20. Odia el pecado, ama al pecador
Odia el pecado, ama al pecador
Aurienne
Bajo los nubarrones cargados de lluvia, Aurienne salió del invernadero seguida de Mordaunt.
Descubrieron un parterre de fresas junto al camino que él, sorprendido por la generosidad de su propio jardín, insistió en probar.
Aurienne extendió la bata, él echó las fresas en ella y se las comieron mientras deambulaban por los senderos cubiertos de maleza.
Mordaunt no dejaba de sacar el reloj de bolsillo, tan entusiasmado como un niño. Cíele tenía razón: el regalo lo había sorprendido y conmovido.
Estaban volviendo a casa cuando empezó a llover con fuerza. No era una lluvia suave, sino el típico chaparrón de agosto que, mientras corrían a resguardarse, se convirtió en granizo.
—Por aquí —dijo Mordaunt, tomando de la mano a Aurienne y tirando de ella.
Le hizo atravesar una cortina de hiedra azul verdosa que ocultaba la entrada de una especie de gruta.
Un manantial tintineaba melodiosamente en algún rincón de la penumbra.
Aurienne esperaba encontrarse con un interior de piedra tosca, pero las paredes de la caverna estaban recubiertas de conchas blancas y pedacitos de coral.
Se había puesto el chal de la señora Parson alrededor de la cabeza para protegerse de la lluvia.
Mordaunt se rio al verla. En cuanto a él, llevaba la camisa mojada abierta, por supuesto, y el cabello húmedo le caía con naturalidad en unas ondas deliciosas.
La alegría hacía que estuviera aún más guapo.
—¿Qué es esto? —preguntó Aurienne.
—El ninfeo —respondió Mordaunt—. ¿Te importaría dejarme una esquinita de chal?
—Ella se la ofreció. Mordaunt se remangó, algo que captó demasiado la atención de Aurienne, y se secó con el chal la lluvia de la cara—.
Aunque imagino que se utilizaba más como lugar de encuentro para los amantes que para el culto a las ninfas —añadió.
Aurienne se adentró en la gruta. Las hojas secas crujieron bajo sus pies.
—Supongo que también hace mucho tiempo que los amantes dejaron de utilizarlo.
Apartó unas ramas largas de hiedra y descubrió un sinfín de espirales; entre las conchas marinas había fósiles de amonitas incrustados en la pared.
Ella y Mordaunt contemplaron la tormenta desde la estrecha entrada del ninfeo. La hiedra colgante bailaba con el viento, adelante y atrás, arriba y abajo, al ritmo del aire cálido y frío. Como todos los bailes, aquel también tenía un significado.
El cielo se tiñó de un peligroso color púrpura.
El granizo caía con fuerza, desgarrando el follaje con sus silbidos y cubriendo el estanque de hielo.
Había algo tremendamente romántico en estar allí juntos, contemplando aquella devastación salvaje.
Los aromas de las flores aplastadas y del hielo, del verano y del invierno, se mezclaban en una embriagadora fragancia.
Aurienne se dio cuenta de lo cerca que estaba Mordaunt.
El roce de su hombro contra el de ella le produjo una sensación tierna, pero a la vez ligeramente eléctrica.
El viento levantó la bata de Aurienne. Mordaunt le vio las piernas desnudas y desvió la mirada. No llevaba nada por debajo, una decisión que ahora le parecía mucho más atrevida que cuando acababa de salir del baño.
La trenza se le había deshecho. Su cabello bailaba como la hiedra. Se lo recogió para volver a trenzarlo, pero Mordaunt la agarró de las muñecas.
—No —le dijo—. Déjalo así. Después de tantos siglos, aquí vuelve a haber una ninfa.
Qué poético. Y qué ridículo. Aurienne no pudo evitar sonreír.
Él se quedó sin aliento al verla. Su cabello se agitaba y bailaba alegremente al viento.
Mordaunt le bajó las muñecas. Sus palmas se deslizaron por la piel de ella en una larga caricia antes de estrechar sus manos. Una vez más, Aurienne se sentía en el umbral de algo que estaba por encima del bien y del mal, de lo correcto y lo incorrecto.
La tormenta arreció. Permanecieron allí de pie, agarrados de la mano, como amantes. Solemnes y tiernos. Hermosos y extraños. Él le apartó un mechón de pelo de la cara. Allí estaba de nuevo aquella delicadeza que ella consideraba más atractiva que el poder.
Le acarició un rizo con los dedos.
—Gracias a ti puedo volver a sentir. —Le rozó la mejilla con una de las yemas—. Es un poco adictivo.
Su caricia dejó tras de sí un ligero cosquilleo, también adictivo. Aurienne quería más. Su respiración se volvió rápida y superficial.
Mordaunt la miró con ternura. El alma de aquella rosa blanca estaba en él, de la imperfección que quería mejorar, de la bondad a pesar de todo, del valor para salir del barro. El anhelo suavizaba su expresión.
Aurienne sabía que era anatómicamente imposible, pero, dioses, tenía la sensación de que su corazón estaba a punto de estallar. Tanto tiempo controlándose, reprimiendo sus emociones y compartimentándolas. Había comprimido su corazón hasta que se había endurecido y secado.
O eso era lo que creía. Porque en realidad no estaba seco. Se había convertido en crisálida.
Y acababa de echar a volar con un aleteo sedoso. Las mariposas habían escapado de su cautiverio.
Deseaba besarlo.
Normalmente, el pasado y el futuro le pesaban tanto que el presente no existía; desaparecía entre lo que había quedado atrás y lo que estaba por venir.
Acercó el rostro de él al suyo. Ahora sí que estaba en el presente.
En el momento, sumergida en la felicidad de ese instante.
Aturdida y débil, apenas era consciente de nada más que del ligero roce de los labios de Mordaunt sobre los suyos.
Las mariposas explotaron triunfantes.
La felicidad estaba ahí: solo tenía que cogerla.
Creía que él tomaría la iniciativa con el beso, como hacía con todo en la vida. Pero no fue así. Se limitó a esperar. Lo cual confirmó la teoría de Aurienne de que había en él cierta nobleza latente. Caballerosidad. Mesura. Decencia.
Tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera disfrutando de una agradable tortura.
—Quiero ser irresponsable —dijo Aurienne—. Quiero besarte. —Él abrió los ojos de inmediato—. Te gusta coleccionar cosas poco comunes —añadió.
—Paradójicamente, me encantaría que tus besos no fueran tan poco comunes —dijo Mordaunt—. Ojalá fueran tan generosos y abundantes como las flores de ese laburno.
—¿No te cansarías de ellos?
—Imposible.
Una vez más, Aurienne notó aquella sensación de desastre inminente, como si el destino la estuviera empujando, o como si un rayo estuviera a punto de caer. Se sentía tan mareada que parecía que iba a desmayarse. Su corazón no latía: daba saltos, golpes y sacudidas.
Mordaunt apoyó la frente en la suya. Sus cabellos mojados se enredaron. Él suspiró sobre sus labios.
La lluvia y el granizo azotaban la tierra en forma de constelaciones, trigonometrías, certezas escritas en el agua, verdades escritas en el hielo.
Había algo que los unía: el destino, sus almas o sus corazones. Fuera lo que fuera, ella deseaba fundirse con él, quería que se enredaran el uno en el otro, que se fusionaran como el granizo y la lluvia.
Posó sus labios sobre los de Mordaunt.
Él tenía razón: ninguno de los dos estaba destinado a vivir un amor normal.
Sabía a lluvia y a fresas dulces. Él apoyó el antebrazo en la pared que Aurienne tenía detrás.
Ella le acarició el pelo con las manos y lo atrajo hacia sí.
El beso se volvió más apasionado. Aurienne estaba eufórica; todo su ser había despertado: huesos, nervios, carne y piel.
Se sentía rebosante de felicidad. Ebria de endorfinas.
Lo besó con la misma intensidad con la que él la besaba a ella.
Estaba mareada, temblorosa, viva; no había estado viva hasta ese momento.
Intentó grabarlo todo en su memoria: el aroma de la tormenta, el estruendo y el rugido, y a él, con la camisa empapada y aquel sabor a finales de verano…
Entonces, justo mientras él la acorralaba contra la pared de la gruta, las conchas se le clavaban en la espalda y ella le ponía una pierna alrededor de la cintura, Aurienne sintió un hormigueo en el t ā cn.
Haciendo un esfuerzo, se apartó de Mordaunt y bajó la vista hacia la palma de la mano.
Tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba sucediendo, a través de la bruma de las hormonas.
Un deofol muy impaciente le estaba pidiendo paso.
—Fr ī a, ¿justo ahora ? —susurró Aurienne.
—¿Qué pasa? —le preguntó Mordaunt, que también estaba jadeando.
El deofol volvió a pinchar el t ā cn de Aurienne con tal fuerza que le hizo daño.
—Lo siento —dijo ella—. Es la deofol de Cath. Será mejor que la deje pasar.
—¿Es una broma?
Se separaron. Aurienne se puso bien la bata para tener un aspecto algo más presentable. Mordaunt, con la boca enrojecida y el pelo revuelto, se retiró al interior de la gruta mientras el deofol de Cath, una avispa enorme e impaciente, se materializaba.
—Dioses —dijo Aurienne, sacudiendo la mano dolorida—. ¿No vas a aprender nunca a tener un poco de delicadeza?
—No —dijo la avispa—. Cath tiene un caso urgente. Reimplantación de un brazo amputado. El paciente es un Leyfarer. Tropezó al lado de la hélice de su nave. ¿Puedes venir?
Aurienne no tenía elección. Que un civil perdiera el uso de la seith era una cosa, pero que un Leyfarer perdiera su t ā cn era otra muy distinta.
—Volveré a Swanstone inmediatamente.
—¿Qué haces en una cueva? —le preguntó la avispa, girando su cabeza triangular.
—Estoy… de turismo —respondió Aurienne.
La avispa inclinó las antenas hacia ella y se fijó en la ropa que le habían prestado.
—¿Por qué vas vestida como una anciana reumática?
—Pues…
La avispa zumbó más cerca de la cara de Aurienne.
—Parece que te acaban de dar un buen morreo.
—No seas tonta. Dile a Cath que voy para allá.
—Qué escena tan apasionada —dijo la avispa—. Estoy deseando enterarme de los detalles.
Con un último y desagradable zumbido, se desvaneció en la nada.
Aurienne se apoyó en la pared de la gruta y suspiró. Un suspiro que salió de las profundidades de su ser; no de sus pulmones, sino de su decepción.
Mordaunt regresó.
—Lo siento mucho —se disculpó Aurienne—. Tengo que irme.
—Ya.
—Parece que al final no voy a poder ser irresponsable.
—No pasa nada.
—No debería haber hecho esto —dijo Aurienne, haciendo un gesto con la mano para referirse a todo en general: el coqueteo, los besos, Mordaunt.
—¿Y por qué lo has hecho? —le preguntó él.
—Porque si no me habría sentido fatal.
—¿Y cómo te sientes ahora?
—Fatal de todos modos —respondió Aurienne—. Ese es el problema de fantasear con cosas imposibles.
Dolido, Mordaunt guardó silencio.
La tormenta había pasado. La lluvia caía como una cortina de suspiros.
Salieron del ninfeo como dos desgraciados que no terminaban de encajar y echaron a andar penosamente por el barro. Subieron las escaleras cubiertas de enebros y fueron hacia la casa.
Cruzaron la terraza. El granizo había dejado el laburno completamente desnudo. Los miles y miles de flores del árbol yacían aplastadas y húmedas en el suelo, como mariposas destrozadas.