18. Puedo llevarlo por el buen camino y otras mentiras que se decía a sí misma #2
—Podéis poneros en contacto conmigo a través de Sacramore.
Yo nunca he estado aquí. —Abandonó la sala mientras se despedían de ella con unas reverencias un poco más torpes que las que le habían hecho al entrar.
Al salir, Tristane estrechó las manos de Aurienne entre las suyas—.
Que Hel ensombrezca tu sendero —le dijo.
—Que la luz de Fr ī a ilumine el tuyo —replicó Aurienne, respondiendo a una impertinencia con otra.
Tristane castigó su descaro apretándole con fuerza las manos.
—Preferiría que evitaras que Fr ī a se fije en mí —dijo.
—Va-vale —contestó Aurienne.
Tristane se marchó. Aurienne se frotó las manos doloridas.
Alguien la agarró con hostilidad por el codo. Mordaunt la sacó a rastras del salón y la metió en un armario en el que había una cabeza de vaca disecada, un astrolabio y una colección de instrumentos de tortura medievales.
En aquel escenario tan romántico, iniciaron una discusión en voz baja.
—¿Has perdido la cabeza? —fue la cortés pregunta inicial de Mordaunt.
—Mejor perderla que no tenerla —replicó Aurienne—. ¿Por qué me has mentido sobre tu paradero?
—¿Por qué has tenido que venir esta noche, precisamente?
—¿Por qué has tenido que invitar a esa panda de delincuentes esta noche, precisamente?
Mordaunt se pasó una mano por la cara.
—Solo tú serías capaz de infiltrarte de esta forma en una calamidad que no va contigo.
—Llevo intentando salir por esa puerta desde que he llegado.
—Ah, ¿sí? Pues he visto continentes desplazarse más rápido.
—Tus compañeros no dejaban de interceptarme. Si me hubieras dicho que estabas celebrando la fuga de Tristane, no habría venido.
—¿En serio? ¿Cómo te lo iba a decir? La última vez que te hablé de ella acabé encerrado en un armario.
—Bueno, has acabado en uno igualmente.
—Podrías haberme dicho que ibas a ayudar a Tristane a escapar. ¿Estás loca? Eres una… temeraria. —El alcohol comenzaba a hacer mella en Mordaunt; estaba empezando a arrastrar las palabras—. No tienes ni idea de lo que es capaz de hacer. Solo pensar que has estado en una celda a solas con ella…
—Fuiste tú quien me dijo que solo Tristane podía decirme lo que quería saber —le soltó Aurienne.
—No esperaba que hicieras la gilipollez de tener un vis a vis con ella. No merecía la pena que arriesgaras tu vida por lo que querías saber —dijo Mordaunt—. ¿Qué te contó? —le preguntó, intentando con dificultad enfocar la cara de Aurienne.
—Que el problema es mucho mayor de lo que creíamos. Hay tres T ī endoms involucrados: Dumnonia, Kent y Mercia.
—Por los huevos de Woden.
—Pero no encontramos nada en el manicomio que los relacionara con la viruela.
Mordaunt se pasó los dedos por el pelo, con una inusual indiferencia por cómo le quedaría el peinado.
—Eso no tiene sentido. Wellesley trabajaba para Wessex. Tenía la viruela en el sótano. —A medida que iban hablando, parecía cada vez más borracho—. Y…, y deja de coquetear con Lirain —añadió enfurruñado entre las sombras, con desinterés.
—Yo no he coqueteado con ella.
—Sí lo has hecho. Te he visto. Se acostará contigo y, si no estás a la altura, te matará.
—¿Por qué no iba a estar a la altura? —le preguntó Aurienne ofendida.
Mordaunt se fijó en la vaca.
—¿Quién es esa?
—¿Cuántas copas te has tomado? —le preguntó Aurienne.
—Tres, así que ahórrate el sermón. ¿A qué has venido?
—A darte las gracias por contarme lo del manicomio. Te he traído un regalo y todo.
—El mejor regalo que podrías hacerme sería dejar de ponerte en peligro. Vete a casa y no vuelvas a Rosefell sin una… invitación explícita.
Algo le pasaba a Mordaunt. El balbuceo. La agitación. La confusión. No eran solo por la borrachera.
¿Algún agente incapacitante?
Mordaunt le dijo a la vaca que era guapísima.
Aurienne abrió de una patada el armario y lo arrastró a una habitación cercana, que tenía pinta de ser su estudio.
—La viedra —dijo Mordaunt—. Vete a casa.
—De eso nada —repuso Aurienne—. ¿Dónde está la señora Parson? Te está pasando algo raro. Invoca a tu deofol.
Mordaunt levantó la mano e invocó a su deofol con dificultad. A continuación, vomitó copiosamente sobre la alfombra.
—¿Qué le pasa? —preguntó la loba, mientras Mordaunt redecoraba la estancia.
—Creo que está drogado —dijo Aurienne—. Ve a buscar a la señora Parson, rápido.
La loba, con una mirada de preocupación en los ojos dorados, desapareció.
Al fondo del estudio había un carrito plateado con varias botellas brillantes de cristal. Aurienne fue hacia él para ver si había algo que pudiera servirle a Mordaunt.
El aire se enfrió de repente, como cuando una nube pasa por delante del sol. Aurienne levantó la vista. Ella y Mordaunt ya no estaban solos. Lady Windermere se encontraba en la puerta del estudio.
—Lady Windermere. Qué…, qué gran honor —dijo Mordaunt, con el tono embaucador que solía usar cuando intentaba ganar tiempo. Pero no le sirvió de mucho; se había desplomado sobre el escritorio y apenas era capaz de mover la mandíbula.
En la mano de lady Windermere brillaba una navaja blaec.
—Esta es la navaja blaec de Brythe —dijo lady Windermere—. ¿De dónde la has sacado?
Mordaunt intentó enfocar la vista.
—¿Ha estado hurgando en mis colecciones personales? Es un poco grosero, la verdad.
Lady Windermere desenrolló el látigo con indiferencia.
—Hace tiempo que sospecho que tú eres el responsable de la muerte de Brythe.
Me gustaría saber por qué lo hiciste. —Desplegó el látigo para enganchar a Mordaunt por las muñecas.
Con un tirón, lady Windermere lo puso de rodillas ante ella—.
Empezaré arrancándote los ojos. —Aurienne ahogó un grito, lo que hizo que lady Windermere reparara en su presencia—.
La Haelan. —Sin soltar la navaja blaec de Brythe, lady Windermere avanzó lentamente hacia ella.
Su t ā cn emitió un resplandor rojizo—. Por desgracia para ti, no quiero testigos.
Por desgracia para lady Windermere, Aurienne había visto a Mordaunt en acción demasiadas veces como para no saber lo que iba a ocurrir. Había una sombra justo detrás de ella.
Los Fyren eran demasiado predecibles.
Aurienne se giró con el t ā cn iluminado y lo apretó contra la mejilla de lady Windermere, justo cuando la Fyren se materializó en esa sombra.
Solo pretendía incapacitarla, no matarla… hasta que sintió el pinchazo de la navaja blaec entre las costillas.
Su seith voló hacia los canales seith craneales de lady Windermere y los reventó.
La señora Parson irrumpió en la habitación con la deofol de Mordaunt. Llegaron justo a tiempo para ver cómo el cerebro de lady Windermere tomaba el camino que ofrecía menos resistencia y se le salía por los conductos lagrimales.