La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 15. El manicomio de brackenbury
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15. El manicomio de brackenbury

El manicomio de brackenbury

Osric

Para su disgusto, a Osric le habían asignado a Leofric como compañero para explorar una posible ubicación para el próximo cuartel general de la Orden Fyren. Leofric se presentó en Rosefell Hall la noche que habían quedado, vestido de una forma bastante extraña.

—¿Por qué llevas una camisa de fuerza? —le preguntó Osric.

—Nos han asignado un manicomio abandonado. —Leofric giró sobre sí mismo, perdió el equilibrio y, como tenía los brazos inmovilizados, cayó al suelo—. Quería ponerme en situación.

Siguió a Osric al interior de la casa y le describió brevemente el lugar.

El Leofric que no podía usar los brazos era aún más insufrible que el Leofric que podía usarlos.

Aplaudía con las plantas de los pies. Apuntaba con los dedos de estos para enfatizar.

Enfadado, Osric le quitó la camisa de fuerza cuando intentó servirse una copa con el pie enfundado en un calcetín.

La posible ubicación del cuartel general era el manicomio de Brackenbury, cerca de Norwich, que llevaba varias décadas vacío y la gente creía que estaba embrujado.

Así los gritos de las víctimas a las que torturara la Orden Fyren pasarían desapercibidos.

Además, tenía un cementerio de lo más conveniente, celdas con grilletes e incluso una viedra directa, que Osric y Leofric utilizaron para llegar hasta allí.

Se materializaron en el manicomio de Brackenbury una agradable noche de verano.

Desde la última sanación de Fairhrim, la torpraxia de Osric había remitido hasta tal punto que podía volver a sentir el viento en el pelo y el roce de la ropa sobre la piel.

Todo le parecía maravilloso, hasta la ampolla que se le estaba formando en el talón izquierdo por culpa de las botas. Estaba volviendo a la vida.

Afortunadamente, Leofric había accedido a cambiar la camisa de fuerza por el embozo y la capa de los Fyren.

Caminaron las sombras hacia el manicomio en plena oscuridad.

Bueno, Osric caminó las sombras. Leofric, con la irresponsabilidad y despreocupación que lo caracterizaban, fue saltando de una a otra mientras parloteaba sobre sus últimos encargos: un lord, un banquero, la junta directiva al completo de una mina de Slihtrock…

El edificio principal del manicomio de Brackenbury, que tenía un tejado empinado y estaba coronado por chimeneas medio derruidas, estaba rodeado de muros rematados con púas de hierro.

Osric estaba encantado; cumplía a la perfección sus expectativas en lo que a manicomios abandonados se refería, con la cantidad ideal de ventanas rotas y herrumbre.

Un árbol enorme permitió a Osric y Leofric caminar las sombras, saltar el muro y entrar en el recinto.

El manicomio olía a podrido. Las motas de polvo acentuaban la atmósfera en los haces de luz de luna que penetraban por las ventanas mugrientas.

Aún quedaban algunos recuerdos espeluznantes del dolor: los zócalos estaban llenos de manchas de sangre de color marrón negruzco, había restos de pelo por las esquinas y arañazos en las paredes.

De las cuatro alas del manicomio, tres estaban vacías, y Osric y Leofric las recorrieron rápidamente. En la cuarta, que se hallaba en la parte trasera del edificio, había un dormitorio común enorme, tal vez para los pacientes menos violentos que no necesitaban celdas individuales.

Osric y Leofric levantaron sus t ā cn mientras se movían entre las sombras. Pasaron junto a hileras e hileras de camas cubiertas por mantas mohosas.

En el resto del manicomio, el silencio era vacío y hueco; allí era opresivo.

Osric se dio cuenta, mientras recorrían el dormitorio y un olor acre empezó a impregnar el aire, de que algunas de las camas no estaban vacías. En ellas había niños muertos.

—¿Niños? —susurró Leofric desconcertado, al hacer el mismo descubrimiento en su lado de la habitación.

—Joder —dijo Osric.

—Esa lengua —lo reprendió Leofric—. No des mal ejemplo a los niños.

—¿Pero están vivos?

Osric fue pasando su t ā cn por encima de un niño inmóvil tras otro.

Si todavía no estaban muertos, les faltaba poco.

Algunos se hallaban atados a los colchones.

Había visto suficientes carteles de la Orden Haelan como para reconocer que se trataba de víctimas de la viruela de Platt.

Los ojos cubiertos de costras. El pus. Una puta pesadilla.

Una puta tragedia . Osric sintió algo muy raro en el pecho: lástima. Aquellos niños no se merecían eso.

—¿Qué es esto? —susurró Leofric—. ¿Un orfanato? ¿Un hospital?

Al fondo del dormitorio había un pasillo. Osric y Leofric se escondieron entre las sombras al ver aproximarse luces y movimiento.

Eran enfermeras. Tenían los uniformes sucios y, en lugar de caminar con la ligereza propia de estas, avanzaban con paso lento y pesado. Una de ellas pasó tan cerca de Osric que pudo verle los ojos: los tenía vidriosos y miraba fijamente al frente.

Bajo la luz del farol que llevaba, advirtió que tenía una especie de película sobre ellos. Era de color morado.

Aquellas enfermeras no estaban allí por voluntad propia. Estaban controladas por un Agannor. Solo los más hábiles de la orden podían hacer desaparecer por completo aquel revelador brillo malva. Quien fuera que estuviera allí era bastante competente, porque Osric apenas lo había notado.

Lo más interesante de todo era que la enfermera llevaba bordado un cisne en el bolsillo del pecho que le resultaba bastante familiar.

La enfermera desapareció en el dormitorio.

—Los Agannor en acción —le susurró Osric a Leofric—. ¿Has visto sus ojos?

—Joder —dijo Leofric—. Será mejor que tengamos cuidado. No quiero que me posean y despertarme chapando en oro mis propias pelotas.

—¿Perdona?

—¿No te he contado esa historia?

—No.

—Una vez conocí a un tío que era orfebre —susurró Leofric—. Le tocó las narices a un Agannor y, cuando se despertó, estaba metiendo a sus amiguitas en una solución para hacer chapados.

—Debió de ser bastante desagradable.

—Pues sí. Como un puto guantazo en las tetas. Después se le cayeron. Los huevos, no las tetas. Los llevaba en una bolsita. Se los gané jugando a las cartas. Los uso como carillones para la puerta.

Su conversación se vio interrumpida por otra enfermera que venía por el pasillo. Osric y Leofric se fundieron con las sombras.

Se toparon con una oficina cerrada con llave en la que Leofric se coló, deseoso por encontrar algo que hiciera que la visita valiera la pena.

Alguien había estado cenando. Había una bandeja con comida en el escritorio. Leofric cogió una galleta.

—Gracias, qué detalle.

Osric registró dos escritorios y encontró, bajo la luz roja de su t ā cn, varios informes de casos de viruela, mapas, cartas y recortes de periódicos que hablaban del programa de inmunización de Swanstone. Sin que Leofric lo viera, se guardó en los bolsillos lo que le pareció interesante.

—No hay nada de valor. Ni una sola thrymsa —dijo Leofric, rebuscando con impaciencia en las estanterías—. Vámonos de aquí. No quiero contagiarme de lo que sea que se esté cargando a esos niños.

Se oyó el claro sonido de una llave entrando en una cerradura. Osric y Leofric se agazaparon en las sombras, entre las estanterías.

Ellos habían estado trabajando en la oscuridad, pero la persona que entró en la oficina llevaba una lámpara de gas. Era un hombre vestido con un elegante traje índigo. La luz de la lámpara parpadeó sobre la palma de su mano izquierda, en la que había un t ā cn con forma de ojo.

Osric dejó caer hasta los dedos un cuchillo arrojadizo que llevaba en la manga.

El brazo de Leofric se movió pegado al suyo, lo que le indicó que acababa de hacer lo mismo.

No estaba bien cargarse a uno de los miembros de la Orden Agannor, pero estaba peor que convirtieran sus pelotas en carillones.

Una de las enfermeras de ojos vidriosos entró en la oficina detrás del Agannor. Incluso bajo la influencia de este, había autoridad en su porte.

—Si nos estamos quedando sin sedantes, ocúpate de gestionarlo —dijo el Agannor, con voz profunda y melodiosa—. Necesitamos al menos para otros seis meses.

—Sí, señor —respondió la enfermera.

—La situación ha mejorado considerablemente desde que empezamos a medicar a esos mocosos.

El brillo malva de los ojos de la enfermera parpadeó.

—Como ya le he advertido, la sedación pediátrica tiene efectos adversos. No somos suficientes para vigilarlos como es debido y no contamos con el equipo adecuado…

El Agannor puso su t ā cn delante de la cara de la enfermera. Ella se calló.

—Pobrecita mía, hay que ver cómo te resistes —dijo, negando con la cabeza—. Haré que te ahogues en una acequia cuando haya terminado contigo.

—Sí, señor —contestó la enfermera.

—Me han contratado para controlaros a ti y al resto de las hermanitas de la caridad que tienes por compañeras, no para preocuparme por los índices de supervivencia de los infectados de viruela.

—Entendido —dijo la enfermera.

El Agannor hojeó los papeles que había sobre el escritorio. Osric y Leofric habían sido cuidadosos con el registro. Todo seguía en orden, salvo por la galleta que faltaba y los documentos que Osric había robado.

Al cabo de un rato, el Agannor se volvió hacia la enfermera.

—Tengo un encargo especial para ti —le dijo, pero en lugar de explicarle en qué consistía, presionó el t ā cn contra su antebrazo.

—Sí, señor —respondió la enfermera.

Esta salió de la habitación. El Agannor se sentó delante del escritorio.

Osric y Leofric se quedaron donde estaban y se relajaron.

Eran Fyren, estaban acostumbrados a las vigilancias y les importaba un bledo tener que esperar a que él se marchara.

El Agannor empezó a rebuscar entre los papeles, tarareando.

Osric tardó un rato en reconocer la canción: se trataba de A Hunting We Will Go . [1]

La enfermera regresó, acompañada por sus compañeras de ojos morados.

Se agruparon detrás del escritorio del Agannor.

—Gracias —dijo él—. Ya sabéis que no me gusta ensuciarme las manos.

Para sorpresa de Osric, los señaló a él y Leofric.