14. El castillo de Tintagel #2
Aurienne salió del despacho de Xanthe. Esta había dado por hecho que pensaba torturar a Tristane para sacarle información.
Y Aurienne, con su experiencia como Haelan y su dominio de la seith, tenía la capacidad de infligir dolor de forma creativa y sin dejar rastro.
Una parte de ella, pequeña y enfermiza —la parte que había pasado demasiado tiempo con Mordaunt, probablemente—, se había planteado aquella posibilidad.
Pero en su día había echado un vistazo a las investigaciones sobre la eficacia de la tortura para conseguir información y los resultados le habían parecido decepcionantes.
Ella estaba por encima de aquello. No iba a sacar sus métodos del manual de los Fyren. Encontraría otra forma de hacerlo.
Se dirigió a sus aposentos, donde la esperaban los libros de Mordaunt sobre la Orden Dreor.
Por fin pudo abrirlos y leer con avidez la información que contenían.
La utilidad de los libros era desigual: la Orden Dreor ocupaba, en el mejor de los casos, un breve capítulo y, en el peor, unas cuantas estrofas de un poema; algunas de las descripciones eran básicamente rumores y muy pocas incluían testimonios directos, pero era más de lo que Aurienne había podido obtener en cualquiera de las bibliotecas de los T ī endoms, y agradecía la información.
Descubrió la historia de una orden cuyo nombre provenía de una antigua palabra que significaba «sangre», cuya máxima era «La muerte devora todo» y que adoraba a Nidhogg, el devorador de cadáveres.
Los Dreor eran la antítesis de los Warden: en lugar de unos defensores estratégicos, eran unos locos agresivos.
Una ilustración de uno de los relatos más fantasiosos representaba a un Dreor como una especie de caballero de la muerte tenebroso, vestido con una armadura negra y un yelmo con cuernos, y empuñando una enorme guadaña; todo ello, por supuesto, dramáticamente sangriento.
Aurienne no sabía si se trataba de una descripción acertada, ya que lo único que había visto de los Dreor en el Færwundor habían sido las puntas de sus guadañas.
El t ā cn de los Dreor, una calavera negra, era letal tanto al contacto como a distancia.
Al contacto, el t ā cn momificaba a sus víctimas al instante.
A distancia, los Dreor eran capaces de usar la hemokinesis, lo que les permitía manipular la sangre y, por lo tanto, los cuerpos.
En un relato particularmente cruento se describía cómo un único Dreor había diezmado un campamento militar al hacer que doscientos soldados se ensartaran en la punzante empalizada.
Sin embargo, a pesar de todas aquellas aptitudes, su número había disminuido a lo largo de los años y, en la actualidad, estaban prácticamente extintos.
Los Dreor tenían dificultades para que su t ā cn funcionara.
Las víctimas de los t ā cn fallidos perdían la razón y se convertían en una especie de soldados rasos con funciones cognitivas mínimas, llamados «reclutas», que los Dreor controlaban mediante hemokinesis.
Según una de las fuentes, podrían quedar menos de cien Dreor auténticos.
Aurienne sentía una fascinación morbosa por todo aquello. Se sobresaltó cuando el deofol de Xanthe hizo hormiguear su t ā cn: Dinadan les había dado permiso para visitar el castillo de Tintagel, la sede de los Warden.
A la mañana siguiente, Haven escoltó a Aurienne y Xanthe al castillo de Tintagel.
De todos los Warden que había en Swanstone, Haven era la que peor le caía; era una insolente y menospreciaba la jerarquía de los Haelan.
Sin embargo, desde que había sido testigo de lo que Aurienne le había hecho a Tristane en el Pabellón 13, se mostraba mucho más amable con ella.
Fueron desde la viedra del Publica o Perece hasta La Última Gota de Merlín, la taberna del pueblo que se encontraba justo al lado de las murallas de Tintagel.
El castillo de Tintagel se alzaba, imponente y majestuoso, sobre un acantilado junto al mar, en Dumnonia.
Estaba protegido no solo por torres, torretas y murallas, sino también por rocas y un mar tremendamente bravo.
La erosión había dividido la fortaleza en dos: en tierra firme se encontraban la sala principal, los campos de entrenamiento y el cuartel general de los Warden, mientras que la torre del calabozo se erguía sobre un farallón.
A los aprendices Warden se les permitía practicar las barreras de protección en el castillo y, por la noche, todo el edificio —puertas, murallas y rejas levadizas— brillaba intensamente.
Era imposible colarse en aquel lugar con intenciones deshonestas.
A menos, obviamente, que fueras Aurienne Fairhrim, en cuyo caso te daban la bienvenida a Tintagel con los brazos abiertos y reverencias de respeto.
Entró por unas puertas gigantescas adornadas con los estandartes de la Orden de los Warden y flanqueadas por estatuas del dios Woden.
Dinadan, la líder de la Orden de los Warden, esperaba a Aurienne y Xanthe en el puente que conectaba el castillo con la torre del calabozo.
Allí, en su propio territorio, Dinadan no llevaba la armadura completa de Warden.
Iba vestida con un traje de cuero tachonado y sin el yelmo.
El viento azotaba su corto cabello gris.
Aurienne, que prefería saludar con una reverencia, se sintió incomodísima cuando esta la abrazó y le propinó una combinación de palmada en la espalda y fortísimo apretón de manos.
Xanthe, que fue sometida al mismo tratamiento, le preguntó, mientras se oía un crujido:
—¿Cómo está la prisionera?
—Tristane no ha sido tan tonta como para tratar de huir —contestó Dinadan.
—Me sorprende. Pensaba que al menos lo habría intentado un par de veces, teniendo en cuenta quién es —dijo Aurienne.
—La tenemos en las salas arteriales —repuso Dinadan—. Y, además, gracias a ti, Haelan Fairhrim, carece de seith. No irá a ninguna parte hasta su ejecución.
—¿En las salas arteriales? —preguntó Aurienne.
—Es una de mis especialidades —dijo Dinadan—. Está anclada a la pared de piedra por un lado y a una pared arterial por el otro. Los prisioneros normalmente solo intentan escapar una vez.
Xanthe levantó las cejas.
—Sometimiento por hemorragia.
—Exacto. Es costoso en términos de seith, pero merece la pena con alguien como Tristane.
—Dinadan les enseñó el brazo a Aurienne y Xanthe, donde tenía decenas de úlceras venosas hinchadas y húmedas por las secreciones—.
Todos los días desencadeno mi Coste al hacerlas.
Estoy deseando que se vaya. —Señaló hacia la torre—.
¿Vamos? Tengo curiosidad por ver tu técnica de bloqueo de seith en acción, Haelan Fairhrim. Impresionó mucho a mis Warden.
—Habéis aceptado retener a una de las personas más peligrosas de los T ī endoms por nosotros —dijo Aurienne—. Lo mínimo que podemos hacer es manteneros a salvo de ella.
Dinadan las llevó hacia el estrecho puente metálico.
Estaba custodiado por un Warden a cada extremo y, al igual que la mayoría de los objetos que las rodeaban, emitía el brillo azul de las barreras de protección.
Mordaunt y sus compañeros Fyren nunca habrían conseguido sacar a Tristane de aquel calabozo.
—¿Habéis estado antes en la prisión de la torre? —les preguntó Dinadan.
—No —contestó Xanthe—. Nuestras visitas a Tintagel suelen limitarse a la enfermería.
—Nuestro pequeño Tártaro —dijo Dinadan, mirando la prisión de la torre con cariño—.
Podéis cruzar el puente con tranquilidad.
Tenet tenía vuestras firmas seith; las hemos integrado para la visita de hoy.
—Aurienne y Xanthe cruzaron el puente detrás de Dinadan, antes de subir por la escalera de piedra desgastada de la torre.
Haven las escoltó. No había ventanas, solo unos agujeros en la pared con rejas por los que entraba un viento atroz—. Hemos llegado —anunció.
La puerta no tenía cerradura. Dinadan presionó su t ā cn contra ella y las barreras que la protegían desaparecieron.
Tristane estaba dentro. Se encontraba inmovilizada al lado de la pared por las barreras de protección arteriales de Dinadan, que eran de color rojo intenso y conectaban la parte posterior de su cuello, brazos y muslos con la piedra. La Warden había elegido las arterias minuciosamente.
La líder de los Fyren se hallaba casi en el mismo estado en el que Aurienne la había visto en Swanstone: desnuda, ensangrentada y maltrecha.
El ojo herido se le había hinchado hasta cerrarse.
Abrió el otro, de un verde intenso y con una pupila del tamaño de un alfiler, para observarlas con desdén antes de volver a cerrarlo.
Aurienne reprimió un escalofrío. Mordaunt era un mercenario; aquella mujer era simplemente una asesina.
—Adelante —dijo Dinadan, haciéndole un gesto a Aurienne para que entrara, mientras Haven se apostaba en la puerta.
Aurienne miró a Xanthe a los ojos. La presencia de Dinadan y Haven suponía un pequeño obstáculo. No podía hablar con Tristane con ellas merodeando por allí.
—Tengo que ir al baño —dijo Xanthe.
Dinadan la miró sorprendida.
—Haven te enseñará dónde es. Pero te advierto que estas instalaciones son un poco rústicas.
—No importa —contestó Xanthe—. No hay asientos de inodoros más fríos que los de Swanstone.
—Me halaga que des por hecho que tiene asiento —repuso Dinadan.
Haven acompañó a Xanthe al agujero inmundo que seguramente la esperaba.
Aquello hizo que Aurienne se quedara a solas con Dinadan.
Fingió que buscaba algo en el bolso.
—Vaya, he olvidado el hlutoformo. ¿Tenéis un poco por ahí?
—¿Qué más da que coja una infección? —preguntó Dinadan—. Va a morir de todas formas.
—Es por mi seguridad, no por la suya —replicó Aurienne—. Quién sabe qué estará reptando por su piel. ¿Hay algún frasco por aquí? ¿Algún botiquín de primeros auxilios?
—¿Es imprescindible?