La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 15. El manicomio de brackenbury #2
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15. El manicomio de brackenbury #2

—Nuestros invitados están en ese rincón. Me gustaría saber en qué podemos ayudarlos.

El Agannor encendió la llama de la lámpara de gas e iluminó a Osric y Leofric, que estaban envueltos en sus capuchas y embozos. Las enfermeras levantaron las manos. Todas llevaban algún objeto afilado y brillante: un bisturí, un taladro quirúrgico, una sierra de amputación…

—Salid de ahí —dijo el Agannor con su armoniosa voz—. No seáis tímidos. Será un placer conoceros.

Osric no había estado con muchos Agannor, pero aquellos con los que había coincidido se caracterizaban por su calma y capacidad de control.

Pero era un control diferente al de Fairhrim, que se controlaba a sí misma y a su seith, y también al de Tristane, cuyo control era fruto de la confianza de salir victoriosa de todas las escaramuzas.

Los Agannor simplemente sabían que los obedecerían gracias a su t ā cn.

Aquel Agannor estaba cansado. Un hilillo de sangre le brotaba de la nariz mientras daba órdenes a las enfermeras que tenía bajo su dominio: su Coste.

—¿No? —El Agannor suspiró—. La buena educación no sirve de nada hoy en día.

—Venimos en son de paz —dijo Osric, dejándose ver—. Somos Fyren. No sabíamos que había aquí alguien más del Sendero Sombrío.

Leofric salió de entre las sombras dando un triple salto mortal hacia atrás, sin motivo alguno.

El Agannor resopló.

—Fyren. Sí, ya lo veo. No deberíais estar aquí. ¿Vuestros nombres, por favor, para que tenga el placer de saber a quién me dirijo?

—Glunge —dijo Leofric.

—Berb —dijo Osric.

—Vuestros nombres reales —replicó el Agannor.

—Furtus.

—Snert.

—Intentadlo de nuevo.

Osric suspiró.

—Vergalta —dijo, señalándose a sí mismo. Luego señaló a Leofric—. Lombriz —añadió.

—¿Lombriz? —repitió el Agannor.

—Se pronuncia «Lombrí» —dijo Leofric—. Es francés.

—¿Y tú quién eres? —le preguntó Osric.

—Stolther —dijo el Agannor. Se secó la sangre de la nariz con un pañuelo de seda.

—¿Qué tipo de sitio es este? —le preguntó Leofric—. ¿Qué estáis haciendo con esos niños? La verdad es que es un poco raro, colega.

—Ni lo sé, ni me importa —contestó Stolther—. Me pagan para mantener a las enfermeras a raya, nada más.

—Estábamos buscando un lugar para nuestro próximo cuartel general —dijo Osric—. Pero ya nos vamos. Nos ha quedado claro que este lugar está ocupado.

El t ā cn de Stolther emitió un brillo púrpura. Las enfermeras se pusieron tensas; su instrumental brilló. La hemorragia nasal regresó con virulencia.

—Pídeles a las enfermeras que se retiren —dijo Osric.

—No creo que pueda dejaros marchar —repuso Stolther—. Estas son unas instalaciones secretas. Es posible que hayáis visto demasiado.

—¿Y qué piensas hacer? —le preguntó Leofric—. ¿Es que te perdiste el último sermón del Stánrocc? Las órdenes no pueden atacarse entre sí.

—Somos compañeros del Sendero Sombrío —dijo Osric.

—No voy a atacaros. Pero necesito que os echéis una siestecita mientras decido qué hacer con vosotros.

Stolther levantó la mano izquierda hacia Osric y Leofric.

—Eso es un acto de agresión —protestó Leofric.

—Apunta con el t ā cn hacia otro lado, si no quieres que te corte la mano —dijo Osric.

Evitó mirar hacia el t ā cn de Stolther. Aun así, pudo ver su resplandor por el rabillo del ojo. Incluso a aquella distancia, Osric se sentía fascinado por el ojo: le intrigaba, lo atraía, lo aturdía. Le entraron unas ganas tremendas de echarse una siesta.

—Duerme —le ordenó Stolther, con su voz eufónica. Osric cerró los párpados.

Él y Leofric le lanzaron los cuchillos. Las hojas volaron con precisión: la de Osric atravesó el t ā cn del Agannor y la de Leofric se le clavó en el ojo. (Leofric era un capullo, pero, dioses, el tío lanzaba los cuchillos como nadie).

El Agannor gritó. Las enfermeras se liberaron de repente del yugo de su t ā cn y se desplomaron, inconscientes.

Leofric le había atravesado el cerebro a Stolther. Este no gritó mucho más. Osric y Leofric observaron sus restos en silencio. Extrajeron los cuchillos del t ā cn y la cuenca del ojo, respectivamente.

Osric dijo que era mejor largarse. Leofric estuvo de acuerdo con él.

En la viedra de Brackenbury, Osric y Leofric acordaron mantener en secreto el pequeño contratiempo del Agannor asesinado.

Simplemente informarían a Sacramore de que el manicomio no era una opción, porque actualmente lo estaban utilizando otras personas.

—Tú primero —dijo Osric, empujando a Leofric hacia la viedra.

Leofric, que tenía unos escrúpulos muy rudimentarios, giró la cabeza hacia el manicomio.

—¿Qué les están haciendo a esos niños?

—Ni idea —respondió Osric.

—Es un poco turbio —dijo Leofric—. No me gusta nada. Hasta otra, Os.

Presionó el t ā cn contra la viedra y él y su cara de disgusto se vieron arrastrados hacia la línea ley.

Osric no lo siguió de inmediato. Se quedó mirando el manicomio.

Lo que él y Leofric habían descubierto allí era una información importantísima para Fairhrim.

Un dormitorio lleno de niños infectados por la viruela y un puñado de enfermeras inconscientes de Swanstone.

Extremadamente valiosa. Como mínimo, cinco millones.

Debería sacarle partido de inmediato.

Invocó a Cinder.

Cuando su deofol se materializó, le dijo:

—Tengo algo muy valioso para Fairhrim.

—¿Cómo quieres proceder? —le preguntó Cinder.

La respuesta debería haber sido sencilla: enviar a Cinder a ver a Fairhrim y negociar con ella y con la Orden Haelan para venderles la información.

Pero aquellos niños estaban gravemente enfermos. Usarlos como carne de cañón sería… injusto.

Osric, poco acostumbrado a los dilemas morales, se sumió en un silencio incómodo y desconcertante.

Soplaba un poco de brisa. Podía sentirla en el pelo.

La niebla se posaba sobre su embozo y le resbalaba por el cuello en lentos hilillos.

Podía sentirla en la piel. Para la mayoría de la gente, aquellas eran cosas sin importancia, pero para Osric tenían un valor incalculable. La torpraxia estaba remitiendo.

Y todo gracias a la sanación de Fairhrim.

Cinder flotaba delante de él como un jirón de oscuridad voluble, a la espera de sus instrucciones.

—Solo quiero avisar a Fairhrim, no negociar con ella —dijo Osric.

—¿Quieres ofrecerle algo sin pedirle nada a cambio? —le preguntó Cinder.

—Sí. —Esperaba alguna crítica por parte de su deofol, pero Cinder se limitó a observarlo muy seria, en silencio. A través de la trémula oscuridad, pudo ver que tenía las orejas hacia atrás—. Siento la necesidad de hacer cosas por ella —añadió Osric—. Cosas importantes. Quiero hacerla feliz.

—¿Feliz para siempre? —le preguntó Cinder.

—Eso es imposible —contestó Osric.

—Entonces ¿con qué fin?

—Con ninguno. Ella… ya no es un Medio Para Lograr un Fin.

—¿Qué es entonces?

Osric se sentía como si tuviera el corazón oprimido, aprisionado.

—La desesperación. La locura. —Le dolió reconocer la verdad. Los ojos de Cinder parecían dos lunas doradas—. Dile que me gustaría reunirme con ella aquí ahora mismo, si es posible. El nombre de la viedra es «Brackenbury». La esperaré.

—Muy bien —repuso Cinder, antes de desaparecer.

Osric empezó a ir de aquí para allá con el t ā cn en alto para leer las sombras. El dinero le habría venido de maravilla, pero la idea de negociar con Fairhrim le parecía repulsiva. Quería ser generoso.

Iba a hacer algo bueno, de forma consciente y voluntaria, sin obtener ningún beneficio de ello.

¿Qué le pasaba? ¿Acaso aquella locura había sacado lo mejor de él? ¿La desesperación lo había vuelto generoso? ¿En serio era capaz de hacer el bien, un bien real? ¿No estaba mancillado por su procedencia?

Dejó de caminar. Unas cuantas polillas blancas se arremolinaron sobre su t ā cn y formaron un halo parpadeante alrededor del resplandor rojo. Sintió el roce infinitamente suave de sus alas en la palma de la mano.

A ellas no les importaba de dónde procedía el resplandor. La luz era luz.