélice.

Después, Aurienne fue a ver a Xanthe con las cartas que Mordaunt había encontrado, la prueba de la participación de la reina de Kent en la conspiración de la viruela.

Revisaron juntas la correspondencia previa de la reina de Kent con la Orden Haelan.

La letra coincidía totalmente. Xanthe envió su deofol a los líderes del resto de las órdenes del Sendero Brillante, además de a Vel, la jefa de las Hérgulas.

Felicette puso al día a Aurienne sobre el suero inhibidor de la seith, Quincey le planteó algunas crisis administrativas y ella simuló interés en lo que ocurría en su laboratorio.

Ya no podía seguir conteniendo sus sentimientos.

Estos habían brotado con tal fuerza que era imposible volver a reprimirlos.

El encuentro con Mordaunt en la gruta acaparaba todos sus pensamientos.

Las mariposas revoloteando, el granizo desperdigado, las espirales de fósiles, la danza de la hiedra, aquel deseo tan intenso; el agravio, los besos encadenados, el sabor de las fresas en su lengua, tan dulce como una canción de amor.

Aquella noche, se arregló para ir a la ópera con Aedan. Se sentó en el tocador para desenredarse el pelo, mientras repasaba todas las locuras de las últimas veinticuatro horas. Se había enrollado con Mordaunt en una gruta.

Y lo más importante: había matado a una persona. ¿Por qué eso iba en segundo lugar? Ella, una Haelan, había asesinado a una Fyren.

Era una imprudente. Una indisciplinada. Una demente. Aurienne cruzó los brazos y se dejó caer sobre ellos.

—Me estoy volviendo loca.

Actos de Brutalidad Injustificada, que estaba matando a algún insecto en un rincón, levantó la vista.

—He vuelto a matar a alguien —le dijo Aurienne.

La gata se acercó sinuosamente a ella, se subió al tocador de un salto y se sentó junto al espejo.

—Cada vez estoy peor —continuó—. Me estoy volviendo como él . En cuanto pongo un pie fuera de casa, me cargo a alguien.

La gata parpadeó solemnemente con sus ojos amarillos.

—Pero Mordaunt estaba drogado. Atado. De rodillas. Indefenso. Y lady Windermere estaba a punto de matarme. No tenía otra opción. Windermere fue a por Mordaunt porque él nos protegió de Brythe. En realidad no tenía otra opción, ¿verdad?

Aurienne hundió la cara en los brazos. Era hora de aceptar que se había corrompido. Que, bajo todas aquellas capas de disciplina y moral, había una oscuridad en su interior que se estaba desbordando.

La gata caminó con delicadeza sobre las horquillas y los lazos y se subió al regazo de Aurienne. Ella estaba tan alterada que apenas se dio cuenta. Acarició el pelaje de la gata entre las orejas con la yema del dedo.

—No me arrepiento de nada —declaró.

Actos de Brutalidad Injustificada cerró los ojos, complacida.

Aedan el Encantador era un apuesto Ingenaut y examante de Aurienne.

Había aceptado ir a la ópera con él porque había conseguido entradas para ver a Madame Florimont, la Sirena de Sélestat, los Mejores Pulmones de la Historia de la Ópera.

Madame Florimont iba a estar de forma excepcional en Londres para una única actuación antes de hacer una gira por Prusia.

Aurienne le había dicho a Aedan que irían como amigos.

Con un vestido de color azul celeste, llegó a la Ópera de Londres. La multitud estaba radiante; la flor y nata de los T ī endoms había salido esa noche con sus mejores galas, con magníficos vestidos y peinados que rozaban lo arquitectónico, adornados con flores, perlas y encajes.

El aire era cálido. La luz de las farolas se mezclaba con la de la puesta de sol.

La noche prometía. La multitud estaba emocionada: algo grandioso estaba a punto de suceder.

Las parejas, agarradas del brazo, coqueteaban, reían y se miraban con cariño, anticipando una maravillosa soirée entre amoureux .

Aedan, tan alto y guapo como siempre, se encontró con Aurienne en las escaleras, le ofreció el brazo y la acompañó a un palco de la planta principal. En él había otras dos parejas, que los saludaron con la cabeza.

—Qué maravilla de asientos —dijo Aurienne.

—¿A que sí? —respondió Aedan, mientras la ayudaba a quitarse la capa—. Creo que Madame Florimont nos va a despeinar las cejas desde aquí.

Se sentaron mientras la orquesta afinaba. Aedan le contó una anécdota. Ella se rio para cumplir con sus obligaciones sociales. (Aedan era encantador y divertido, pero, aunque no era culpa suya, no era Osric Mordaunt).

Leyeron juntos el programa que, para aquella ocasión especial, habían impreso en seda bordada.

Aedan lo iluminó con una minilinterna. Al ver que Aurienne mostraba cierto interés en ella, se la regaló.

Luego, como buen Ingenaut, le enseñó con entusiasmo los diferentes modos del dispositivo: infrarrojos, ultravioleta y térmico.

La ópera de aquella noche era una pieza francesa titulada La marchande de la mort , una tragedia en la que había amantes, encuentros amorosos prohibidos y varios contratiempos con guillotinas.

—Hablando de ejecuciones —dijo Aedan—. Supongo que te habrás enterado de la fuga de la líder de los Fyren.

—Sí —contestó Aurienne—. En Swanstone se lio una buena. Es increíble que lograra escapar de los Warden.

—Los miembros del Stánrocc estaban indignados.

—¿Te encontrabas allí? —preguntó Aurienne.

—Sí —respondió Aedan—. Esperamos una eternidad, pensando que los Warden se habían retrasado, o que estaban tomando precauciones extra. Hasta que apareció Dinadan y nos dijo que Tristane se había escapado durante el traslado.

— No —dijo Aurienne, fingiendo sorpresa—. Dinadan debía de estar enfadadísima.

—Furiosa. Lanzó el hacha al suelo. La clavó a treinta centímetros de profundidad.

Había algunos Fyren presentes. Uno de ellos llevaba una botella en la capa.

Cuando Dinadan nos dio la noticia, brindaron a la salud de Tristane.

Creí que iba a cargárselos a todos. Debieron de tener algo que ver en ello, porque Tristane no pudo escaparse sin ayuda.

¿Y sabes qué fue lo más curioso de todo?

—¿Qué? —le preguntó Aurienne.

—Que a uno de los Fyren se le bajó el embozo y pude verle un poco la cara —dijo Aedan—. Se parecía mucho al hombre que llevaste a la fiesta de tus padres. ¿Cómo se llamaba? ¿Vergalta? ¿Tiene un hermano o algo así?

—Ni idea —mintió Aurienne—. Hemos perdido el contacto.

—Bueno, pues era igualito a él —dijo Aedan—. ¿Seguro que no estabas tonteando con un Fyren? —le preguntó con una sonrisa burlona, después de darle un codazo.

—Creo que me habría dado cuenta —replicó Aurienne con sarcasmo. Miró fijamente a Aedan hasta que este se sintió incómodo.

—Sí. Supongo que te habrías dado cuenta —contestó él.

La sala se quedó a oscuras. El público se convirtió en un mar de sombras negras, salpicado por el brillo de las flores y las joyas. El director ocupó su lugar. Madame Florimont subió al escenario bajo una lluvia de aplausos.

Aurienne se sumergió en la tragedia que transmitían las cuerdas vocales de Madame Florimont y, antes de que se diera cuenta, llegó el segundo entreacto. Aedan se excusó para ir al baño. Las otras parejas salieron del palco para saludar a sus amigos.

Aurienne, equipada con sus gemelos de ópera, se entretuvo inspeccionando los palcos reales. Desde aquel ángulo podía ver al rey de Mercia, así como a la reina de Wessex y su séquito. El rey de Mercia saludó a la reina de Wessex con efusiva cortesía.

—¿Buscas a alguien en particular? —preguntó una voz.

Ella se giró sin soltar los prismáticos, que enfocaron de repente y con gran nitidez la entrepierna de un hombre que se encontraba justo delante de su retina.

Era él .

No es que fuera capaz de reconocerlo solo por el paquete, ni nada por el estilo.

—Mordaunt.

—Llámame Osric —le pidió él.

—No. ¿Qué haces aquí?

Mordaunt se acercó elegantemente a ella, con su capa de terciopelo negro.

—Disfrutar de la velada.

—No puedes colarte en mi palco así como así —le soltó Aurienne.

Mordaunt se ofendió.

—Yo no me cuelo en los palcos; me presento en ellos con invitación.

—Aedan está aquí.

—Aedan está allí —replicó Mordaunt señalando a Aedan, que estaba charlando con alguien al lado de la orquesta, mucho más abajo.

Aurienne seguía preocupada.

—Es mejor que no te vea. Le pareció reconocerte en el Stánrocc el día que Tristane se escapó.

—Ah, ¿sí? Vaya con el niñato. —Mordaunt se echó hacia atrás la capa—. ¿Qué te está pareciendo el espectáculo? No soy ningún experto, así que tendrás que informarme de si Madame está en plena forma o no…

Aurienne cortó de raíz la conversación, sin ningún tipo de miramiento.

—¿Qué quieres?

—Es un edificio antiguo precioso —dijo Mordaunt, observando el magnífico techo azul y dorado del teatro de la ópera—. Me encantaría comprarlo, pero ya no puedo permitírmelo. Por tu culpa. —Exhaló un profundo suspiro—. Qué duro es ser pobre.

—¿Qué quieres? —repitió Aurienne.

—Unos instantes de tu tiempo.