La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 18. Puedo llevarlo por el buen camino y otras mentiras que se decía a sí misma
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18. Puedo llevarlo por el buen camino y otras mentiras que se decía a sí misma

Puedo llevarlo por el buen camino

y otras mentiras que se decía a sí misma

Aurienne

Gracias a Mordaunt, cientos de niños condenados a formar parte de los Dreor habían podido refugiarse en Swanstone para recibir los cuidados necesarios.

Aurienne había estado considerando hacerle un regalo desde la noche que él le había advertido que Tristane iba a atacar a la Orden Haelan.

Incluso había llegado a comprarle algo, pero entonces ella y Mordaunt habían tenido aquella discusión tan fuerte y el regalo se había quedado sin abrir en su habitación, dentro de una bolsa de satén blanco.

Pero, tras aquel nuevo acto de heroísmo, Aurienne decidió que había llegado el momento de dárselo.

Estaban a principios de agosto y era la primera tarde libre de Aurienne desde lo del manicomio y la crisis subsiguiente. Envió a Cíele a ver a Mordaunt para que le preguntara si podía reunirse con él.

Pero Cíele no tuvo éxito.

—Mordaunt me ha echado —le comunicó—. Dice que esta noche va a salir a cometer asesinatos.

Aurienne suspiró. Asesinatos. Cómo no.

—Después de lo que hizo en el manicomio, pensé que estaba intentando reconducir su vida.

—¿Te parece capaz de hacerlo?

—Veo algunos rayos de esperanza.

—Es un Fyren.

—Un Fyren que ha hecho cosas buenas. —Aurienne acarició con los dedos la bolsa de satén que contenía el regalo de Mordaunt—.

Iré a Rosefell Hall en cualquier caso. Le dejaré el regalo a la señora Parson.

Puede que hasta sea mejor: me ahorraré la vergüenza.

De todos modos, Mordaunt no le dará mucha importancia, con la cantidad de cosas que tiene. Solo es un detalle.

—A lo mejor significa más para él de lo que piensas —dijo Cíele—. No creo que reciba muchos regalos.

Aurienne reflexionó sobre el comentario mientras salía de sus aposentos. Mordaunt tenía de todo, pero solo porque se hacía con ello.

Rosefell Hall estaba completamente a oscuras cuando Aurienne llegó, salvo por el resplandor parpadeante del fuego que se intuía a través de las cortinas de la parte trasera de la casa. Llamó a la puerta de las cocinas, pero nadie contestó.

Estaba entreabierta, así que la empujó.

—¿Señora Parson? ¿Mordaunt? —exclamó.

Al entrar, fue asaltada inmediatamente por una jauría de perros que meneaban el rabo y que, a juzgar por los restos que se limpiaron en su ropa, estaban acabando de cenar.

Oyó los acordes lejanos de un gramófono que provenían del único salón en uso de la casa. Aurienne, lastrada por el peso de Rigor Mortis a un lado y el contrapeso de Alta Traición al otro, fue hacia las puertas dobles del salón. Estaban cerradas, pero la luz se filtraba por debajo.

Aurienne llamó a la puerta.

—¿Señora Parson? ¿Mordaunt? —gritó. Pero el crescendo de la música y el sonido de unas voces ahogaron sus gritos. Volvió a llamar en cuanto acabó la canción del gramófono.

—Ah —oyó decir a Mordaunt—. Debe de ser nuestra invitada de honor. —Las puertas dobles se abrieron majestuosamente. Mordaunt apareció ante Aurienne con un elegante frac negro y una sonrisa cautivadora, que se le congeló inquietantemente en la cara al verla.

La señora Parson, que sostenía una bandeja, se giró a su vez. Su sonrisa también se congeló. Entre las familiares lámparas doradas con flecos del salón, se encontraban sentados unos cuantos desconocidos. Unos desconocidos muy bien vestidos que observaban a Aurienne con bastante curiosidad.

Los ojos de esta se posaron en sus manos: unas manos que sostenían la boquilla de un cigarrillo, que cogían un vaso, que se arreglaban un mechón de pelo.

Todos tenían un cráneo de cerbero en la palma de la mano izquierda.

Acababa de colarse en una velada de los Fyren.

Varias personas levantaron las cejas. Aurienne dedujo, lógicamente, que ella no era la invitada de honor que estaban esperando. Cerró la mano derecha para ocultar su t ā cn.

—Ah… Hola —le dijo a Mordaunt—. Solo venía a traerte una cosa. Te la dejo en las cocinas, ¿vale?

—Hola —balbuceó Mordaunt—. No te esperaba. Sí…, vale. En las cocinas.

—Bueno… Pues… me voy, ¿vale?

Aurienne retrocedió y se chocó con alguien.

—Tú —dijo ese alguien. Unos dedos fuertes le agarraron la barbilla—. Tú .

Aquella voz. Aquellos ojos de gorgona.

Era Tristane.

Esta le sujetó el rostro con fuerza. Aurienne no tenía muy claro si estaba a punto de estrangularla o de comérsela. Concentró la seith en su t ā cn y buscó con la mirada el trozo de piel desnuda más cercano de Tristane.

Entonces, esta le dio dos besos en las mejillas.

Aurienne, atónita, fue arrastrada al salón por la comandante de la Orden Fyren.

Tristane estaba espectacular, con un vestido negro con la espalda descubierta.

Entró entre vítores y brindis: ella era la tan esperada invitada de honor.

Los Fyren presentes en la sala la recibieron con felicitaciones y respetuosas reverencias.

Pero Tristane seguía agarrando a Aurienne por la muñeca con sus dedos afilados.

Mordaunt no había estado nunca tan desconcertado.

—Sí, c’est vrai , por fin soy libre. —Tristane hizo girar a Aurienne sobre sí misma—.

Y esta criatura es la que hizo posible mi fuga.

—Se oyó un coro de exclamaciones de admiración; algo de lo más oportuno, ya que ocultó el hecho de que Mordaunt acababa de atragantarse con la copa—.

Bravo, Osric, te has superado a ti mismo al traerla aquí esta noche —dijo Tristane.

Mordaunt se llevó el dorso de la mano a la boca y dijo:

—Qué…, qué menos. Lo que sea para complacerte, Tristane.

Tristane se volvió hacia Aurienne.

—¿Y tú has aceptado la invitación? Me siento honrada por tu presencia.

Rodeó a Aurienne por los hombros, como un verdugo amistoso. Esta nunca se había sentido tan impactada. Gracias a Fr ī a, la capa ocultaba su atuendo blanco de Haelan.

A Mordaunt no le iba mucho mejor. Estaba apoyado con elegancia en la chimenea, pero un rictus tenso traicionaba su actitud despreocupada.

Una seith contenida hacía brillar su t ā cn.

Miraba una y otra vez a Aurienne y a sus compañeros, como si temiera que se abalanzaran sobre ella entre canapé y canapé.

Alternaba aquella actividad con unas miradas furiosas dirigidas a Aurienne que le dejaron claro que, si Tristane no la mataba, él mismo lo haría.

Esta le devolvió las miradas, enardecida por una rabia más que justificada. Si él no le hubiera mentido a Cíele acerca de su paradero esa noche, ella no se habría metido en aquella guarida de lobos.

La señora Parson hacía todo lo posible por disimular su preocupación, pero estaba tan distraída que derramó el whisky sobre un plato de tartaletas de champiñones.

De repente apareció un invitado de última hora. Era Leofric. Aurienne oyó claramente a Mordaunt decir:

—Hel.

Leofric entró bailando en la sala con un frac escarlata y le hizo una profunda reverencia a Tristane.

—Bienvenida, jefa —dijo—. Hemos echado de menos tu mano de hierro sobre nuestras pollas, tanto en el sentido figurado como en el literal. ¿Me he perdido la historia de cómo conseguiste escapar de…?

Leofric dejó la frase en el aire: acababa de ver a Aurienne. Se quedó paralizado, mirándola boquiabierto.

—Haelan Tetazas —exclamó.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. ¿Acababa de decir «haelan»?

—Por favor, Leofric —dijo Tristane. Lo agarró por la cara y le clavó las uñas en las mejillas. Leofric emitió un sonido similar al de una gaita desafinada—. La próxima vez sé un poco más discreto —añadió.

—Vale, Tristane —respondió Leofric.

Tristane lo soltó y observó con mirada autoritaria a los Fyren que estaban allí reunidos.

—Que no salga de aquí. Esos cruces de frontières entre órdenes están prohibidos.

La haelan me hizo un gran favor. Gracias a ella, el hacha de Dinadan tendrá que esperar a otro día para catar mi sangre.

—Se volvió hacia Aurienne—. Los aquí presentes no dirán nada.

Son la columna vertebral de la Orden Fyren.

Permíteme presentarte a cada una de sus vértebras.

Le presentó a todos los Fyren que había en la sala. Estos se la fueron pasando de unos a otros con curiosidad, mientras la involucraban en debates sobre cuál era el mejor punto para apuñalar a alguien y causarle la peor hemorragia posible.

Se quedó con pocos nombres. A Sacramore lo había visto en el Stánrocc y le había caído bien, a pesar de ser un Fyren.

Este le susurró al oído que, personalmente, él estaba en contra del encargo de Swanstone y que esperaba que no le guardara rencor.

Lady Windermere era reservada y huidiza.

Lirain era una peligrosa belleza pelirroja y, si no hubiera sido una Fyren, Aurienne habría estado interesada en conocerla mejor.

Pero se limitaron a intercambiar una mirada y Lirain esbozó una leve sonrisa.

Mordaunt estaba a unos cuantos metros de distancia, echando humo por las orejas.

—¿Cuál es el plan, Tristane? —preguntó Beaufort, el fornido herrero Fyren.

—Ocultarme durante un tiempo —respondió ella—. Vosotros debéis fingir que ignoráis mi paradero. Sacramore seguirá desempeñando públicamente el cargo de nuevo comandante.

Mordaunt no dejaba de fulminar a Aurienne con la mirada. Esta, que no quería abusar de su inexistente hospitalidad, intentó abandonar la fiesta. Pero Tristane, Leofric y Lirain se lo impedían una y otra vez.

La elegante lady Windermere se acercó a Mordaunt, le puso una copa en la mano y lo agarró del brazo con confianza.

A Aurienne no le gustaba lady Windermere.

Los Fyren se pillaron una buena cogorza. Beaufort y Leofric empezaron a cantar. Pero lo único que su interpretación transmitía era una evidente falta de talento musical.

Pasado un buen rato, Tristane intercambió unas palabras en voz baja con Sacramore y se despidió del resto de los Fyren.