La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 19. Puedo llevarla por el mal camino
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19. Puedo llevarla por el mal camino

Puedo llevarla por el mal camino

Osric

Osric gimió mientras recuperaba la conciencia. Sabía que algo grave estaba ocurriendo, pero no conseguía recordar qué. Unas voces que hablaban de sedantes le dieron algunas pistas.

Tenía un dolor de cabeza terrible. Una seith fresca y cristalina lo invadió y le alivió la migraña. Volvió a quedarse dormido. Tuvo unos sueños perturbadores, en los que aparecían imágenes inquietantes de cerebros desparramándose y una vaca.

Cuando se despertó, estaba solo. Aún tenía en la boca el sabor repugnante de las náuseas. Estuvo a punto de volver a vomitar.

No, no estaba solo. La deofol de la señora Parson, una robusta tejona, estaba flotando sobre él. Se llamaba Wilhelmina y era todavía más sensata que su ama.

Se acercó levitando a Osric y lo miró con ojos miopes.

—Por fin se ha despertado.

—¿Dónde estoy? ¿Qué hora es?

—En sus aposentos —respondió Wilhelmina—. Son las cinco y cuarto de la mañana. No suele estar despierto a estas horas. No es de extrañar que se sienta desorientado.

Osric abrió un poco más los ojos. Efectivamente, estaba en su habitación. Había una silla vacía junto a la cama.

—Si va a volver a vomitar, por favor, hágalo en el cubo —dijo Wilhelmina—. No tenemos muchas sábanas de repuesto.

La deofol desapareció para ir en busca de la señora Parson, que entró con una tetera.

—Me alegra verlo consciente.

—Pues a mí no me alegra estarlo —replicó Osric—. ¿Qué me ha pasado? ¿Será que me estoy haciendo viejo, señora Parson? Solo me tomé tres copas. Nunca me había emborrachado tanto.

—Windermere lo drogó —contestó la señora Parson—. Y la Haelan Fairhrim lo salvó.

A Osric le vinieron a la mente algunos momentos de la noche anterior en forma de imágenes borrosas.

La enorme impresión que le había causado ver a Fairhrim en la misma habitación que Tristane.

La rabia que se había apoderado de él, fruto del miedo a que algo le sucediera.

La metedura de pata de Leofric. La discusión en voz baja en el armario.

Los sesos de lady Windermere saliéndosele por los ojos.

—¿Anoche Fairhrim mató a lady Windermere? —le preguntó Osric.

—Sí, señor.

—Creía que había sido un delirio febril.

—La Haelan Fairhrim es una mujer muy competente —dijo la señora Parson—.

Le salvó la vida. —La señora Parson le puso una taza de té en las manos—.

Lo trajimos arriba. La Haelan Fairhrim cuidó de usted mientras yo administraba al resto de los invitados un amnésico suave.

Nos pareció que sería mejor que tuvieran un recuerdo un poco borroso de la noche, cuando se dieran cuenta de la desaparición de lady Windermere.

—Buena idea.

La señora Parson continuaba igual de seria.

—Tiene suerte de que la Haelan Fairhrim estuviera con usted cuando lady Windermere lo atacó.

—Soy consciente de ello.

—Me he tomado la libertad de quemar el cadáver.

—Es usted una auténtica «llama» de llaves —replicó Osric, asintiendo con la cabeza.

—No tiene gracia. Ha estado a punto de morir.

—¿Dónde está Fairhrim?

—Desayunando en la terraza —contestó la señora Parson—. Ha estado a su lado toda la noche.

—¿No ha dormido nada?

—No.

—¿Y usted?

—Tampoco.

—Vale. Le diré que se vaya a descansar. Y usted también debería hacerlo.

La señora Parson se dispuso a marcharse, pero vaciló y se giró de nuevo.

—¿Sabe algo de la piedra que Haelan Fairhrim lleva colgada del cuello?

—¿De ese pedrusco? Nada.

—Ya —dijo la señora Parson—. Una mujer muy competente —repitió, mientras se retiraba.

Después de asearse y vestirse, Osric salió a la terraza, donde lo esperaba una mañana brumosa. El aire, fresco y húmedo, olía a enebro y a trébol. El hedor del humo de hacía unas horas, último vestigio terrenal de lady Windermere, se mezclaba con aquel aroma.

El musgo de los adoquines amortiguó los pasos de Osric.

Como la mayoría de Rosefell, todo lo que había en la terraza rezumaba una suave decadencia, salvo por un árbol que estaba en plena floración.

Sus enormes ramas arqueadas estaban cubiertas de racimos plumosos de color blanco que perfumaban el aire con su olor a miel.

Pese a lo temprano de la hora, el árbol ya era un hervidero de insectos.

Las ramas se curvaban sobre una mesa de hierro forjado.

Fairhrim estaba allí sentada, en un banco de piedra.

Llevaba puesto uno de los chales de la señora Parson sobre el vestido blanco de Haelan.

La señora Parson había sacado la porcelana fina en su honor, y el té, servido en una delicada taza rosa, humeaba bajo el aire matutino.

El señor Parson, el jardinero, estaba de pie al lado de Fairhrim. Se hallaban inmersos en una conversación sobre el árbol en flor.

— Laburnum sperantia —dijo el señor Parson—. Tiene más de cien años.

—Me había parecido reconocerlo —dijo Fairhrim—. Es muy poco habitual verlos en estas latitudes, ¿no?

El señor Parson acarició con una mano el tronco del árbol.

—Sí. Una de las grandes damas de Rosefell Hall lo plantó hace mucho tiempo. Era muy pequeño cuando lo trajo de Suomi.

—Pues está precioso.

—Me alegra que haya alguien aquí para poder admirarlo hoy —dijo el señor Parson.

Fairhrim observó el árbol con un aire soñador muy poco habitual en ella. Luego miró a Osric con la misma dulzura.

La señora Parson llegó con una bandeja para él y le pidió que se lo comiera todo, antes de volver a las cocinas.

El señor Parson le ofreció el codo. Echaron a andar agarrados del brazo, mientras comentaban en voz baja que ojalá algún día hubiera otra gran dama en Rosefell Hall.

El señor Parson le quitó una hoja caída del pelo a la señora Parson.

—Qué bonito —dijo Fairhrim, observándolos mientras se alejaban.

—¿El qué? —preguntó Osric.

—Lo que tienen. Un amor normal.

—No creo que ninguno de nosotros dos esté destinado a vivir un amor normal. —Fairhrim no respondió a aquel comentario, pero tampoco lo contradijo. Los perros formaban una especie de alfombra voluminosa y atenta a sus pies. Ella les tiró unos trozos de corteza a las fauces abiertas.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

—Con una resaca monumental —contestó él.

—Lady Windermere te dio algo muy fuerte.

—No has dormido nada.

—Obviamente.

—Pues deberías.

—En cuanto acabe el té. —Fairhrim se echó hacia un lado para hacerle sitio en el banco—. Siéntate. Así los perros tendrán una nueva víctima.

—No pueden tener hambre. Te están engañando —dijo Osric, mientras rompía igualmente un trozo de tostada y lo repartía entre las ocho bocas que había debajo de la mesa—.

Tengo que darte las gracias. Si ayer por la noche no se te hubiera ocurrido venir aquí, estaría muerto.

Es un poco tarde para las presentaciones, pero lady Windermere era la amante de Brythe.

Llevaba meses buscando a su asesino. Y anoche encontró pruebas bastante convincentes de que yo estaba involucrado.

Había guardado esa navaja blaec en mi mejor caja fuerte.

Pero lady Windermere estaba muy motivada.

Supongo que ahora las cuentas cuadran: yo lo maté a él por ti y tú la mataste a ella por mí…

Esperaba alguna objeción a aquel uso de las matemáticas, pero Fairhrim no puso ninguna. Se había quedado dormida sobre la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados.

Osric se comió la tostada. ¿Siempre hacía tanto ruido al masticar?

Los perros, que consideraban que las cortezas no eran suficiente desayuno, entraron en casa para acosar a la señora Parson.

Él se sirvió una taza de té. Preocupado por si despertaba a Fairhrim con el tintineo de la cucharilla al remover la leche y el azúcar, se lo tomó solo: un gran sacrificio por su parte.

Fairhrim estaba sana y salva a su lado. Eso era lo principal.

Tenía los nudillos y las uñas un poco maltrechos; había desencadenado su Coste al estar cuidándolo toda la noche. Justo lo que le faltaba a Osric. Más sogas alrededor del cuello en forma de deudas.

Ella tenía los dedos ligeramente curvados sobre su t ā cn.

Qué poder tan engañoso encerraba. Osric entendía ahora por qué ni Xanthe ni Fairhrim se habían preocupado lo más mínimo cuando él había irrumpido por primera vez en su despacho, hacía tantas lunas.

La noche anterior, no había usado ningún arma.

Solo el tacto. Como con los reclutas del manicomio.

Fairhrim y su t ā cn adquirían tal brillo que era imposible mirarlos; como un rayo, o la lanza de una valkiria.

Aurienne se resbaló de la mesa y cayó sobre el regazo de Osric.

Él se quedó inmóvil. Era como si un animalillo extraordinariamente inusual y asustadizo acabara de posarse sobre él. La sensación le llegó al corazón y allí se quedó.

Evitó moverse. Ya le había sucedido algo similar una vez, en el faro, y le había causado la misma emoción. Cuánto tiempo había pasado desde aquello.

Ella y él formaban un romántico cuadro viviente sobre el banco cubierto de musgo, enmarcados por guirnaldas blancas.

La luz cambió, y se volvió translúcida y delicada.

El viento soplaba susurrante. El vapor de las tazas de té bailaba al ritmo de él y hacía visible la brisa por unos instantes.

Las flores caían con suavidad. Pura belleza veraniega. Puro silencio, lento y pausado.

Pero en el regazo de Osric yacía una mujer más bella que el verano.

El atisbo de un futuro plausible. De uno tranquilo, bañado por la paz.

Un pétalo aterrizó sobre la mejilla de Fairhrim y se le quedó pegado como un beso. Ella, la reina de hielo; ella, la forjada en hierro, estaba tumbada en su regazo, tan suave y cálida como un gato doméstico.

Osric se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Pasaron así un par de horas. Las abejas trabajaban en el árbol con un zumbido onírico; las armónicas notas bajas del verano.

A Fairhrim se le había deshecho la trenza y su cabello caía como una cascada sobre las rodillas de Osric.

Él le acarició un mechón con los dedos. Lo hizo con lentitud, con amor, con desesperanza. Contempló su cuello sin besar.