17. Llegan las consecuencias #2
—Wessex es el más poderoso de los T ī endoms —respondió—.
Ninguno de los tres podría ganar una guerra contra él.
Pero si se aliaran entre ellos… —Dinadan dibujó tres flechas que apuntaban hacia el interior desde Kent, Mercia y Dumnonia—.
Wessex quedaría atrapado en la mayor táctica envolvente de la historia. Y con un ejército Dreor de su lado…
—Estarían condenados —dijo Shearwater.
Dinadan tachó impetuosamente Wessex con una equis.
—Exacto.
—Son unas acusaciones muy peligrosas —observó Birtwhistle, nerviosa.
—Nadie está haciendo ninguna acusación —rebatió Xanthe—.
Simplemente analizamos la información disponible.
Aun así, recomiendo discreción. No podemos posicionarnos públicamente, ni revelar que la viruela se propagó de forma deliberada.
Los responsables no deben saber que hemos empezado a atar cabos.
Dinadan parecía furiosa.
—Espero por su bien que las piezas no encajen. El cuartel general de mi orden está en Dumnonia. Como la reina haya participado en una conspiración tripartita para crear un ejército Dreor con niños, vamos a tener unas palabras.
El dedo que puso sobre el mango del hacha reveló que las palabras iban a ir acompañadas de otras cosas.
Vel, la hérgula, habló por primera vez. Dirigió su pregunta a Aurienne.
—¿Tenemos alguna prueba de la implicación de la reina de Kent?
—Nada concreto —respondió esta.
—Si encontráis algo, hacédmelo saber —dijo Vel—. La viruela se llevó por delante a muchas jóvenes de nuestra orden. A mí también me gustaría… tener unas palabras con ella.
A Aurienne se le erizó el vello de la nuca.
—De acuerdo.
—Si todo esto resulta ser cierto, me gustaría que la Orden Haelan reaccionara con contundencia —dijo Abercorn, mientras Prendergast asentía—. Pero no podemos retirar a los Haelan de esos tres T ī endoms. Los civiles sufrirían demasiado.
—Estoy de acuerdo —repuso Xanthe—. Como mucho, podríamos negarnos a ayudar a las casas reales.
—Los Leyfarer nos enfrentaríamos a un problema similar —apuntó Shearwater—. Si bloqueáramos las líneas ley, sería el pueblo el que sufriría, no la realeza. Eso sí, si declaran la guerra, cerraremos las viedras que se encuentren dentro de sus fronteras.
—El programa de inmunización está teniendo un gran éxito —dijo Élodie—. Y, ahora que hemos encontrado las incubadoras, hemos conseguido frustrar sus planes.
—¿Dónde están ahora los niños enfermos? —preguntó Dinadan.
—En Swanstone y en la Casa Cygnet —respondió Élodie—. Es uno de los edificios exteriores de Swanstone. No teníamos camas suficientes dentro de las murallas.
—Trasladadlos a todos al interior de la fortaleza —dijo Dinadan—. Ahora son su bien más preciado. Lo único que les queda de su inversión.
Xanthe asintió.
—Nos ocuparemos de ello.
—Hay algo que me gustaría saber —añadió Dinadan—. Habéis dicho que un informador os reveló lo de la Fortaleza Wellesley y lo de Brackenbury, además de advertiros sobre Tristane. ¿Quién es esa fuente anónima que tanto nos ha ayudado?
—Su anonimato no es negociable —dijo Xanthe.
—Bueno, pues transmítele nuestro agradecimiento —repuso Dinadan—. Ha hecho mucho bien.
Todos los presentes asintieron con la cabeza. Aurienne reprimió una sonrisa.
Y tanto que lo había hecho.
Con todo lo que estaba pasando en Swanstone, Aurienne tenía la esperanza de que Cath y Élodie olvidaran lo que habían visto en el baño del manicomio y, ya puestos, que nunca más volvieran a hablar con ella.
Una esperanza vana, obviamente. Aurienne logró esquivarlas durante unos días, hasta que la pillaron en la cafetería. Primero vio a Élodie, que iba directamente hacia ella desde un extremo del pasillo. Como una cobarde, dejó la bandeja y salió corriendo en dirección opuesta.
Cath apareció por el otro lado del corredor.
—Mierda —dijo Aurienne.
Cath y Élodie avanzaron hacia ella como dos apisonadoras gemelas.
Los aprendices se hicieron a un lado. Los Haelan se pusieron a cubierto.
Los gritos de las viudas desgarraron el silencio.
A Aurienne no le quedó más remedio que volver a sentarse, acorralada por Cath y Élodie a izquierda y derecha, respectivamente.
—Bueno —dijo Cath.
—¿Qué hay entre Paja Cubana y tú? —le preguntó Élodie.
—Nada —contestó Aurienne.
—Te vimos besarlo, literalmente —señaló Cath.
—Fue él quien me besó a mí —protestó Aurienne.
—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?
—No estamos saliendo. Eso no sería… apropiado —respondió Aurienne—. Simplemente tenemos una relación laboral bastante estrecha.
—Estrechísima —dijo Cath—. Con lengua incluida.
—Es muy guapo —dijo Élodie.
—Guapísimo —añadió Cath.
—Y tiene una voz para nada desagradable —dijo Élodie.
—Es el informador más guapo que he visto nunca —declaró Cath—. ¿Cómo se llama?
—No puedo decíroslo —contestó Aurienne—. No puedo hablar de él. Ni sentir nada por él.
Aurienne no esperaba que se le quebrara la voz, pero fue lo que sucedió. Se tapó la cara con las manos.
Cath y Élodie se miraron. Dejaron de bromear y se pusieron serias.
—¿Insinúas que sí sientes algo por él? —le preguntó Cath. Aurienne respondió con un gemido de angustia.
—Pero, cuando todo esto acabe, será una persona normal y corriente, ¿no? —dijo Élodie—. Cuando deje de ser el informador. Que sepas que tienes derecho a tener sentimientos.
—El problema no es el amor… Bueno, sí… Pero también tiene que ver en concreto con él. Aunque sé que en el fondo es bueno. Muy en el fondo, pero lo es. Lo ha demostrado varias veces.
—¿Entonces?
—No puedo… permitirme estar con él. Es una persona prohibida.
—No creo que sea tan malo —repuso Cath con dulzura—. Dijiste que Xanthe lo conocía.
—Ni que fuera un asesino —comentó Élodie.
Algo a lo que Aurienne no supo cómo contestar.
A principios de agosto llegó Lammas, el día de la ejecución de Tristane.
La Orden Haelan fue invitada al Stánrocc para presenciar el evento, pero rechazó la invitación porque tenían asuntos más urgentes que atender, y, como bien dijo Xanthe, mejor invertir el tiempo en salvar las vidas de los que merecían vivir que ver morir a quien no lo merecía.
El día de Lammas pasó sin pena ni gloria. La Orden Haelan se enteró de que Tristane ni siquiera había llegado al Stánrocc. Se había escapado mientras la trasladaban desde el castillo de Tintagel.
Algo sobre lo que Aurienne no sabía nada de nada.