19. Puedo llevarla por el mal camino #3
Se acercó y le dio un beso en la mejilla, ligero como un pétalo. Luego desvió la mirada, avergonzada. Fairhrim estaba preciosa cuando se ruborizaba.
Osric sintió un nudo en la garganta. Carraspeó.
—Gracias.
En el rubor de Fairhrim descubrió el sutil dolor de la esperanza.
Le habría gustado decir algo más profundo, más solemne que un simple «gracias».
El reloj de bolsillo hacía tictac sobre la palma de su mano; instantes y eones, la cronometría del deseo.
Tic, tac, díselo, no se lo digas. Tic, tac, sí, no.
Aún estás a tiempo. Es demasiado tarde. Debes hacerlo. No puedes.
—¿Qué hay ahí abajo? —le preguntó Fairhrim.
Osric salió de golpe de aquel umbral. Miró hacia donde ella estaba señalando: unas estructuras oxidadas que se encontraban más allá de la terraza.
—Los restos de la zona de recreo de Rosefell. Un jardín de helechos. Un aviario. Varios invernaderos… o lo que queda de ellos, más bien.
—¿Invernaderos? ¿Puedo verlos?
—¿Ahora? Deberías descansar.
—Siempre hago lo que debo —replicó Fairhrim.
—Pues yo siempre hago lo que no debo, y mira cómo he acabado —dijo Osric. Ella le dedicó una de sus vagas sonrisas.
—¿No hay un término medio?
—¿Vamos a ver si lo encontramos?
Osric le ofreció el brazo. Fairhrim lo aceptó. Ella creyó que lo hacía por cortesía. Pero no. Era una excusa para tocarla.
Salieron de Rosefell Hall, bajaron más allá de la terraza y se internaron en un bosquecillo entre el canto de las alondras y las zarzas enredadas. La zona de recreo se encontraba en el valle que había más abajo de la casa, al pie de una amplia escalinata tapizada de enebro.
La mañana estaba bañada en plata por la humedad.
Los páramos brillaban envueltos en ella, salvo por los rastros que los atravesaban allí donde un zorro o una liebre habían pasado durante la noche.
El aire rebosaba vapor de agua. Las hojas estaban cubiertas por una capa de rocío.
Las nubes flotaban entre el sol y la tierra, como un velo denso: estaba a punto de llover.
Como había hecho en las bibliotecas, Osric disfrutó de los descubrimientos de Fairhrim.
Pasaron junto a fuentes rotas de las que brotaba hiedra en vez de agua, por un paseo de dioses griegos esculpidos, un estanque cubierto de nenúfares y un topiario cuyos setos aún conservaban ecos de formas antiguas (un cisne se había convertido en un dragón y un perro se había transformado en un huargo).
Pasearon por grandes parterres diseñados para florecer en las cuatro estaciones, ahora completamente cubiertos de maleza, salvo por alguna que otra flor que brillaba como una joya.
Pasaron junto a balaustradas de mármol, adornadas con líquenes, que no conducían a ninguna parte.
Descubrieron un capricho neogótico que habían construido para que pareciera que estaba en ruinas y que en la actualidad estaba en ruinas de verdad.
El frontón se había desmoronado; el tiempo había convertido lo artificial en real.
Los habitantes del aviario lo habían abandonado hacía tiempo, pero los gorriones que ahora anidaban entre las rejas regañaron a Osric y Fairhrim al pasar.
El jardín de mariposas había desaparecido; de hecho, Osric no se había dado cuenta de que estaban paseando por él hasta que Fairhrim se detuvo ante los restos cubiertos de musgo de un reloj de sol. Quitó el musgo de la superficie.
—Oh —dijo—. Han puesto tallas del ciclo de vida de las Papilionoidea , en lugar de números.
—¿Qué hora es ahora mismo? —le preguntó Osric.
—La del huevo —contestó Fairhrim.
—Muy útil —replicó él.
Deambularon por lo que en otros tiempos habían sido unos senderos de grava blanca, hasta adentrarse en los restos oxidados de los invernaderos. El jardín de helechos era una selva: las plantas no habían echado de menos los cuidados y crecían con energía, felices en su abandono sombrío y húmedo.
Llegaron al invernadero más grande, que en su día había albergado las colecciones botánicas más preciadas de la propiedad. Ahora no había más que zarzas y añicos de terracota. Una higuera trepadora enmarcaba la entrada; los frutos de la temporada anterior se pudrían y chorreaban sobre ella.
Era el final del verano. El otoño estaba a la vuelta de la esquina. Era curioso que el olor de la putrefacción pudiera recordar al de la primavera.
Los pasos de Osric y Fairhrim crujieron sobre la hojarasca y los cristales rotos al entrar en el invernadero.
Una alimaña se había llevado allí la comida y había dejado atrás los restos.
Algunas de las rosas más resistentes seguían aferrándose a la vida a pesar de las décadas de abandono y se esforzaban por endulzar el aire, pero sus capullos, diminutos y marchitos, no llegaban a abrirse.
Fairhrim extendió la mano hacia una de color rosa, un poco deforme.
Al tocarla, cayó al suelo, triste y deslucida.
Los pasillos del invernadero estaban alicatados con baldosas agrietadas blancas y negras en forma de rombo. Fairhrim caminó entre las hileras destrozadas y cubiertas de maleza, tratando de descifrar los nombres de las variedades en las placas de latón.
—Qué lástima —comentó, mientras atravesaba aquella romántica desolación.
—Se recoge lo que se siembra, supongo —dijo Osric.
—¿Nunca te has planteado arreglarlo?
—¿Para qué?
—Creía que te gustaban las cosas bonitas.
—Hay cosas que están demasiado deterioradas como para arreglarlas. La casa. Los jardines. Yo —replicó Osric con dramatismo.
Fairhrim miró hacia atrás, arqueando con ironía una ceja.
—No estoy de acuerdo.
—¿Cuál es tu teoría?
—Que todo el mundo tiene la capacidad intrínseca de hacer el bien, incluso tú.
—¿Lady Windermere te drogó a ti también?
—Salvaste a los niños y a las enfermeras del manicomio. No me pediste dinero a cambio de la información. Y también podrías haber sacado algún beneficio de la carta que acabas de darme. No creas que no lo sé.
«Nada de eso fue por hacer el Bien —le habría gustado decir a Osric—. Fue por ti».
¿O era lo mismo?
—Es que quiero ganarme tu favor para futuras negociaciones —dijo Osric.
Fairhrim deslizó suavemente la mirada por su rostro, como si pudiera interpretarlo como un libro abierto, como si percibiera su tristeza.
—No me mires así —le pidió Osric—. Estoy podrido por dentro. Como todo este lugar. Hasta tengo la puñetera corrupción seith.
—Una enfermedad no es un leitmotiv —replicó Fairhrim.
Osric la siguió a través de las sombras y la decadencia, por aquel sepulcro que era su herencia, molesto por que ella se creyera con autoridad para analizarlo de aquella forma y decirle cómo era.
—No tengo remedio —dijo Osric—. No hay solución. Soy lo peor de lo peor. He hecho demasiado el mal.
—Las rosas se abonan con harina de hueso —comentó Fairhrim, sin venir a cuento.
Y, entonces, aquella mujer imperturbable se detuvo al fondo del invernadero y ahogó una exclamación.
—¡Oh!
La luz solar trazó un camino resplandeciente a través del techo de cristal directamente hasta sus pies.
Allí, como un triunfo desesperado en medio de la podredumbre, había brotado una única rosa blanca. No era perfecta: tenía los pétalos oxidados y rotos, y las hojas marchitas. Pero estaba en flor.
—Es lo que tiene la putrefacción —dijo Fairhrim—. La muerte vuelve a convertirse en vida, inevitablemente. De la podredumbre emerge la belleza.
Se quedaron en silencio. Las motas de polvo brillaban como el oro.
La rosa se alzaba entre los huesos, los cristales rotos y su propio cuerpo mutilado, en busca de la salvación.