La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 16. Cita nocturna #2
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16. Cita nocturna #2

El pequeño del que ella se había estado ocupando tomó aire con dificultad. Él también estaba indefenso.

Una rabia fría e insensible se apoderó de Aurienne. No: ninguno de los dos estaba indefenso. Ella estaba allí.

Los reclutas identificaron a Mordaunt como la mayor amenaza. Se abalanzaron sobre él.

Un error por su parte.

Esa noche, a Aurienne le traía sin cuidado lo de «No hacer daño».

Se adentró en el grupo de reclutas con el t ā cn iluminado. Lo presionó contra todos los pedazos de carne expuesta que encontró y les reventó las articulaciones sinoviales. El suelo se llenó de un fluido amarillento y sangre negra. Los reclutas cayeron sobre las rodillas destrozadas.

El t ā cn de una calavera deformada se cernió sobre ella. Pero se topó con la navaja blaec de Mordaunt.

—Sal de aquí —le dijo él—. Eres demasiado valiosa para ocuparte de estos cadáveres ambulantes, insensata…

Aurienne lo esquivó para romperle las vértebras cervicales a otro recluta.

—Pienso proteger a estos niños.

—¿Estás loca? —replicó Mordaunt, mientras la cabeza del recluta rodaba hasta sus pies—. Eres una Haelan. No sabes luchar. Y no puedes matar a miembros de otra orden.

—No se puede matar algo que ya está muerto.

—Por la sangre de Hel —dijo Mordaunt, mientras cercenaba un brazo que se extendía hacia el cuello de Aurienne.

Se metió en la refriega con ella. No tenía seith, pero tenía la navaja blaec y la utilizó con maestría. Había una extraña sinergia en los movimientos de ambos: en la forma en la que luchaban espalda contra espalda, en cómo cada uno mutilaba a su manera, en los sistemas que usaban para «Hacer daño».

Los seis reclutas acabaron retorciéndose en el suelo. El último cayó de rodillas delante de Aurienne. Ella le presionó el t ā cn contra la cabeza y le destrozó la articulación atlantoaxoidea. El recluta se derrumbó y quedó reducido a un amasijo tembloroso.

Ella y Mordaunt se quedaron callados, respirando con dificultad.

Mordaunt la miró, atónito.

—¿Cómo lo has hecho?

—Reventándoles las articulaciones. Es fácil manipular el líquido sinovial con la seith —jadeó Aurienne—. La consistencia es perfecta. El brazo, rápido. La embolia. Te dije que tu sistema todavía era frágil, que aún no estabas curado, que debías tener cuidado.

Mordaunt extendió el brazo izquierdo. Aurienne le puso el t ā cn sobre la piel. Notó que su concentración flaqueaba. El corazón se le aceleró. En algún lugar de aquel edificio había un Dreor y acababan de cargarse a su séquito personal de reclutas.

Localizó la embolia (más pequeña que la última vez, lo cual era muy alentador) y, con una suave descarga de seith, la disolvió.

—Listo —dijo.

— Bien —dijo Mordaunt, al ver que su t ā cn volvía a cobrar vida.

—Hola —dijo alguien desde la puerta.

Era el Dreor.

Se alzaba imponente, tan alto y ancho como uno de los Warden. Su yelmo, adornado con unos cuernos retorcidos, le ocultaba el rostro; solo tenía dos rendijas para los ojos. Su armadura de placas negras crujió al ver el amasijo de reclutas destrozados por el suelo.

—¿Qué habéis hecho con mis amigos? —preguntó el Dreor.

Abrió la palma del guantelete mediante una bisagra.

Su t ā cn emitió un brillo negro. Una pesadez cosquilleante se apoderó de las extremidades de Aurienne.

Con horror, esta sintió cómo sus propias manos iban hacia su cuello y empezaban a apretarlo, y vio que Mordaunt hacía lo mismo.

La hemokinesis: los estaba controlando a través de su propia sangre.

Una seith azul brilló detrás del Dreor, se deslizó por sus grebas y lo hizo caer de rodillas.

Una lanza blanca como el platino le atravesó el cuello. La pesadez abandonó las extremidades de Aurienne.

Verity y Haven entraron en el dormitorio común con sus t ā cn de Warden iluminados. Habían atado con barreras protectoras las piernas del Dreor. Con un tirón brusco, lo partieron por la mitad.

—Fr ī a —dijo Aurienne, mientras sus vísceras de color negro rojizo caían al suelo.

Los Haelan entraron en tropel en el dormitorio después de los Warden: Xanthe, Lorelei y su equipo de Pediatría; Cath y Élodie; Corinne y Nym, del equipo de Aurienne; y, detrás de ellos, varios enfermeros y aprendices con camillas.

Aurienne, ante la preocupación abrumadora de sus compañeros, les aseguró jadeando que se encontraba bien.

Aquella pérdida de control había sido verdaderamente aterradora: el Dreor había estado a punto de obligarla a estrangularse a sí misma.

—¿Esta es tu idea de una cita? —dijo Cath.

—¿De qué estás empapada? —le preguntó Xanthe, mirándose las manos, que se le habían quedado pegajosas por las vísceras de los reclutas después de haber tocado a Aurienne.

—No es nada —susurró ella—. Luego te lo explico. Breage y las enfermeras están en una oficina al fondo del pasillo, inconscientes. Que alguien las ayude.

—Voy —dijo Cath.

Ella y Élodie, acompañadas por la Warden Ataraxia, desaparecieron. Se produjo un gran revuelo mientras el resto de las Haelan se distribuían por las camas.

—¿No había alguien aquí contigo? —le preguntó Verity.

Aurienne miró hacia atrás. Mordaunt había desaparecido.

—Mi informador —contestó—. Fue el que me habló de este sitio. Tiene que mantener su identidad en secreto.

—En nombre de Woden, ¿qué pinta un Dreor aquí? —preguntó Haven—. ¿Qué tienen ellos que ver con los niños?

Xanthe y Aurienne se miraron.

—Creo que ha llegado el momento.

—Sospechábamos que la Orden Dreor estaba relacionada con el rebrote de la viruela —explicó Aurienne—. Unas sospechas que ahora podemos empezar a confirmar con pruebas.

Verity se levantó el visor.

—Es una broma.

—Ojalá.

—Convocaremos una reunión con los líderes de los Senderos Brillantes —anunció Xanthe—. Este no es lugar para hablar de ello.

—Hay que hacer algo con eso —dijo Haven.

«Eso» era el montón de reclutas. Algunos todavía se estaban retorciendo donde Aurienne los había hecho caer.

Verity les lanzó una barrera en forma de red.

Aurienne pensó que era solo para inmovilizarlos, pero Verity levantó su t ā cn azul por encima del amasijo, presionó las barreras hacia abajo y comprimió a los reclutas hasta que dejaron de retorcerse.

Lo único que quedó de ellos fue una especie de pulpa granate.

La puerta del barracón se abrió de par en par y apareció Breage apoyada en el brazo de Cath junto con las enfermeras desaparecidas de Pediatría, sostenidas por Élodie y Ataraxia.

Las enfermeras entraron cojeando en la habitación entre vítores.

Xanthe les ordenó que regresaran inmediatamente a Swanstone para recibir cuidados y descansar.

—Había un cadáver de un Agannor con las enfermeras —dijo Cath, después de acercarse a Xanthe y Aurienne, que estaban al lado de una de las camas—. Lo han apuñalado. Las enfermeras no recuerdan qué sucedió. ¿Qué hacemos con él?

—Tocarlo lo menos posible —respondió Xanthe—. Es una de las pruebas.

—Entre el Agannor y ese puñetero Dreor, este lugar apesta a Sendero Sombrío —observó Cath—. Solo nos falta un Fyren para completar el equipo.

Xanthe respondió con un gruñido evasivo; Aurienne huyó a la cama contigua. Justo en ese momento, Corinne irrumpió en el dormitorio y las ayudó a desviar la atención.

—Hay una segunda sala al final del pasillo, con otra docena de niños.

— No —dijo Lorelei.

—Os lo juro por Fr ī a —replicó Corinne—. ¿Quién puede venir?

Lorelei echó un vistazo a la habitación para comprobar si alguno de los miembros de su equipo de Pediatría estaba a punto de desencadenar su Coste.

—Mi equipo está agotado: no ha podido dormir nada esta noche.