La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 16. Cita nocturna #3
55%

16. Cita nocturna #3

—Corinne y Nym, venid conmigo —dijo Aurienne—. Transferencias de seith.

—Pero… si nunca hemos hecho una transferencia de seith en un entorno real —replicó Nym.

—Pues esta es la ocasión perfecta para empezar —repuso Aurienne—. Venga. Ahora voy con vosotras.

Corinne y Nym se marcharon. Aurienne ayudó a una enfermera a trasladar a una niña pequeña a una camilla, antes de salir corriendo tras ellas.

De repente, alguien la arrastró fuera del pasillo y la metió en un retrete diminuto y mugriento. Una mano enguantada le tapó la boca para que no gritara.

En la penumbra del baño, Aurienne vio que era Mordaunt. Bajó el t ā cn, que tenía preparado para presionar destructivamente el primer pedazo de piel que encontrara.

Se hallaban obscenamente pegados el uno al otro.

—Es un poco más pequeño de lo que creía —dijo Mordaunt.

Aurienne estaba de acuerdo; había tenido mamografías menos íntimas.

—¿Qué haces?

—Toma. —Mordaunt le entregó un montón de papeles—. Esto te resultará útil.

Era una lista de direcciones.

—¿Qué son?

—Más instalaciones como esta, supongo —respondió Mordaunt—. Las encontré en la oficina del Agannor. Haz que tu orden las investigue. Tengo que irme.

—Espera, no te he dado las gracias por contarme lo de este sitio…

—No tienes por qué dármelas.

—¿Por qué lo has hecho?

—Me daban pena los niños.

—¿A ti? ¿Te daban pena ?

—Tengo que irme.

—Pero…

Mordaunt se inclinó y le dio un beso en los labios.

Salió por la puerta antes de que a ella le diera tiempo a reaccionar.

Todo muy galante, salvo porque la puerta ya estaba abierta y Cath y Élodie se encontraban delante de ella.

— Uy —dijo Élodie.

—Era una conversación privada —replicó Mordaunt.

—No deberías tener conversaciones privadas en un baño público —señaló Cath.

—¿Eres Paja Cubana? —le preguntó Élodie. Aurienne quería morirse.

—¿Quién es «Paja Cubana»? —preguntó Mordaunt, volviéndose hacia Aurienne ofendido, como si acabara de pillarla cometiendo alguna infidelidad morbosa.

—Tú —contestó ella.

—Creo que, si me hubiera ganado ese apodo, lo sabría. Y vosotras ¿quiénes sois?

—Élodie —dijo Élodie—. Virología.

—Cath —dijo Cath—. Traumatología.

—¿Eres su ligue? ¿Esta es tu idea de una cita romántica? —le preguntó Élodie.

—Qué pelo tan interesante —comentó Cath—. Parecen barbas de ballena.

Mordaunt tenía pinta de estar tan asustado como agobiado.

—No lo acoséis —les pidió Aurienne—. Gracias a él hemos encontrado este lugar.

Élodie ahogó un grito.

—¿Paja Cubana es el informador?

—Encantada de conocerte —dijo Cath.

—Que la paz de Fr ī a esté contigo —añadió Élodie con dulzura.

Mordaunt se subió el embozo sin mediar palabra, se coló entre las dos y desapareció.

Élodie y Cath se giraron hacia Aurienne. Esta levantó una mano en señal de advertencia, antes de que pudieran abrir la boca.

—No tengo tiempo para preguntas. Transferencias de seith.

Aurienne se fue corriendo.

La larga noche dio paso a una larga mañana.

Cuando la última tanda de niños infectados llegó a Swanstone, era casi mediodía.

Los Haelan que habían estado en el manicomio, agotados, cedieron el mando a sus compañeros y se arrastraron hasta sus aposentos, Aurienne entre ellos.

Esta cerró las cortinas con las manos en carne viva por el Coste y cayó en un sueño profundo.

Ya era de noche cuando se despertó. Lo ocurrido en el manicomio se repetía una y otra vez en su mente: el horror de aquellas camas repletas de niños que apenas respiraban, los reclutas arrastrándose, la perversa emoción de hacerles daño. Su t ā cn como arma.

Al fondo de los aposentos de Aurienne, el molde de yeso de la Piedra de Monafyll destacaba como una viedra blanca bajo la luz de la luna.

Aurienne lo había reconstruido después de que ella y Mordaunt lo sacaran del cobertizo de Widdershins.

Una sombra se posó sobre el molde de yeso, como un pequeño prólogo oscuro del calendario lunar que se curvaba en lenguas desconocidas bajo sus patas.

Actos de Brutalidad Injustificada le estaba haciendo una de sus visitas nocturnas.

—He hecho cosas malas —le dijo Aurienne.

La gata la miró fijamente.

—¿Has venido a escuchar mi confesión?

La gata ladeó la cabeza.

—Hoy no he tenido en cuenta lo de «No hacer daño » . He usado la seith de forma indebida. Destrocé a media docena de reclutas. Verity tuvo que acabar con su sufrimiento.

La gata inclinó una oreja negra perfectamente triangular hacia Aurienne.

—Debería sentirme fatal. Estar angustiada. Pero no es así. Estaba enfadada. Volvería a hacerlo.

Aurienne verbalizó una verdad terrible, una que había aprendido por las malas; una verdad que la avergonzaba, que resquebrajaba su bastión de integridad y enturbiaba la pureza de su superioridad moral.

—Para hacer el bien, a veces hay que hacer un poco el mal —susurró. La gata saltó de la Piedra de Monafyll y fue hacia la cama con elegantes pasitos felinos. Era casi invisible salvo por los bigotes, que emitían un resplandor blanco. Se subió encima de Aurienne, que estaba tumbada.

Aquel pequeño retazo de oscuridad se acomodó sobre su corazón, ronroneando complacida.