La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo (Queridos Enemigos 2) 13. La mañana siguiente #4
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13. La mañana siguiente #4

Osric mantenía las cortinas bien cerradas en aquella biblioteca, que albergaba los ejemplares más raros y antiguos.

Las largas hileras de estanterías se perdían de vista en la penumbra.

La biblioteca estaba decorada con faroles venecianos dorados, que colgaban de cadenas por todas partes.

Osric no solía molestarse en encenderlos, pero ya que Fairhrim estaba allí…

Mereció la pena solo por verla contener el aliento cuando los faroles, girando lentamente, empezaron a proyectar sus haces de luz por toda la habitación. Él la miró con anhelo.

Como un imbécil.

Los faroles iluminaron las silenciosas hileras de libros, los tapices renacentistas y, allá en lo alto, un techo azul oscuro salpicado de estrellas.

—Aquí nos despedimos de Ovidio —dijo Osric—. Ese es el hemisferio norte celeste.

Fairhrim miró hacia arriba con asombro. La luz de los faroles hacía brillar las constelaciones doradas.

—Ovidio sigue con nosotros —dijo ella—. Hércules. La Osa Mayor, la Osa Menor. Andrómeda. Perseo.

—Supongo que tienes razón.

Fairhrim se abrió paso entre las estanterías flanqueadas por los bustos de grandes personajes de la antigüedad: Aristóteles, Pitágoras, Arquímedes, Hipócrates.

Osric la siguió.

—Antes, esto eran tres pequeñas salas seguidas. Hice que echaran abajo los tabiques y emprendí la remodelación según los principios neoclásicos.

—Un uso mucho mejor para las habitaciones —dijo Fairhrim.

Fue diciendo nombres a medida que avanzaba, como si se encontrara con viejos amigos: Dioscórides, Galeno, Paracelso, y, más adelante, en una fila más moderna, Lovelace, Gordon-Cumming, Rudge y Stanhope.

—Puede que hayas notado una laguna evidente en la colección que voy a tener que subsanar —dijo Osric.

—¿Quién falta?

—Fairhrim.

La maestra en cuestión intentó no parecer demasiado complacida.

—No creo que tengas espacio suficiente.

—Lo haré.

—Si soy Peleona y Quejica.

—Te pondré en la «Q» de «Quejica».

—Tienes debilidad por los clásicos. Yo soy demasiado puntera para ti.

—Me gustan las cosas afiladas.

—Las revistas modernas no son tan agradables a la vista como esos ejemplares.

—Todo lo que tiene que ver contigo es agradable.

Se hizo el silencio.

—¿Estás coqueteando conmigo? —le preguntó Fairhrim.

—Supongo que sigues sin suponer un peligro —contestó Osric: un empujoncito para ver si ella le daba alguna pista de que recordaba lo de la noche anterior.

—A prueba de tontos —dijo Fairhrim.

Avanzó entre las estanterías. Osric la siguió.

Fairhrim se detuvo varias veces sin avisar, lo que hizo que él chocara con ella.

No paraba de rozarle con el trasero la parte delantera de los pantalones.

Osric habría preferido que dejara de hacerlo, teniendo en cuenta que su polla estaba en estado de alerta y le valía cualquier excusa para ponerse dura.

La cuarta vez que sucedió, empezó a pensar que tal vez lo estuviera haciendo a propósito.

Cuando llegó al busto de Plinio el Viejo, Fairhrim le acarició la curva de la mejilla con la yema del dedo. Osric sintió una envidia feroz de Plinio el Viejo, que era un pendón.

Luego se detuvo ante una serie de libros que al parecer había escrito una famosa mentora de su padre y le ofreció a Osric una breve descripción de las legendarias contribuciones de aquella mujer a la citología vegetal.

No. No lo estaba provocando.

Fairhrim vio otra colección justo detrás de Osric y se coló por detrás de él para alabarla. Su falda sedosa lo acarició y un pecho le rozó la espalda. Volvía a oler a su jabón.

Sí. Lo estaba provocando.

Se pusieron a hablar de un lepidopterólogo medianamente conocido.

No, no lo estaba haciendo.

En ese momento ella estaba extasiada con las obras completas de un microbiólogo, pero Osric no la estaba escuchando; las amebas le daban exactamente igual, lo único que le importaba era el sutil bulto que empezaba a notarse en la parte delantera de sus pantalones.

Descubrió una nueva y placentera forma de sufrimiento, que consistía en estar lo más cerca posible de ella sin tocarla.

Fairhrim seguía hablando. Mientras observaba cómo sus hermosos labios formaban las sílabas, se imaginó besándola, empotrándola contra las estanterías y mordiéndole el cuello, levantándole la falda y haciéndola gemir y retorcerse como la noche anterior.

Lo cual fue un error, porque tuvo una erección; lo único que lo salvaba era la penumbra relativa de las estanterías.

—Será duro, ¿no? —preguntó Fairhrim.

Osric no había seguido el discurso que había culminado con aquella pregunta, a la que respondió al azar.

—Sí.

—Me lo imaginaba —dijo ella, antes de volver a rozarlo con malicia al pasar.

Vaya si estaba duro; si ella albergaba alguna duda al respecto, acababa de dejárselo claro. La agarró del brazo.

Fairhrim se giró con un brillo de inocencia en los ojos.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—Sabes muy bien lo que estás haciendo.

—¿Explorando? —Al verle la cara, se preguntó si no habría malinterpretado completamente la situación. Pero ella también era una maestra del autocontrol—. ¿Mordaunt? —dijo Fairhrim.

—Llámame Osric.

—De eso nada —replicó ella con desdén—. Demasiada confianza.

—¿ Demasiada confianza ? ¿En serio? ¿Después de lo que hicimos?

La inocencia seguía ahí.

—¿Qué hicimos?

—¿No recuerdas lo de anoche?

—¿A qué te refieres? ¿A la cena? —le preguntó Fairhrim.

Él la miró fijamente. Le había parecido ver una leve sonrisa burlona en sus labios cuando había dicho «cena». Pero esta había desaparecido.

—Tal vez sea lo mejor —dijo Osric, soltándole la muñeca—. ¿Ya has explorado todo lo que querías?

—No todo lo que quería, pero me puedes acompañar a la salida. —De nuevo, aquella sonrisa espectral, medio imaginaria—. Ahora sí que me tengo que marchar.

Osric, con los dientes apretados, acompañó a Fairhrim a las cocinas y de allí a la viedra. Ella le agradeció con una indiferencia devastadora la visita a la biblioteca, que calificó de «inspiradora», antes de acercarse a aquella.

Osric estaba convencido de que Fairhrim había olvidado por completo lo sucedido la noche anterior, hasta que ella miró hacia atrás y le dijo:

—Después de lo de anoche, creo que el alias que elegiste te va como anillo al dedo.

—¿Perdona?

—Adiós, señor Vergalta.

La inocencia dio paso a una sonrisa pícara y descarada. Fairhrim presionó su t ā cn contra la viedra y desapareció.

Lo recordaba. Lo recordaba perfectamente. Lo había estado haciendo aposta.

Era completamente responsable de la erección que le rozaba los pantalones.

Osric suspiró mirando al cielo, mientras se decía que era un hombre adulto y que no iba a hacerse otra paja pensando en ella por segunda vez en el día.

Entró en casa y se desahogó en la ducha.

Patético.