16. Cita nocturna
Cita nocturna
Aurienne
Aurienne estaba absorta en el estudio de los libros de Mordaunt sobre la Orden Dreor cuando la deofol de este hizo hormiguear su t ā cn.
—Mi amo desea reunirse contigo —le dijo la loba—. Esta noche.
—Es tarde.
La deofol no estaba de humor para sonreír. Se quedó flotando a ras de suelo, como una nube enfurruñada a los pies de Aurienne.
—Te está esperando. ¿No piensas ir?
Tiempo atrás, Aurienne habría rechazado directamente una llamada carente de contexto como aquella: no era uno de los perros de Mordaunt, a los que este podía llamar cuando le apetecía.
Tiempo atrás.
Aurienne suspiró.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—Ya lo verás —contestó la deofol—. Es para hacerte feliz —añadió la loba muy seria, como si estuviera diciendo algo profundamente inquietante.
—¿Feliz?
—Al parecer, siente la necesidad de hacer cosas por ti.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas importantes. —La deofol se encogió de hombros, o puede que se estuviera estremeciendo.
—¿Está en Rosefell? —le preguntó Aurienne intrigada.
—No. La viedra se llama «Brackenbury».
—Dile que ahora voy.
La loba desapareció en una nube de humo malhumorada.
Aurienne, que ya estaba en pijama, se quedó de pie en el vestidor con las manos en las caderas, sin saber si ponerse la ropa de Haelan o alguna otra cosa, para responder a aquella enigmática invitación.
¿Qué tipo de encuentro era? ¿Tendría que ver con el estado de Mordaunt?
De ser así, su deofol le habría dicho algo.
Aurienne no se atrevía a pensar que pudiera tratarse de una cita romántica. Sin embargo, una vez considerada la idea, esta empezó a afianzarse y a tener algo de sentido: lo tarde que era, el misterio, el «es para hacerte feliz».
Su colección de calaveras, alineadas en una estantería con el nombre latino de cada animal en una placa, la miró fijamente. En la oscuridad, todas parecían cerberos, observándola con sus ojos insondables.
Aurienne se puso uno de los vestidos de Haelan delante del pecho. Luego uno verde oscuro, largo hasta los pies. Después otro rosa claro. ¿Debería ponerse uno de los blancos de Haelan? ¿Mantener la apariencia de profesionalidad?
El consejo llegó en forma de Cath y Élodie, que llamaron a la puerta. Cath era especialista en Traumatología y Élodie era viróloga; ambas sabían de la existencia de Mordaunt, pero creían que era otro de los Hombres Ocasionales de Aurienne; no sabían que era un Fyren, gracias a los dioses.
Nada más abrir la puerta, se encontró con una piña en las manos. Una familia agradecida le había regalado a Cath una cesta de fruta enorme y estaba repartiendo el contenido entre los residentes de Swanstone.
—Ah…, gracias —dijo Aurienne.
Élodie se fijó en el revoltijo sedoso que había sobre la cama.
—¡Vestidos! —exclamó.
—¿Vas a salir? —le preguntó Cath.
El balbuceo ininteligible de Aurienne hizo que Cath y Élodie irrumpieran en la habitación para opinar sobre la ropa.
Actos de Brutalidad Injustificada estaba en el alféizar de la ventana. Bufó con ferocidad a las intrusas.
—Pórtate bien —le dijo Aurienne. La gata le bufó también a ella—. Por favor —añadió.
La gata la miró con aire de reproche, antes de tumbarse con gran determinación sobre la orquídea más delicada.
—¿Has quedado con Paja Cubana? —le preguntó Élodie.
—Sí —respondió Aurienne—. ¿El rosa es demasiado?
—Nunca es demasiado —dijo Élodie, mientras ella y Cath echaban un vistazo a las opciones.
—El rosa —concluyó Cath—. Tortúralo un poco.
—La verdad es que me gusta verlo sufrir —reconoció Aurienne.
Se puso el vestido rosa claro. El moño dio paso a una romántica trenza francesa lateral, por cortesía de Élodie.
Aurienne se aplicó un poco de pintalabios.
—No te pases —dijo Cath—. ¿O es que quieres cargártelo?
—Más o menos.
—¿Qué zapatos? —preguntó Élodie.
Aurienne les enseñó varias opciones.
—¿Los ridículos o los solo parcialmente ridículos?
—¿A dónde vais? —le preguntó Cath.
—Aún no lo sé.
—Los solo parcialmente ridículos —respondió esta—. Mejor ir sobre seguro.
Aurienne se puso unas botas de tacón bajo. Luego, con el visto bueno de Cath y Élodie, y un higo que esta le había metido en la boca en el último momento («un antiguo afrodisiaco»), se dirigió a la viedra.
No era una cita.
Esa fue la conclusión a la que a Aurienne no le quedó más remedio que llegar cuando Mordaunt la llevó caminando las sombras a un manicomio abandonado para enseñarle un dormitorio lleno de niños moribundos.
Ella lo miró horrorizada.
—¿Qué tipo de sitio es este?
—Leofric y yo vinimos a echar un vistazo para valorarlo como posible cuartel general, pero al parecer ya estaba ocupado —dijo Mordaunt—. He pensado que querrías verlo.
—Fr ī a. —Aurienne fue acercándose a cada una de las camas para presionar su t ā cn contra las frentes húmedas de los niños—. Mordaunt, creo que esto es…, creo que es una incubadora de Dreor.
—¿Por qué vas tan arreglada? —le preguntó Mordaunt—. ¿Has ido a algún sitio?
—Sí, he salido —mintió Aurienne—. Voy a avisar a mi orden. Vamos a tener que trasladar a todos estos niños de inmediato a Swanstone. Sus constantes vitales no son normales; son muy preocupantes, de hecho.
—Los Agannor ordenaron que los sedaran.
—¿ Quiénes ?
—Ven a ver —contestó Mordaunt.
—Un momento —dijo Aurienne—. Déjame avisar a Swanstone.
—Llamó a Cíele y le dio instrucciones para que fuera a ver a Xanthe lo antes posible y que esta activara los protocolos de Swanstone para emergencias médicas—.
Que vengan todos los Haelan y enfermeras disponibles.
Y los Warden, si pueden. Vamos a necesitar toda la ayuda que seamos capaces de conseguir.
Cíele echó un vistazo a la sala, arqueando sus pobladas cejas.
—Fr ī a. Aquí hay al menos cincuenta camas.
—Ya. Ve a ver a Xanthe, date prisa. Si no consigues contactar con ella, inténtalo con Prendergast o Abercorn.
—Entendido —dijo Cíele, antes de esfumarse.
Aurienne siguió a Mordaunt por unos pasillos medio podridos. El manicomio era estremecedor. Las paredes manchadas de sangre narraban una doble cronología de sufrimiento: el de décadas pasadas y el de los internos actuales.
Llegaron a una oficina. Allí encontraron el cadáver de un hombre, y lo más importante…
—Breage —exclamó Aurienne, al reconocer a la matrona desplomada en el suelo. Cerca de ella, yacían las otras tres enfermeras desaparecidas de Pediatría.
—Pensé que te alegrarías de verlas —dijo Mordaunt.
Aurienne corrió hacia las enfermeras, dando gracias a los dioses por haberse decantado por los zapatos solo parcialmente ridículos, y se arrodilló a su lado. Les puso el t ā cn en la frente y se sintió aliviada al comprobar que estaban inconscientes, pero estables.
—El muerto es el Agannor —dijo Mordaunt—. Las enfermeras se desmayaron cuando murió. Seguro que ni siquiera las dejaba dormir.
—¿Qué le ha pasado al Agannor?
—Nos amenazó a Leofric y a mí con su t ā cn. No nos lo tomamos a bien.
—¿La Orden Agannor también está involucrada en esta conspiración?
—No creo —dijo Mordaunt, dándole un puntapié al cadáver con la bota—. Tenía pinta de lobo solitario. Su misión era hacer que las enfermeras cooperaran para ocuparse de los niños.
Aurienne, satisfecha al ver que las enfermeras no corrían peligro inmediato, las puso en unas posturas más cómodas y dijo:
—Vamos al dormitorio. Ayudaré a los que están peor hasta que lleguen los demás.
Regresaron a la espantosa sala llena de niños en condiciones desoladoras.
Lo más terrible de todo era que Aurienne sabía que se trataba de algo intencionado.
Sus pobres ojos. Sus llagas. Sus cuerpecitos.
Todo por las guerras entre reyes. De repente, sintió un odio visceral hacia las monarquías y comprendió a los franceses.
A pesar de la rabia, identificó al paciente más crítico, un pequeño tan sedado que casi ni respiraba.
Cíele regresó.
—Me he puesto en contacto con Xanthe. Ha movilizado a todos los pediatras. Vendrán todos los Haelan disponibles. Y también los Warden.
Cíele desapareció.
Al cabo de un instante, Mordaunt dijo:
—Parece que los refuerzos ya han llegado.
Aurienne, aliviada, se giró hacia la puerta. Pero no eran los refuerzos.
Media docena de reclutas demacrados y pálidos entraron en la habitación. Unos cadáveres con restos de ropa raída colgando de los esqueletos. Los que aún conservaban los ojos no tenían en ellos ni pizca de inteligencia o humanidad.
—Por el amor de Hel, ¿qué son esas criaturas asquerosas? —preguntó Mordaunt.
Aurienne no esperaba tener que poner en práctica tan pronto lo que había aprendido sobre la Orden Dreor. Se fijó en las calaveras deformadas y sucias que llevaban en la palma de la mano izquierda.
—Reclutas —exclamó.
—¿Qué?
—Dreor malogrados, a los que no les ha funcionado el t ā cn. Y, si hay reclutas, hay un Dreor cerca.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Mordaunt. Se acercó a Aurienne con intención de llevársela caminando las sombras.
Aurienne retrocedió.
—No podemos irnos. Cuando huimos del Færwundor, lo volaron por los aires. También podrían volar este lugar con los niños dentro.
Los reclutas volvieron sus horribles rostros medio descompuestos hacia Aurienne y Mordaunt. Les brillaban los huesos de la mandíbula y los dientes. Cojeaban y se arrastraban hacia la sala, apestando a muerte.
Mordaunt tenía unos reflejos admirables. Y una puntería magnífica. Seis cuchillos arrojadizos dieron en el blanco con un satisfactorio golpe sordo; seis hojas se hundieron hasta la empuñadura en la carne blanda de los reclutas.
Se oyeron unos silbidos. Algo natural, teniendo en cuenta que les había dado justo en la garganta.
El problema era que aquellos silbidos eran risas. Horribles carcajadas ahogadas.
—Ya están muertos —dijo Aurienne.
—Mierda —repuso Mordaunt—. Vale, nos largamos.
Tiró de Aurienne hacia él y se puso a caminar las sombras.
O más bien lo intentó , porque su t ā cn permaneció inerte. Ni siquiera se movieron. Mordaunt lo miró, sin entender nada.
—Embolia de seith —indicó Aurienne, zafándose de él—. Te dije que te volvería a ocurrir. Te lo dije …
Mordaunt no tenía seith. Estaba indefenso.