La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 14. El castillo de Tintagel
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14. El castillo de Tintagel

El castillo de Tintagel

Aurienne

Había sido bastante tempestuosa aquella última mirada de Mordaunt. Aurienne casi creyó que la iba a seguir a través de la viedra.

Como volviera a mirarla así, sus piernas acabarían divorciándose.

Fue hacia sus aposentos para quitarse el vestidito de verano y, a paso ligero (tenía la primera reunión a las dos y media y ya eran las tres menos cuarto), se dirigió a su despacho.

Al principio, los recuerdos de lo que había sucedido la noche anterior eran muy imprecisos.

Habían ido regresando a su mente a lo largo de la mañana, a medida que la resaca remitía.

Para cuando visitaron las bibliotecas, ya lo recordaba todo.

Cada espasmo, cada gemido, cada postura, cada fluido corporal intercambiado o ingerido.

Culpaba al vino de las decisiones que había tomado. Por eso se había detenido ante el busto de Plinio el Viejo. In vino veritas . Había habido demasiada veritas la noche anterior. Demasiada sinceridad sin reservas. Demasiada vulnerabilidad. Y el sacrilegio del estremecedor contacto de sus t ā cn…

Aurienne se ruborizó al recordarlo. No había significado nada. Había sido como quitarse una espina.

Y el placer de provocar a Mordaunt que se había permitido hacía un rato, ¿tampoco había significado nada?

Le había encantado verle apretar la mandíbula, conteniéndose.

Allí no había vino al que culpar por sus acciones.

Simplemente, tal vez, la euforia causada por los libros, que le nublaba el juicio.

Rosefell Hall era puro esplendor en decadencia, pero Mordaunt había dado prioridad a las bibliotecas y había conseguido no solo conservarlas, sino incluso mejorarlas.

Aquella eficiencia recién descubierta había despertado algo en Aurienne y se había mezclado con la bibliofilia inherente a todo intelectual.

El resultado había sido una combinación muy potente.

Dos bibliotecas.

Dos .

Cuando llegó a su despacho, Felicette, la Ingenaut residente de Swanstone, ya estaba allí.

—Lo siento —dijo Aurienne con cara de circunstancias—. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.

Felicette era especialista en Microfluídica. Ella y Aurienne estaban investigando cómo imitar sus microoclusiones para el tratamiento de las hemorragias seith incontroladas, con el fin de que otros pudieran tratarlas sin que Aurienne tuviera que estar presente.

—Llegas un kilosegundo tarde —replicó Felicette, mientras consultaba un complejo reloj de bolsillo—. Te perdono.

Aurienne, que estaba completamente absorta pensando en Mordaunt, agradeció que Felicette estuviera tan bien preparada como siempre.

Sus contribuciones monosilábicas bastaron para superar la mayor parte de la reunión.

La Ingenaut repasó los estudios recientes sobre las propiedades reológicas de la seith y discutió, básicamente consigo misma, si debían optar por resistencias de flujo capilar en los canales seith o por buscar una forma de inducir temporalmente una estenosis.

—Hay una cosa que me preocupa, ahora que estamos trabajando en esto —dijo Aurienne—. El riesgo del uso indebido o de la explotación si el suero de oclusión, en caso de que acabemos optando por él, cae en las manos equivocadas. Podrían utilizarlo indebidamente.

—¿Indebidamente?

Aurienne no podía contarle que le habían pedido que utilizara las oclusiones para incapacitar a la líder de la Orden Fyren y que había dejado atónitos a los Warden que habían presenciado el proceso, que se habían quedado mudos de preocupación.

—Hay que asegurarse de que solo se pueda usar para aplicaciones médicas. Podrían utilizarlo con fines más turbios. Como para incapacitar a un miembro de una orden, o a varios… Nosotros nunca lo haríamos, por supuesto, pero otros podrían hacerlo —se limitó a responder, yéndose por las ramas.

Felicette arqueó las cejas detrás de sus gafas redondas.

—Supongo que tienes razón. Existe el riesgo de que algún cabrón lo utilice como arma. Tendremos que proteger al máximo la fórmula. A lo mejor deberíamos evitar difundir toda esta información.

—Habrá que andarse con ojo. Mientras permanezca en Swanstone, nadie podrá usarla para hacer daño.

Felicette tomó nota.

—Vale. ¿Puedo consultarte otra idea, aprovechando que estoy en presencia de la especialista en seith?

He oído que dos de tus Haelan están estudiando cómo perfeccionar las transferencias de seith.

¿Os habéis planteado algún tipo de batería o condensador de seith, pero para uso humano en vez de para motores?

Almacenar la seith es muy complicado, claro, pero… tengo algunas ideas…

Después de la reunión con Felicette, Aurienne fue a ver a Xanthe.

Necesitaba comentarle una cosa que se le había ocurrido gracias a Mordaunt.

Él le había dicho, con razón, que Tristane podía proporcionarle la información que buscaba acerca de quién estaba detrás de lo de la viruela y qué relación tenía con la Orden Dreor.

Él le había dado una idea. Al parecer, a eso se dedicaba últimamente: a proporcionarle ideas. Y libros. Y orgasmos.

Todo ello útil en mayor o menor medida. Se había prometido a sí misma no permitir que le pusiera un solo dedo encima, pero había fracasado estrepitosamente.

(Aunque Mordaunt tenía unos dedos muy hábiles.

Y, puestos a fracasar, mejor hacerlo con un orgasmo interminable y delicioso, agradablemente aderezado con un toque de culpabilidad y autodesprecio).

A Aurienne le entraron ganas de echarse a reír a carcajadas. Lo había hecho. Quería agarrarse por los hombros y sacudirse hasta que le castañearan los dientes. Se había acostado con un Fyren. ¿Qué puñetas le pasaba? Aquello rayaba la locura. ¿Se estaría volviendo majareta?

Aquella posibilidad fue reforzada por la actitud de Xanthe, quien, al enterarse de la idea de Aurienne, la miró como si le faltaran unos cuantos tornillos.

—¿Quieres interrogar a Tristane? —le preguntó.

—Sí —contestó Aurienne, resistiéndose al impulso de retorcerse las manos, como hacía cuando era una joven aprendiz y Xanthe la cuestionaba—.

Tengo la excusa perfecta para volver a verla: las oclusiones seith.

Si supiéramos quién la contrató, estaríamos un poco más cerca de saber quién está detrás de todo esto: del brote de viruela, de la destrucción de los druidas y el Færwundor, y de tantísimas muertes.

—Ya la han interrogado —dijo Xanthe—. Y ha sido inútil. Es una Fyren. No delatará a sus clientes. Eso arruinaría el modelo de negocio de su orden.

—La interrogaron los Warden, que desconocen su verdadero propósito, y además dentro de los límites de las conductas permitidas por los Acuerdos de Paz —dijo Aurienne.

Xanthe arqueó las cejas hasta que la frente se le llenó de arrugas.

—¿Y tú pretendes ir más allá de esos límites?

—Quiero utilizar todos los medios necesarios para descubrir quién es el responsable de la viruela.

—¿ Todos los medios necesarios ? —repitió Xanthe—. ¿Con la líder cautiva de otra orden? ¿Es que tú también quieres acabar ante el Stánrocc?

—Tristane va a ser ejecutada. Y, cuando muera, la última oportunidad de descubrir quién está detrás de la epidemia morirá con ella. Además, no pienso dejar que me pillen —añadió Aurienne.

Xanthe apoyó sus manos torcidas bajo la barbilla.

—¿Dónde ha quedado esa ética tan absolutista que lo clasifica todo como blanco o negro, correcto o incorrecto?

— Mi ética se vería más comprometida si la dejara morir sin averiguar quiénes están detrás de todo esto. Merecen pagar las consecuencias.

Xanthe observó a Aurienne en silencio. Sus ojos negros eran penetrantes y analíticos. Le sorprendió ver que el análisis daba paso a la satisfacción.

—Has madurado.

—Lo importante es el objetivo principal.

—Bienvenida al liderazgo.

Xanthe, todavía rebosante de satisfacción, fue hacia el escritorio y cogió un calendario.

—No hay tiempo que perder. Tristane será ejecutada en Lammas. Eso es el 1 de agosto.

—¿Has marcado la fecha de su ejecución con un corazón?

—Se presentó en mi orden con intención de llevar a cabo uno o varios asesinatos; ¿por qué no iba a marcarla con un corazón?

—le preguntó Xanthe—. Y, ya que vas a interrogar a Tristane, sospecho que también está detrás de la desaparición de Lambert.

Y puede que incluso de la de las enfermeras. Averigua lo que puedas al respecto.

—De acuerdo.

—Haré los preparativos con Dinadan para que podamos ir al castillo de Tintagel. De todos modos, ya te tocaba renovar las oclusiones seith de Tristane.

—¿Para que «podamos»?

—Alguien tiene que distraer a los Warden mientras tú utilizas Todos los Medios Necesarios con Tristane —dijo Xanthe.

—Cierto.

—¿Y qué tal va el tratamiento del Chico Cebolla? —le preguntó Xanthe.

El suspiro de Aurienne apenas logró captar la desconcertante magnitud de la respuesta.

—Los resultados son prometedores. No, estoy siendo modesta, los resultados son impresionantes. Casi me da miedo contártelo, porque no debería ser posible y no puedo explicarlo con los conocimientos científicos de los que dispongo. Es inquietante.

—Pues no te inquietes —replicó Xanthe—. La investigación nos recuerda constantemente que no sabemos nada. Acabamos de activar la nefrogénesis en ratones adultos, algo que me desconcierta y contradice todo lo que sabíamos hasta ahora.

—Al menos tú estás en el laboratorio, no chapoteando en lagos bajo la luna llena.

—Suena maravilloso.

—Es una pantomima —dijo Aurienne—. Pero la pantomima está funcionando y eso me molesta. Cuando ponga en orden las notas, te las enseñaré.

(No mencionó que ella y el Chico Cebolla se habían acostado; no le pareció relevante en ese momento).