La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 19. Puedo llevarla por el mal camino #2
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19. Puedo llevarla por el mal camino #2

Los pétalos caían y él caía con ellos en aquel descenso sin rumbo, revoloteando.

Su felicidad se vio truncada por el dolor. Aquello no era una visión del futuro, sino un fantasma de lo que podría haber sido. Si hubiera tomado mejores decisiones. Si no hubiera llevado una vida tan deshonrada por su t ā cn.

Fairhrim se movió. Osric apartó la mano. No quería que lo viera, o saldría corriendo. (No era suya, pero tampoco quería perderla. Qué bucle tan absurdo; ni siquiera tenía lógica).

Melancólica y soñadora, Fairhrim se despertó.

Osric trató de adoptar alguna expresión. De qué, no lo sabía. Fairhrim ahogó un bostezo.

—¿Por qué estás tan serio? —le preguntó.

—Porque estoy pensando en cosas serias —contestó Osric.

—¿En qué?

—En lady Windermere —respondió él de forma plausible.

Fairhrim se incorporó para sentarse. Inmediatamente, Osric echó de menos su peso sobre el regazo.

—No habría derramado su sangre si ella no hubiera derramado la mía —dijo Fairhrim.

Se retiró el chal del hombro. Tenía el vestido de Haelan desgarrado, justo por debajo del pecho izquierdo.

—¿Te hirió? —dijo Osric con los ojos abiertos de par en par.

—Solo un poco —dijo Fairhrim.

Osric reprimió el impulso de tocar su vestido rasgado y comprobar el estado de la piel que había debajo.

Fairhrim había estado a punto de morir por su culpa y allí la tenía, untando mantequilla en una tostada.

Le entraron ganas de sacudirla, abrazarla, estrujarla y encerrarla en un lugar en el que estuviera a salvo.

—¿Seguro que estás bien?

—Ya me he curado —contestó Fairhrim, cubriéndose de nuevo con el chal—. Me ocupé de ella antes de que pudiera causar mucho más daño.

—¿Que te ocupaste de ella ? —repitió Osric—. Le sacaste el cerebro por los ojos.

Fairhrim puso cara de circunstancias.

—Esperaba que no te acordaras.

—Pues me acuerdo. Y pensar que yo creía que los Haelan erais unos pacifistas inútiles. La mataste simplemente tocándola con la palma de la mano.

—No había tiempo que perder.

—Quiero que sepas una cosa —dijo Osric.

—¿Qué?

—Para mí sí eres lo suficientemente salvaje.

Fairhrim se volvió hacia él.

¿Se habría pasado de la raya? ¿Le habría recordado algo doloroso? ¿Habría metido la pata?

Ella le dedicó una sonrisa que cautivó su alma para siempre.

(Lo bueno de aquello, lo cómodo y práctico, era que Osric podía decirle las verdades más sinceras, descarnadas y vulnerables, y ella se las tomaba a broma, por lo que ambos estaban a salvo).

—¿Cuánto tiempo he dormido? —le preguntó Fairhrim.

—Una hora, más o menos.

—Fr ī a. Tengo que irme. Voy a llegar tarde.

—Quédate —le pidió Osric.

—¿Qué?

—Escaquéate y quédate conmigo.

—Nunca en mi vida he faltado al trabajo —dijo Fairhrim escandalizada—. Además, hoy tengo reuniones importantes.

—¿Qué tipo de reuniones?

—Administrativas —contestó Fairhrim, arrugando ligeramente la nariz.

—Has estado trabajando toda la noche. Has desencadenado tu Coste. Y te ha apuñalado una Fyren. Tómate el día libre.

Fairhrim vaciló.

—Ya tengo la noche libre. Voy a ir a la ópera.

—¿Se va a acabar el mundo porque faltes a una reunión administrativa? —le preguntó Osric.

—Para eso haría falta algo más grave. Pero sería una irresponsabilidad.

—Pues sé irresponsable. Sé irresponsable conmigo.

Fairhrim se lo pensó. Lo valoró. Observó el vestido rasgado y la mancha de sangre. Se pasó la palma de la mano por los dedos dañados.

Levantó el t ā cn y convocó a su deofol.

La jineta blanca se materializó. Entornó los ojos al ver a Osric.

—Hola, querido —dijo Fairhrim.

—Estás herida —dijo la jineta, al ver su vestido.

—No es nada.

—Se suponía que solo ibas a dejar un regalo.

—Las cosas… se complicaron. Tengo algunos mensajes para Swanstone.

—¿Es para informarles de que has logrado convertir el intercambio de regalos en un deporte sangriento? —La deofol se volvió hacia Osric—. Esto es culpa tuya, ¿verdad?

Fairhrim empezó a darle instrucciones antes de que a Osric se le ocurriera admitir su culpabilidad.

—Pídele a Whitman que presida la reunión del Comité Ético de Investigación en mi lugar. Diles a Corinne y a Nym que hoy las dejo a cargo del laboratorio. Y que Quincey cancele el resto de mi agenda: me voy a tomar el día libre para cuidar de una persona.

—¿De quién? —le preguntó la jineta, mirando a Osric recelosa.

—De mí —respondió Fairhrim.

—Ah —dijo el deofol—. Eso me parece bien.

Pegó la frente a la de Fairhrim y desapareció.

Esta entrelazó las manos. Se revolvió inquieta. Y levantó la vista.

—El mundo no se ha acabado —dijo en vista de su transgresión.

—No —repuso Osric.

—Voy a faltar al trabajo —observó Fairhrim. Se tapó la boca con una mano incrédula. Tenía los ojos abiertos de par en par. Claramente, aquello le parecía el colmo de la rebeldía.

Osric estaba encantado de la vida.

La señora Parson recogió los restos del desayuno y le preguntó a Fairhrim si quería darse un baño, lo cual aceptó de buen grado.

Media hora más tarde, Fairhrim se reunió con Osric en su estudio, con una de las batas de la señora Parson puesta y con otro de sus chales por encima.

—La señora Parson me está lavando el vestido —dijo—. También quiere coser el desgarrón. Le he dicho que no se molestara, pero ha insistido.

—Te está muy agradecida —contestó Osric—. Y yo también.

Fairhrim se ciñó el chal alrededor del cuello.

—No quiero que me halaguen por haber matado a alguien.

—Este es el hogar de un Fyren —dijo él—. Aquí se celebran los asesinatos.

—Para.

—Además, ni que fuera el primero. —Fairhrim lo fulminó con la mirada. Tras aquella advertencia, Osric cambió de tema—. La señora Parson me ha preguntado por tu colgante —dijo.

—Ah, ¿sí?

—Quería saber de dónde lo habías sacado.

Fairhrim pasó un dedo por debajo del cordón de cuero desgastado que llevaba alrededor del cuello.

—Es curioso que lo haya preguntado. Es una piedra bruja. Me la regaló Amagris. La llevo como recordatorio.

—¿Como recordatorio de qué?

—De que debo proteger mi corazón.

Fairhrim tocó la piedra. Se estremeció, como si se tratara de un acto reflejo. Así que era un regalo de su antigua amante y lo llevaba como una losa alrededor del cuello.

—La mayoría de la gente esconde sus puntos débiles —dijo Osric.

—Yo prefiero recordarlos. —Cambiando de tema descaradamente, Fairhrim señaló el escritorio de Osric, donde había dos cartas: una al lado de la otra—. ¿En qué estás trabajando?

—En un misterio —respondió Osric—. ¿Recuerdas que cuando fuimos a la Fortaleza Wellesley me llevé algunos souvenirs …?

— Souvenirs … —repitió Fairhrim con ironía.

—Entre ellos, la correspondencia de Wellesley con sus amantes —continuó Osric—.

Las investigué a todas para chantajearlas.

Pero hubo una cuya identidad no conseguí averiguar.

Curiosamente, encontré una carta con una letra idéntica en el abrigo del Agannor, en el manicomio.

En ella está la orden de sedar a los niños.

Osric puso delante de Fairhrim unas cartas escritas con una caligrafía fluida. Una estaba perfumada y llena de flores, y la otra arrugada y sucia por las pelusas del bolsillo del Agannor. Ninguna de las dos estaba firmada.

Al principio, Fairhrim las analizó con el ceño fruncido. Luego su mirada se endureció. Le cambió la cara. Estiró el cuello. Y una rabia sorda se apoderó de ella.

—Conozco esa letra.

Osric no sabía si estaba hablando con una mujer o con una tormenta inminente.

—¿De quién es? —preguntó.

Fairhrim levantó la vista, con una mirada fría como el hielo.

—De la reina de Kent.

—¿ Qué ?

Fairhrim quitó una pelusa de la carta del Agannor, como un gato arrancaría las plumas de un pájaro. Tenía la mandíbula apretada.

—Por el amor de Hel, ¿cómo es que conoces la letra de la reina de Kent? —le preguntó Osric.

—A veces recibimos cartas de los T ī endoms para pedir ayuda a los Haelan. ¿Puedo llevármelas?

A Osric jamás se le habría ocurrido negarse. Fairhrim le estaba poniendo los pelos de punta. Además, acababa de salvarle la vida… una vez más.

—Son tuyas —dijo.

Metió ambas cartas en un sobre grueso y se las entregó.

Fairhrim se relajó bastante después de aquello, e incluso se dignó a sentarse en una de las sillas que había delante del escritorio de Osric.

—Si Wellesley era amante de la reina de Kent, tiene sentido que la ayudara a almacenar la viruela. Y si encima contamos con la carta que le envió al Agannor… Bueno, no creo que pueda existir una prueba más sólida. Eres genial.

— Soy genial —replicó Osric sencillamente.

Fairhrim sacó algo del bolsillo de la bata.

—Sin más preámbulos —dijo, mientras dejaba un objeto (una bolsita blanca brillante) sobre el escritorio de Osric—. Nunca encuentro el momento adecuado para dártelo, pero quiero que lo tengas.

—¿Es para mí? —preguntó Osric sorprendido.

—Es lo que venía a dejarte ayer, antes de que las cosas se torcieran tanto.

—Nadie me regala nunca nada —dijo él, mientras desataba la bolsa y abría la cajita de terciopelo que había dentro.

—Es que es difícil comprarte algo. Tienes de todo.

Pero… —Un elegante reloj de bolsillo con forma de corazón brilló en las manos de Osric—.

Pero una vez me dijiste que no tenías corazón, así que quería regalarte uno.

Se lo encargué al maître horloger favorito de mi madre.

Pensé que te gustaría que fuera de oro. Espero haber acertado.

Lo he personalizado un poco. Se adelanta un cuarto de hora, para que nunca llegues tarde.

Y tiene un calendario lunar integrado. —Con delicadeza y desconcierto, Osric sostuvo el objeto, como si, en lugar de un reloj de bolsillo que hacía tictac, ella le hubiera entregado su corazón palpitante.

No recordaba cuándo había sido la última vez que le habían hecho un regalo—.

Sé que para ti solo es una baratija —añadió Fairhrim—.

Y que puedes comprarte lo que quieras. Pero considéralo un agradecimiento por lo del manicomio, por lo de estas cartas y por tantas otras cosas…